Un alumno nuestro es premiado en Trujillo


En Machucabotones creemos que toda persona, a través de la práctica, puede encontrar una manera propia e interesante de revelar su idiosincrasia. Lo vemos en varios de los alumnos que nos han acompañado a lo largo de dos, tres, cuatro talleres.

Cristhian Prado, alumno nuestro, recibió el pasado jueves una mención honrosa en el VI Concurso Nacional Juvenil de Cuento “Germán Patrón Candela” en la ciudad de Trujillo. Aquí les dejamos el cuento completo.

Disfrútenlo.


Jesús empezó a tener pesadillas cinco semanas antes del viaje. La más significativa sucedía ahí mismo, a sus quince años, en el bus que partió de Lima con destino a Huamanga. En lo profundo de su pesadilla, Jesús volvía a tener cuatro años. Regresaba del nido de la mano de su padre. Entraban al departamento 201 en San Borja. A empujones, su padre, lo metía a la bañera y le gritaba, «¡ahora méate pues». Con el mandil lleno de manchas secas de témpera y el buzo apestando a orina, Jesús balbuceaba con pavor, «disculpa, disculpa, papá Edmundo». Pero Edmundo giraba la perilla de la ducha para que los chorros de agua mojen a su hijo. Jesús lloraba en un rincón. Lo aterraba la ira en los ojos de su padre. No sentía su cariño. Después de cinco minutos dejaba de llorar. Su padre lo cargaba a la habitación. Lo cambiaba y el niño dormía. Así terminaba su pesadilla.

A la mañana siguiente, el bus empezaba a descender de la cima del cerro Acuchimay. Jesús despertó ligeramente acalorado. Todavía recordaba parte de su pesadilla y el motivo de su viaje: ¿cómo murió su madre? Con los ojos legañosos se inclinó en el asiento número veintidós. Deslizó la cortina, los rayos del sol penetraron los vidrios, iluminando en pleno su rostro. Cegado, levantó la mano derecha para darse sombra y ver la ciudad. Por primera vez, contempló un cielo parecido a los dibujos que hacía de niño: nubes esponjosas como almohadas de algodón que cubrían parte del limpio y despegadísimo tapiz celeste.

«Buenos días, señores pasajeros. La empresa Sur-Bus, le da la bienvenida a la ciudad de Huamanga. En unos minutos llegaremos al terminal. No olviden sus pertenencias dentro del bus y disfrute su estancia», dijo la azafata a la que Edmundo le miraba las piernas.

—Se parece a Lima en verano, pero con diferente cielo, ¿no?… ¿Papá? — dijo Jesús cerrando la cortina para que el sol no ilumine la cabeza rapada de Edmundo.

—¡Ah! Sí, sí. Algo. Pero en noche te pelas de frío. — respondió limpiando sus gafas.

Tres semanas antes del matrimonio entre el ingeniero Edmundo Bertrán y la abogada Silvia Palomino, llegó Jessica desde Bueno Aires. Silvia nunca le contó nada a Edmundo sobre su prima. No le dijo que de niñas jugaban con el moribundo perro que encontraron un domingo al salir de misa. Al perro lo vieron tirado cerca de la puerta de la Catedral. Una viuda que prendió una vela y rezó por el alma de su esposo asesinado por una deuda de tierras dijo asombrada: «¡Se le notan los huesos del lomo!». El esquelético animal fue alimentado y cuidado por las primas. Meses después, volvió a enfermar, y agonizante, echado en el suelo, murió. Las primas dejaron de comunicarse en los almuerzos familiares. Se había quebrado el vínculo entre ambas. Cuando Jessica cumplió diez años se fue a Buenos Aires con sus padres y más tarde estudió teatro. Ahora su regreso coincidía con la boda de su prima que tenía tres meses de embarazo.

—Alista tu mochila y baja. — dijo Edmundo.

Jesús y su padre salieron del terminal. Edmundo tomó el primer taxi Toyota Station color blanco que encontró, decía que cobraban menos. Dentro del vehículo el conductor escuchaba la radio. Sonaba el triste huaynito Flor de Retama. El conductor empezó a cantar: «la sangre del pueblo tiene rico perfume… Huele a jazmines, violetas, geranios y margaritas; a pólvora y dinamita». El conductor sentía en la lenta tonada de las cuerdas de la guitarra la tristeza de la canción. Recordaba el olor de las flores que usaba su esposa por encima del sombrero antes de que desapareciera en una emboscada terrorista. El taxi avanzó por la avenida Independencia hasta que diez minutos más tarde llegó a una casona.

—Es aquí. Ya llegamos. — dijo Edmundo.

Edmundo visitaba a Silvia en la casona donde vivía. Pero una tarde en la que tocó la puerta, Silvia y su padre habían salido de la ciudad, y la que abrió fue Jessica. Ella se había quedado a cuidar la casona. Faltaban unos días para su matrimonio. Su acento argentino llamaba la atención de Edmundo. La empezó a seducir, tomaron una botella de ron y subieron a tumbos al segundo piso donde se encontraban los cuartos. Ingresaron al primero que encontraron para hacer el amor. El motor del auto del padre de Silvia se recalentó y su salida se canceló. Regresaron a la casona. Silvia escuchó voces en su cuarto. Empujó con fuerza la puerta y encontró a Jessica y Edmundo besándose desnudos en su cama. Silvia observó la desesperación de Jessica para acercarse y decir que la culpa era de él.

En cada palabra Silvia percibía el aliento a ron de su prima. Edmundo, sin decir una palabra, empezaba a vestirse. Silvia sintió asco del hombre que en unos días sería su esposo, pero impulsada por su embarazo y la ilusión de su matrimonio, lo perdonó y se casó. No dejó que Edmundo la toque, no volvieron a hacer el amor y la última vez que lo besó fue el día de su boda, con pocos invitados por parte de la novia, en una modesta capilla de Huamanga. Jessica regresó a Buenos Aires y no volvió. Tres meses después de la ceremonia nació Jesús.

