• César Bedón

LOS PERROS Y LOS LIBROS SE PARECEN

Actualizado: mar 19


Dentro de una semana harán dos meses desde que se publicó "Once Veces Tú", el primer libro de Machucabotones. Aquel día, aquella noche, tuve la dicha de estar presente, de poder aportar mi granito de arena transmitiendo la presentación a través del Facebook Live. Aún recuerdo los aplausos, a la gente abrazándose, riéndose, chocando sus copas y buscando a los autores para pedirle sus autógrafos. Era mágico, cómo tantas personas se habían reunido para hacer homenaje a los espíritus que se habían liberado a través de las palabras, antes pensadas y pronunciadas, ahora impresas a lo largo de 300 páginas. Aquí, el discurso de César donde nos cuenta cómo fueron los días previos a esta gran noche.


Me permito publicar el discurso que leí el jueves 21 de noviembre durante la presentación del libro de Machucabotones "Once Veces Tú" en la Biblioteca del Museo Metropolitano de Lima. Muchas gracias a todos.


EN NOMBRE DE MACHUCABOTONES, BIENVENIDOS TODOS A ESTA FIESTA. Estoy seguro de que en la cabeza de Leslie y en la mía, las últimas 3 semanas están representadas por 2 hilos de recuerdos: el primero es el de días completos trabajando desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche para hacer funcionar una escuela de escritura y al mismo tiempo enviar a imprenta un libro de 300 páginas, del cual aún estábamos escogiendo el color de la tapa (primero iba a ser roja), corrigiendo algunos textos y redactando otros, leyendo y releyendo, pidiéndole a los 10 escritores del proyecto que aceptaran nuestras sugerencias, que a veces eran resistidas... Un proceso de ir pariendo historias que nos absorbió por completo. Por un lado son las imágenes de nosotros viviendo dentro de esa locura, y por el otro las imágenes de nuestra perra Allujo, la recepcionista de Machucabotones, que para preocupación y miedo nuestro enfermó. Un día fui a recoger a Allujo de la casa de mi mamá, donde se había quedado el fin de semana, y mi mamá me dijo que no había comido nada y que estaba con la mirada caída, y que quizás le vendría pronto la regla. Me la llevé a Machucabotones. Allujo se iba a un rincón a poner la cabeza contra el suelo. El veterinario nos dijo que tenía una infección estomacal y le recetó antibióticos. Pero un día no quiso levantarse de la cama pese a que la sacudíamos, y yo la cargué para bajar las escaleras apurado y meterla en el carro, de regreso al veterinario. Me asusté. Leslie iba sentada en la parte de atrás, acariciándola, y en un momento Allujo pareció reanimada y a mí se me ocurrió llevarla a uno de sus parques favoritos, para que el aire y los otros perros la entretuvieran. Allujo caminaba despacio por el pasto, trastabillando, y cuando se cayó de costado como caería una estatua de madera, sentí un frío en el pecho que no había sentido nunca en mi vida, y empecé a correr… Tengo aún la imagen de Allujo echada en el pasto del parque y de Leslie y de mí a su lado, acariciándola y esperando a que recuperara sus fuerzas, y yo pensando que ojalá no se acercara a nosotros ninguna de las personas que veíamos a lo lejos en el parque, porque sus perros lucían sanos y corrían libres y a mí me daba vergüenza. Finalmente Allujo fue hospitalizada, y Leslie y yo pasamos días muy complicados. Cuando veía en los ojos de Allujo sentía que estaba muy lejos de mí. Era como si su verdadero ser se hubiera metido tan dentro que no me era accesible. Leslie y yo la besábamos en la barriga, en el hocico, en las patitas. Todo esto mientras componíamos las partes finales de este libro que tenía una fecha comprometida de presentación, jueves 21 de noviembre.


Me permito comenzar hablando de nuesta perra peruana porque estoy seguro de que muchas personas en esta audiencia tienen perros, y saben de la importancia que tienen nuestros compañeros animales en nuestras vidas. Allujo, a quien me permito dedicarle estas palabras, vino a mi casa un año nuevo del 2013, como obsequio de Leslie. Yo nunca antes había tenido perro, y el lazo que fuimos creando ella y yo amplió mi corazón, y ahora pienso que es necesario que los seres humanos establezcamos en vida algún vínculo con un animal, pues hay una región de nuestro espíritu que despierta únicamente con la compañía de un ser que te mira directamente a los ojos y que no miente, porque le resulta imposible.


Una de las teorías sobre por qué perros y humanos han aprendido a convivir a lo largo del tiempo, es que el perro te mira a los ojos, y eso complace. Pienso que hay algo de sobrenatural en tener un rostro al frente de ti y sumergirte en este loop o circuito eléctrico de contemplación, en el cual nos dice la ciencia que se libera también oxitocina, la hormona que establece un vínculo entre una madre y su hijo durante la lactancia. Pero hay algo que encuentro aún más extraordinario, y es que todo rostro que nos devuelve la mirada es siempre un espejo de nosotros. Es imposible sostener la mirada con nadie sin compartir una misma frecuencia, un mismo ánimo, y cuando dos seres se comunican de esta forma aparece algo que no había antes. Es mágico. Todo es espejo, dice Octavio Paz. Sé que ustedes saben de lo que estoy hablando. Es uno de los actos de mayor intimidad, uno de los actos más sobrecogedores que existen: mirar en alguien para mirarte a ti mismo. Es lo que hacen los amantes. Lo exterior refleja lo interior, y cuando uno mira a los ojos a un perro siente que se reencuentra con algo que es profundamente uno mismo.


Pienso que los perros y los libros se parecen.


