AQUELLA MAÑANA

Actualizado: feb 14


Imagen: Giphy

En un post anterior mencioné que nadie está libre de nada. Mediante esta bella historia, Emely lo confirma. Un hogar desecho, un padre invadido de frustración y una madre ausente por causa de... No, mejor ustedes mismos leánlo. No les spoilearé el relato.



Pared vacía


AQUELLA MAÑANA DESPERTÉ CON LOS OJOS HINCHADOS. Desayuné té con limón y una tostada con mermelada y mantequilla. Lavé mis dientes mientras escuchaba a una periodista de RPP hablando sobre un accidente en la Panamericana, y pensé en cómo la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos.


Me puse mis zapatos de charol favoritos, me ondulé el cabello y bajé los diez escalones de madera hacia la sala principal. No habías recogido el desorden de la noche anterior, ni el de la anterior a esa: la caja de la pizza de pepperoni aún seguía encima del mueble, el árbol de navidad aún no tenía adornos ni luces, y había una gran fila de platos sucios aún por lavar. Caminé hacia la entrada de la casa y me detuve ante aquella imponente pared blanca donde solían estar nuestras fotos, pero en la que ahora solo quedan las huellas de los clavos oxidados que las sostenían.


Aún recuerdo cuando las quitaste meses atrás. Estabas molesto y arrancabas los cuadros sin piedad. Al verte, corrí hacia la cocina, deprisa, con lágrimas en los ojos y el corazón en la boca, solo para encontrarme con lo que mi mente sospechaba, pero se negaba a aceptar. Me arrodillé y saqué la foto de la basura. El vidrio estaba roto pero el marco de madera seguía intacto. Las yemas de mis dedos rozaron con delicadeza su rostro y pensé que era lo más cerca que había estado de ella desde que nos dejó. Lágrimas cayeron por mis ojos.


Aquella mañana lloré lágrimas de desesperación, mientras gritaba tan fuerte, que podría jurar que hasta ella escuchó mi dolor. Me desvanecí en el piso de mármol de la cocina y permanecí ahí, inmóvil en aquel rincón. El claxon del carro me sacó de mi trance. Miré la hora en la pantalla de mi celular y salí corriendo hacia la puerta para treparme en la camioneta.




Sonrisa falsa


—¿Qué tal tu día? —me preguntaste, mientras entrabas a la vía de la Panamericana.


—Todo bien —dije, esbozando una sonrisa falsa mientras ponía mi mano sobre la tuya.


Miento. Miento porque, aunque le sonríes al mundo, te he escuchado llorar a las tres de la madrugada. Miento porque sé que le dijiste a mi profesora que estás preocupado por mí. Miento… miento porque te quiero. Me gustaría ser tan fuerte como tú, me gustaría perdonarla como tú lo has hecho, pero mi dolor se ha convertido en rabia y la rabia ha envenenado mi alma.


Aquella mañana había pocos carros en la autopista. Gotas de lluvia caían en el parabrisas. Apoyé mi cabeza en la ventana empañada por la neblina y dibujé con mi dedo índice un corazón. Despacio, primero una mitad y luego la otra.

Poco a poco cerré mis ojos y me dejé vencer por el sueño. Las historias de fantasía que crea mi mente ocupan la mayor parte de mi tiempo. Pienso, imagino y sonrío, porque al final del día, todo es mejor que la realidad. Y es que cuando llego a casa muy tarde por la noche y me acuesto en la cama de dos plazas, solo me queda soñar. Sueño, sueño y sueño, con otra vida donde todo sale bien, donde hay esperanza para mí, para ella y para nosotros… Siempre juntos.


Imagen: Pixabay

"Hola ma"


El sonido de la podadora me despertó de golpe. Lo primero que vieron mis ojos fue una casa blanca de dos pisos. Una señorita muy amable y de acento selvático nos recibió en la entrada y, después de una pequeña charla, nos pidió nuestras identificaciones y celulares. Colgué en mi cuello aquel carné con la palabra “Visitante” escrita en letra corrida, y lo acerqué a mi pecho. La muchacha nos acercó a una pequeña puerta de madera y pude sentir cómo mi corazón se detenía con cada paso que ella daba. Su delgada mano se acercaba cada vez más a la chapa de color dorado, mientras que yo sentía que todo me daba vueltas. La habitación se hacía cada vez más pequeña y me faltaba el aire. Mi mente me imploraba que saliera corriendo, pero mi cuerpo estaba tieso como una piedra. Gotas de sudor caían por mi frente y tenía ganas de vomitar. Busqué con desesperación la mano de mi padre y me aferré a ella tan fuerte como pude. Ella iba vestida toda de blanco. Había subido unos kilos desde la última vez que la vi, tres meses atrás, cuando entre gritos se fue de la casa, del hogar que tanto se esmeró en construir y que una enfermedad, en cuestión de segundos, destruyó.


—Hola Emita —dijo con dulzura.


En ese preciso instante cualquier rastro de rabia abandonó mi cuerpo y mi intento por serle indiferente fue en vano porque, aunque no quisiera admitirlo, había rogado por ese momento. Había rogado por verla otra vez con sus cabellos ondulados que se parecen a los arbustos que riegan las viejitas todas las mañanas, con su metro cincuenta y tres de estatura, y con esa sonrisa cálida que tanto había extrañado


—Hola ma —dije, mientras corría como una niñita hacia sus brazos.


Aquella mañana la vida me devolvió a mi mamá, la misma que tres meses atrás una enfermedad me arrebató ■



A Emely Chuquitaipe, o Eme para sus amigos, le encantan los documentales de crímenes y le dan miedo las palomas. Ama el chocolate y odió el final de "How I met your mother". Cree que todos tienen una historia que contar. Ella cuenta la suya a través de sus letras.

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