Una escena con mi papá


De papá y mamá aprendí que trabajar, y trabajar duro, era el camino para construir sueños.


Sueños necesarios como una casa propia, en palabras de mi madre: de material noble, hasta ahorrar para comprar nuevos electrodomésticos.


Tanto papá como mamá trabajaban y se turnaban para cuidarme y alimentarme.


A mamá le encantaba engordarme, si había alguna forma para ella de medir mi salud, ésa era el volumen de mis cachetes. A más cachetes, mejor salud. Ella formó mi buen apetito y el aprecio por la comida bien servida.


El cambio es constante es una frase con la que mi familia y yo hemos convivido desde siempre.


Mamá tuvo que empezar a trabajar por las mañanas, otro emprendimiento de los tantos que inició. Lo que obligó a papá ser el responsable de mantener mis cachetes con vida y volumen.


No estoy segura de que papá ya tuviera esa destreza para cocinar y cocinar rápido. Pero de lo que estoy segura es que lo hacía muy bien. O quizá será que mi mente ha olvidado esos malos sabores de los pininos de cocina de mi padre y se ha quedado sólo con lo bueno. En fin, siempre fue muy agradable ver a papá hacer cualquier actividad.


Desde entonces mis mañanas cambiaron. Era papá quien ahora se encargaba de prepararme la lonchera, el fiambre, como le decíamos en casa. Un silbido alegre y rítmico que venía de la cocina me despertaba, otras veces la frase: Lataco levántate, despierta!! Y por puesto, no me despertaba. Me canso de tanto llamarte me decían mis padres.


Al parecer, desde aquellas épocas me la pasaba muy bien durmiendo, sea que llueva o truene.


Una vez levantada, intentaba recobrar la conciencia, mi geolocalización y sobre todo, con mucho esfuerzo, de abrir los ojos. Todo esto mientras escuchaba ese silbido tan agradable que hacía papá. Que sinfonía ni cantatas de Mozart y Bach juntos, el silbido de mi padre tenía esa tesitura y ritmo que hacía mover el alma y alimentaba el espíritu, pero lo más importante que me invitaban a levantarme en medio de pajaritos revoloteando y danzando en casa. Que delicia entrar al mundo de los despiertos con este recibimiento.

Estoy convencida, que por esta parte de mi niñez el día de hoy despertar con música marca una gran diferencia en mis mañanas.


Otra vez el llamado de papá: Lataco levántate, apúrate, ya es tarde!


Me gané el sobrenombre de Lataco gracias a mi mala pronunciación de la letra R.


Intentaba decir: tú, rataco pero me salía: tú, lataco, cada vez que mis primos mayores me llamaban rataca por lo pequeña que era.


Apresuré mi paso y al llegar a la cocina vi a mi padre en la escena, que el día de hoy, para mí, es uno de los mejores recuerdos que tengo.


Él estaba ahí dando vueltas en esos escasos 2.5 metros cuadrados que medía mi cocina, con un buzo y aquí me detengo. A mi padre pocas veces lo he visto con buzo, él es un hombre muy formal que siempre viste de tela. Mi padre es un hombre alto y esbelto, así que el buzo le queda muy bien, así como el secador de cocina que tenía en el hombro derecho en la mañana de mi recuerdo. Estaba friendo camotes, lo encontré con la sartén en la mano, sosteniéndola fuera del fogón con la mano izquierda mientras que con la derecha se esforzaba por voltear los camotes, al parecer estaban a punto de quemárseles. Lataco, por fin te levantas me dijo al darse cuenta de mi llegada. Aseáte rápido y siéntate a comer. ¡Pero, ahorita! ¡Pero, ahorita! hasta ahora sigue diciendo esa frase, y muchas veces me he pillado diciéndola yo también, una de las tantas frases que compartimos.


Papá podía resolverlo todo, a todo le encontraba solución con el mejor ánimo, excepto peinarme. Cuando llegó la parte de peinarme intentó hacerme una cola, soy testigo, él puso la mejor de sus ganas, pero cada vez la cola le salía chorreada casi siempre para el lado izquierdo. Y mis cabellos delanteros que se revelan a todo peine, les jugó en contra. Creo que desde ese día tuve que empezar a peinarme, solo con un poco más de éxito que mi padre. Lataco vamos. Yo te voy a llevar al colegio. ¡apúrate!, vamos a llegar tarde.

Sólo tenía 5 años y por primera vez experimentaba la presión de un hombre porque terminara de alistarme.


El colegio quedaba a 5 cuadras del edificio donde vivíamos, así que íbamos caminando, mi papá como un humano normal, yo como una zombi, aprovechaba para dormir un poco mientras caminaba. Hubiera deseado que quedara a 20 cuadras o a mil para dormir un poco más.


Finalmente, llegamos al colegio triste para mí, no sólo porque tenía que estar 100% despierta sino porque mi aventura con papá se había terminado, pero la lonchera que me había preparado me reconfortaba.

Chau papá acompañado de un beso en la mejilla y un prolongado abrazo, deseando que me llevara con él, que me librara del deber de asistir a clases, que en su lugar me asigne el deber de jugar todo el día o lo que era mucho mejor, pasear y jugar todo el día con él. Sabía que era un deseo utópico, sabía que tendría que quedarme y cumplir mi rol de buena alumna, sabía que tenía que irse a trabajar, sabía que se iría. A pesar de éstos deseos tan intensos, no recuerdo haberme aferrado a los brazos de papá y haber gritado no te vayas papá, llévame contigo creando una escena desgarradora. Cosa que sí ocurría con mi madre.


Al llegar la hora del recreo, se me hacía agua a la boca, sabía lo que papá me había preparado de lonchera y aunque tenía un poco de temor que no tuviera el mismo sabor de los camotes fritos de mamá, igual abría mi lonchera con entusiasmo. Y taraaaaaaan…. ¡Qué buena pinta que tiene!, camotes anaranjados, se parecían mucho a los camotes que hacía mamá. Uhmmm deliciosos… papá había demostrado que podía hacer unos ricos camotes fritos a su estilo, los suyos tenían unas capas medias marrones que le daban un sabor mixto, entre dulce y amargo. Otro hallazgo más, acabo de darme cuenta de donde provienen mis gustos por las mezclas de sabores: lo dulce con lo amargo, lo dulce con lo salado.


Felizmente que para ésa época yo podía vestirme sola, no imagino a papá lidiando con el orden de los tantos polos abrigadores que mamá acostumbra a ponerme para que no me enfermara.


En tal caso, me hubiera dado otro recuerdo hermoso que me hubiera hecho sonreír con añoranza ■


Autora: CEG-Lataco.

Alumna Machucabotones / Del taller "Como Me da La Gana".

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