Había una vez un conejito Playboy llamado Hugh

Le conté que mi primer acercamiento a Playboy fue cuando tenía 12 años. Encontré la revista en un cuarto que había detrás de mi casa, era un cuarto de madera lleno de cachureos. Un espacio tan grande que de seguro hasta un fósil de dinosaurio podía aparecer ahí. Esos cuartos tienen muchas historias.


En uno de esos cuartos di mi primer beso, que fue horrible por lo demás, me metieron la lengua, fue asqueroso. Llegué a mi casa y me lavé incontables veces los dientes para sacarme el mal sabor. Ese primer beso intenté desecharlo de los recuerdos. El chico no me gustaba, pero no hubo caso: el recuerdo quedó anclado emocionalmente, por lo perturbador.


El segundo beso de mi vida fue mágico y sin lengua. Con el chico que me miraba cuando tomaba el bus para ir al colegio. Él vivía un unos departamentos cuya ventana daba a la parada de mi micro, fue así como nos descubrimos, en realidad él me descubrió clandestinamente primero, al mirarme desde su ventana. Fue también en uno de esos cuartos donde me besé con un compañero de colegio en tercero medio, fuimos a buscar unos libros que necesitábamos para un trabajo de biología, él era el más popular, presidente de curso, buen alumno y deportista, intachable. Llevaba ya en ese tiempo como 8 años con su polola, parece que se hubieran enamorado desde el preescolar, fue en ese cuarto donde tal vez empezó el extraño magnetismo de ser parte de tres. Pero eso es harina de otro costal.


Mientras buscaba algo en el cuarto de madera detrás de mi casa, me llamó la atención una caja en la que se encontraban revistas. Abrí la caja y vi un par de números de Playboy, tomé un ejemplar para hojearlo y en una de sus páginas, luego de ver guapas mujeres semi-calatas, veo a un hombre negro sosteniendo su pene. Era un artículo, no recuerdo de qué trataba, la imagen estaba en la mitad de la página. No era una foto tan grande, yo tenía once años, la imagen fue impactante. Tomé la revista y me la llevé a escondidas al cuarto y la puse en mi mochila blanca con florecitas de colores, que estaba tan de moda en los noventa junto con la estética del grunge.


En mi colegio los chicos a esa edad empezaron a dibujar penes por todos lados, cajas de condones y cosas que yo la verdad no entendía. No tenía idea de qué era eso de un condón. Tanto mi mamá como mi papá eran unos veinteañeros en ese entonces, y creo que sabían tanto como yo sobre sexualidad. Me llevé la Playboy escondida entre mis cuadernos de castellano, matemáticas y artes plásticas, estaba segura de que era información que debía compartir con mis congéneres.


Frente a tanto vacío que nos quedaba en nuestra formación sexual, si es que se pudiese apelar a ese concepto, era un acto subversivo en el Chile de ese entonces. No cabía posibilidad de que uno tuviera curiosidad acerca de la propia sexualidad a esa edad, lo que hoy nos parece tan natural.


Llegué a la sala de clases ese día, recuerdo que esa sala daba al patio central de la escuela, y en una diagonal directo al baño de mujeres: no recuerdo qué asignatura tuvimos esa mañana, lo que yo quería era compartir con mi compañeras ese descubrimiento.


En ese tiempo éramos un grupo de cuatro amigas. Tomé la revista y me la metí entre la falda y la blusa, le conté a Romina, para que fuera al baño, nos metimos dentro de una de las casetas y le mostré el tesoro, ella pegó un grito de asombro, llegó la Daniela y también pegó un grito, fue así como hubo una seguidilla de gritos de cada una de las chicas que observábamos la imagen de ese hombre de color que se agarraba su inmenso pene. Tanto alboroto causó el descubrimiento que la inspectora se acercó al baño, rápidamente cerré la puerta del baño y metí la revista detrás del estanque de agua. Mi corazón latía agitadamente, si me pillaban era mi fin. Respiré y abrí la puerta. La inspectora me preguntó qué pasaba, le dije que nada, preguntó por qué tanto grito, le dije que no sabía y la miré dulcemente, mientras sudaba como un puerco y sentía el fuego en mi cuerpo.


Salí del baño, ella también salió, pero mirándome de reojo. Tocaron el timbre para volver a clases y cuando entraron todos regresé al baño, tomé la Playboy y me la volví a meter entre la falda y la blusa. Regresé el tesoro a la mochila y le dije a mis amigas que no hablaríamos más del tema, porque si me pillaban me echaban del colegio y capaz que de la casa.


Cuando me enteré de la muerte de Hugh Hefner recordé mi primer encuentro con la revista Playboy. El primer pene que vi, porque nunca vi el de mi papá. Y pensé que este viejo conchudo allá tan lejos, con su revista y su vida tan polémica, fue el que nos dio nuestro primer acercamiento a la sexualidad a mí y mis amigas en ese entonces: ni mis compañeros, ni mis padres, ni mis profesores, atendieron esas dudas que tenía, pero Playboy lo hizo, digan lo que digan Hefner es Hefner. Ayer, cuando supe de su muerte entré en la búsqueda en la web y encontré las ediciones especiales de Playboy con tantas musas: Marilyn Monroe, Sharon Stone, Bo Derek, Cindy Crawford, Raquel Welch, Elle McPherson, Marge Simpson y la afromericana Darine Stern y tantas otras. Tal vez esperaba encontrar ese número tan preciado que despertó en mí la exploración de la sexualidad con el negro calato.


¡Vuela alto Hefner, que tu nirvana tenga una paraíso de conejitas! ■




Elena es educadora. Y le apasiona viajar y escribir.


Empezó a practicar escritura con Machucabotones en el 2016.

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