Milan Kundera dice que los personajes de un escritor son egos experimentales, es decir, versiones de uno mismo si es que uno hubiera nacido en otra época, con otro nombre, otro sexo, otras circunstancias. En la literatura, en los libros, ansiamos encontrarnos a nosotros mismos. Las personas vamos por la vida buscando esos fragmentos de nosotros que nos faltan, esos otros puntos de vista del universo, y los encontramos tantas veces en los libros: en los libros encontramos verdades que habíamos olvidado o que no habíamos podido verbalizar, y todos podemos señalar un pasaje de un libro amado y decir “Sí, así es la vida, así es como me sentí yo, has escrito con la verdad”. Millones de personas a lo largo del tiempo hemos acudido a las historias para entendernos mejor a nosotros mismos. Como decimos en nuestra escuela, recordando a Emerson, cuando uno escribe de manera particular alude siempre a lo universal, pues todos somos en el fondo un mismo ser. La literatura es una necesidad, la necesidad íntima de conocer nuestro corazón y de hallar en las palabas de otros aquello que también existe dentro de nosotros. Escribimos y leemos por la misma razon por la cual miramos a un ser vivo a los ojos: para encontrarnos a nosotros mismos.


Foto: Rebeca Garnique

Cuando Leslie y yo convocamos en mayo de este año a un taller llamado “Mi primer libro”, no imaginábamos el camino que recorreríamos con él. Honestamente, pensé que sería mucho menos trabajo, mucho menos agotamiento emocional. Pero ella y yo estábamos convencidos de nuestro método de trabajo, porque a lo largo de 5 años lo habíamos perfeccionado y aplicando con todas las personas que iban a Machucabotones con un deseo muy raro, el de sacar de dentro suyo algo que tenían guardado.


Me gusta pensar en la literatura como un oficio extraño, porque quien escribe una historia tiene necesariamente que dejar en ella su alma. No hay historia que sobreviva si en ella no existe esa energía que abunda en nuestras regiones más profundas. “Hay una grieta en todo”, cantaba Leonard Cohen, y continuaba: “Es por allí por donde entra la luz”. ¿Por qué todas estas intimidades tan preciadas, estas verdades dolorosas que muchas veces un escritor no comparte con nadie, luego desean ser compartidas con perfectos extraños, los llamados lectores? ¿Por qué el escritor quiere publicar, o sea, que vengan un montón de desconocidos a mirar dentro de su corazón? No tengo respuestas para ello, pero sí sé que arriesgar la vida en semejante empresa es uno de los más grandes gozos que pueden experimentarse. Escribir libera, y en Machucabotones estamos convencidos de que vendrá el día en que exista una política de salud pública que incluya a la escritura como forma de mejorar la calidad de vida.



Las 300 páginas de este libro están impregnadas con los sentimientos de estas 10 personas, y hay tras ellas incontables horas de incertidumbre, de alegría, de dolor, de llanto y de deseos de no seguir escribiendo, incontables horas de revisiones y de pedir cambios, más detalles, más introspección: idas y vueltas de documentos de Word entre 13 personas. Y aquí estamos, a tiempo, presentando este libro de relatos llamado “Once veces tú”. Como editor, y por tanto como lector, amo varias de las páginas de este libro, y sé que en los relatos de estas personas a quienes ya es imposible llamar extraños, pues hemos tenido esta convivencia mental, este intercambio de pensamientos, me encuentro yo también. Y estoy seguro de que quien lea estas historias se encontrará también a sí mismo. Este es un libro singular, y Leslie y yo estamos muy orgullosos de su manufactura, pues nos hemos permitido acompañar los relatos con extractos de conversaciones que hemos tenido discutiendo el proceso de creación del libro, y bajo ese punto de vista “Once veces tú” cumple con uno de nuestros deseos inicales: que fuera un libro que se sintiera vivo y que al mismo tiempo documentara su propia creación. El lector que busque algo real, algo íntimo, lo encontrará aquí sin ninguna duda. Los libros sirven para acompañar, y yo me he sentido acompañado y querido secretamente por estas historias que Leslie y yo encaminamos y editamos junto con Enrique Arellano, quien estuvo con nosotros leyendo y releyendo. Muchas gracias. Esto solo se hace por amor. En “Once veces tú” hay un centro de verdad relacionado con el deseo personal de todas estas personas por comunicar, por entregar. Escribir solo puede entenderse como un acto de generosidad, y yo quiero agradecer de corazón a estas 10 personas por el viaje que nos permitieron hacer a Leslie y a mí, viaje en el cual hemos aprendido tanto. Gracias a Rosario por su fe, a Rubén por su sentido de la observación, a Susi por su amabilidad, a Lorena por su pureza, a Yasmín por su transparencia, a Alesandra por su imaginación, a Carmen por su ambición, a Patricia por su entrega, a Yvette por su fuerza, a Pili por su humor. Nunca vamos a olvidar esto.


Y muchas gracias a todos ustedes por venir aquí y asistir al nacimiento de este hijo de todos nosotros, este espejo llamado “Once veces tú”, que es presentado esta noche ante el mundo.


Muchas gracias desde el fondo de nuestros corazones ■


Foto: Rebeca Garnique


César Bedón es director fundador de Machucabotones. Tiene experiencia de 15 años como conductor en programas de conversación en radio (RPP, Radio Capital) y ha sido el Editor de Cultura en la primera época de la revista Velaverde. Ha sido columnista de Soho, dos veces finalista del premio de las 1000 palabras de la revista Caretas y ha publicado el libro "Un sol que en invierno". Actualmente conduce el programa "Entre libros" por Radio Nacional, y escribe su segundo libro.

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