ESO QUE NO LE HE CONTADO A NADIE

Actualizado: jun 4


Imagen: Giphy


Este relato es para ti que, estoy seguro, en algún momento de tus 20, de tus 30, de tus 40, o incluso de tus 50, has sudado frío ante la pronunciación de dos palabras (ambas con E al inicio).



CADA VEZ QUE MIS AMIGOS EMPIEZAN A HABLAR DE MUJERES, YO ESCUCHO. Me quedo callado, sonrío y me pregunto “¿Será cierto lo que cuentan?”. Ellos se sienten lo máximo contando sus conquistas e infidelidades. “¡Qué huevones!” pienso.


Yo siempre les digo que soy fiel y que lo he sido toda mi vida, lo cual es cierto. Algunos me dicen “¡Asu, qué aburrido!” y otros no me creen.


­“Este es más pendejo que nosotros, solo se hace el huevón. No quiere contar” dicen entre risas.


No me nace hablar de mujeres. Por eso, lo que contaré a continuación, jamás se lo he contado a nadie.


Corría el 2006. Yo tenía 21 y había terminado una relación de dos años. No tenía apuro en enamorarme de nuevo. Solía gastar mi tiempo en beber alcohol los fines de semana y pensar mucho. Pasaba largos ratos pensando en qué podría hacer por mi futuro. Quería ingresar a la universidad, emprender un negocio y algo por el estilo.


Fue en esa época que conocí a E, una chica de 17 años que había entrado recientemente a ocupar el puesto de recepcionista en la empresa donde yo trabajaba. Dicha empresa era una radio emisora. Yo era operador y locutor. E apenas había terminado la secundaria y quería hacer algo de dinero para ayudar a sus padres con el pago de sus futuros estudios en un instituto o universidad. La mayoría de las recepcionistas que habían pasado por la radio tenían casos parecidos. Siempre sabíamos que no iban a quedarse allí mucho tiempo, y E no fue la excepción. Ahora puedo recordar esto con tranquilidad, pues todo lo que sucedió luego de conocerla fue muy intenso. Ella llegó para alborotar mi vida.


E era de piel trigueña, alta (1.70 m., casi mi tamaño) y flaca. Tenía el cabello largo y lacio hasta la cintura. Sus ojos eran achinados, su nariz larga y sus labios gruesos. Francamente no me gustaba. Pero su pequeña cintura y su juventud atraían a mis compañeros. Solían decir que la chibola “estaba bien”.


No era risueña, pero solíamos lanzarnos algunas sonrisas cuando yo llegaba y la saludaba formalmente. “Buenas tardes, señorita” le decía. Así saludaba siempre a todas las recepcionistas, quienes sonreían por el tono respetuoso que les daba a mis palabras.



El inicio del alboroto


Habían pasado un par de semanas desde su llegada cuando alguien me anunció que E se iría. Sus padres no querían que trabaje y la iban a mandar a estudiar a un instituto. Ese mismo día, E entró a la cabina de la radio a despedirse. Creo que entró a todas las oficinas a hacer lo mismo, pero que me visitara a mí me sorprendió. No teníamos una amistad, apenas nos saludábamos.


—¿Me das tu número? —preguntó dubitativa, y de manera tímida, casi susurrando, agregó—: Para mantenernos en contacto.


Le di mi número con cordialidad, sin querer hacer notar mi sorpresa. “¿También le habrá pedido sus números a los demás?”. Todo me resultaba muy extraño.


A los tres días, E me envió un mensaje de texto. No recuerdo qué decía, pero ese día empezamos a escribirnos seguido. Eran mensajes de “Buenos días”, “Estoy aburrida” y “Buenas noches”. Una semana después, un martes, me escribió diciendo que saldría temprano de estudiar. Me preguntaba si podía pasar a verme en la radio. Llegaría pasando las 8 de la noche. A esa hora yo estaba solo y ella lo sabía. Pensé “¿Se me está mandando?”. Me daba miedo. ¡Ella tenía 17 años! Aún así, le acepté la visita. ¿Qué otra cosa podía hacer?


