EMPERATRIZ

Actualizado: mar 6

Imagen: Giphy

Como en cualquier situación, es imposible predecir cuál será la reacción de las personas ante el final de una relación amorosa. Hay quienes son más racionales, y hay quienes son más sentimentales. Una amiga me contaba el caso de un amigo suyo que, a pesar de ser lunes, se había embriagado junto a otro amigo suyo. Y un amigo, hace un par de días, que había terminado con su flaca y se sentía más tranquilo. Somos, pensamos, y sentimos diferente. Dennis nos acerca en su relato a otra forma de reacción.



Número desconocido


DAVID ESCUCHÓ EL TIMBRE DE SU CELULAR ALREDEDOR DE LA UNA DE LA MADRUGADA. Lo cogió, y complacido verificó que era una llamada entrante, aunque de un número desconocido. No le importaba. Hacía rato que buscaba el modo de escapar de la discoteca donde se encontraba junto a su grupo de compañeros de trabajo. El motivo de su presencia había sido su deseo de acercarse a la secretaria de jefatura, de medidas 90, 60 y revienta. Lamentablemente, apenas llegaron al local, el trío más joven del grupo cercó a la susodicha con tal éxito, que solo con ellos bailaba todas las piezas. Frente a este panorama, David aprovechó la oportunidad y se dirigió a la salida mientras gritaba “¡Aló! ¡Aló!” por el celular. Un compañero se percató de su intención y le reclamó que, si se marchaba, dejara antes la parte que le correspondía al consumo de bebidas y piqueos. David le hizo un ademán con la mano dándole a entender que regresaría. Era mentira.


En la calle se dio con la sorpresa de que no había recibido precisamente la llamada ganadora. Su interlocutor era Kike: un amigo con quien solía ser uña y mugre en la universidad.


—Aló, David. Soy yo, Kike.


—Hola, hombre. ¿Cómo vas?


“De seguro” pensó David, “me hablará de Emperatriz”.


Emperatriz era la ex enamorada de Kike, quien de forma intempestiva cortó su relación de casi diez años por correo electrónico con las siguientes palabras: “Por favor, ni siquiera pretendas contactarme. Lo nuestro no da para más”. Este duro golpe incitó en Kike el comportamiento psicótico de un acosador. Le enviaba a cada instante (al celular o a las redes sociales) mensajes de distinto tipo: de súplica, subidos de tono, amenazadores. Una vez que ella bloqueó sus cuentas, empezó a perseguirla de su domicilio a su centro de labores, y viceversa. Igual cuando salía a departir con sus amigas. El acabose fue cuando al verla agarrada de la mano de su nueva pareja, Kike no se contuvo y los encaró. Él era de estatura mediana y físico esmirriado, mientras que el galán de Emperatriz mostraba unos músculos preparados en el gimnasio. Por suerte, el sujeto se limitó a propinarle un par de puñetazos como advertencia de que, si persistía en fastidiarlos, le iría peor. Kike, con los labios reventados, accedió a regañadientes emprender la retirada. Fue cuando pasó entonces a convertirse en el insoportable amigo cuyo único tema de conversación eran los recuerdos de la etapa de su vida con Emperatriz.


—Oye, si no te llamo de otro celular, tú no me contestas.


—Lo siento, viejo. La chamba…


—Sí, como no.


El tema “Emperatriz” no le agradaba a David. La razón era que los dos habían tenido una breve aventura, justo meses antes del rompimiento. ¿Si eso contribuyó a la decisión de ella?, David lo afirmaba imposible con conocimiento de causa.


—David, ¿estás libre de tiempo ahora?


—Eh…


—Para que te vengas al toque a “Las Cucardas”.


—¿Al prostíbulo?


—Ajá, ¿puedes?


—Yo…


—OK. Te espero en la entrada.


Kike colgó. A David se le llenó la cabeza de interrogantes: ¿Un prostíbulo? Bueno, quizás metiéndose con prostitutas consiga superar el dolor de la separación. Pero, en lo que respecta a él, ¿qué mono pinta ahí? ¿Apoyo moral? ¿O acaso se había enterado de lo suyo con Emperatriz? De ser así, resultaba extraño el lugar elegido para tomar represalias. David tragó saliva. Eran demasiadas conjeturas. “Vamos pues” se animó, zanjando el asunto.




