#Lectura: "ARCHIVO INACTIVO"


Portada del libro "Mario y los escribidores"

Compartimos con ustedes este cuento escrito por Leonardo Caparrós, amigo y alumno de Machucabotones. "Archivo inactivo" es uno de los mejores cuentos de "Mario y los escribidores", libro editado por Altazor que juega a ampliar el universo ficcional de Mario Vargas Llosa. Aquí Caparrós imagina lo que sucedería 30 años después de los hechos de La Ciudad y Los Perros, si se reabriera la investigación por la muerte de El Esclavo.



Era una pálida caja de cartón, llena de papeles amarillentos y atada sin esmero con un sucio cordel. La dejaron sobre la mesa de muy mala gana. Los militares son así, pensé, no les gusta que se husmee en sus asuntos, pero al mismo tiempo guardan todo con celosa diligencia.


Los cadetes que la trajeron no tenían traza de superar los quince o dieciséis años, eran canijos y flacos. Uno de ellos, el que mascullaba las indicaciones, tenía un corte que frisaba la comisura de su ojo izquierdo y se prolongaba hasta casi tocar su oreja. Tiene veinte minutos, mi capitán, me dijo. Es muy poco tiempo, le increpé, el fiscal ha solicitado la revisión completa de estos documentos. Lo siento, mi capitán, son órdenes del comandante. Pensé en explicarle que un oficial del Ejército no podía ir por encima de lo que disponía un juez, en detallarle quizá las atribuciones de la policía y la fiscalía en casos como estos, enseñarles el proveído, el código o la veintena de documentos que me había permitido tener acceso a la caja después de tantos meses, pero también pensé que sería en vano. Ya hablaré con su comandante, fue mi resignada respuesta. Los futuros soldados se cuadraron y abandonaron la habitación.


Salvo por la mesa de metal, en donde dejaron la caja y un par de sillas plegables del mismo material, no había más mobiliario. Se parecía a las salas de interrogatorio que teníamos en el sótano de la Dirincri. Paredes descascaradas por el salitre, poca luz y ninguna ventilación. Espacios concebidos para desmenuzar voluntades. Era una advertencia, no te queremos por aquí tombito, no metas tu narizota en donde nadie te llama. Ya me conocía la rutina.


En la tapa de la caja habían anotado con plumón el nombre de Ricardo, la referencia «Archivo inactivo», un número de expediente y el nombre del instructor. Tantos meses esperando estar frente a esta caja y de pronto me dio miedo, pánico de descubrir que en ella nada nuevo aparecería, tan solo un puñado de folios inservibles que no ayudarían a probar nada.


Encontré un reporte del capitán Garrido en primer lugar, el informe del teniente Gamboa (dos de ellos para ser exactos, ambos con la misma fecha), las declaraciones del cadete Fernández y de ese al que llamaban el Jaguar; el acta del médico que Mendieta me entregó en nuestra primera entrevista, unos cuadernillos escritos a mano y decenas de copias de partes de sanción que apenas se leían, firmados por Gamboa, el teniente Huarina y el teniente Pitaluga.


Me quité el saco, me aflojé la corbata y saqué la libreta en donde anotaba con aprensivo detalle todo lo relacionado con el caso, que en buena cuenta, apenas y significaba unas cuatro o cinco carillas repletas de obviedades. Casi todos los entrevistados coincidían en que fue un lamentable accidente; una desventura la llamó Garrido, un general del Ejército al que pude entrevistar y que por aquellos años trabajaba en el colegio como capitán de compañía del quinto año. Nada más, sin detalles ni peritajes ni nada que certificara la versión antojadiza de los médicos del Ejército. Ni siquiera participó la policía; el incidente, llamémosle así por el puro gusto de asignarle un nombre, fue investigado y archivado por el propio Garrido. Esa caja era mi última esperanza.


Siempre que le preguntaba a papá por qué había permitido que se archive el caso con tan poca información, me respondía cojudeces, que con los militares no se discute, que los médicos habían certificado que fue un descuido, que cómo lo iban a matar los milicos, y que por último, me dijo un día borracho: fue lo mejor, iba a sufrir mucho tu hermano, era muy maricón. Así lo llamó, muy maricón, y lo dijo con una pena cuyo origen opté por calificar como lejano e indescifrable. No te metas en huevadas, te vas a joder la carrera, me advirtió también. No molestes a los muertos.