Por la tarde Jesús y Edmundo se dirigieron a un restaurante. «Menú Rosita», decía el letrero de la entrada. Almorzaron dos platos de arroz blanco acompañado de papas sancochadas cubiertas de una salsa roja y pedazos de chicharrón. «Es Puca picante», le decía Edmundo a Jesús. Regresaron a la casona. Edmundo salió cuando las nubes, como invasores, llegaban cargadas de lluvia. Era de noche, y cuando no llovía, Huamanga se iluminaba por estrellas. Y el espectáculo se completaba con la imponente luna.

Jesús se acomodó en las colchas del primer cuarto del segundo piso de la casona. Abrazó una almohada y los párpados, cansados por el viaje, cayeron. Empezó otra pesadilla en la que tenía cuatro años y estaba sentado en una silla del nido en el que Edmundo lo matriculó. La profesora gritaba, con cierto apuro, «niños, niños, les acabo de dar un papel. Ahí dibujen a su mamá. Es para el día de la madre». Algunos niños trazaban figuras simples del rostro de su madre, pero Jesús no había tocado el lápiz ni los colores. «¡Jesús! ¡Empieza! ¿Cómo es tu mamá?», le dijo la profesora. «No sé, profesora. No sé», respondió Jesús. La profesora iracunda le hacía más preguntas incomprensibles. Jesús estaba tan nervioso que empezó a mearse. El líquido tibio mojó parte del calzoncillo de figuras de animalitos que tenía puesto, bajó por los muslos hasta los tobillos para terminar en el piso. La profesora se alejó. Y un pequeño charco de orina rodeaba a Jesús. Tocaron la puerta del salón. Era Edmundo, que llevaría a su hijo al departamento.

Jesús despertó de la pesadilla cuando escuchó los gritos afuera de su habitación. «¡Abre Jesús! ¡Abre!», dijo Edmundo. El padre de Jesús había tomado ron en la cantina de la esquina.

—¡Hijo! Tu mamá. Mi Silvia… Te voy a contar. Tienes que saber.

Edmundo entró a la habitación y le contó del viaje que planeó su mamá. Decía que Silvia quería empezar todo de nuevo y escapar de lo peligroso que era Huamanga. Pensaba en viajar a Lima y comprar un departamento. Pagaron tres pasajes, era el bus con la ruta más segura para llegar a Lima. Pero a medio camino subieron cinco hombres con pasamontañas, hicieron vitorear sus lemas y uno de ellos dijo «queremos una ayuda económica, para la lucha del pueblo. Tienen que colaborar. Aquí todos nos ayudamos, ¿no?». Cuando terminaba la frase, enseñaba un arma oculta detrás de su chompa y, después de infundir terror, la volvía a esconder. En el momento en que los pasajeros entregaban lo que tenían, se escucharon gritos afuera del bus, «¡salgan terrucos, salgan carajo!». Eran los militares. Todos los pasajeros, mezclados con terroristas salieron del bus. Silvia sujetaba la mano de su hijo de dos años. Lloraba, tanto que desesperó a un militar que gritó «haga callar a ese niño». Uno de los terroristas quiso escapar, los militares le dispararon. Otro sacó el arma oculta detrás de su chompa. Disparó contra uno de los militares y se abrió fuego. Una de las balas cayó en la frente de Silvia, que se desplomó de rodillas, sin soltar la mano de Jesús, que estaba a su costado, y con la boca y ojos abiertos, su rostro impactó en el polvo de la carretera. Edmundo cargo en brazos a Jesús y subió al bus junto a otros pasajeros. El conductor aceleró y después de doce horas llegaron a Lima. «Así murió Silvia. Compré el departamento en San Borja y te oculté todas sus fotos. Es por eso que no sabes cómo es su rostro. Pero yo tengo esto», dijo Edmundo, con voz llorosa, mientras sacaba de su billetera una vieja fotografía.

Jesús observó los rasgos de su madre, los detalles en su sonrisa y su cabello recogido. En unos segundos, Edmundo vio cómo, el rostro de Silvia en esa fotografía, hacia sonreír a Jesús.

Silvia caminaba de la mano de Edmundo con dirección a la procesión del Domingo de Resurrección a un mes para su boda. Aunque su embarazo solo tenía dos meses, avanzaba con cuidado. Entraron a la misa de las cuatro de la madrugada. La iglesia estaba hecha toda de cal y piedra, con dos torres a los lados y sus enormes puertas que mostraban el camino a la tarima del cura que subía por cuatro escalones de piedra blanca. Cuando terminó la misa ambos salieron a esperar la procesión en uno de los portales de la plaza. Quizás, para los habitantes de Ayacucho, la única respuesta confortable a todos sus muertos era la esperanza representada en un anda. Algunas mujeres con velo negro vieron salir a Cristo en el anda, cargado en hombros por los ciudadanos, iluminado por cientos de velas. El olor de la cera derritiéndose llegaba a la nariz de Silvia. El anda pesaba más de cinco toneladas y diez metros de alto.

Silvia se fija en los finos rasgos de la escultura de Cristo resucitado, esboza una sonrisa. Edmundo gira a verla, se contagia y sonríe. Uno de los hombres que cargaba el anda, sale, deja su puesto a otro devoto que arenga: ¡Viva Jesucristo resucitado! ¡Viva!

—Jesucristo… Jesús. Qué bonito nombre. — susurra Silvia.


(Fotos enviadas por Cristhian, de la noche de la premiación).


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