#MiLucha: MI TRASTORNO ESQUIZOIDE DE LA PERSONALIDAD

Actualizado: mar 5


Fotografía proporcionada por el autor

El ser humano es, por naturaleza, gregario. La interacción con sus semejantes forja su carácter y define su personalidad. Aunque hay excepciones. Hay quienes viven en soledad. ¿Estudian? Sí. ¿Trabajan? Sí. Pero luego requieren estar en solitario para restablecer sus energías. ¿Acaso son de una naturaleza diferente, o es que...?


2010


EL DECENIO EMPIEZA Y EL MAL INICIA SU INCUBACIÓN. Ingresé a un nuevo colegio: al Saco Oliveros. Al acabar el año solo tenía un conocido. A veces me cuestiono por qué no tenía más y mi respuesta es que nunca los busqué, nunca caminé por el salón durante los recesos, nunca me volteé a decir hola. Me la pasaba mirando la pizarra, repasando mi cuaderno hasta que otro profesor llegara, perdido en la nada hasta que el timbre sonara. El día de la graduación, cuando terminó la ceremonia y empezó la fiesta, la disociación me invadió. No entendía qué estaba pasando, no comprendía qué tenía que hacer, solo escuchaba ruidos disonantes superpuestos y observaba caras extrañas alternándose como miles de gemelos. Era un fantasma entre personas que se rozaban y bailaban, un bloque entre globos, un sordo entre músicos, un mudo entre risas y gritos.


Este episodio se cerró con mi madre consolándome afuera de la fiesta, yo llorando porque nadie bailaba conmigo, y unas palabras que quizá intentaron ayudarme, pero que, a la larga, solo sellaron aún más mi vida. Oraciones duras de aceptar para un niño de diez años, que cuajaron dentro de mí hasta tenerlas escritas en piedra: “¿Qué importa si nadie quiere estar contigo? ¿Qué importa?”



2011


Inicié y terminé la secundaria en otro colegio. Durante los cinco años que estuve allí aprendí a estar siempre al margen, a no hablar, a bajar la cabeza y dormir mientras los demás reían, gritaban y vivían. Yo me quedaba horas inmóvil con la cara escondida entre mis brazos. Solo volvía a este mundo cuando empezaba la siguiente clase. Otras veces me la pasaba mirando actuar al resto. Me sentía como un mero observador rodeado de animales. Podía ser interesante ver cómo se relacionaban. Podían causarme gracia, podía empatizar con ciertos comportamientos, pero actuar como ellos y ser parte de su tribu era un pensamiento tan lejano que ni siquiera lo consideraba. Solo hubo un año que gocé de interacción directa y continua. Fue durante cuarto grado.


Fotografía proporcionada por el autor


2014


Una chica me salvaría durante un par de meses. Su compañía hizo que otras me hablaran. Tenerla a mi lado me volvió uno más en un grupo de cuatro. Personas que antes me ignoraban ahora de pronto me hacían bromas o iniciaban conversaciones conmigo. Pero debido a ello mis notas bajaron, y mi madre, aterrada de que esa relación me distanciara de mi destino inexorable de ser un alumno estudioso y aplicado, un genio destacado, me alejó de ella. Llegó a hacer cosas de las que prefiero aún no hablar y, sin quererlo, o quizá sí deseándolo mucho, me empujó aún más hacia la soledad.



2015


El último año lo pasaría siendo el mismo de siempre. Durante los últimos días nadie firmó mi polo. No le pedí a nadie que lo hiciera, no me interesó en absoluto la existencia de ese ritual escolar. En mi anuario no supe qué poner cuando me preguntaron quiénes eran mis amigos. El último recreo nadie me echó pintura, nadie me persiguió por el patio, nadie corrió huyendo delante de mí. Lo único que hice esa mañana fue comer mientras los veía desatar su locura, y regresar al salón sin que nadie lo notara. Nunca me sentí mal por no vivir todo aquello. El día de la ceremonia solo estuve allí para elevar mi calificación en el curso de tutoría. Fui de forma protocolar. Intercambié tres palabras con una persona, no me tomé foto con nadie, no reí con nadie. Cuando todo acabó, yo salí de allí sin voltear atrás, siempre tan indiferente y tan desinteresado en dejar de serlo.




2016


Al llegar la universidad repetí los mismos patrones. No hice amigos, no fui a eventos, no saludé, ni me despedí de nadie. Unas palabras de mi madre resquebrajaron aún más mi interacción con los demás. Antes de empezar el semestre me advirtió muy seria que si tenía novia no me pagaría la universidad. Desde entonces empecé a temer de los saludos que algunas chicas me hacían, por más ridículo que suene. Pero tenía 16 años recién cumplidos, estaba en la universidad más cara del país y, vista la forma tan impetuosa en que había buscado y logrado alejarme de mi primera relación, me hubiera creído todo.