Camila


Un taxi lo llevó a su destino. Kike aguardaba cerca a la ventanilla donde se compraban los boletos de ingreso. Estaba irreconocible: ropas gastadas y gestos que denotaban nerviosismo. Kilómetro de diferencia del Kike seguro y bien al traje que solventó la carrera y los estudios de inglés de Emperatriz, del que reventaba la tarjeta de crédito por complacer los caprichos de ella de vestir a la moda.


Mujer guapa y coqueta, que supo mover sus fichas para retener a Kike el tiempo que necesitó.


—Ven —dijo Kike, al verlo—. Ya pagué nuestros boletos.


“Las Cucardas” era un burdel conformado por dos hileras de cuartos, con mujeres paradas en el umbral de las puertas que se contoneaban al ritmo de una música movida. Kike lo jalaba a David del brazo entre la masiva concurrencia de varones que sopesaban la “mercadería”. Pronto se detuvieron. Kike le señaló a una de las mujeres ubicada en una esquina.


—Es ella —le dijo—. Es Emperatriz.


David quedó boquiabierto. ¿Cuál era el nivel de locura de Kike?


—Has quemado cerebro. ¿Ella Emperatriz? Por el amor del cielo Kike…


—Ella es. Lo sé.


—No lo es, maldición. ¿Para eso me trajiste?


—Es mi Emperatriz. No sé por qué está en un prostíbulo, pero es ella. Y con el propósito de que no haya problemas, vas a ayudarme a rescatarla fingiendo ser un cliente. Ten el dinero.


—¿Que yo haga qué…?


—Cállate y anda. Me la debes.


David, estupefacto, sujetó los billetes.


—Me la debes, imbécil. Tú, mi amigo, te acostaste con ella. Así como hubo otros. Eso no significa nada. Yo la amo y la perdono, ¿entiendes? Si voy yo, de vergüenza me hará botar. Por eso ve tú, y dile: “Aquí está Kike, dispuesto a auxiliarte”.


David fue como un autómata. La mujer le sonrió insinuante.


—Mi nombre es Camila —le dijo—. Entra.


Imagen: Pixabay


Transacción


Le cobró por adelantado. A continuación, le indicó que se desnudara. Él lo hizo con lentitud. Ciertamente, Camila lucía una fuerte similitud con Emperatriz, pero no bastaba para producir una confusión. Ahí estaban el mismo corte de rostro, los ojos de gata y la piel color canela.


—Se permite sexo vaginal y oral —le informó—. No anal.


—OK —respondió David.


Él se echó en la cama mirando el techo. Camila le acarició, por unos minutos, desde las tetillas hasta el miembro viril. Este comenzó a erguirse. Ella le puso un condón y se lo introdujo repetidas veces en la boca. “Sexo anal” murmuró David. A la mayoría de mujeres les asquea esa práctica; sin embargo, a Emperatriz le encantaba. Se lo exigía, puesto que el querido Kike la trataba con suma delicadeza, incluso al tirar un polvo.


—¿Cuánto por sexo anal? —le preguntó.


—No —dijo, tajante— Anal no.


—¡¿Cuánta plata quieres, zorra?! —exclamó David, encolerizado. Camila retrocedió asustada.


—Voy a avisar a seguridad.


David saltó y la pescó del cuello. Con fiereza le pegó la cara contra la cama para silenciar los alaridos y la penetró por el trasero. Camila clavó las uñas en el colchón.


—Cornudo Kike —dijo—. Así me montaba a tu Emperatriz. Esa puta. Cómo se mofo de mí el día que le pedí que te abandonara. Me recordó que al menos tú pertenecías a una familia de plata. Puta de mierda.


David se vino con un sordo quejido. Soltó a Camila que desesperada tomo una bocanada de aire, y procedió a vestirse con gran velocidad. Camila temblaba sentada en un rincón del cuarto. David le lanzó unas monedas. Luego abrió la puerta.


En el pasillo, Kike se cuadró delante de él.


—¿Qué te dijo? —le inquirió.


David lo esquivó diciéndole con acritud:


—Que por qué nunca la follabas por el chiquito.


Kike emitió un “Ah” de incomprensión. David apuró el paso. Un vigilante corría en dirección al cuarto de Camila. Tropezó con Kike. Ruido de cuerpos cayendo al suelo. Carcajadas a granel de los clientes. David salió de “Las Cucardas”.


Afuera, la noche lo invitaba a perderse. David aceptó la oferta ■



Dennis Santiago es Licenciado en Bibliotecología. Casado con tres hijos. Hincha del Sporting Cristal. Lector empedernido de novelas y de cómics. Y cinéfilo. Actualmente se encuentra participando del taller de 'Mi Primer Libro 2' de Machucabotones.

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