#Familia: "GRACIAS, ABUELA"

Actualizado: may 23


Imagen: Giphy


El título de este relato hace recordar las obras de Máximo Gorki, en las que él menciona mucho a su abuela. Cuenta cómo lo crio y cómo le contaba historias. Ahora, al leer el relato de Catherine, uno piensa cómo, conforme crecemos, nos sentimos asfixiados ante los mimos, consejos y abrazos de nuestras abuelas, ignorando que alguna vez, cuando éramos niños, aquellos mimos, aquellos consejos y aquellos abrazos, nos proporcionaron la tranquilidad que tanto necesitábamos.


MIS PAPÁS VESTÍAN ELEGANTE. Mamá usaba un vestido largo negro con brillantina en la parte superior, y papá, terno y corbata. Estaban por irse a un evento y me dieron el beso de buenas noches: “Descansa hija, volveremos pronto”. Les di un fuerte abrazo y me recosté, para intentar dormir. Apagaron la luz y cerraron la puerta al salir.



Angustia


Al cabo de un par de minutos, aún con los ojos abiertos, empecé a agitarme por no poder conciliar el sueño. Primero miraba la pared, luego el techo, luego la otra pared, y luego la almohada, y así repetidamente, cada vez más rápido. De pronto, mi corazón empezó a acelerarse y decidí sentarme con las piernas dobladas. Intenté respirar para calmarme. Llevé mis manos al pecho. Inhalé y exhalé lentamente varias veces. No funcionó. Empecé a sentir miedo, me sudaban las manos. “¿Y si mis papás no vuelven? ¿Y si les pasa algo?” Intenté respirar una vez más y de pronto mi pecho empezó a doler. Me asusté más. Coloqué mi cabeza en la almohada y empecé a llorar…


Ahí estaba yo, con 12 años y sola en la habitación, echada en la cama superior del camarote observando el techo escarchado verde sin poder dejar de llorar. No entendía qué estaba pasando, me sentía paralizada.


Intenté gritar, pero no pude ni hablar. Mi mente no paraba de crear historias de un mundo sin mis papás: “¿Y con quién viviré si no vuelven? ¿Por qué tenían que irse sin llevarme? ¿Me están abandonando? ¿Volverán?”…




Mamama


Aún era reciente aquel día en el que desperté como cualquier otro día y corrí hacia el departamento de mi Mamama (mi bisabuela materna) para darle los buenos días. Había más gente de la usual. Recuerdo haberme hecho espacio entre la gente, y con pasos rápidos y cortos, buscar la ruta hacia su habitación. Cuando entré, corrí a su cama para recostarme a su lado como era costumbre. "¿Por qué está fría? ¿Alguien puede abrigarla? Mamama, despierta". Empecé a gritar y a abrigarla. No recuerdo qué siguió. Supongo que mi mente lo ha bloqueado para protegerme. Sin embargo, un día conversando con mis papás ya de adulta, me contaron que aquella vez tuvieron que cargarme para poder sacarme de ahí… Me decían “Se ha ido al cielo” y yo les respondía “¿Y cuándo puedo ir yo con ella? ¿Cuándo la puedo ver?”, mientras hacía fuerza para que no me alejen.


Mamama es la persona con quien crecí. Antes de que construyeran el edificio donde pasó sus últimos años, vivíamos en una casa enorme. Todos y todas trabajaban y yo me quedaba sola con ella. Yo era su engreída, su bisnieta mayor. Ella solía llevarme un jugo todas las mañanas para desayunar y me preparaba sopita de pollo cada vez que se lo pedía. "La sopita de pollo te sana, hijita. Es la mejor medicina" decía. Con ella podía hablar de lo que hacía, de lo que aprendía y de lo que sentía… Podía ser yo misma. Ella me escuchaba, me prestaba atención y jugaba conmigo. Incluso cuando enfermó, no dejé de visitarla. Obvio, ya no tenía la rutina del jugo matutino (que estuvo incluso cuando empezó a depender de su bastón), pero aún estaba viva conmigo. Yo era su mundo y ella el mío, pero ahora ya no estaba.


Imagen: Pixabay


La abuela Irene


Seguía en el camarote intentando dormir, mas no podía estar quieta. Me senté y me acomodé para bajar de él, un paso a la vez. Logré hacerlo y, entre lágrimas y mi corazón que quería salirse, quise llegar al cuarto de mi abuela Irene, quien vivía con nosotros. Solo tenía que cruzar el pasillo oscuro con muebles a los costados y dos puertas previas… Abrí la puerta, respiré (le temía a los lugares oscuros), cerré los ojos, conté hasta 3: “1, 2, 3”, y me dije “¡CORRE!”. Ahí estaba yo, corriendo sin zapatos en la oscuridad y temblando de miedo. Llegué a la puerta de la habitación de mi abuela y sin preguntar, la abrí y fui donde ella. “¿Qué pasa hijita?” me preguntó. Yo solo recuerdo tener mi mano en mi pecho y entre sollozos, sentarme a su lado…


Ella se acomodó y se sentó detrás de mí, como quien abraza por la espalda, poniendo su mano en mi pecho, sobre las mías. En un tono de voz amoroso, pausado y en calma, empieza a decir:


—Tranquila, aquí estoy. No estás sola.


—Mi-s pa-pás no es-tán —dije entre sollozos.


—Sí, ya van a volver.


—¿Y mi Mamama? ¿Me abandonó?


—Ella está en un mejor lugar. Ya no sufre y está feliz. Te sigue amando —respondió, mientras seguía frotando sus manos sobre las mías—. Tranquila hija, vas a estar bien.


Me abrazó fuerte. La sensación de tranquilidad empezó a volver. Me recosté y logré dormir. Al día siguiente, al despertar, ella no estaba a mi lado. Me agité. Salí corriendo de la habitación en su búsqueda y ahí estaba ella: en la cocina esperándome con mi jugo matutino, el mismo jugo que mi Mamama me hacía para desayunar. No pude evitar sonreír, correr hasta ella, abrazarla fuerte y susurrarle: “Gracias abuela” ■




Catherine Revollar conocida como Cathe, es Psicóloga. "Terapeuta de profesión, Clown de corazón y escritora por pasión. Amor es Amor". Feminista y Activista por los derechos humanos.

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