"LO SIENTO, PAPÁ"

Actualizado: hace 7 horas


Fotografía proporcionanda por el autor

Muchas veces no es hasta que crecemos que nos damos cuenta de los enormes sacrificios que hacen nuestros padres. Como reza un dicho, se sacan el pan de la boca para darnos de comer. ¿Cómo les retribuimos ello? ¿Cómo se lo retribuirá Enrique a su padre?



ES PROBABLE QUE SI HICIÉRAMOS UNA ENCUESTA SOBRE CÓMO HAN SENTIDO las personas este último día del padre, la respuesta predominante sea “triste”. Triste porque no han podido reunirse, no han podido abrazarse con su padre, o porque no han podido agasajarlo como hubieran querido: llevarlo a almorzar a algún restaurante buffet, llevarlo a ver alguna película, o en general, pasar el día con él fuera de casa. Sin embargo, para mí no ha sido así. Y no es que no me haya sentido triste en alguna parte del día, porque sí lo he hecho, y a decir verdad una buena parte, pero lo que sucede es que de la forma en que hemos pasado en mi casa aquel día, es la forma en que la pasamos desde hace mucho. Me atrevería a decir “desde que tengo uso de razón”, pues no recuerdo algún día del padre distinto. Mi madre esforzándose en la cocina, yo ocupándome de las tareas que normalmente mi papá realiza, y mi papá descansando en su sillón.

Puedo comenzar diciendo que me levanté temprano y, aunque no lo hice especialmente para ello, fui a su cuarto para despertarlo con un abrazo, a pesar de las recomendaciones de distanciamiento, que fue la excusa que le di a mi madre cuando en su día con las justas le cogí el hombro. Por fortuna, como todos los días, ya se había levantado y estaba baldeando la escalinata de la entrada. Si hubiese estado durmiendo y se hubiese despertado por mi acción, quién sabe qué hubiese dicho. Lo más probable es que me hubiese recordado que no soy cariñoso con ella, como alguna vez se lo ha comentado a otras personas.


Obsequios


No hubo regalos, tal como no lo ha habido hace mucho, al menos de mi parte. Ya no recuerdo cuándo fue el último obsequio que le hice. En ese sentido sí soy más atento con mi madre, quizá para compensar aquella falta de abrazos. De los regalos que le he hecho a mi padre tengo en mi memoria los que le hice cuando era un niño, de doce o trece años, que cursaba los primeros años de la secundaria. En aquella época, el único dinero del que disponía era el de las propinas diarias que él me daba, lo cual no era mucho. Me alcanzaba para comprarme un par de golosinas en la escuela, y para ahorrar unos cuantos céntimos. Al salir del colegio yo iba a la casa de mi abuela, donde almorzaba y hacía mis tareas, hasta que unas horas más tardes él me daba el encuentro para que regresáramos a nuestra casa. En el trayecto colegio-casa de mi abuela, siempre pasaba por una librería llamada “Chang”. Ahí compraba algunos de mis útiles, sobre todo las láminas infográficas que utilizaba para realizar mis trabajos de investigación, pues en mi casa no contábamos con internet ni impresora. Mi “Google” era un software llamado “Enciclopedia Encarta”. De ahí leía y hacía mis resúmenes, que luego mi papá revisaba.

En aquella librería no solo vendían útiles escolares. Había también un par de vitrinas en las que tenían en exhibición peluches y adornos. Los peluches eran mi opción predilecta cuando se trataba de regalarle algo a mi madre. Y los adornos, cuando el agasajado iba a ser mi padre. Conforme se acercaba el día del padre, o su cumpleaños, yo me iba fijando qué adorno podía comprar. A veces optaba también por algún artículo de aseo personal, que también allí ofrecían, como una caja de colonia o loción.


Un regalo de aquellos significaba el ahorro de un mes, o menos, si es que dejaba de gastar en golosinas y hallaba algún modo de ganar dinero en la escuela, lo cual no era muy difícil de hacer con los ociosos que tenía por compañeros. La cafetería se ubicaba en el quinto piso, y nuestro salón en el primero, por lo que al sonar la campana del receso éramos los últimos en llegar a comprar. Cuando uno llegaba se encontraba con una multitud aglomerada sin ningún orden. Si querías comer antes de que acabara el receso, debías aprender a abrirte paso entre la gente. Usualmente a empujones, y a ganadas de sitio a despistados. Era tan similar a como ahora uno debe moverse dentro de un bus del Metropolitano. Como no todos estaban dispuestos a eso, algunos nos ofrecíamos en ir a comprar, con el añadido de nuestro “delivery”. A cada persona se le cobraba una china, con lo cual en un día, dos recesos, y treinta personas en el salón, podías hacer fácilmente tres lucas, o hasta cinco, si sabías dominar el mercado. Entonces, como decía, ahorrando y cachueleándome de esa manera, era como conseguía comprarle obsequios a mi padre. Siempre se los entregaba a primera hora de la mañana (6 a.m.) que era la hora en que por defecto me despertaba. Tal como este último domingo, lo despertaba siempre con un abrazo. Sin embargo, conforme pasó el tiempo, al contrario de lo que podría pensarse, mis abrazos fueron acompañados de un “Te debo tu regalo”. Aunque él siempre me comprendía y me acariciaba la cabeza en señal de que no había ningún problema, yo sentía que sí lo había, pues había preferido guardarme el dinero para algún capricho, que para comprarle algo. A él por el contrario muchas veces lo vi privarse de cosas para poder cumplir mis deseos. Que si quería un juguete nuevo, un CD de música nuevo, un polo o un pantalón nuevos…


