#RelatoErótico HACER EL AMOR

Actualizado: feb 14


Foto proporcionada por la autora

"Para hacer el amor / debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de la muchacha / tampoco es buena la sombra si el lomo del amante se achicharra" escribió en 1964 el gran Antonio Cisneros. La pregunta reaparece de vez en cuando en el curso de Redacción Erótica de Machucabotones: ¿qué es hacer el amor? ¿La última vez... hice realmente el amor? Con jugueteo y desparpajo, Winnie Cheng nos cuenta cómo ve el asunto.


NO RECUERDO LA ÚLTIMA VEZ QUE HICE EL AMOR. De hecho, no sé si lo que pensé que había sido hacer el amor —en más de una ocasión— lo habrá sido realmente. Supongo que depende de cómo cambia nuestro criterio a lo largo del tiempo y de nuestras experiencias. Podría decir que creía sentir amor por alguien y tenía sexo con esa persona simultáneamente. Es así como llegaba a pensar que estaba haciendo el amor. Ahora parece una conclusión demasiado básica.


Una de esas veces fue con Renata, hace unos cinco años. Recuerdo que llevábamos como un año de relación y habíamos ido a Arequipa en uno de esos chispazos de espontaneidad en que cogíamos dinero y simplemente nos dirigíamos a la terminal. En menos de sesenta minutos, ya estábamos esperando el bus. Luego de viajar cerca de veinte horas sin otro equipaje excepto nosotras mismas, llegamos a un hospedaje que se encontraba a unas cuadras.


—Hola. Quisiéramos una habitación —solicité al recepcionista.


—¿Doble o matrimonial? —preguntó.


—Eh, matrimonial —respondimos ambas al mismo tiempo.


El recepcionista nos dio las llaves y subimos a familiarizarnos. Unos minutos después, salimos a comprar ropa y productos de higiene personal. Cuando volvimos, yo entré a bañarme primero y R entró después. A ella y a mí nos encantaba bañarnos juntas; más allá de que pudiésemos besarnos o tocarnos en la ducha, era un momento muy íntimo entre ambas. Sin embargo, aquella ducha era poco espaciosa, así que nos dispusimos a utilizarla de manera separada. Luego de secarnos, rendidas ante el cansancio, nos quedamos acostadas en la cama en ropa interior y comenzamos a besarnos.




R


Renata es mi exnovia. La conocí a través de Irene, una amiga que estaba enamorada de mí cuando ello ocurrió. Irene pasaría a recogerme una noche para ir a Miraflores y apareció en mi puerta con R. R me pareció bonita desde el inicio, tal como la había visto en algunas fotos, pero ello me tenía sin cuidado porque yo ya había llegado a la conclusión de que no me atraían realmente las chicas, precisamente por un experimento fallido con Irene. Y Renata lo sabía. A decir verdad, Renata había sido un soporte para Irene cuando ella aún no asimilaba mi rechazo. Mientras caminábamos hacia la avenida Javier Prado para conseguir un taxi, fumábamos weed y conversábamos superficialmente. Sin querer, aquel lapso bastó para que Renata me pareciera interesante, divertida y sumamente risueña. De hecho, me encantaba cómo se le arrugaban las comisuras de los ojos cada vez que sonreía. Cuando subimos al auto, yo me senté en medio de ambas y, mientras seguíamos fumando, Renata recostó su cabeza sobre mi hombro sin decir nada.


El viaje continuó sin alteraciones. Una vez que llegamos al óvalo Miraflores, nos dirigimos a McDonald’s porque Irene se moría de ganas por utilizar el baño. Durante aquellos segundos en que R y yo esperábamos al otro lado de la puerta, yo me lavaba las manos y, de pronto, noté cómo R me miraba los labios a través del espejo. Cuando volteé a verla directamente, se acercó despacio a besarme sin quitarles los ojos de encima. Fue un beso inmediato. Luego, subió la mirada y sentí en ella una mezcla de timidez y miedo por lo que acababa de hacer. R solo atinó a salir del cuarto de servicios y yo me quedé completamente absorta ante lo que había ocurrido. Salí con Irene y caminamos las tres por Bonilla hasta llegar al bar. Ninguna dijo nada. Aquella noche, R y yo fuimos cómplices. A partir de ese momento, el vendaval iniciaría.




Frenesí


Sin importar lo que pensara o sintiera Irene, Renata y yo estuvimos juntas. Compartir mi tiempo con ella siempre fue vivir un día a la vez. R es de las personas que se dejan llevar, que siempre quieren más, que no desisten de algo que disfrutan, sin importar las consecuencias. Así habíamos terminado, entre otras cosas, estando en Arequipa solas, sin equipaje y sin haber avisado a nuestras familias.


Nos encontrábamos echadas una al lado de la otra y, de solo estar con ella, me sentía feliz. Una de las cosas que más me gustaban de ella era lo mucho que me hacía reír. Además, R y yo teníamos una excelente química para besarnos. Nuestra relación era como la de dos mejores amigas divirtiéndose todo el tiempo, experimentando juntas todo tipo de vivencias, conociendo gente. Pero cuando estábamos solas y nos besábamos, era como si el mundo desapareciera. Podía sentir cómo nuestros sexos se calentaban y mojaban aun sin tocarnos.