* * *

Del 327 de Bolognesi quedaba muy poco. Tan solo un terreno baldío cercado por una marchita pared de adobe pintarrajeada de blanco. Un mal comienzo, pensó. Se aventuró a las casas vecinas preguntando por la familia Gamboa, tratando de mantener el ánimo, pero recordando las premonitorias palabras de Peralta: no me jodas, Arana, no tenemos tiempo para huevadas; son casi treinta años, chiquillo, no vas a encontrar nada. Después de semanas cargoseando, logró convencerlo. Treinta días, Arana, ni uno más. Y si no encuentras evidencia que convenza al fiscal, te olvidas del asunto. Sí, mi mayor, respondió Arana repleto de entusiasmo.


Su primera escala fue el Leoncio Prado, donde lo recibió un comandante de apellido Mendieta, un tipo fornido, de ojos claros y buenas maneras. Capitán Arana, mi comandante, gracias por su tiempo, fue su escueta presentación. Mendieta era prudente, dejó sin objeciones que Arana se despachara, desenterrando con elocuencia el caso de su hermano. Son muchos años, capitán Arana, le dijo extrañado, pero sin perder su tono cordial. Sí, entiendo mi comandante, pero entenderá que mi familia necesita conocer la verdad. Claro, se adelantó Mendieta dibujando una comedida sonrisa, la verdad. Todos queremos la verdad, capitán, y eso es bueno, estoy convencido. Y diciendo esto se puso de pie para apretar sonriente el botón que se escondía por debajo de su escritorio. En instantes, un esmirriado teniente, de uniforme impecable entraba al galope a la oficina del comandante. Llevaba consigo un bloc azul y un lapicero de plástico transparente que dejaba ver su ennegrecida tinta. Tome nota, le indicó al teniente. Arana observaba expectante, entregado por completo al montaje que le proponía Mendieta. El capitán Arana, dijo ceremonioso el comandante, tendrá acceso al informe médico de la muerte del cadete Ricardo Arana, así como a su legajo personal. También accederá, sin ninguna limitación, al listado de los cadetes de la primera sección del quinto año, a la que pertenecía su hermano, así como al nombre de los oficiales que laboraron en este colegio por aquella época. Listo, capitán, espero que sea suficiente para su investigación. Sin esperar respuesta, le estrechó la mano complacido y lo apuró con discreción hasta el pasadizo principal del edificio.


El informe médico era escueto y quizá por ello inquietante, muerte accidental por disparo de arma de fuego; ni el mínimo esfuerzo por parecer convincente. El legajo inútil, actas de notas y algunos partes de sus años en el colegio. Necesitaba hablar con alguien, encontrar testigos, pistas, una fisura en la monolítica estructura del Ejército. Fue entonces que escogió a Gamboa, teniente a cargo de la primera sección del quinto año. Él tenía que saber algo.


Varios solares después, el resultado no era alentador. Nadie recordaba a los Gamboa, y los pocos que lo hacían, no tenían ni idea de su paradero. Sintió una molestia en el pie izquierdo y recordó que le habían asignado zapatos por debajo de su talla, que tenía que cambiarlos tan pronto pudiera. Cruzó la calzada, secándose las sienes con las mangas del saco, y empezó con los números pares. Tres puertas más tarde, encontró la única huella que el teniente Gamboa dejó en su antiguo barrio. Claro que me acuerdo, le dijo afanoso un vecino que parecía haber esperado por años aquella pregunta. No se veían seguido, una o dos veces al año, cuando mucho. Grandes amigos, le dijo. Un poco menos desde su pase el retiro, usted sabe cómo son los militares con eso del retiro, añadió con no poca condescendencia.


