Helena



Volví a la discotienda una semana después, Miriam no estaba allí.

En su lugar estaba sentado un tipo de apariencia amable que, apasionado, tarareaba una canción de la década de los noventa que sonaba en los pequeños parlantes conectados a su laptop. La reconocí fácilmente, era Some Might Say de la banda Oasis, tema que solía escuchar en mi etapa universitaria culminada hace seis años.


Con la expectativa de que Miriam apareciese en cualquier momento, decidí revisar los discos exhibidos en una de las delgadas paredes de vidrio. Así encontré otro CD de Enigma en el mismo lugar donde estuvo el disco que compré la semana anterior, era el álbum The Cross Of Changes. Miriam había cumplido su palabra de colocar otro disco de Enigma allí.

Pasó suficiente tiempo como para saber que Miriam no vendría. Entonces me acerqué al vendedor, quien lucía inmerso en la pantalla de su laptop concentrado en no sé qué.

—Amigo, ¿qué tal? ¿Podrías mostrarme ese CD de Enigma? quiero ver qué edición es —le dije.

—Es de época, edición alemana, Virgin Records —replicó poniéndose de pie, y dejando atrás la silla de patas largas donde Miriam se sentó una vez.

«Vaya, este tipo si sabe lo que vende», pensé mientras divisaba aquella silla. Así recordé lo que me produjo conocer a Miriam aquel día en que su desconocimiento en materia musical me atrajo, situación que ahora contrastaba con la seguridad del nuevo vendedor.

—Aquí lo tienes —dijo alcanzándome el CD—. Así que te gusta el New Age —agregó.

—Bueno, sí. De todos los exponentes del género Enigma me parece el mejor, al menos por ahora —respondí.

—Por cierto, esta versión del The Cross Of Changes es la edición limitada, la que trae temas extras.

—Vaya, yo solo conocía el MCMXC a.D. Limited Edition, que ya lo tengo.

—Claro, ese álbum es el más comercial, pero éste es una rareza.

—¡Cierto!, los bonus tracks son versiones largas y remixes —dije al ver la contraportada del disco—. Esto está bueno, pero el precio no está indicado—agregué.

—Disculpa, lo olvidamos. Bueno, ese disco te lo dejo a S/. 60.00, a menos no lo vas a conseguir, es más, nadie lo tiene.

—Ok, me lo llevo.

Nos dispusimos a cerrar la transacción, él preparaba la boleta de venta y yo el dinero a pagar. En mi afán de conversar algo más, le conté que estuve allí la semana pasada y que Miriam me vendió el Le Roi Est Mort Vive Le Roi de Enigma.

—¿Miriam? —inquirió con extrañeza tras un breve silencio.

—Sí, ella me atendió.

—Bueno, yo supe que se llamaba «Elena», pero ella ya no trabaja aquí.

—Quizá haya sido otra chica.

—No, solo ella atendió aquí hasta ayer.

—¡Uy! qué pena…— dije con pesar.

Mi esperanza de volver a verla se desbarataba, y aunque me tentaba preguntar más sobre ella, no lo hice. El silencio que guardé por un instante pareció extrañarle a quien me atendía, lo noté en su mirada.

—Listo, aquí lo tienes —dijo al entregarme la bolsita con el CD y el comprobante de pago dentro.

—Ok —dije, y le pagué.

—Cuando gustes, visítanos.

—Claro que sí, de todas maneras. Por cierto, muy buena la música de Oasis —le dije mientras sonaba Wonderwall.

—Es del álbum whats the story.

—Así es, excelente disco.

—Vaya, pensé que solo le entrabas al New Age.

—No, para nada, cada género musical tiene su cosa.

—Qué bueno, qué bueno.

—Bien, entonces cualquier día estoy por aquí.

—Ok, suerte.

Luego de despedirnos, me pregunté si realmente Elena era la Miriam que yo conocí, y es que me costaba creer que fuese así. Al salir de la galería, pensé en ella como si no la volvería a ver jamás.

***

Dos semanas después fui a la disco-tienda de nuevo. Y es que haber conocido otro lugar donde comprar discos era motivación suficiente para volver. Se ofrecían cosas interesantes allí, además el vendedor estaba preparado en su oficio, aunque en realidad ya no me importaba tanto, sobre todo por lo vivido con Miriam semanas atrás.