Luego de abandonar la universidad volvería a estudiar inglés. En el instituto una chica se interesó por mí. Yo la ignoré tantas veces que me da pena decirlo. Un día acepté ir con un grupo de personas a comer pizza y ella aprovechó el camino de ida para hacerme frente. De la nada apareció a mi lado con una sonrisa coqueta, chocando sus dedos índices entre sí y mirándome, esperando eso que yo no tenía idea de qué era. Intentó varias palabras, pero al ver que yo era un mudo lanzó una pregunta: “Y… ¿Tienes algo que decirme?”. Yo le respondí en seco, frío y áspero como un metal oxidado. “No, no tengo nada que decirte”. Ella se rio juzgándome sarcástico o interesante, pero entonces volví a abrir la boca y con unas palabras planas borré su sonrisa. “No, hablo en serio. Por favor, vete”. Se quedó pensativa. Ella debió odiarme en ese momento, pero el que estaba lleno de cólera era yo. Repudié su intromisión. Le comuniqué al grupo que ya no iría, y me alejé sin importarme nada más que mi satisfacción de estar solo otra vez. Amaba mi soledad. Me tranquilizaba no hablar con nadie, me sentía yo mismo. Esa noche sin embargo me cuestioné por primera vez: “¿Por qué tengo que alejar a la gente? ¿Por qué soy así? ¿Qué soy?”. Los siguientes días, a pesar de esto, seguiría ignorándola.



2018


Paso mis días encerrado en Twitter o YouTube. Es 3 de enero y estoy saliendo de clases cuando esta chica, María, me habla desde atrás. La conozco, es de mi salón. De pronto empiezo a caminar más rápido. Ella me pregunta a dónde voy. Intento evadirla, pero como las personas somos tan confusas y los sentimientos aún más, al final no lo hago. Empiezo a escucharla, luego a hablarle, y entonces a asombrarme de sentirme tranquilo y a maravillarme y extrañarme de que la conversación solo siga y siga. Me río, ella ríe, mi caminata original se me olvida. De pronto intento reducir mi velocidad para alargar más ese día y, luego del recorrido que hicimos por esas calles del Centro de Lima, empiezo a quererla. Sesenta días después iniciamos la relación que me llevó hasta aquí. Dieciocho meses durante los cuales me acostumbré a su compañía, a charlar durante horas y a tenerla a mi lado a donde fuera. Esa etapa acabó, pero las marcas se quedaron en mí.


"Saliendo del consultorio psicológico". Fotografía proporcionda por el autor.


2019


Cuando camino me siento extraño. No disfruto de mi soledad, no soy el mismo de antes, quiero amigos. ¿Por qué nunca los he buscado? Empecé a ir a terapia. Luego de varias sesiones y varios exámenes obtuve la respuesta que debería dar título a este texto: Trastorno esquizoide de la personalidad. Ahí está mi problema, una lucha ignorada a la que recién ahora debo poner frente. A escasos meses de que acabe el decenio por fin lo sé, por fin me entiendo un poco. Tendré que llevar teatro, buscar situaciones donde deba interactuar con los demás, obligarme a hacer eso que durante tantos años me dio igual. Escribo estas palabras de forma caótica, sintiendo que me contradigo en el interior, sin entenderme por completo aún. Hablo de este ‘’mal’’ como algo de lo que me debo ‘’salvar’’, pero también me siento orgulloso de ser así. Me gusta ser yo, me gusta no depender.


Hace unos días fui a una fiesta, un evento de una banda que amo. Fue mi primer gran intento de interactuar con otras personas de mi edad. Fui el primero en hablar, el primero en hacer la conversación. Me sentía bien, me sentía en cierto sentido curado, pero luego de intercambiar palabras con tres personas algo me llenó. Un ente extraño me reclamó aislarme. Es una sensación vomitiva, unas nauseas peores que las del soroche porque no sé qué las causa ni cómo evitarlas. Quería hablar. Me sentía humano, sociable, parte de algo, y aun así quería irme. No tenía miedo a interactuar, no me sentía tímido. Las personas a mi alrededor no me disgustaban. Intercambiaba palabras, sonreía, me reía, pero dentro de mí solo quería largarme para nunca volver. Las ganas terribles de abandonar a todos son, siguen siendo, parte de mí.


Aún no comprendo la diferencia entre introvertido y esquizoide. Quizá quienes lean este texto tampoco la entiendan, pero así empiezo esta lucha: buscando entenderme. Lo que sé es que no volveré a huir durante tanto tiempo. Durante estos meses he sentido la necesidad de contacto, pero apenas lo he tenido he querido irme. No sé qué me pase: extraño la convivencia, pero también la repudio ■


Jairo es casi un ingeniero, casi un diseñador de videojuegos. Nos dice: "Me gusta la comunicación que emociona, la literatura que conmueve por su crudeza, los videojuegos que me enseñan a entender otras realidades". Fue alumno Machucabotones en el 2019.

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