Arana se pasó la tarde llamando desde un teléfono público al número de Gamboa que le habían apuntado en un viejo boleto de microbús. Las timbradas se sucedían inútiles y el capitán empezaba a temer haberse montado en la pista incorrecta. Como a las nueve de la noche, alguien levantó el auricular. Buenas noches. Buenas, por favor con el coronel Gamboa. Él habla, ¿quién pregunta? Era una voz dura, sin grietas ni titubeos. Arana se presentó y sin muchos rodeos le explicó al ahora coronel, que el caso de la muerte de Ricardo Arana se había reabierto, y que él estaba a cargo de las investigaciones. ¿Lo puedo visitar, coronel? ¿Pero no es una investigación formal?, preguntó puntilloso Gamboa, se supone que me deberían citar a la fiscalía, ¿no cree? El joven policía no se esperaba esa respuesta e improvisó: el fiscal aún no ha aprobado concretamente la reapertura, concretamente, repitió Gamboa; pero sí me autorizó para hacer indagaciones, ajá, indagaciones, volvió a intervenir el coronel; información nueva que nos ayude a reabrir el caso, insistió el capitán, adivinando nervioso al otro lado del cableado el rostro fatigado de Gamboa. El cadete Arana era mi hermano, coronel, dijo por fin.


Ya, ya, dijo Gamboa. Qué mierda, lo espero mañana a las diez en mi casa, capitán. Apunte.


* * *


Empecé por los informes de Gamboa. Uno de ellos replicaba con puntos y comas la versión de Garrido y de los médicos del colegio. Lo hacía en dos párrafos, sin preámbulos ni conclusiones, sin dudas ni murmuraciones, hubiera dicho Gamboa. El resto del informe se lo dedicaba al licor, los cigarrillos, las revistas para adultos, las historias calientes de Fernández y los dados encontrados en las cuadras de la primera sección. Temas menores que habían sido detectados, sancionados y erradicados del colegio en forma inmediata y drástica. Eso era todo. El segundo informe, el que me mencionó Gamboa, era el que estaba esperando. El teniente de aquellos años detallaba las inconsistencias en las versiones alrededor de la muerte de Ricardo. La bala que lo mató había entrado por la espalda, no por el frente; su fusil, por la dotación de la cacerina, no tenía rastros de haber ejecutado más tiros que los correspondientes al ejercicio; y finalmente, la posición del arma hacía imposible que el cadete se hubiera autodisparado, ni siquiera por accidente. En su informe también mencionaba una denuncia, sin corroborar, del cadete Fernández, culpando a otro de los cadetes de la muerte de mi hermano. No lo decía el informe, pero se refería al Jaguar. El reporte recomendaba una exhaustiva investigación, pues el curso de los hechos lo ameritaban sin duda, esas fueron las exactas palabras de Gamboa.


Con ese informe y la declaración de Gamboa, se abría posibilidad de interesar al fiscal y al mayor Peralta, reabrir la investigación, y encontrar al asesino de mi hermano. No lo había pensado antes, pero llamar hermano a alguien, aunque estuviera muerto, resultaba agradable. Una complicidad que no había experimentado ni con amigos ni primos, una pita fuerte que se sostenía tensa en el aire; los grilletes invisibles de compartir la misma sangre, supongo.


Yo nací al año siguiente de la muerte de Ricardo, pero solo hasta mis quince años supe de su existencia. No había fotos ni diplomas, ni una visita al cementerio; ningún juguete ni ropa que rememorara que alguna vez tuve un hermano. Lo habían borrado.


Si no fuera por mi abuela, creo que nunca lo hubiera sabido. Ay, hijo, cómo te pareces a Ricardito, me dijo una vez. ¿A mi tío?, pregunté inocente, pensando que tal vez la referencia era por el hermano mayor de mi madre. Su rostro arrugado se ensombreció y no supo qué decir. Luego de unos segundos, dejó su tejido en la pequeña mesa de la sala y cogió mis manos como si fueran delicadas piezas de porcelana. Me refiero a tu hermano, dijo la anciana, Ricardo. Los minutos siguientes los he enterrado, solo conservo una vaga confusión y una absurda nostalgia, como si fuera posible extrañar a quien nunca se conoció.


Ella sabía lo que ponía en juego, pero imagino que con casi noventa años su silencio resultaba menos soportable que los previsibles gritos de su yerno. Pero le falló el cálculo, pues fue mi madre la que terminó con hematomas en los brazos y el labio partido. Para que aprendas a controlar la lengua de esa vieja de mierda, sentenció iracundo.


