ALGO TEMPORAL

Actualizado: hace 6 horas


Fotografía proporcionada por el autor

Ningún aspecto de nuestra vida es completamente aislado. Las emociones negativas que una situación nos haga sentir afectarán nuestra actitud en el trabajo, en el deporte, y en nuestras relaciones interpersonales. Nos merman energía y concentración. Sin embargo, al hablarlas con alguien, descubrimos que la situación que las provocó no será eterna. Como Enrique relata.



Descoordinación


ESTABA EN EL GIMNASIO. Eran aproximadamente las ocho de la mañana y ya iba casi a la mitad de la rutina. Sin embargo, no me estaba pareciendo un buen entrenamiento. No había tenido problemas con los porcentajes bajos (entre el 50 y 65% de mi máximo peso levantado). Eran pesos que dominaba. Pesos que, aún con errores técnicos, podía levantarlos y controlarlos relativamente fácil. Los problemas comenzaban cuando llegaba al 70, 75 y 80%. Tenía que ser cuidadoso con esas cargas. Tenía que concentrarme y sentir que cada molécula de mi anatomía se encontraba bien posicionada antes de siquiera intentar despegar la barra del suelo.


Ese día tenía que hacer tres series de dos repeticiones con mi 80%, lo que en kilos era igual a 70. Ya iban dos series que fallaba. En ambas había logrado hacer la primera repetición, aunque utilizando demasiada energía, lo que me pasaba factura para la segunda pues ni me acercaba a lograrla. Comenzaba a frustrarme. Semanas anteriores había estado trabajando con ese mismo peso y con esa misma cantidad de series y repeticiones sin ningún problema. Prácticamente ya no tenía errores técnicos y si los tenía, eran producto del cansancio: algo totalmente natural.


En cambio, ahora sentía los errores que tenía como inaceptables para mí. Eran errores de principiante y yo, indudablemente, ya no era ningún principiante en el deporte. Llevaba casi cinco años practicando levantamiento olímpico y aún no lograba la consistencia que todo buen atleta, independientemente del deporte que practicase, debía poseer en la ejecución de su técnica. Era como si me hubiese olvidado de un día para otro cómo debía posicionarme ante la barra, qué tan separadas debían estar mis manos al sujetarla o a qué distancia de ella debía colocarme. ¿Mis pies paralelos u orientados ligeramente hacia fuera?


¡Era increíble! Estaba sucediéndome de nuevo. Ya era la segunda o tercera vez que, luego de haber estado entrenando con ciertas posiciones durante algún tiempo y sin ninguna incomodidad, de repente un día todo se distorsionaba y comenzaba a sentir incongruencias en mis movimientos.


“No, espera, esto no se siente bien. Si estoy sujetando la barra como usualmente lo hago, ¿por qué siento que es demasiado ancho? Las rodillas… ¿por qué las siento tan adelante? Me interrumpen. Me raspo las canillas. Duele. ¿Y si separo más los pies? No, muy abajo la cadera. ¿Y si los junto? No, me cuesta enderezar la columna. ¿Tal vez girándolos ligeramente hacia fuera? Tampoco. ¡Mierda, ¿qué me pasa?!”.


Ya había fallado 4 series con los 70 kilos, por lo que decidí bajar a 62 para hacer unas cuantas repeticiones y subir de nuevo; sin embargo, fue en vano. Ya me encontraba demasiado exhausto, demasiado frustrado. Cualquier posición me resultaba incómoda, pues mi espalda ya se había sobrecargado por tantas repeticiones. Debía dejarlo y continuar con los demás ejercicios de la rutina. “Mañana será otro día” me repetía a mi mismo, tratándome de consolar y tranquilizar, pero no podía. No quería irme de esa manera del gimnasio. Quería por lo menos sentir que había logrado hallar el error causante de todo eso.


Le bajé a 40 kilos y me puse a hacer más repeticiones. Continuaba descoordinado. Ahora al error desconocido se le sumaba los errores por cansancio: espalda encorvada, brazos flexionados, etc. … Lo dejé. Vacié la barra y coloqué los discos en su lugar. Me dirigí al muro ubicado debajo de uno de los espejos del gimnasio y me senté.




Desahogo


—¿Estás bien?


C había estado entrenando un poco más allá de donde yo me encontraba. Había sido mi compañera de entrenamiento desde que yo, allá por el 2015, decidí inscribirme en aquel gimnasio para aprender aquel deporte, el cual, más que alegrías, comenzaba a proporcionarme únicamente frustraciones.


—No puedo creer que no pueda levantar 70 kilos. Hasta hace un par de semanas los cargaba sin problemas.


—Quizá debas bajarle la carga. Hay tantos factores por los que pueden no estarte saliendo… La comida, ¿estás desayunando bien?, o el descanso, ¿estás durmiendo lo suficiente?, o simplemente porque tus músculos están sobrecargados y lo que necesitas, en lugar de exigirte más, es relajarte… Darte unos masajes, hacer estiramiento… Eso.


—Se siente del asco ¿sabes? Eso de tener que bajar el peso. Aunque de esa forma me salga bien, aparentemente bien, siento que no sirve. Siento que es como retroceder a donde estaba hace un año.


En ese momento, mientras hablaba, sentía que mis ojos comenzaban a humedecerse. Me di cuenta que si seguía expresando lo que sentía, inevitablemente lloraría. Me callé. No supe si ella llegó a notarlo, aunque tampoco me importó averiguarlo, pues de todas las personas que conocía, ella era la única ante la cual no me daba miedo mostrarme inseguro, vulnerable.


