"Un niño". Un ejemplo de la prosa obsesiva de uno de los grandes novelistas austríacos



Hemos leído a Bernhard en varios de nuestros talleres, y encontramos su manera de escribir sumamente expresiva: como se sabe, su escritura tiene algo de telaraña, y parte de su efectividad está relacionada con el uso de la repetición y la ausencia del punto y aparte... Al menos, en buena parte de sus novelas autobiográficas. Hay música y emoción aquí.

A continuación, el comienzo de su extraordinaria novela "Un niño". Hay algo muy poderoso siendo comunicado en las siguientes líneas.

A la edad de ocho años, montado en la vieja Steyr-Waffenrad de mi tutor, quien en esa época había sido llamado a filas en Polonia y estaba a punto de marchar sobre Rusia con el ejército alemán, di mi primera vuelta bajo nuestro piso del Mercado de las Palomas en Traunstein, en el despoblado de un mediodía provinciano consciente de su importancia. Habiéndole cogido el gusto a aquella disciplina para mí totalmente nueva, pronto salí pedaleando del Mercado de las Palomas por la Schaumburgerstrasse hasta la Plaza Mayor, para, después de dar dos o tres vueltas a la iglesia parroquial, tomar la decisión audaz y, como se vería sólo unas horas más tarde, funesta de visitar con mi bicicleta, que, según creía, dominaba ya de una forma absolutamente perfecta, a mi tía Fanny, que vivía cerca de Salzburgo, distante casi treinta y seis kilómetros, en medio de un jardín de flores cuidado con mucho amor pequeñoburgués y que los domingos hacía unos filetes empanados muy apreciados, la cual me pareció el objetivo más apropiado para mi primera excursión, y en cuya casa pensaba hincharme de comer y de dormir, después de una fase, desde luego no demasiado breve, de admiración sin reservas por mi proeza. Yo había admirado a la clase elegida de los ciclistas desde los primeros instantes conscientes de mis ávidos ojos, y ahora pertenecía a ella. Nadie me había enseñado aquel arte, inútilmente admirado por tanto tiempo; sin pedir permiso a nadie, había sacado empujando del vestíbulo la preciosa Steyr-Waffenrad de mi tutor, no sin conciencia dolorosa de mi culpa, y, sin pensar en el cómo, había puesto el pie en el pedal y me había ido. Como no me caí, en esos primeros momentos en la bicicleta me sentí ya triunfador. Hubiera sido totalmente contrario a mi carácter volver a bajarme después de dar unas cuantas vueltas; lo mismo que en todo, llevé hasta el último extremo aquella empresa ya comenzada. Sin haber dicho palabra a nadie responsable al respecto, dejé la Plaza Mayor desde la altura airosa de mi Waffenrad y del placer que me proporcionaba, para dirigir finalmente mis ruedas hacia la llamada Pradera y luego, en plena Naturaleza, en dirección Salzburgo. Aunque era aún demasiado pequeño para sentar me realmente en el sillín —como todos los demás principiantes demasiado pequeños, tenía que llegar con el pie al pedal por debajo de la barra—, aumenté mi velocidad a ojos vistas, y el hecho de ir continuamente cuesta abajo fue un placer suplementario. ¡Si los míos supieran lo que, mediante una decisión que nada hacía prever, había logrado ya, pensaba, si me pudieran ver y al mismo tiempo, como es natural, porque no tendrían más remedio, admirar! Me imaginaba su altísimo, incluso superaltísimo grado de estupefacción. No dudaba un segundo de que mis capacidades pudieran borrar mi delito y hasta crimen. ¡Quién, salvo yo, podía conseguir montar en bicicleta por primerísima vez y largarse, y por si fuera poco con la más alta pretensión, la de llegar a Salzburgo! ¡Tendrían que comprender que siempre, a pesar de los mayores obstáculos y resistencias, me salía con la mía y resultaba vencedor! Deseaba sobre todo, mientras pedaleaba y me adentraba ya en los barrancos situados bajo la Surberg, que mi abuelo, al que quería más que a nada en el mundo, me pudiera ver en la bicicleta. Como ellos no estaban allí y no sabían absolutamente nada de mi aventura, ya muy avanzada, tenía que realizar mi empresa sin testigos. Cuando estamos en las alturas, deseamos más que nada tener algún observador que nos admire, pero me faltaba ese observador que me admirase. Me contenté con mi propia observación y mi propia admiración. Cuanto más fuertemente me soplaba la velocidad en el rostro, tanto más me acercaba a mi objetivo, la tía Fanny, y tanto más radicalmente aumentaba la distancia que me separaba del lugar de mi prodigiosa acción. Cuando, en los tramos rectos, cerraba un instante los ojos, saboreaba la felicidad del triunfador. En secreto, estaba de acuerdo con mi abuelo: ese día había hecho el mayor descubrimiento de mi vida hasta entonces, había dado