Mi abuela no me dejó intervenir, nos encerró en el baño y esperamos, como un par de marineros aguantando en alguna bodega oscura a que amaine una terrible tormenta. Quizá mi padre pensó, al saberme refugiado en los brazos de una anciana, en que yo también, como el pobre Ricardo, era muy maricón. Al menos yo lo pensé. Desde aquella golpiza, ni mi madre ni mi abuela quisieron tocar el tema. Tuviste un hermano y murió, no hay nada más que saber, espetó mi padre aquella noche.


Algunos años después decidí ser policía y postulé a la Escuela de Oficiales de la Guardia Civil. Cuando salieron los resultados y logré una vacante, mi padre se puso eufórico, daba la impresión, o por lo menos me la dio a mí, que más que un ingreso, celebraba una especie de añorada venganza. Esa noche llegaron varios tíos y primos, incluso un par de vecinos, con botellas de ron y cajas de cerveza. Tomamos, fumamos y reímos. Mi madre, una mujer tenue, de caderas estrechas y una sonrisa apenas perceptible, me preparó un delicioso arroz chaufa, mi comida favorita.


A media celebración, papá me tomó del codo y me llevó a la calle. Me abrazó fuerte, empujando mi rostro contra su camisa sudorosa e impregnada de alcohol. Sentí asco. Tenía los ojos húmedos, aunque nunca lloró, supongo que tan solo estaba ebrio. Después chocó su vaso contra el mío y declamó: ¡pídeme lo que quieras, hijo! Yo no sabía qué decir o, mejor dicho, sabía qué decir, pero no sabía si decirlo. ¿Cómo murió mi hermano?, pregunté. No se lo esperaba. Se frotó la frente con la yema de los dedos y calló mientras apretaba sus ojos con evidente irritación. Deben de haber sido tan solo unos segundos, pero en mi memoria fueron horas esperando a que saliera de aquel repentino trance. Traté de no moverme, de no escabullirme nuevamente, de no correr sudoroso a encerrarme en algún baño. Aguanté. Ya de regreso, secó el ron que tenía en su copa y empotró su mirada sobre mis ojos. Mañana hablamos, me dijo con aspereza, y sin decir más regresó bailando a la sala como si nada hubiera ocurrido.


Al día siguiente cumplió su palabra. Su versión, lo sabría después cuando consulté el reporte oficial de la muerte de Ricardo que me entregó Mendieta, era la misma que manejaba el Ejército, palabra por palabra. Con mi madre hablé esa misma tarde y me contó el resto, lo que mi padre nunca admitiría, me lo dijo sin mirarme, convulsionada, espero, por la culpa y el dolor.


A partir de esa noche, ya nada pudo arrancar a Ricardo de mi mente. Cada vez que escuchaba: Cadete Arana, pensaba en él, en sus tripas acalambradas de pavor al oír el llamado de algún cadete o teniente, en sus huesos maltrechos por las palizas que recibía, en su corazón ajado por tantas humillaciones, en sus noches en vela, tratando de adivinar si sería orinado, golpeado o arrastrado a los baños en medio de escupitajos, aguardando sin esperanza que alguien lo salve, que lo rescaten de ese mundo atrofiado al que mi padre lo había sometido sin remordimiento alguno. Pero nadie lo rescató. Lo mataron.


Terminando la escuela lo tenía decidido, investigaría la muerte de mi hermano sin importar los años que hubieran pasado, no sabía cómo, pero lo haría. En mi cuarto año de alférez el cómo apareció de improviso, el Gobierno unificó los cuerpos policiales del país en una sola entidad: la Policía Nacional, lo que significaba que podía pedir mi reubicación a la Dirección de Homicidios, una unidad que no existía en la Guardia Civil.


Obtener mi reasignación me costó varios whiskies, pero tan pronto ascendí al grado de teniente, la conseguí. Los cuatro años siguientes fueron un suplicio. Los rayas, así les decían a los que provenían de la Policía de Investigaciones, eran desconfiados con todo el que no viniera de sus canteras.