—¿Sabes? Eso que dicen sobre no retroceder ni para tomar impulso, no es verdad. A veces debemos darnos pequeños breaks para recuperarnos y de ese modo seguir avanzando con más fuerza. Además, el peso que levantas no te hace ni más ni menos. Es solo un número.


Mientras me hablaba, yo no podía hacer más que asentir. No encontraba argumentos para contradecir lo que me decía. Además, intentar hacerlo hubiese sido más el acto de un niño caprichoso que quiere ganar una discusión, y en ese momento no había ninguna discusión. Yo había tenido presente en mi mente todo aquello que C me estaba diciendo, mas lo había ignorado.


Aún me encontraba sentado. C estaba haciendo la serie que le correspondía. Mientras la hacía, yo pensaba en mi actitud. Me hacía mucha falta de aquello que llamaban “inteligencia emocional”. En momentos en los que algo me resultaba mal, tendía a aislarme, a encerrarme en mi propio mundo, aunque en ese momento sabía que no solo era el hecho de haber fallado los ejercicios lo que me estaba conduciendo a ese comportamiento. Había algo más en mi interior.


—Oye, ¿recuerdas esa chamba de la que me hablaste?


—Sí.


C me había comentado acerca de un trabajo en un centro comercial. Se trataba de realizar vigilancia en un área.


—No podré aceptarla.


—¿Por?


—Los horarios se me cruzan con otras cosas.


—¿Otros trabajos?


Giré la cabeza y la miré. Tenía unos ojos realmente hermosos. Siempre me habían parecido negros, pero en ese momento, quizá por la luz fluorescente, me parecieron pardos.


—A ti no te puedo mentir —dije—. Es cierto que algunas tardes tengo unos cachuelos algo fijos, como el de limpiar la casa que te comenté el otro día; sin embargo, no son esos los que me impiden aceptar el trabajo.


—¿Entonces?


—Mi perro. Estas semanas mi viejo va a estar trabajando todo el día, por lo que yo seré quien tendrá que sacarlo para que orine y haga sus necesidades. Mi vieja quizá pueda ayudar con darle de comer, pero no sacándolo. Él le gana en fuerza. Tú sabes, ya te he contado anteriormente. Mi perro no es ningún angelito. Es bravo. Ve un perro y quiere ir a pelearse, más aún si lo ve en el parque que está frente a mi casa. Demasiado territorial. En fin, te decía, por su carácter ella tiene miedo de sacarlo, por lo que el único que queda para hacerlo soy yo. Y además, no sé por qué no es un perro normal. He visto que a otros los sacan una vez al día y están felices. A lo mucho dos. En cambio el mío no. Pareciera que tuviera incontinencia urinaria. Ni para decir que finge porque cuando pasan muchas horas, le empieza a gotear su pila, a veces incluso de un tono rojizo.



Consejo


Mientras me escuchaba, C se colocaba magnesio en las manos, preparándose para su siguiente serie.


—Espera, voy a hacer esta serie.


—Dale.


Aproveché para hacer mi serie también. Había dejado de lado lo que decía la rutina. Estaba haciendo ejercicios de musculación para no sentir que la sesión se había perdido por completo. Al finalizar cada uno su serie, se retomó la charla:


—Te decía, yo soy quien lo saca y eso es lo que me limita a veces. En ocasiones siento que sacrifico demasiado por él. Como si dejara de vivir por él. Muchos me han dicho que le busque otro hogar. Hasta el psicólogo me lo ha dicho, pero ¿qué clase de persona sería si lo hiciera? Él no es un paquete del que te deshaces porque te estorba. Me pregunto qué dirían si en lugar de perro, fuese un bebé, si fuese mi hijo. Ahí dirían que soy mal padre, que debo hacerme cargo, ser responsable, que debí pensar dos veces antes de coger sin condón. En cambio, como se trata de un perro, soy un idiota, porque para ellos es fácil: encontrarle un hogar y listo. Colorín colorado el cuento se ha acabado. Pero no es así. Él también siente, también se alegra, también extraña…


—Es una situación difícil. Sí, lo es. Pero busca opciones. No te hace bien preocuparte por quién lo sacará el próximo mes, o el próximo año. Preocúpate por esta semana y busca opciones. Luego te preocupas por la siguiente y así. Quizá algún vecino que también lo quiera pueda hacerte ese favor.


—He llegado a pensar que como sé que él daría su vida por defenderme, de cierto modo, yo doy la mía por él. Pero tienes razón. Y como dice mi viejo: todo en esta vida tiene solución, excepto la muerte.


Terminé las series que me restaban y entré al camerino a cambiarme. Cuando salí, C aún estaba ahí. Estaba haciendo estiramientos. “Yo también debo hacer” pensé. Me despedí de todos con un único "adiós" y salí. Pensándolo bien, la situación no era del todo mala. Estando en casa me podía dar tiempo de estirar, leer y escribir. Podría trabajar en mi libro. Podría aprovechar para mandar mi CV a gimnasios a través de Aptittus. Además, sería una situación que duraría días. Sería temporal. Todo era temporal. C me lo había dicho



Enrique Arellano tiene 25 años y es editor, escritor y entrenador. Estudió ingeniería electrónica en la Universidad Alas Peruanas, pero jamás ha ejercido. Fue alumno de Machucabotones en el 2018. Actualmente trabaja en su primer libro.



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