Aquel día, ya de noche, reposábamos tras el largo viaje y nos hacíamos mimos. R, tan risueña como siempre. De pronto, en medio de la ternura, llegó un momento en que la intención de nuestras bocas cambió. Comenzamos a jugar con nuestras lenguas, que empezaron a humedecerse cada vez más, tanto como nosotras allá abajo. R fue deslizando lentamente su mano derecha hacia mi vulva y comenzó a tocarla con delicadeza. Ella sabía perfectamente cómo hacerlo; a pesar de que yo era su primera pareja en general y ella era mi primera chica, tras haber pasado la etapa inicial de conocer nuestros cuerpos, no habíamos tenido problemas para disfrutarnos sexualmente. R y yo continuábamos besándonos mientras, de manera simultánea, sentía las yemas de sus dedos masajeando mi clítoris. En ese momento, yo ya no estaba pensando con claridad. Pronto, noté que mi boca había terminado dentro de la suya. Mis labios estaban entre los suyos y lo único de lo que era realmente consciente era de cómo mis pequeños gemidos morían viajando a través de su garganta. Aún ahora me estremezco de solo pensarlo. Mi respiración se agitaba cada vez más y sentía cómo la suya se acompasaba con la mía. El nivel de tensión aumentaba, como si se tratara de la cuerda de una guitarra que no paraba de estirarse, hasta que llegó un momento en que ya no pude resistir y ambas sentimos cómo la cuerda se rompió y los sonidos de mi boca fueron a perderse dentro de la suya. Sentía que mi mente flotaba. Mi cuerpo estaba temblando. Y lo que ocurrió a continuación, nunca había ocurrido antes. En vez de comenzar a acariciarnos y besarnos con ternura más que con pasión, R bajó hacia mi vulva y comenzó a chupármela. A pesar de que acababa de tener un orgasmo que me había paralizado los sentidos, su lengua no incomodó a mi clítoris, sino que lo excitó aún más. R siguió lamiéndome riquísimo hasta que, unos segundos después, sentí cómo me venía en su boca y con ello le entregaba todo de mí.


Aquella noche quedé descubierta. Estaba más consciente que nunca de lo enamorada que estaba de R y de lo loca que me volvía. Antes de que el día termine, sentadas sobre un escalón de la habitación, envolviéndola con el brazo derecho y sosteniendo un cigarrillo con la mano izquierda, le dije mirándola a los ojos:


—Siento que hemos hecho el amor.


—Yo también —respondió R.


—Te amo.


—Te amo.


Foto proporcionada por la autora

Declive y reconocimiento


Y nos besamos. Aquellos fogosos días fueron quizá la cúspide de nuestra relación. Ahora que puedo ver en retrospectiva, pese a todos los hermosos sentimientos que esta suscitó, pese a todo el cariño, pese a todo lo que vivimos juntas, no sé si lo que sentimos fue amor. Antes ni siquiera lo hubiera dudado. Creo que ello depende mucho de lo que ahora pienso que es el amor, aquella sensación no solo de afecto, sino de bienestar, de tranquilidad, de libertad, de desprendimiento, de aceptación, de apoyo. Esas son cosas que yo no sentí con Renata, pero qué bien se sintió vivir aquel tipo de seudoamor a nuestra manera.


Mi relación con R se volvió tóxica de manera escalonada. R sufría de depresión y consumía Prozac a diario. Yo fui testigo de cómo fue empeorando a lo largo del tiempo y era la única que se preocupaba por ella. Sus padres cumplían con darle el dinero para el tratamiento psiquiátrico, pero siempre estaban ausentes. Ambos eran alcohólicos. Yo me convertí en aquella persona que andaba detrás para que asistiera a sus citas, para que no se gastara el dinero en nimiedades, pero R mantenía esa personalidad tan impulsiva que la caracterizaba. Sus inseguridades crecían, sus celos se hacían más intensos, nuestras peleas eran cada vez más fuertes. Nos quisimos hasta el final. Pero, ya agotadas, nuestros caminos comenzaron a bifurcarse.


Hoy en día, la expresión hacer el amor me tiene sin cuidado. No significa nada para mí. Creo que llegar a pensar que has hecho el amor con alguien depende más de lo que sientes que de lo que haces o de lo que dices. No sé si podría hacer el amor con cada persona que llegase a mi vida; y si pudiera, no sé si querría. Aquella noche, R y yo no hicimos el amor, sino que el amor nos hizo a nosotras.


Después de ello, solo he tenido sexo. Con chicos más que con chicas. Entre aquellas personas —por las que no sentía nada— apenas con una pude disfrutarlo un poco. Y no sé por qué, pero mi instinto me hizo evitarlo. A él, a otras personas que me han gustado.


Siento que estoy bien así.


Siento que estoy bien sola.


Siento que estoy bien estando conmigo misma.


No busco el amor ni dejo que me encuentre.


Me gusta tener todo bajo control.


Y solo me decantaré por lo inevitable.


Hasta entonces, no volveré a hacer el amor ■



Winnie Cheng es editora y correctora.

"Escribo por mí y para mí. Nada nos define". Ha estudiado con Machucabotones en el 2019.

Diseño de la web: Machucabotones 2020

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