Me asignaron al grupo cuatro, al mando del mayor Lorenzo Peralta, un raya viejo y sin opciones de ascender, que solo se quedaba en el activo para hacer dinero. Era calvo, de brazos anchos y enormes anillos en ambos anulares. Arana, quita esa cara de huevón, me decía siempre cuando lo escuchaba arreglando sus investigaciones. Hacía muy buen billete, Peralta, y lo hacía fácil. Él nunca pedía, ajustaba nomás; estás complicado, hermano, todas las pruebas están en tu contra, me encantaría ayudarte, pero tú sabes cómo son los fiscales, se justificaba compungido con sus potenciales clientes. Y los hermanitos temblaban, se deshacían en ruegos, en regalos, miraban

desorbitados a sus incapaces abogados, y sin que nadie pidiera, ellos ofrecían: no lo tome a mal, mi mayor, es que estoy preocupado, es que tengo familia, es que tengo tantas cosas. Finalmente aprendí, y eso me valió su inquietante confianza, y poco después el ascenso a capitán.


* * *


Gamboa seguía en Barranco, pero en el pasaje Tumbes, cerca de una iglesia que parecía un cuartel, y un club de tiro que parecía una parroquia, el Francisco Bolognesi. Los domingos iba a misa de siete con su mujer, y después pasaba por el club para jugar bochas y disparar un poco con los amigos del barrio. En la semana salía poco, en las mañanas a comprar pan y tamal para el desayuno, y algunas tardes a caminar por la Lagunita del parque Confraternidad a contadas cuadras de su casa. Arana llegó puntual. Gamboa lo recibió en una casa de un solo piso, hecha de adobe, estrecha y con un pequeño huerto en el frente. Pasaron al zaguán, y se acomodaron en los polvorientos sillones del coronel. El piso era frío, de cemento pulido y rojizo, las paredes pintadas de crema y la puerta de madera gruesa.


—Entonces, capitán, usted pretende que se abra una investigación penal por la muerte de su hermano, treinta años después —dijo Gamboa imperturbable.


—Es correcto, mi coronel, y solo usted puede ayudarme.


—Yo no puedo hacer nada, Arana, no pude hace treinta años, y tampoco puedo ahora. Y usted tampoco va a lograr nada.


—Mi coronel, es claro que mi hermano no se disparó. Usted lo sabe. Yo lo sé. Y el Ejército lo sabe.


—Yo no sé nada, Arana.


—¡Perdone que insista, mi coronel! —y diciendo esto el capitán sacó de su portafolio lo poco que había obtenido de Mendieta— Este informe médico, mi coronel, es una burla, y no hay más. ¡No está el informe del instructor, no hay fotos, no hay prueba balística, no hay nada, mi coronel! ¡Y pretender que mi hermano se disparó...!


Arana estaba exaltado, sus axilas sudaban copiosas por debajo del terno que le asignaban en la Dirincri cada año y los zapatos le apretaban más y más a cada minuto. Gamboa se paró indiferente y le ofreció un poco de agua. ¿Un café, quizá, capitán? No, gracias. Luego se sentó desganado, como si no fuera la primera vez que conversaba con Arana, como si se hubiera pasado años discutiendo lo mismo, una y otra vez, sin nunca detenerse.


Escuche, Arana, y escuche bien porque no voy a repetir, dijo de pronto con inusitada convicción. Le voy a contar lo que sé, pero usted ya ve cómo se las arregla, y no se ilusione porque no es mucho. Sí, mi coronel, contestó Arana. Gamboa se esmeró en los detalles. La denuncia de asesinato la presentó un cadete de nombre Alberto Fernández. Según él, a su hermano lo mataron por denunciar al cadete Porfirio Cava por haberse robado un examen. A Cava lo expulsaron, y la denuncia la manejó el teniente Huarina, que pasó al retiro unos años antes que yo, así que de eso no sé mucho. Huarina era un enclenque manos de niña que vivía en Barrios Altos, creo que todavía tiene una bodega por ahí. Quizá deba hablar con él.