A las 8 de la noche acababa el último programa en vivo de la radio, por lo cual se iban los conductores y la recepcionista. Yo programaba música hasta las 10, y de 10 a 11 conducía un programa de música romántica. El guardián llegaba a las 10 y entraba a su cuarto sin saludarme. Prácticamente, yo me quedaba solo.


E llegó a las nueve. Vestía un polo blanco y un overol jean, y se había peinado con dos colas, lo cual la hacía aparentar más niña de lo que era. Parecía nerviosa, como si me tuviera miedo. Por mi lado, yo no sabía cómo pedirle que se fuera. Nuestra conversación fue como un interrogatorio: ella me preguntaba cosas banales de mi vida, y yo le daba respuestas no muy largas.


—¿Qué tipo de comida te gusta comer?


—Bueno, lo que sea, lo que comen todos… Pollo a la brasa, chifa… —le respondía con indiferencia.


Yo no le preguntaba nada, para que la visita se acabara pronto. Pasada la media hora dijo que se iría, y me pidió que la acompañara a la puerta. Salimos de la cabina al pasadizo y allí me besó. Apenas rozó mis labios, se separó rápidamente, como arrepintiéndose. Luego se fue.


Los mensajes de texto continuaron sin mencionar el beso. A la semana siguiente me volvió a visitar a la misma hora. Apenas habíamos caminado unos pasos luego de abrirle la puerta de recepción, cuando se me puso enfrente y acercó su rostro al mío. Nos besamos. Sentí cómo su lengua intentaba enredarse con la mía y eso me excitó con electricidad. Tomé su pequeña cintura con una mano y con la otra me animé a acariciarle la pierna con cuidado. Ella no opuso resistencia, por el contrario, ya estaba besándome el cuello.


En segundos pasaron varias dudas por mi mente: “¿Qué estoy haciendo? ¡Tiene 17! ¿Hay cárcel por esto?”, pero rápidamente me olvidé de todo y casi por inercia, me dejé llevar.


En unos minutos ya estábamos en el almacén a oscuras. Yo la había guiado hasta ahí porque ahí tenía mis condones en una mochila. Sin prender la luz y sin dejar de besarla, los saqué. Ella se dio cuenta.


—Así nomás, no te pongas —me dijo susurrando.


Yo me quedé paralizado, no esperaba que me dijera eso.


—No te preocupes, yo sé lo que te digo. No estoy loca —dijo, sin dejar de acariciarme.





Habíamos terminado de tener sexo y estábamos frente a frente. E sentada en una mesita y yo de pie. Fue entonces que me dijo que era estéril. Meses atrás se había hecho unos exámenes por una rara enfermedad o algo así, y con los resultados en mano, el doctor le había dicho que no podría tener hijos. No entendí muy bien su explicación. Sonaba confuso, pero le creí.


—Ah ya. Pucha. Es algo malo, ¿no? Aunque… también bueno —dije, arrepintiéndome de cada palabra. No sabía qué decir.


“¿Será cierto?” pensaba. “Por las puras te has puesto condón, cojudo”. En la oscuridad yo había alcanzado a colocarme el condón rápidamente intentando que ella no se diera cuenta.


El siguiente martes pasó lo mismo. Esa vez también usé condón. Cuando ella se dio cuenta, me miró como diciendo “¡Ay, qué idiota!”, pero no dijo nada. Mi chip de las capacitaciones que alguna vez había recibido sobre ITS y SIDA me ordenaba no hacerlo sin condón. Esa misma noche me contó que tenía enamorado. El chico era de su edad y desde el colegio estaban juntos. Yo la miré sorprendido, aunque no tenía ningún reproche.


—No habrás pensado que nos íbamos a enamorar, ¿no? —dijo ella.


Yo solo sonreí. Sinceramente, no sentía nada por E. Ni siquiera me había gustado mucho tener sexo con ella. Nuestros encuentros sexuales habían sido torpes y apresurados. Todo empezaba y terminaba rápido, con casi toda la ropa puesta. Solo nos quitábamos lo esencial. Aunque sin duda, nos excitaba el saber que estábamos haciéndolo a escondidas en un lugar prohibido.


