"Mi hermana y yo" (relato)

Actualizado: 24 de abr de 2018


Después de haber entrado a la universidad, y conseguir un trabajo, me mudé de la casa de mi madre.

Tenía ensayada una breve excusa: necesitaba un lugar más cerca de la universidad y del trabajo.

Ella aceptó. De buena gana, y sin poner objeciones, pero me sugirió que no me llevase todas mis cosas. Ella estaba segura de que mi nueva casa era diminuta, y no habría forma de meter todas mis cosas en el que sería mi nuevo hogar. Siendo honesto, no tenía demasiadas cosas. En realidad, mi patrimonio en ese entonces estaba compuesto por una bicicleta, dos cajas, una maleta y un viejo Volkswagen que andaba gracias al talento de un amigo, que estudiaba ingeniería mecánica y se entretenía reparándolo. Tal vez ella pensaba que regresaría al poco tiempo, y quería ahorrarme una mudanza difícil. O simplemente quería que la necesidad de acceder a mis cosas, repartidas en su casa, me obligara a visitarla. No puedo estar seguro, porque solo mi madre sabe manipularme para salirse con la suya, y solo puedo advertirlo mucho tiempo después de que sucede.

En la selección de cosas que dejé en su casa estaban un par de ternos. No quería ni verlos, pues los asociaba con los formalismos del trabajo de oficina que tanto rechazo me generaba. Después de todo, mi nuevo trabajo era flexible en cuanto al atuendo, me permitía estudiar y ganar una cantidad suficiente para sobrevivir. A pesar del ambiente relajado, una vez al mes tenía que ir en horas de la tarde para ayudar con las reuniones del directorio. Todos los integrantes eran hombres mayores, criados en un ambiente tradicional. Cumplían horarios, vestían formalmente, usaban cabello corto, se afeitaban a diario, y lucían aspecto muy serio en todo momento. De ninguna manera se divertían en el trabajo, y a veces creo que simplemente no se divertían nunca. Tal vez lo veían como algo malo. Nunca se los pregunté, y creo que fue lo más prudente, considerando que no había espacio para desarrollar amistad con nadie en esas reuniones. En ellas solo se hablaba de los resultados, se tomaban acuerdos, y cada quien defendía sus propios intereses en el negocio. Mi trabajo consistía en lograr que muchos de sus acuerdos se cumplieran, interactuando con diversas personas: proveedores, funcionarios públicos, notarios, jueces, secretarios, clientes, e incluso intermediarios de todos los antes mencionados. Aún así, me quedaba algo de tiempo para ir a hacer algo de deporte y salir a dar una vuelta por las noches. Recuerdo que la pasaba bastante bien, aún cuando siempre andaba con unos pocos soles en el bolsillo.

En las vísperas de fin de año, y disfrutando un poco del buen clima, me había ido a la playa por el día. Tenía el tiempo justo para pasar por la casa de mi madre, ducharme, gorrear algo de ropa limpia, ponerme uno de los insoportables ternos, y salir a la reunión de directorio como todos los fines de mes, con el equipo de la amargura senectud. Sin duda ellos no sabían que yo disfrutaba de la playa y de salir por las noches; y ciertamente era innecesario decirlo. Por el contrario, lucir como uno de ellos era mejor. Mi madre solía burlarse un poco, diciendo que le daba gusto verme, aunque fuera solo para colaborar con mis disfraces de adulto responsable. Ese día ella estaba seria y despreocupada haciendo un crucigrama. Entré a su casa, y la vi sentada en el sillón con sus lentes de lectura a media nariz. No se levantó, ni tampoco me miró. Solo dijo Hola y siguió en su carrera contra el tiempo para terminar el crucigrama. Sentí que la estaba importunando, aprovechándome de los excesos de confianza que se generan aún después de haber cortado el cordón umbilical.

Seguí de largo por el pasillo, rumbo al baño. Mientras caminaba, pasé por el dormitorio de mi hermana. Lucía perfectamente ordenado. Las paredes llenas de diplomas y múltiples títulos académicos. Incluso una felicitación pública de la universidad Cayetano Heredia, por haber sido autora de un libro de investigación en adicciones. Su devoción por los estudios era tan intensa como mis ganas de huevear. ¡Para qué ser el primero de la clase, si puedes aprobar un examen y disfrutar de la vida el resto del tiempo que te queda en este mundo! Mi hermana y yo éramos como la Biblia y la Torá. Ambos teníamos una historia similar, pero una de ellas era mucho más interesante.

Estaba afeitándome cuando mi madre me alcanzó una toalla limpia. A diferencia de otras veces, seguía con expresión seria. Había dejado el crucigrama inconcluso. No dejaba de mirarme, así que tuve que preguntarle ¿Qué pasa? Luego de unos segundos, vi como sus 162 centímetros de estatura parecía multiplicarse. Estaba molesta. No trató de manipularme. No dio vueltas sobre un tema intrascendente. Me dijo No me gusta que estés consumiendo drogas.

Me demoré unos segundos en contestarle. No sé de qué me estás hablando le dije.

—¿Y esto? —decía mientras agitaba una bolsita Ziploc llena de unas hojitas verdes.

—No es mío.

El olor me era familiar.

—Eres un conchudo —dijo, mientras se le salía la risa.

—¿Conchudo por qué?

—Voy a deshacerme de esto, y espero que dejes estos malos hábitos que no te van a llevar a nada bueno.

Seguía tratando de entender qué acababa de suceder. Nunca había tenido drogas en casa. De hecho, nunca había comprado drogas.

Terminé de arreglarme y salí a la reunión.

Llegué un poco acelerado, y anoté cada uno de los acuerdos. Observé con cuidado las intenciones de los asistentes. Al terminar, uno de ellos se me acercó y me dijo que necesitaba ayuda con unas cajas de mercadería que quería llevarse al auto. Me ofrecí a ayudarlo. Cuando estaba acomodándolas en la maletera, noté que tenía una tabla de surf entre los asientos.

Muchas gracias me dijo y me preguntó mi nombre. Yo se lo dije: Antonio Sudaka. Él me dijo ¿Tú eres hermano de la psicóloga Sudaka? Y no pudo evitar sorprenderse.

No sabía que tu hermana era mi psicóloga. Jamás lo hubiera adivinado. Se te ve tan estructurado que difícilmente pudiera haberte relacionado con ella.

—La verdad es que ella es mucho más estructurada que yo.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Tu hermana viene asignándome un tratamiento experimental, y me va de maravilla.

—Qué bien.

—Hago cosas que nunca hubiera pensado que podría haber hecho. ¿Hablas con ella?

—Sí, pero creo que no lo suficiente. Nunca hablamos de trabajo.

—Salúdala de mi parte.

El viejo se subió a su auto, y se fue escuchando Bob Marley a todo volumen.

Nunca le dije a mi madre que el fumón no era yo.

Un día traté de preguntarle a mi hermana sobre la bolsa de marihuana, y el tratamiento de ese viejo empresario. Se rió en mi cara y no me dijo nada.

Creo que la historia de mi hermana es mucho más interesante de lo que pensé. ■


Antonio Sudaka es un seudónimo. Antonio es abogado y empezó a practicar escritura con Machucabotones en el 2017. Este texto fue escrito en el curso «Como me da la gana. Introducción a la escritura expresiva». Puedes encontrar información sobre los cursos de Machucabotones aquí.

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