El informe médico, en efecto, es una burla, pero esa fue la orden del coronel director de la escuela, y el capitán Garrido la cumplió como se cumplen las órdenes en el Ejército, sin dudas ni murmuraciones. Pero usted no era así, coronel, interrumpió Arana. Yo era un huevón, capitán, siempre lo fui y por eso me retiraron del instituto en mi primer año de coronel. Al Ejército no le gustan los huevones, capitán, y créame que a la Policía tampoco.


Pero no me interrumpa. Yo hice mi informe, en que establecía todas las inconsistencias del caso, mencionaba la denuncia de Fernández y recomendaba una investigación exhaustiva. Tuve que hacer otro, a pedido del coronel, pero nunca retiré el primero. Conociendo al Ejército, deben tener los dos guardados, incluso debe estar la declaración de Fernández y la del cadete que supuestamente mató al cadete Arana. Tiene usted que pedir el archivo inactivo. Lo van a negar, van a decir que no existe, pero sí existe, siempre se guarda uno, siempre. Ya verá usted cómo lo consigue.


¿Y quién mató a mi hermano?, preguntó Arana, hasta ahora no me ha dicho su nombre. Y no se lo voy a decir, capitán, primero porque no me consta que sea el asesino, esa era la presunción de Fernández, y segundo, porque está muerto. Murió en Lurigancho hace más de diez años, salió en las noticias. No se meta con los muertos, capitán. Sí, contestó Arana, ya he escuchado ese consejo, mi coronel.


* * *


El informe de Garrido era lo peor del archivo. No solo insistía en la versión del accidente, sino que también incluía un miserable perfil de mi hermano. Débil, indisciplinado, descuidado en los ejercicios militares, sumamente nervioso. No extrañaba, según Garrido, que la torpeza del cadete hubiera causado el fatal accidente. Imaginé a Garrido queriendo añadir para redondear la etopeya: muy maricón.


Culpaba también a Gamboa por su falta de mando, al no haber recomendado la expulsión del cadete Arana mucho antes del incidente. Ha quedado evidenciada la incapacidad del cadete de la primera sección del quinto año, Ricardo Arana, para adaptarse a la vida militar, decía el informe a manera de conclusión; pero la permisibilidad y el poco mando del teniente Gamboa habían permitido que se llegue hasta este lamentable desenlace, añadía Garrido.


Terminé la lectura ofuscado, pero convencido de que había encontrado a los verdaderos culpables de la muerte de Ricardo. Días antes de lograr la orden judicial para la revisión de archivo inactivo, me preguntaba a diario si aún tenía sentido. El Jaguar estaba muerto, y nunca sabría si él había sido en realidad el asesino. Si no era él, encontrar al cadete que lo hizo era imposible a estas alturas. Pero seguí adelante y ahora mis conclusiones apuntaban en la dirección correcta. Era obvio que alguien jaló el gatillo, pero el verdadero responsable era el Ejército. El coronel director, los médicos, el instructor, incluso Gamboa, todos lo habían matado con inquietante serenidad; cada día y cada noche en el Leoncio Prado mi hermano había empezado a morir. La bala en su nuca fue el inevitable colofón de su historia en el colegio.


Me sequé la frente con el antebrazo y miré el reloj. Me quedaban todavía algunos minutos. Tome los cuadernillos que imagino escribía Fernández, al que apodaban el Poeta. Los revisé sin ningún orden: «Tenía las piernas gordas, blancas y sin pelos. Eran ricas y daban ganas de morderlas»; «la mujer se dio la vuelta y le ofreció sus nalgas, esperando que el hombre, con sus grandes dientes, la llenara de mordiscos». Todos los textos eran parecidos, insípidos, burdamente eróticos y simplones. Los devolví a la caja.


Finalmente revisé los partes de sanción casi ilegibles. De lo poco que pude leer, eran los partes impuestos a toda la primera sección por habérseles encontrado en sus casilleros artículos prohibidos en el colegio. También los devolví. Tomé fotos de todos los documentos que me interesaban y apunté los códigos de los informes y reportes, así como de las manifestaciones.


Los cadetes aparecieron puntuales y se llevaron la caja. Como supuse, no me permitieron fotocopiar ni retirar ninguno de los documentos que revisé. Pero ya no importaba, el fiscal quería pruebas y yo las tenía.