Al llegar a la galería, una canción de Enigma sonaba cada vez más cerca a medida que avanzaba por el pasadizo. Era Sadeness, su tema más popular, sobre cuyo ritmo insistente se oían cantos gregorianos y voces sensuales. Al llegar a la tienda supe finalmente que todo provenía de allí.

No había nadie. La laptop y sus pequeños pero potentes parlantes, se estremecían ahora con música distinta. La señora de la boutique de al lado notó mi presencia y se acercó con risueño semblante.

—La chica ha salido, volverá en un rato —dijo.

—¿Chica?... ¿Miriam? —pregunté.

—No, Elena —respondió.

—¿Elena? —me pregunté en silencio—. Ah Ok, la esperaré —le dije.

Aun tenía dudas de que Miriam y Elena fuesen la misma persona, de solo pensarlo me ponía nervioso, pues de ser así, la volvería a ver ahora y no me sentí preparado para ello. Dejó de sonar Sadeness y empezó otra canción de Enigma llamada Return To Innocence, entonces, por alguna razón, algo me hizo creer que Miriam estaba escuchando esas canciones. Fue cuando de pronto, mientras miraba los discos de la pared de vidrio usada como exhibidor, ella ingresó a la tienda sin reconocerme.

Mi pulso se aceleró, y yo afuera, encubierto por aquella valla de cristal, tuve en frente un estrecho espacio aperturado entre dos discos que ya eran parte de mi colección, el Jagged Little Pill de Alanis Morissette y el Unplugged In New York de Nirvana, fue entonces que decidí contemplar a Miriam desde allí, sin que se diese cuenta.

Vestía la misma blusa celeste del día en que la conocí, la de detalles floreados en los bordes de las mangas y el cuello, un pantalón jean azul claro algo ceñido, y el mismo calzado de taco ancho color beige. Se había recortado un poquito los cabellos, los que ante el viento mantenían la armonía de su movimiento, aun cuando estaban sujetados por una vincha blanca. La vi más hermosa que nunca, y yo añoraba ser uno de sus cabellos, tan solo uno que pudiera rozar sus mejillas, tenderse en su cuello o posarse en su espalda, lo añoraba con el mismo ímpetu de mis deseos de entrar a la tienda y hablarle de una vez por todas.


Return To Innocence dejó de sonar, y allí estaba ella, sentada en esa silla de patas largas, con sus manos en el teclado de la laptop donde su atención se fijaba. Beyond The Invisible, otra canción de Enigma, empezaba. Entonces entré a la tienda.

—¡Hola Miriam! —le saludé algo nervioso. Y tras un breve silencio me miró a los ojos alejándose de la laptop.

—Hola… —respondió dudosa.

—Creo que no me recuerdas —le dije desviando la mirada.

—No, no es eso, claro que te reconozco… es que no sé tu nombre. —Uyyy… ¿no te lo dije esa vez?

—Pues no.

—Vaya, ni cuenta me di. Bueno, me llamo Pedro ¿cómo has estado?

—Bien, aquí reincorporándome al trabajo.

—Supe que te habías retirado.

—¿Así? ¿Quién te lo dijo?

—El que me atendió aquí hace dos semanas, por cierto, no se su nombre.

—Debió ser Miguel… Qué bueno que hayas vuelto, ¿y qué llevaste?

—El The Cross Of Changes de Enigma.

—Ya recuerdo, ese disco llegó poco después del día que viniste.

—Se cumplió lo que dijiste.

—Así es, todo sea por nuestros clientes… —dijo con sutil voluptuosidad en sus gestos.

—Terminé satisfecho, no lo dudes… —dije ante su insospechada actitud—. ¿Y por qué renunciaste? —pregunté.

—Uhmm… es que algunos cursos de la universidad se cruzaban con mi horario de trabajo, pero ya lo solucioné —respondió.

—¿Y qué estudias?

—Administración, primer año.

Así empezó nuestro reencuentro, como si no hubiera existido pausa alguna entre el primer día que la vi y este día inesperado.

—Veo que escuchas a Enigma —le dije.

—Me gusta, es buena música, nunca había escuchado algo así.

—A la gente le suena raro sabes, pero solo es fusión de folk intercultural con pop, rock, y algo de electrónica, nada raro en realidad pero si muy innovador.

—En Youtube están los vídeos, y el audio del disco que me compraste está allí también, ese de la portada traslúcida.