Luego de esa noche ya no volvimos a mandarnos mensajes de texto. Yo regresé a mis tiempos tranquilos y pausados. Pero al mes siguiente, E volvió a trabajar en la recepción de la radio. Ahora ya no la saludaba tan cordialmente. Solo le decía “Hola” cuando la veía.



Y cuando creyó que todo había acabado...


Una semana después de su regreso, volvió a revolotear mi cerebro.


—Ven, siéntate, quiero que veas algo —dijo, apenas me vio entrar por la puerta de recepción.


Abrió el primer cajón de su escritorio y me entregó un sobre. Claramente identifiqué que ese sobre era de una clínica, por el logotipo que tenía. Mis manos y mis pies empezaron a sudar. Yo sabía lo que podía contener ese sobre. Aún así, quise comprobarlo.


Solo recuerdo que leí POSITIVO en letras mayúsculas, grande. Me quedé pasmado, casi temblando. Dije lo primero que se me ocurrió en ese momento:


—¿No me dijiste que tú no podías…?


—Sí pues, raro, ¿no? —respondió con total tranquilidad.


—¿Y tu enamorado?


—¡Está feliz! —dijo alegre, y luego de forma pausada, como explicando, agregó:


—En serio, está muy feliz desde que se enteró que va a ser papá.


Imagen: Pixabay

En eso, notamos que alguien se acercaba. Le devolví el sobre rápidamente y me fui. “¿Qué puedo hacer?” me preguntaba. “Yo me he cuidado, yo me he cuidado” repetía mil veces en mis pensamientos, para tratar de convencerme de que aquel bebé no era mío. “¿Y si sí es?”. Esa noche no pude dormir.


—¿Por qué me diste el sobre? —le pregunté al día siguiente.


—No lo sé. Solo quería que lo sepas —dijo casi sin mirarme.


—Yo me cuidé.


—Sí, lo sé. No te lo estoy chantando —dijo, mirándome a los ojos–. Ya te dije que F se va hacer cargo… Es de él.


Esa fue la última conversación que tuvimos. Dos semanas después se corría el chisme de que la chibola de recepción estaba embarazada y ya no iba a trabajar. “Ahí está pues. Esas con cara de mosca muerta son las peores”. “Ay, pobrecita la mamá. Tanto que la cuidaba, que quería que estudiara”. “Dicen que el papá es un piraña de por su casa”. “A mí se me insinuaba la chibola. Se notaba que era pendejita”. Frases así escuchaba por los pasillos, la cafetería y las oficinas de los jefes. Cuando me lo contaban, yo solo me hacía el sorprendido.



Alma al cuerpo


Pasaron varios meses y me enteré de que había nacido el niño. Tuve que esperar otros meses más para poder ver alguna foto de él en el Hi5 de E.


Esa foto era la última esperanza para zanjar el tema que aún me daba vueltas en la cabeza. Pero, ¿qué iba a hacer si veía que el niño se parecía a mí? ¿Pediría la prueba de ADN? ¿Qué podría hacer legalmente? Ella no iba aceptar que me acerque. Se había casado con F. ¿Cómo iba a reaccionar él?


Cuando por fin vi la foto, pude comprobar que ese bebé era idéntico a su padre… a F. Era su vivo retrato. Así los vi en una foto en la que posaban los tres juntos. Quizá el deseo de que no fuera mío hacía que los viera idénticos. No lo sé. Pero fue así como finalmente dejé de pensar en el bebé de E, y me prometí que jamás contaría esa historia ■



Francisco Gallardo es un seudónimo. Francisco tiene 35 años, es comunicador social y ha conducido programas radiales musicales y de conversación desde el 2003. Y empezó a practicar escritura con Machucabotones en el 2019. Este texto fue escrito en el curso «Como me da la gana. Introducción a la escritura expresiva». Actualmente escribe su primera novela.


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