Verano, 2001



Para muchas personas, la mayor tragedia del 2001 fue el ataque a las torres gemelas. Yo vi el ataque en el noticiero mientras tomaba café y me preparaba para salir al hospital como cualquier otra mañana. Ese año pasé ocho de doce meses yendo casi a diario a Baylor Hospital en Dallas, donde está el centro de investigación Susan G. Komen, donde se originó la campaña del lazo rosado para educar sobre el cáncer de mama.

Estábamos quedándonos las tres –mi abuela, mi mamá y yo– donde Luis, mi hermano, en Arlington. Arlington es una pequeña ciudad universitaria que queda entre Dallas y Fort Worth, a media hora en carretera de cualquiera de las dos, y tres horas al norte de Austin, donde vivía yo. Es un suburbio tranquilo, de muchos estacionamientos y pocos árboles.

Era la segunda vez que acampábamos donde Luis, los cuatro acomodados en su departamento de dos ambientes. Nosotras tres dormíamos en la sala, en un futón que desplegábamos todas las noches y desarmábamos por las mañanas para ahorrar espacio. En las madrugadas yo me escapaba del futón, del calor y la claustrofobia, a una silla de de cuero donde me acomodaba con los pies sobre una otomana que le hacía juego.

Hacía cuarenta grados hasta de noche. Mi mamá insistía en que duerma sin pantalón de piyama. No sé si alguna mamá cree en el termostato de sus hijos, pero así como insistía en que me ponga chompa cuando ella tenía frío, todas las noches trataba de quitarme el pantalón. No era sencillo porque éramos tres personas atravesadas en un futón de dos plazas, y no había espacio para maniobras tan complicadas. Es prueba de mi cansancio en esos días que una noche no me diera cuenta y lograra bajarme el pantalón hasta las rodillas. Cuando traté de levantarme para escapar a mi silla estaba toda enredada. Son cosas que me hacen sentir como si Luis y yo hubiéramos llegado de otra familia, una familia normal donde todos cierran la puerta del baño para hacer pila y se cambian dentro del dormitorio y que solo en pesadillas se encuentran frente a sus familiares sin pantalón de piyama.

El calor de cuatro personas en un espacio tan pequeño tuvo sus repercusiones. El aire acondicionado comenzó a funcionar a medias, botando aire tibio todo el día, hasta que dejó de soplar del todo. No se podía estar adentro de la casa con el calor. Todas las tardes pasaba el señor de las paletas ("the paleta man!" gritaban los chiquitos del condominio) y nos tirábamos al pasto a comer paletas en la sombra, rodeados de niños aburridos al final de sus vacaciones. Llegó un operario al segundo día de llamar constantemente a la administración. Era un texano del tamaño y de la forma de una refrigeradora. Le invitamos un helado que era un plátano cubierto de chocolate. Me recibió la paleta mirándome hacia abajo sin sonreír. Más tarde, cuando ya había terminado las reparaciones, encontré la paleta sin abrir tirada en la vereda. Se había derretido el chocolate dentro de la envoltura, y me manché buscando un tacho para botarla. La verdad es que era el helado que nadie quería, así que no lo culpo por botarlo.

Pocas veces se interrumpía así nuestra rutina. Pasábamos los días esperando resultados, revisando análisis como si fuéramos a descubrir algo que los doctores no podían ver. Primero el cuerpo de mi abuela, y ahora el de mi mamá, se habían convertido en dominio público. Torres de papeles con pistas que invitaban a seguirlas para encontrar un por qué. ¿Y si fueron los años de anticonceptivos? ¿La polución de vivir sobre una avenida? Mi mamá se convenció de que había sido por los tratamientos de fertilidad que había llevado cuando se volvió a casar. Nos contó por primera vez acerca de sus pérdidas. Un cuerpo enfermo ya no puede tener secretos. Mi abuela nos contó que su doctor en Rio de Janeiro le había ligado las trompas después de su segunda cesárea. Las dos miden menos de un metro y medio. Ninguna de las dos tiene caderas de parturienta, como yo. Todo lo relacionado a la fertilidad había sido doloroso y secreto, era la primera vez que conversábamos de esas cosas.

«¿Y tú?» me preguntaban, ya que estábamos divulgando secretos. Yo no quería hablar de conseguir como sea Microgynon desde los 15 años, ni de enamorados que no querían usar condones, ni de sustos infundados. Yo ya tenía cuatro años de casada para ese entonces y mi abuela, a pesar de todas sus experiencias terribles, no entendía por qué no tenía hijos todavía.

Ya era agosto y no me había matriculado en la universidad. Iba a perder el semestre de otoño para estar con ellas, para manejar al hospital todas las mañanas y leer en la sala de espera lo que durara la terapia de radiación. Alberto, mi marido, no quería venir a Arlington, no había espacio. Ahora lo entiendo, pero en ese momento lo sentí como un abandono imperdonable. Creo que nunca nos recuperamos de que le pidiera a gritos que me acompañe, en el estacionamiento, antes de irme sola de Austin. Es gracioso que las tres estuviéramos casadas con Albertos. Menos gracioso es que cada una tenía un Alberto que no quería venir a la casa a acampar en la sala y comer sándwiches, apiñados todos frente a la tele.

La llamada confirmando el diagnóstico de cáncer la contestó mi mamá. Estábamos las tres en la sala. Limpiando, como terapia. No nos podíamos sentar, habíamos estado esperando los resultados de la nueva biopsia y cada vez que timbraba el teléfono era como si nos pasara corriente. Nos paramos muy juntas, mi mamá mirando al suelo y mi abuela y yo atentas a la mitad de la conversación que podíamos escuchar. Su cuerpo comenzó a encogerse, y era obvio que eran malas noticias. Mi mamá colgó y comenzó a llorar, allí parada, con la cabeza y los brazos caídos. Mi abuela retrocedió un paso y se quedó muy quieta, sin cambiar de expresión. Yo, criada por turnos por ambas, podía elegir cómo reaccionar. Abracé a mi mamá y lloré con ella.

–¡Llorando no se soluciona nada!

Mi abuela estaba del otro lado de la brecha, y era muy tarde para cambiarla. Su protección era convencerse de que no éramos débiles –si te caes te ponen la pata, decía–. Pero somos débiles, o nos permitimos ser débiles. Nos acurrucamos juntas como niñas, escondiendo las caras mojadas de lágrimas. Lloramos por el calor y por la falta de Albertos, por los viajes diarios en carretera a la hora punta y porque extrañábamos nuestras casas y nuestra vida. Una seguidilla de tristezas, que tenían menos que ver con la perspectiva de seguir luchando contra el cáncer y más con afrontar la disrupción de la comodidad en nuestras vidas. No podía dejar a mi mamá sola en su duelo, como si no fuera mío también. A lo mejor mi abuela tenía razón y era un engreimiento innecesario, pero lo cierto es que después de eso me sentí limpia de las frustraciones acumuladas. Limpia y extenuada.


◘ Cristine Tamayo es traductora. Empezó a practicar escritura con Machucabotones en el 2017.

Este texto fue escrito en el curso «Como me da la gana. Introducción a la escritura expresiva».

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