—Cierto, pero nada como tener el disco original con el arte de las portadas, la letra de las canciones, los créditos y detalles de la producción.

—Tienes razón, así es.

Nuestra charla, interrumpida por los clientes varias veces, fue amena a pesar de todo, y aunque miraba la pantalla de su laptop toda vez que alguien preguntaba por un CD, Miriam se mostraba cordial y muy segura, esto llamó mi atención.

—¿Guardas información de los discos allí? —le pregunté al retirarse un cliente que compró el Coming Up de Suede y el Odelay de Beck.

—No exactamente, es solo un archivo de control de stock que preparó el dueño de la tienda.

—Te es muy útil por lo visto.

—Claro, así doy una respuesta rápida a los clientes. Aunque me falta saber más sobre bandas de rock y música alternativa en general, historia, discografías, fechas de lanzamiento, datos que algunos clientes quieren saber.

—Puedes recurrir a Wikipedia en internet.

—Lo he empezado a hacer y me va bien, pero aún me falta…

—Te entiendo, sobre música uno nunca termina de aprender, pero al menos ya empezaste, lo demás es cuestión de tiempo.

—Habrá que esperar entonces —dijo motivada.

En unas cuantas semanas Miriam había adquirido confianza en sí misma y en su trabajo, no era la misma chica temerosa e insegura que conocí un día, y aunque la vi distinta, la sensación de placidez y serenidad que transmitía al atender a los clientes, era la misma que sentí cuando me atendió la primera vez. Todo fluía en ella, el curso de sus miradas dándose cuenta de todo, el movimiento de su cuerpo sintonizado con el ritmo de sus labios, los gestos en su rostro dibujándose y desdibujándose uno tras otro, su forma de hablar que parecía conectar todo con sus palabras, así desataba ella las tensas cuerdas que el estrés de la rutina había tendido sobre mí, así libraba mi mundo, el mundo que empezaba a ocupar.

Varias canciones de Enigma sonaron, para mí era la música perfecta mientras conversábamos. Luego le haría una pregunta que había dado vueltas por mi cabeza desde que llegué.

—¿Es cierto que te llamas Elena? La señora de al lado y Miguel me lo dijeron.

—Uhmm… es mi segundo nombre —respondió—, pero se escribe con H al inicio.

—Con H o sin H suena bonito, ¿puedo llamarte así desde hoy?

—¡No por favor! es que mi mamá se llama Elena, pero sin H, suena igual y me desubica sabes, las personas suelen confundirme con ella.

—Entiendo.

—Helena fue una diosa de la mitología griega, mi mamá dice que esa fue la razón de mi nombre.

—Creo que en realidad tu mamá quiso que te llames como ella.

—Yo también lo creo a veces.

Era las 08:30 p. m. cuando alrededor las tiendas empezaron a cerrar.

—¿Tienes algo que hacer luego? —le pregunté.

—No, solo volver temprano a casa.

—Oh… es que han inaugurado una heladería muy cerca de aquí y…

—Claro, sí la vi, pero aún no la he visitado.

—¿Podemos ir ahora? yo invito.

—¡Gracias! vamos un rato pues.

Había poca gente transitando por el pasadizo, y yo estaba feliz de que Miriam aceptara mi invitación, mi satisfacción solo era comparable con la emoción que siento al encontrar un disco difícil de conseguir.

Decidí ayudarla a cerrar la tienda, la apoyé en ordenar algunas cosas mientras ella cuadraba caja, no demoramos mucho en realidad, luego partimos hacia la heladería.

Al llegar, encontramos el lugar lleno de gente, no había mesas disponibles y esperamos unos minutos para ocupar una. El calor que tuvimos al entrar se disipó con el vientecito que se colaba por la zona de ingreso, la que era tan amplia como las dimensiones del local. Ocupando ya una de las mesas, una de las tantas que había de madera y de acabado rústico al igual que las sillas, me dispuse a llamar al mozo y pedirle la carta.

—Me gusta este lugar, valió la pena esperar —dijo Miriam.

—A mí también, tiene ese toque acogedor que a uno le atrae.

—A veces mis amigas de la universidad me visitan y venimos a comer hamburguesas en la otra cuadra. Ahora que conozco este lugar, les diré para venir aquí también.

—Les va gustar, de hecho.