Me acompañaron hasta la puerta principal del colegio, donde Mendieta me esperaba con una gran sonrisa. Todo en orden, capitán, preguntó siempre amable. Sí, mi comandante, respondí con franqueza.


* * *


Arana llegó temprano y revisó sus apuntes por enésima vez. Tenía que ser preciso y contundente si quería convencer al fiscal. Como a las ocho y media llegó Peralta, con un terno negro brilloso y una corbata roja desgastada en el nudo. ¿Listo, chiquillo? Todo listo, mi mayor, respondió Arana. El fiscal nos espera a las nueve, añadió. Recorrieron el estrecho pasillo del departamento de Homicidios hasta las escaleras que los conducía a la platea, salieron por la puerta principal y cogieron un taxi en la avenida España. Paga pues, chiquillo, no seas pendejo. Unos minutos después estaban en la puerta del Ministerio Público, subieron al quinto piso, al despacho de la tercera fiscalía especializada, y se anunciaron. El doctor Ramírez los recibe en un minuto, sentenció sin ninguna pompa el asistente del fiscal, un tipo obeso y desaliñado.


Ramírez llevaba bigotes, el pelo teñido de negro y las mejillas hundidas en el rostro. Su voz era ligera, pero estricta. Capitán Arana, dijo sin preámbulos, la única razón por la que he aceptado escucharlo, es porque Lorenzo es un gran amigo. Pero por favor, no me haga perder mi tiempo. Te agradezco mucho, Javier, intervino Peralta al verse aludido, estoy seguro de que Arana nos tiene algo interesante, ¿no es así, chiquillo?


Sí, mi mayor.


Al cadete Ricardo Arana, señor fiscal, lo asesinaron, y en ese crimen participaron activamente oficiales del Ejército. Eso que dice es muy grave, capitán, lo interrumpió Ramírez. Arana asintió mientras colocaba sobre la mesa el informe médico que le había entregado Mendieta. No hay peritajes, señor fiscal, ni reporte forense, ni prueba balística, todo se resume al desprolijo informe del médico del Leoncio Prado. No se involucró a la Policía ni a un fiscal para el levantamiento del cadáver. Mi hermano murió en un arenal, lo llevaron a la enfermería y dictaminaron la causa en tan solo un par de horas. ¿Sabe la especialidad del médico que hizo el informe? Gastroenterólogo. Ese fue el medico que decidió que la muerte de mi hermano fue un accidente.


De acuerdo, capitán, tiene mi atención, continúe, dijo el fiscal mientras rascaba sus bigotes con inalterable serenidad.


Cuento con tres testimonios que coinciden con la versión del homicidio, prosiguió Arana, el de Gamboa, el de Fernández y el de Huarina. Mi hermano denunció a un cadete de apellido Cava por el robo de un examen, lo que produjo la expulsión de este. Desde ese momento, la vida del cadete Arana corría peligro. El teniente Huarina me contó que Cava pertenecía a un grupo de cuatro cadetes liderados por ese al que apodaban el Jaguar. Se hacían llamar el Círculo, manejaban apuestas y el comercio de objetos prohibidos al interior del colegio. Según Huarina y el cadete Fernández, todos los oficiales lo sabían, pero ninguno quiso hacerse problemas. Tras la expulsión de Cava, Huarina dice haber insistido en que permitieran salir a mi hermano, pero Garrido no lo autorizó. Garrido era capitán por aquel entonces y era el jefe del quinto año. El final era previsible, señor, alguien del Círculo lo mató. Fernández denunció al Jaguar, pero en realidad pudo haber sido cualquiera, ellos tenían controlada a toda la sección.


Y eso en qué nos ayuda, capitán, si no tenemos forma de saber quién disparó, no veo el punto. Ramírez no se había movido, su café se enfriaba sobre el escritorio, mientras una brisa modosa se paseaba entre reguero de expedientes. Pero sí sabemos qué oficiales participaron, dijo Arana. ¿Encubrimiento? No voy a perseguir oficiales de Ejército por haber encubierto un hecho que pasó hace treinta años, capitán, tendría que ser un imbécil.


