#Familia: UN HIJO, UN PADRE Y SU HILLMAN

Actualizado: feb 14



No me cabe duda alguna de que este relato hará que piensen en sus viejos. Yo lo hice. Pensé en él, y en su Volkswagen del '82. Hace unos días me contó que lo vio en el estacionamiento de un centro comercial y que tuvo ganas de esperar al nuevo dueño para hacerle una oferta. No soy aficionado a los autos, pero no por eso dejo de fascinarme ante la manera en que estos logran calar en los corazones de las personas, como en el del padre de José.



Un Hillman destartalado


NO ME ACUERDO CUÁNDO LLEGÓ A NUESTRAS VIDAS, EN ESPECIAL A LA MÍA. Creo que estaba en mi memoria desde mi nacimiento. (Mi viejo hubiera dicho que nací en él; siempre exageraba). Solo me acuerdo que pasaba mucho tiempo detrás del timón simulando que era una nave espacial, un auto de carreras, o cualquier cosa que la imaginación de un niño pudiera crear.


Mi viejo decía que aquel Hillman del 64 en el cual me esforzaba por llegar a los pedales para manejar como él, era mi carro. Por eso se esmeraba por inculcarme todo lo referente a la conducción, incluso algunos insultos para liberar el estrés producto del tráfico. A mi mamá no le hacía gracia que un mocoso de 3 años empezara a putear a quien le cerró el camino, o a aquel que no avanzaba ante una luz verde.


Mi viejo se esmeró en enseñarme. Por ejemplo, al no llegar a los pedales, me hacía llevar el timón sentado en sus piernas. Él sabía cómo hacer para que un niño se sintiera superior manejando un destartalado Hillman por las calles de Lima.



La vida era simple y eso me gustaba.



Todoterreno


Ese Hillman era único. Mi viejo decía que había recorrido todo el Perú. Le creo. Llegamos a Chanchamayo al campamento minero donde trabajaba, a Piura a ver a mis abuelos, y recorrimos Lima por años. Además, siempre decía que el carro no subía Ticlio, sino que lo trepaba como un alpinista y nunca se chupaba a la altura.




Mi viejo y el Hillman eran uno solo. Él, detrás del timón, sabía cómo controlarlo: hacía rugir el motor. En cambio, yo solo logré sacarle un mar maullidos y un par de choques.



"Las cosas pasan por algo"


Días antes de que cayera mal, mi papá decidió llevarlo donde el Gringo, el mecánico de confianza de la familia y la segunda persona que conocía tan bien ese carro después de él. Nunca supe su verdadero nombre. En mis recuerdos sigue siendo el Gringo. Tal vez algo en mi papá decidió dejarlo ahí, tal vez sabía que ya no regresaría a recogerlo…


Nos traía recuerdos de buena vida, me traía recuerdos de una niñez y una vida simple… Las cosas pasan por algo ■



José Guizado es ingeniero de sistemas y limeño de nacimiento, con padres provincianos. Absorbió de ellos leyendas y costumbres. Escribe por afición. Empezó con poemas. Ahora escribe pequeños relatos que son parte de sus recuerdos.

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