—Sabes, antes de ingresar a la universidad, venía con mis padres y mis hermanos a almorzar los domingos en el restaurante de la siguiente esquina.

—¿Entonces vives por aquí? —le pregunté, y antes de poder responderme sonó su celular, la estaban llamando.

—Dame un momento, ¿sí? —dijo.

—No te preocupes —respondí mientras se alejaba de la mesa, como queriendo salir del establecimiento.

—Acabo de cerrar la tienda… —dijo ella—. Sí, todo bien —agregó a lo que pude escuchar.

El mesero se acercó a mi mesa muy atento, le dije que dejara la carta y que lo llamaría luego.

Casi fuera del recinto y aun con el celular sostenido, Miriam me miró por un instante, parecía no saber qué hacer.

—Debo volver a casa, ¿no lo entiendes? —fue lo último que le escuché decir antes que saliese a la calle.

Entonces temí no estar en el lugar ni en el momento correcto. Sin saber exactamente lo que pasaba, cogí mi celular y leí los mensajes de texto que había recibido durante el día. Mientras Miriam no volviese, no pediría nada de la carta.

Las extensas ventanas de cristal de la heladería, permitían ver a la gente yendo por la acera y a los autos cruzando la calzada. Y allí afuera, entre todo ese tráfico, estaba Miriam caminando en zig zag. Su semblante había cambiado, lucía enfadada, y yo casi podía leer sus labios al verla hablar enérgicamente. De pronto guardó el celular en la cartera, entró a la heladería y se sentó frente a mí.

Un breve pero incómodo silencio surgió entre nosotros.

—Ya no pediré nada —dijo con signos de perturbación.

—¿Todo bien? —le pregunté.

—No… discúlpame pero tengo que irme.

—Ok, solo espero no haber causado problemas.

—Descuida, no es así.

—¿Te acompaño? tampoco pediré nada.

—Está bien, ¡gracias! —respondió con agrado.

Salimos del lugar, y a indicación suya, nos dirigimos a la avenida principal que distaba unas tres cuadras.

—No sé lo que te ha ocurrido, pero quiero que sepas que a pesar de todo la he pasado bien —le dije.

—Yo también… pero sabes, hay cosas que no te he dicho.

—¿A qué te refieres?

—Quien me llamó fue Miguel, el dueño de la tienda.

—¿Miguel?... ¿El que me atendió esa vez?

—El mismo.

—Vaya, no lo sabía —dije extrañado de que no me lo dijera antes.

—Pero hay algo más…

—¡Que tal seriedad! —me dije en silencio.

—Desde hace un año Miguel es mi enamorado —afirmó como librándose de una carga.

—Oh… eso sí es una sorpresa —dije algo turbado por la noticia—. ¿Y sabe que estamos aquí? —le pregunté.

—No, no se lo dije.

—Si lo hubieras hecho quizás se habría puesto celoso.

—Bueno, en realidad está celoso desde el día que lo viste en la tienda.

—¿En serio?... ¿Y por qué?

—Es que todos me llaman Helena, y no le gustó que alguien me llamase Miriam. Tú le hablaste de mí, ¿no?

—Así es, le dije que me vendiste un CD.

—Si pues… Uhmm… ¿te parece si cambiamos de tema?

—Claro, no hay problema —respondí tratando de complacerla, pues me sentía causante de lo ocurrido.

—Bien… ¿Y qué disco de Enigma te falta? —preguntó.

—Pues… me falta el A Posteriori, salió este año.

—Trataré de conseguirlo, ¿ok?

—¿De veras?

—No será fácil pero tampoco imposible —dijo con seguridad.

Faltaba media cuadra para llegar a la avenida principal, cuando entonces sucedió… si, sucedió. Súbita pero delicadamente, Miriam entrelazó su brazo con el mío, con esa ternura que suelen transmitir las chicas cuando confían en un chico. Parecía estar cómoda conmigo, y yo confundido, sentí su calor haciéndose parte de mí, como si un mundo nuevo se acoplara al mío, como si nuestras frecuencias sintonizaran con cada paso que dábamos y con el vibrar de cada latido en nuestros pechos. Me sentí afortunado de vivir algo así, y creo que ella también.

—¿Por qué nos detenemos? —Preguntó cuando llegamos a la avenida. —Porque dijiste que viniéramos hasta aquí —respondí extrañado de que lo olvidase.