Encubrimiento no, señor. Autoría intelectual o al menos cómplices primarios. Gamboa asegura que todo esto consta en informes y declaraciones que se guardan en lo que Ejército llama el «Archivo inactivo». Con una orden judicial podemos tener acceso y todo lo que dicen mis testigos será corroborado.


Ramírez caviló sus opciones. No era juego meterse con el Ejército, sobre todo si el principal involucrado era Garrido, un general en actividad. ¿Tú qué opinas, Lorenzo? Yo creo que tenemos un caso, dijo el mayor. De acuerdo, hablaré con el juez mañana temprano para el acceso a ese archivo inactivo, decidió Ramírez, ahora me dejan que tengo despacho pendiente, concluyó.


* * *


Cuando trabajas en Homicidios la muerte pierde esa neblina perturbadora que suele envolverla, se convierte en un hecho concreto, en un expediente enorme lleno de anotaciones, en un cuerpo hinchado y frío que espera su trámite; en el mejor de los casos, en una noticia. En el grupo cuatro liderado por Peralta, también se puede convertir en un buen negocio. Eso me habían enseñado, y eso aprendí.


Un par de semanas después de presentarle al fiscal Ramírez mis hallazgos en el «Archivo inactivo», Peralta me encargó una detención en Los Olivos, un viejo esquelético, que de tanto violar a su sobrina la terminó matando. Lo traje esposado y sin problemas, ni si quiera se resistió. Lo dejé con el técnico a cargo para que le tomara su manifestación y me fui por un café.


De regreso, Peralta me llamó a su oficina, me felicitó por el arresto y me lanzó un sobre lleno de billetes. Tu parte, me dijo.


No entiendo, mi mayor, mi parte de qué. Ya pues, chiquillo, dijo Peralta. ¿Tengo que explicarte todo? Ayer nos reunimos con el general Garrido. El fiscal le mostró la evidencia, le explicó lo complicado del asunto, y bueno, ya sabes el resto, pues Arana. El hombre no quería problemas. Buen trabajo, chiquillo, el fiscal está muy impresionado.


En el sobre había dos mil dólares, los conté despacio sentado frente a Peralta, que firmaba impasible varios atestados que tenía pendientes. Imaginé la escena, Peralta recostado con mirada circunspecta, cargando en sus rodillas el expediente completo del caso, incluidos los reportes del «Archivo inactivo». Ramírez, por su lado, explicando prolijo los pormenores de la investigación, los riesgos y, como corolario, un sugestivo pronóstico. Garrido sentado en su enorme sillón, echado para atrás, con los brazos cruzados y una sonrisa impaciente.


* * *


¿Y eso es todo, mi mayor, archivarán el caso? Puta madre, chiquillo, ¿eres huevón o qué?, ¿qué más quieres? Nada señor, farfulló el capitán, a la Policía no le gustan los huevones, lo tengo claro. Arana quedó aturdido, como cuando supo de Ricardo. Pensó en correr y esconderse en algún baño, pensó en su abuela, en pedir su baja y olvidarse del mundo. En denunciarlos a todos, incluso, y en ir a la prensa. Le dolía la cabeza. Se levantó sin decir palabra, sin aspavientos ni reproches. Quería alejarse. Recorrió sin motivo los pasillos sombríos del edifico de la Dirincri, mientras el ácido hedor de su propia transpiración lo iba envolviendo sin aparente remedio



Leonardo Caparrós es escritor, abogado y politólogo. Nació en 1972 y es experto en temas de seguridad ciudadana, crimen organizado y política criminal. Publicó la novela "Un Desconocido Perfecto" (Punto de Narrativa, 2010) y el libro de cuentos "¿Quién mató a Correa?" (Altazor, 2018).

0 vistas

Diseño de la web: Machucabotones 2020

MACHUCABOTONES SAC

buen retiro 158, Surco

Lima 33, Perú

Conecta con nosotros:

miniyt.png
minifb.png
miniig.png

Páginas relacionadas con Machucabotones:

entrelibros.png
lcc.PNG

Informes sobre cursos:

hola@machucabotones.com

Informes sobre talleres in house:

centro@machucabotones.com 

Teléfono:

978224136