Sacrificio


Y no es que me malcriara, pues siempre supo hacerme saber la importancia del dinero, de ahorrar, de saber valorar las cosas, aunque yo no supe escuchar. Le pedía indiscriminadamente cosas, sobre todo ropa. Hubo mucho de esta que no utilicé, o que utilicé muy pocas veces. “Pareces fotografía” me decía, porque solía encamotarme con ciertos polos, ciertos jeans, ciertas casacas, que sentía que me quedaban bien. Mi demás ropa quedaba olvidada en mi armario. Yo era muy indeciso al momento de comprar, pero él me tenía paciencia, y aún la tiene, cuando me acompaña alguna vez a un mall. Solíamos ir a Polvos Azules, donde recorríamos todos los stands en busca de la prenda ideal. Él es diferente. “No sé por qué te haces tantas bolas. Yo vería que me quedara bien el largo, el ancho, y ya. Tú estás viendo el color, el diseño, la costura, la caída que tiene, y no sé qué más” me dice. Sin embargo, no lo he visto nunca ir a una tienda a comprarse algo para sí mismo. Ha ido para comprarme algo a mí, o a mi mamá, si es que esto es posible, pues el gusto de ella es aún más exquisito que el mío, pero no para comprarse algo él. Hoy por hoy yo ya he cambiado y no me obsesiona andar renovando mi ropero, tampoco mis juguetes electrónicos. Mi librero sí, pero me lo costeo yo, al igual que mi gimnasio y otras cosas que mi economía me permite. Y creo que esta pseudoindependencia ha sido fundamental, pues gracias a ella he podido darme cuenta del enorme sacrificio que mi padre ha hecho por más de veinte años. Ahora envejece y yo tengo miedo de no poder retribuirle apropiadamente. Me acuerdo que cuando era pequeño me le acercaba corriendo, lo abrazaba, le decía que lo amaba, y le prometía que cuando fuera grande, todo un profesional, un ingeniero como lo eran mi abuelo y mi tío, le compraría un castillo.


Sin embargo, dos décadas después aquí me hallo, escribiendo de madrugada mientras él ronca en su habitación. Me pregunto a veces si será feliz. Con frecuencia me parece que no, y me duele porque merece serlo. Pero también porque siento que parte de esa infelicidad, parte de esa preocupación que lo aqueja es a causa mía. Me solventó una carrera, unos cursos de deporte y, ¿para qué? Para que ahora quiera ser un novelista.


Lo siento papá.


Quisiera a veces enorgullecerlo un poco más, ser como mis ex compañeros del colegio que uno a uno veo en Facebook se titulan y viajan por el mundo. Quisiera poder ser más ayuda en el hogar y que no tuviera que angustiarse por mi futuro. Sé que tengo su apoyo, aunque no esté de acuerdo con mi idea de no sacar mi bachiller y de no ejercer jamás la ingeniería. “Es un respaldo” me dice y lo comprendo, y comprendo la razón por lo la que me lo repite: no quiere que cometa sus errores. Pero no importa. He perdido el miedo al fracaso. Tantas veces he fallado que la verdad no me importa fallar otra vez. Al menos sé ahora que si lo vuelvo a hacer será haciendo lo que me gusta. Sé que me entiende y lo amo por eso. Porque nadie más lo hace. Ni mi abuela, ni mi abuelo, y no sé si mi madre lo haga. Nunca he hablado sobre esto con ella. Sé que le preocupa que en un futuro no tenga cómo mantenerme yo solo, pero estaré bien. Como él dice: “Todo tiene solución, menos la muerte”


Enrique Arellano tiene 25 años y es editor, escritor y entrenador. Estudió ingeniería electrónica en la Universidad Alas Peruanas, pero jamás ha ejercido. Fue alumno de Machucabotones en el 2018. Actualmente trabaja en su primer libro.



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