—Oh… cierto, cierto. Tomaré un taxi, ya es tarde —dijo mientras soltaba mi brazo suavemente. La desconexión me hizo sentir lo terrible que era apartarme de su cuerpo, era como si se llevase una parte mía.

El taxi no tardaría en aproximarse, cuando apareció lo detuvimos juntos, era un auto color plomo. Miriam negoció el precio con el chofer y luego se despediría. Pero tal como sucedió el día en que la conocí, me costaba aceptar que otro momento junto a ella acabase, sin embargo, por más que lo intentaba, no se me ocurría ningún pretexto que evitara tal desenlace.

—¿Cuándo vienes? —preguntó.

—El lunes siguiente, ¿te parece? —respondí procurando espontaneidad.

—Ok, te espero —dijo—. Y también espero conseguir tu disco —agregó.

—Yo también.

El taxista se mostró impaciente, como si hubiésemos prolongado demasiado la despedida.

—Cuídate, ¿sí? —dijo Miriam.

—Tú también Helena —respondí y ella frunció el ceño. En realidad fue un acto inconsciente llamarla así.

—¿Cómo? —preguntó ella seriamente, como si no me entendiese.

—Perdón… Miriam —le dije al notar su molestia.

—¡Gracias! eso suena mejor, te veo el Lunes, ¡Chau!

—¡Chau Miriam!

Y con un beso en la mejilla nos despedimos, luego abordaría el auto que emprendería veloz marcha.

Cuando el taxi desapareció de mi vista no supe a donde se dirigía, en mi distracción y en medio del ruido del tráfico, no pude escuchar el destino que Miriam pactó con el taxista, no sabía si iría a su casa o a ver a Miguel, y es que pensé en la llamada que recibió y que adelantó su partida. Tampoco intercambiamos números telefónicos, ni correos, ni nada. Supe así que ir a la tienda era la única manera de volver a verla.

A pesar de todo, decidí no volver pronto a la galería. Las cosas respecto a Miriam no estaban claras para mí, excepto mi atracción por ella. Habiéndola visto tan solo dos veces era poco lo que sabía de su vida, entre ello, su relación con Miguel. Desconocía también las motivaciones reales que tuvo para sembrar aquella semilla en mí, esos escasos pero contundentes gestos, señales, palabras, dijeron mucho pero a la vez tan poco. Quizás solo deseó un nuevo amigo en quien confiar, con quien hablar cosas distintas, quizás solo ansió sentirse atractiva para alguien más, o buscar solo un respiro para su vida posiblemente abrumada por los celos de Miguel, o por lo ordinario y monótono que pudo haber sido su relación con él, es natural y humano sentirse así a veces. Pensé incluso en el «pecado» de haberla llamado Miriam aquella vez, pues cabía la posibilidad de que el uso de ese nombre fuese exclusividad de su enamorado, algunas parejas hacen este tipo de convenios, siendo así, era «razonable» que Miguel haya sentido celos por ello. Lo cierto es que nunca tuve total certeza de eso.


***

Un mes después, iría a la tienda nuevamente, era lunes, lo recuerdo muy bien. A pesar del tiempo transcurrido, tuve la esperanza de conseguir el CD que Miriam me prometió, el A Posteriori de Enigma. Había tenido un sueño la noche anterior en donde aquel disco estaba en mis manos, y yo me sentí feliz incluso luego de despertar. Fue una razón poderosa para volver a la galería.

Caminé por el pasadizo, una brisa intentaba enfriar mis pies y los pasos que daban, pasos que aceleré para neutralizar la sensación. Estaba nervioso, como lo estuve un mes atrás antes de ver a Miriam por segunda vez. Finalmente llegué.

Miguel estaba dentro de la tienda, de espaldas, atendiendo a un cliente de pelo largo de unos treinta años más o menos. Sonaba One Headlight de The Wallflowers en los parlantes de siempre, pero no quise entrar aún. Miguel trataba de retirar un CD atascado en la rendija de un exhibidor, procuraba que en el forcejeo el disco no se dañase pues al parecer era uno que el cliente escogió.

Me aparté de la entrada y me puse frente al mostrador, la delgada pared de vidrio que daba con el pasadizo. Empecé a buscar allí el disco que me interesaba pero no lo encontré, solo me quedaba preguntar a Miguel si lo tenía en algún lado, así es que decidí entrar.

