ENCONTRANDO MI CAMINO

Aunque estudio ingeniería, mis verdaderas pasiones son el deporte y la escritura. Si bien he disfrutado leer libros de química, física y matemática pura, como los de Chang, Serway y Lehmann, es el arte lo que me guía.


Recuerdo que en la secundaria, durante los cinco años, estuve siempre seguro de querer ser ingeniero. Aún cuando nadie de mi familia me había impuesto esa carrera, jamás concebí la posibilidad de dedicarme a otra cosa. Sentí implícito el hecho de que al terminar la escuela seguiría los pasos de mi abuelo: postularía e ingresaría a la UNI, estudiaría minas, haría una maestría y ocuparía, luego de años de experiencia, algún cargo gerencial.


Además, hasta cierto punto, soñaba con ser como él y como mi tío, quien también era ingeniero de minas.


Admiraba sus intelectos. Me parecían eruditos. En las reuniones familiares conversaban de economía, política e historia, temas de los que yo sabía muy poco. Y asumí equivocadamente que la única manera de poseer esos conocimientos y de obtener un estatus que me asegurara el éxito (en ese tiempo, sinónimo de dinero) era estudiar ingeniería.


Sin embargo, conforme pasó el tiempo, conforme leí otros libros, conocí otras personas, descubrí otros mundos, me di cuenta de que había otras formas, otros caminos, y sobre todo, me di cuenta de que no quería reducir mi vida a una rutina, y mucho menos si implicaba pasar ocho horas al día dentro de una oficina revisando y firmando papeles.


No. Yo quiero ser libre. Quiero dedicarme a algo que me permita y me exija conocer el mundo, que me demande comprender a las diferentes personas que lo habitan y las diferentes culturas con las que estas se identifican. Quiero, en suma, entender la existencia.

Pesas y libros. ¿Para qué más?

De niño yo no era poseedor de una buena condición física. Era, incluso, algo obeso, por lo que me costaba realizar los ejercicios que la profesora mandaba.


Y como no me tenía ningún tipo de consideración a pesar de que le había comunicado mi limitada capacidad física, opté primero por hacer pequeñas trampas. Por ejemplo, si nos enviaba a correr alrededor de la pista de atletismo, yo corría únicamente el tramo que estaba dentro de su campo visual, el resto lo caminaba; sin embargo, aún continuaba desaprobándome. Lo hacía, según decía, porque no culminaba en el tiempo indicado, tal como hacían otros niños que, por cierto, eran más atléticos. Entonces, finalmente opté por escabullirme de las clases. Grave error. Jalé el bimestre.


En cuanto a la lectura, mi abuela, entregándome el periódico, me pedía que leyera en voz alta algún artículo, el que yo quisiera, y que al terminarlo le expresara todo cuanto hubiese comprendido. A mí esto no me gustaba, por lo que procuraba ir donde mi otra abuela. Ahí no se me obligaba a nada.

Y creo que justamente en la palabra “obligación” yace la clave. Cuando a un niño le obligas a hacer algo, más resistencia ofrecerá; en cambio, si le promueves el conocimiento a través del juego, no le resultará tedioso y disfrutará el aprendizaje.



Ahora, luego de un poco más de una década, cada que visito a mi abuela, entro a su biblioteca y veo con felicidad todos los autores que aún me faltan leer: Hemingway, Tolstoi, Makárenko y Dostoievski, por mencionar algunos.


Por otra parte, acudo diariamente al gimnasio con el propósito de poder conocer, algún día, el límite de mis fuerzas. Aunque para esto también leo. En mi librero no faltan libros de Poliquin, Bompa y Rasch.


Al principio dije que mis pasiones eran la escritura y el deporte, y que el arte era mi guía. Pues es verdad. Para mí, el deporte es un arte. Lo considero como una expresión de belleza y fuerza. Todo gesto deportivo es el resultado de la ejecución de una secuencia de movimientos, los cuales, en base a leyes físicas y químicas, se adaptan a cada individuo, a cada fisionomía, con el objeto de lograr el máximo rendimiento del cuerpo.


Sin embargo, no deseo limitarme únicamente a esas dos artes, sino que también aspiro aprender dibujo, pintura, música, origami y quien sabe qué más. Y sé que lo haré, pero a su tiempo. Como dijo la escritora George Eliot: “Nunca es tarde para ser lo que se debería haber sido”.


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