un nuevo giro a mi existencia, posiblemente el giro decisivo de la locomoción mecánica sobre ruedas. Así era, pues, como el ciclista se enfrenta con el mundo: ¡desde arriba! Avanza a gran velocidad, sin tocar con los pies el suelo, es un ciclista, lo que equivale casi a: soy el dueño del mundo. En medio de una exaltación sin igual, llegué a Teisendorf, famosa por su cervecería. Inmediatamente después tuve que apearme y empujar la Waffenrad de mi tutor llamado a filas y, por ello, casi totalmente apartado del mundo. Conocí la parte desagradable del ciclismo. El camino se alargaba, y yo contaba alternativamente las piedras del borde y las grietas del asfalto; hasta entonces no había notado que el calcetín de mi pierna derecha estaba manchado de grasa de la cadena y me colgaba en jirones. La vista era deprimente, ¿iba a producirse una tragedia precisamente por la vista de aquel calcetín roto sobre la pierna manchada de grasa, ensangrentada incluso? Tenía delante Strass. Conocía la región y sus poblaciones de varios viajes en tren a casa de mi tía Fanny, que estaba casada con mi tío, el hermano de mi madre. Todo presentaba ahora una perspectiva totalmente distinta. ¿No tendrían ya fuerza mis pulmones para llegar hasta Salzburgo? Me lancé sobre la bicicleta y puse el pie en el pedal, y adopté entonces la famosa posición del corredor ciclista, más por desesperación y orgullo que por arrebato y entusiasmo, con objeto de poder aumentar una vez más la velocidad. Pasada Strass, desde la que puede verse ya Niederstrass, se me rompió la cadena, enredándose sin compasión en los rayos de la rueda trasera. Me vi catapultado a la cuneta. Sin duda alguna, aquello era el fin. Me puse de pie y miré a mi alrededor. Nadie me había visto. Hubiera sido demasiado ridículo haber sido descubierto en medio de aquella funesta zambullida. Levanté la bicicleta y traté de sacar la cadena de los rayos. Manchado de grasa y de sangre, y temblando de decepción, miré hacia donde suponía estaba Salzburgo. Después de todo, sólo hubiera tenido que recorrer doce o trece kilómetros más. Sólo entonces se me ocurrió que ignoraba por completo la dirección de mi tía Fanny. Jamás hubiera encontrado la casa del jardín de flores. Mi pregunta: ¿dónde está o dónde vive mi tía Fanny?, si realmente hubiera llegado a Salzburgo, no hubiera tenido ninguna respuesta o hubiera tenido cientos de respuestas. Estaba allí, envidiando a los que pasaban en sus automóviles y en sus motocicletas, sin prestar ninguna atención a mi accidentada existencia. Por lo menos, la rueda trasera daba vueltas otra vez, y por lo tanto podía empujar la Steyr-Waffenrad de mi tutor, si bien de regreso, hacia donde me esperaba ahora la catástrofe y donde, de repente, amenazaba oscurecer de súbito. Con el entusiasmo de mi excursión, como es natural, no había tenido ningún sentido del tiempo, y para colmo de todo estalló en un instante una tormenta que transformó en un infierno el paisaje que yo acabada de atravesar a gran velocidad con la más exaltada de las exaltaciones. Brutales masas de agua caían sobre mí y, en cuestión de segundos, convirtieron la carretera en un torrente, y yo, empujando mi bicicleta bajo aquellas masas de agua desencadenadas, lloriqueaba sin cesar. A cada vuelta de rueda, los torcidos rayos se atascaban, la oscuridad era completa, no veía ya nada. Como siempre, pensé, he sido víctima de una tentación que sólo puede tener un fin absolutamente horrible. Me imaginaba espantado el estado de mi madre, entrando, y no por primera vez, en el puesto de policía del ayuntamiento, desorientada, furiosa y tartamudeando algo sobre ese niño espantoso, terrible. Mi abuelo, muy afuera y al otro extremo de la ciudad, no tendría la menor sospecha. En él ponía ahora otra vez toda mi confianza. Me resultaba evidente: no había ni que pensar en ir el lunes al colegio. Sin permiso y de la forma más malvada, yo había puesto pies en polvorosa y, por añadidura, había destrozado la Waffenrad de mi tutor. Lo que empujaba era una chatarra. Mi cuerpo era alternativamente sacudido por las masas de agua y por un miedo atroz. Así anduve a tientas durante varias horas. Quería repararlo todo pero ¿tenía siquiera posibilidad de hacerlo? Yo no había cambiado, mis protestas no tenían ningún valor, mis buenas intenciones habían sido, una vez más, pura palabrería. Me maldije. Quise morirme.


En "Un niño", de Thomas Bernhard (ISBN: 9788433930934).

Una recomendación de Machucabotones, Escuela de Escritura Expresiva.

Página del libro en Editorial Anagrama. Página en Wikipedia de Thomas Bernhard. Regresar al blog.

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