Estaba por irrumpir en los esfuerzos de Miguel por retirar aquel CD cuando vi algo brillar en su mano izquierda, algo cuyo resplandor no pasó desapercibido para mí. Era un anillo dorado en su dedo anular. No sabía mucho de anillos entonces pero parecía de oro. Su aleación decorada con pequeñas líneas como incrustaciones de cristal, habían sido la causa del brillo que me atrajo. Su acabado era tan perfecto que la mano que lo llevaba puesto parecía no estar allí, me pregunté por qué Miguel habría decidido usar algo tan vistoso. Fue entonces que, en medio de mi ingenuidad y distracción, supe que aquello solo podía ser una cosa… un anillo de matrimonio.

El que Miguel llevara puesto algo que antes no usaba, y el saber que llevaba un año de relación con Miriam, era suficiente para estar convencido de lo obvio, algo que Miriam supo ocultar hasta el último día que la vi.

Todo fue inesperado para mí. Me sentí ensombrecido, como si algo se alejase dentro de mi propio ser mientras acababa la canción de The Wallflowers. Quise con ansias que empezara otra canción, pero extrañamente eso no pasó. El silencio fue un espacio que bloqueó mis reacciones en ese momento.

Miguel pudo por fin retirar el disco atascado, y cuando iba dárselo al cliente, algo redujo mi voluntad y me obligó a salir de allí, algo que me perturbó y me apartó de todo sin haberlo decidido. Era mi subconsciente traicionándome, no pude explicármelo de otra forma, algo había emergido de mis profundidades sin poder detener esa mezcla de celos, envidia y nostalgia, sentimientos que por un instante inmovilizaron no solo mi cuerpo, sino también mis pensamientos. No estaba enamorado, de eso estaba seguro, al menos eso creí en ese instante, «¿quién se enamora con tan solo ver una chica dos veces?», el solo preguntármelo me hizo sentir estúpido. En fin, lo que sea que haya sido, fue algo que escapó a mi control.

Esa noche, ya en casa, en mi cuarto, apartado de mi familia, terminé resignado a no saber con exactitud lo que pasó conmigo esa tarde. Y es que entenderse a uno mismo suele ser más complicado que entender a los demás. Entre todo ese dilema, me puse a escuchar el A Posteriori de Enigma en formato mp3, el mismo que descargué de internet meses atrás. Conseguir el disco original de ese álbum ya no era posible y debí conformarme con lo que tenía. Al reproducirse una de las canciones en mi computadora, el día se hizo más peculiar de lo que ya había sido. Fue extraño pues era una canción que había escuchado muchas veces, pero ahora era como si la escuchara por primera vez y me gustó mucho más. Subí el volumen. La atmósfera sonora generada alrededor fue como energía entrando y saliendo a través de mí, me sentí tan pleno y lleno de algo que no me pertenecía, como si una dulce melodía llegara desde lo más recóndito del universo para fluir en mí y convertirme en un niño, un niño que desde un planeta desconocido contemplaba absorto las estrellas. Dicen que ante los vacíos profundos, la mente en su defensa, busca la manera de llenarlos, creo que eso fue lo que me sucedió. La canción se llamaba Goodbye Milky Way (Adiós Vía Láctea). Curioso título en un día donde todo parecía acabar.


***


Un año después, en mi trabajo, me pidieron sacar fotocopias, era para sustentar unos expedientes tributarios, y es que en ese entonces me desempeñaba como asistente contable en una empresa. Recordé que en la galería donde conocí a Miriam, el costo de las copias era bastante cómodo, así que decidí ir. Para entonces había superado muchas cosas, y no temía enfrentar alguno que otro recuerdo del pasado.

Elegí un stand ubicado a la entrada del recinto, la señora que me atendió, de unos cincuenta años aproximadamente, dijo que terminaría mi pedido en quince minutos, pero como una de las cosas que más detesto es esperar, decidí pasar el tiempo recorriendo la galería.

El lugar difícilmente me generaba una sensación familiar, y es que el decorado de las tiendas lucía distinto y los vendedores eran otros. La brisa que una vez intentó enfriar mis pies estuvo ausente, algunos recuerdos me embargaron pero no tuvieron la fuerza de hundirme en la nostalgia. Cuando llegué al pasadizo donde estaba la disco-tienda, caminé despacio. Tenía que pasar por allí de todas maneras, y no me importaba tropezar con alguna escena inesperada o desagradable.

