• César Bedón

¿Usas el tiempo... a tu favor?


Me gusta lo que cuenta Annie Dillard sobre el estudiante de escritura que se acerca al maestro y le pregunta “¿Usted cree que pueda llegar a ser escritor?”, a lo que este le responde “Mmm, no lo sé. ¿Te gustan las oraciones?”.

Es una respuesta inesperada, y de mucho sentido común. A un escritor (y diré, por extensión, a toda persona interesada en expresarse a plenitud) deben gustarle las oraciones. Escribir oraciones y luego leerlas. Leer oraciones y reescribirlas. Repasarlas con el pensamiento varias veces. Mientras en las mañanas edito un capítulo de la novela que me tiene ocupado desde hace 3 años, mientras leo y releo lo que yo mismo escribí hace tiempo, mientras cambio una palabra por otra, estoy pasando tiempo con pensamientos que yo mismo tuve, porque quiero mejorar la manera como esos pensamientos están siendo expresados… Como si yo fuera un afinador que desea encontrar una nota específica (sé que esa nota existe) y va probando con distintas secuencias de palabras, usándose a sí mismo como sujeto de prueba, experimentando esas oraciones en tiempo real mientras las lee: no, no, así no. Así sí. Así está mejor…


Prueba y error

Escribir es un oficio de prueba y error. Aún recuerdo lo útil que fue para mí empezar a ver las oraciones que escribía como “unidades de sentido” o pensamientos. Así, cada oración de mi libro es un pensamiento que el lector pensará.


Se trata de editar esos pensamientos, que siempre salen de mí en bruto, hasta dejarlos plenos de sentido. Potentes y puros. Escribir es el arte de enhebrar un pensamiento tras otro. Queremos fluidez, queremos un discurrir hipnótico de sensaciones e ideas. Y esto se aplica por igual a la ficción y al periodismo.


Pasar tiempo con estos pensamientos nuestros, reformulándolos una y otra vez, nos convierte en grandes editores. Por ejemplo, tú, ¿prefieres la oración 1 o la oración 2?


1) En esa época yo quería comprar tela negra y colgarla en el marco de mi ventana, para que en mi dormitorio no entrara luz.


2) En esa época yo quería comprar tela negra y colgarla en el marco de mi ventana, para que no entrara luz en mi dormitorio.


Típico dilema de escritor: ambas oraciones son correctas. Y sin embargo, su ánimo es distinto. ¿Qué es lo que prefiero, qué es lo que se acerca más a mi intención? La oración 1 es más dramática, pues hay un énfasis en la palabra “luz” (el énfasis lo da el orden: lo que se coloca antes del punto “resuena más”). La oración 2 es más informativa. Incluso se me ocurre una oración 3:


3) Yo quería comprar tela negra y colgarla en el marco de mi ventana en esa época, para que no entrara luz en mi dormitorio.


Pero descarto de inmediato esta opción, pues el dato del tiempo (“en esa época”) interrumpe el flujo de sentido. Cuando leo el pensamiento expresado de esa forma siento ruido en mi mente. Me parece que aquellas palabras, “en esa época”, están en el medio del camino, estorbando como un asno.


La distancia

Ayer encontré un texto que había escrito hace un mes, del cual me había olvidado. Al leerlo, de inmediato sentí que una oración estaba mal, y ensayé un cambio en el orden de dos palabras en el documento de Word, y el cambio mejoró notablemente lo que yo quería expresar. Fue automático, y me pregunté: ¿por qué este cambio no se me había ocurrido la última vez que edité esto?


Encontré evidente que pude ensayar esa solución porque había adquirido distancia con mi texto. Se me concedió la gracia, por así decirlo, de leerlo como si lo hubiera escrito otra persona.


El tiempo regala nuevos ojos. Usándolo como herramienta, tendremos más objetividad. Percibiremos mejor nuestro propio arte.


Dice Escribe Hoy:


Por eso es mejor escribir un texto un día y leerlo con atención otro día, y comprobar si el encantamiento funciona. El otro será siempre más objetivo que nosotros, que estamos ahogados temporalmente en nuestras propias emociones.


Eso.


Nos vemos el 21 para Redacción Salvaje, donde experimentaremos y alucinaremos con oraciones.


Un abrazo con todos.

César

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