Se veía distinta… la tienda no exhibía los discos en sus paredes de cristal, solo en los exhibidores internos, además solo vendían Metal. Las portadas de los discos eran tétricas, oscuras, parecían teñidas de sangre, con restos de huesos impresos y alguno que otro símbolo diabólico. «¿Qué pasó aquí?», me pregunté.

Atendían allí dos tipos altos, pelucones, de barba, con tatuajes en el brazo y de polo negro. Aparentaban ser mayores, pero al escucharlos hablar supe que no lo eran tanto. Me acerqué a ellos mostrando mi falso interés por una de las bandas más comerciales del Metal.

—Hola… ¿tienen algo de Iron Maiden? —pregunté. Ambos se pusieron serios.

—No brother, aquí no vendemos eso —respondió uno de ellos, como si le hubiese ofendido mi pregunta.

—Solo vendemos Trash y Death Metal, amigo—dijo el otro.

—Ah ok, entiendo, disculpen —dije y me retiré.

Los tipos eran metaleros extremos, evidentemente el rock de Iron Maiden era música infantil para ellos, y aún más la música que yo escuchaba. De alguna manera me hicieron recordar a los muchachos malhumorados que atendieron allí hace tiempo, cuando Miriam aún no estaba. Era evidente que la tienda había cambiado de propietario, y es que antes de retirarme pude ver en su interior, un panel publicitario colocado en el techo con un nombre y un logotipo distintos. Fuckin’ Hardcore Music era la nueva marca que remplazaba a Box Music, la verdad no sé cómo se atrevieron a llamar «música» a lo que vendían.

Me alejé unos cuantos pasos de la tienda y vi que la boutique de al lado ya no estaba, ni la boutique ni la señora que atendía allí. Solo un espacio vacío había quedado, disponible quizás para que otro usuario lo alquilara o lo comprara. Me di cuenta así, que ya no había motivos para pasar por allí.

Me dirigí al stand de la entrada para recoger las copias. Al llegar, empezó a sonar un tema de U2, era Stay (Faraway So Close), una linda balada de la década de los noventa, mi década. «Tan lejos, tan cerca» decía parte de su título, y yo no sabía por qué una canción así apareció justo en ese momento, cuando ciertos recuerdos lejanos se hicieron cercanos, y es que volver a la galería implicó evocar a Miriam otra vez, por un momento creí que no había pasado el tiempo y que ella seguía en su tienda vendiendo discos, pero la realidad no tardaría en imponerse.

La canción provenía de la computadora que usaban allí para realizar tipeos. Al percatarse de mi presencia, la señora se dispuso a entregarme las copias, estaba algo apurada.

—Veo que escucha buena música —le dije.

—Oh, sí, esta canción es bonita, mi hija Elena la escucha a cada rato.

Tal fue mi desconcierto al escucharla mencionar ese nombre que le pregunté:

—¿Helena con H o sin H?

—¿Cómo? —inquirió la señora, desconcertada.

—Es que tuve una amiga cuyo nombre era Helena y se escribía con H al inicio, trabajaba aquí en la galería.

—Bueno, mi hija se llama Elena a secas, sin H.

—Oh disculpe, es que a veces hay coincidencias, usted sabe.

—No te preocupes hijo. Quizás te referías a la chica del stand 19, la de Box Music, que ya no existe.

—Sí, a ella me refería.

—¿Sabías que se casó no?

—Bueno, sí… claro —respondí con resignación.

—Pues después de eso no supimos nada de ella —dijo con prisa, como queriendo cortar la conversación —. Discúlpame hijo, debo salir a recoger unos insumos, ¿tienes sencillo para cancelar?

—No se preocupe, tengo la cantidad exacta.

—Ok.

Me entregó rápidamente las copias, y luego de pagar por el servicio, me retiré rápidamente también. Fue cuando me di cuenta que mientras me alejaba de la galería, simultáneamente terminaba la canción de U2. Era como si dos momentos se hubiesen puesto de acuerdo para acabar, como si algo me dijera que una historia llamada Miriam Helena debía acabar también, como acabarían otras etapas posteriores de mi vida ■





Francisco Cuito es contador y empezó a practicar escritura con Machucabotones en el 2015. Este texto fue escrito en El Laboratorio.


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