6 años machucando botones


Fuimos a que nos tomaran una foto por nuestro aniversario.

En julio Machucabotones está de aniversario. Los fundadores, Leslie Guevara y César Bedón, se juntaron un ratito y conversaron sobre el parpadeo de tiempo que ha sido este viaje producto de una crisis. Si alguna vez has pasado por la escuela de escritura Machucabotones, hay algo de ti mismo en estas líneas.


C: Creo que ya pasó la época en la cual la gente nos preguntaba “¿Por qué le pusieron Machucabotones a su empresa?”. Era una pregunta que escuchábamos mucho de los alumnos. O ya se perdió la novedad del nombre o todas las personas que llegan últimamente han leído la página web... (risas) ¿Qué piensas tú de trabajar en una empresa que se llama Machucabotones, Leslie?

L: Me gusta. Supongo que iba a terminar siendo así, ¿no? Por más que yo siempre quise, no sé... ser normal. Uno siempre se resiste a ser como realmente es.

C: ¿A qué te refieres?

L: Recuerdo claramente cuando me dijeron en el colegio que tenía que hacer una máscara. Estaba en tercer grado. Y el día de la presentación sentí cómo todos miraban con extrañeza la mía, hasta la profesora, y sentí que mi máscara no era como las demás. Y yo me decía “¡Caray! ¿Por qué no hice mi máscara como los demás? Hubiera hecho un Hulk, un Hombre Araña, y no una máscara de un mimo”. Yo hice un mimo, porque no tenía tiempo. Lo hice en la madrugada y no había comprado los materiales…

C: Era una máscara blanca…


L: Era una máscara blanca, y la había dibujado con plumón negro. Le pinté los labios rojos y le puse lana amarilla. Mi mamá me ayudó. Seguro que estaba muy bonita. Era la expresividad de la madrugada, la creatividad a presión, ¿no? Pero en el colegio me di cuenta de que algo pasaba. Y fueron pasando los años y claro, las cosas que se salen de la norma te acompañan. Y por más que tú te quieras separar de eso, no puedes. Y pasan los años y terminas trabajando en una empresa que se llama Machucabotones (risas). Y cuando a mí me preguntan “¿Cómo se llama tu empresa?” yo digo “Machucabotones”. “¡Ah ya!” me dicen. Y me dicen luego “¿Y dónde escribes?”. “En el Útero.pe”. “¿Y cómo se llama tu columna?”. “La Calata Culta”. “¡¿Quéee!?” (risas).

C: La singularidad del nombre...

L: Uno no se da cuenta, de tantas veces que lo repite: “Machucabotones”. Para mí siempre ha existido Machucabotones.


Algunos de los primeros talleres de Machucabotones, en la casa de César, en la calle Buen Retiro.

C: Yo no lo había pensado de esa manera. Me refiero a la singularidad del nombre, porque yo también tengo un nombre singular. Para mí, en primera instancia, Machucabotones era un nombre amable, divertido si quieres… Tú lo has visto: pedimos una factura en el grifo o en cualquier lugar y cuando preguntan “¿Nombre de la empresa?” tú dices “Machucabotones”, y siempre pasa que la gente sonríe, y eso me parece hermoso. Bajo ese punto de vista es un nombre ideal, porque algo que yo siempre quise para la empresa fue que se sintiera cálida y horizontal, ¿no? Porque la escritura se asocia mucho con cierta pomposidad y cierta “profundidad”, entre comillas.

L: O sea, desde que pronuncian el nombre ya tienes la sonrisa de la persona. Para nosotros lo más importante en estos seis años ha sido que los alumnos la pasen bien.

C: ¿A ti qué te han parecido estos seis años? Te haré la pregunta que le hacemos a los alumnos después de los ejercicios contra el reloj: ¿Ha sido mucho tiempo o poco tiempo?

L: Complicado. Por un lado ha sido rápido. Digo “¿Qué? ¿Seis años? Pero si recién…” O sea, recuerdo todavía claramente esa primera vez que hicimos un taller acá en tu casa, esa tarde, la clase, los alumnos...

C: Fue un sábado en la tarde.

L: …los nervios, ¿no? “¡Ya van a venir las personas!”


Estas fotos corresponden al primer taller de escritura que organizamos, en el 2014.

C: Yo recuerdo también. Yo estaba en mi dormitorio del tercer piso contigo, con el corazón que se me salía, y te preguntaba "¿Qué pasa si los alumnos se dan cuenta de que en el fondo no sé nada? ¿Qué pasa si me denuncian ante Indecopi?" ¿Te acuerdas? (risas).


L: Cuándo no. Por supuesto que me acuerdo (risas). Ese taller estuvo muy bien. Y en la sesión final Billie llevó pie de limón, y lo compartimos y estuvo buenazo.


C: Es verdad. Un saludo para Billie. Las clases en Machucabotones inicialmente se hacían aquí en mi casa, en Monterrico, en la calle Buen Retiro, que tantos alumnos llegaron a conocer. Pero en realidad la historia empieza mucho más atrás, porque Machucabotones comienza con una crisis. Eso es algo que a mí me gusta mucho decir, porque la palabra crisis ya no tiene la connotación que antes tenía para mí. Y el mundo está en crisis ahorita. Las crisis son oportunidades. En el 2013 - 2014 yo estuve sin trabajo y sin dinero, igual que Leslie. Y de esa desesperación nació en parte esta empresa, ¿no? Porque necesitábamos producir algo. Y para enseñar no necesitas invertir mucho. De hecho, cuando Leslie y yo nos juntamos para registrar una empresa fue porque íbamos a lanzar una línea de ropa.


L: Eso es otra historia.


C: Sí, pues. Leslie y yo tenemos una marca de ropa que va a ser relanzada dentro de poco… pero bueno, íbamos a hacer polos. Y no funcionó. Y de la desesperación salió el “Bueno, un taller”. Mi idea inicial era hacer un taller sobre cómo hablar, porque a mí se me conocía sobre todo por mi trabajo como conductor en Radio Capital. Pero a último momento me decidí por el taller de escritura: me pareció que era más consecuente con lo que yo había estado haciendo últimamente, porque yo había estado trabajando como editor en la revista Velaverde, y estaba muy orgulloso del trabajo que había hecho allí. Fui editor de cultura, y Leslie escribía una columna llamada “La Calata Culta”... Yo tenía la idea de alquilar un local por horas en alguna parte y… sigue contando tú.


Una de las columnas de La Calata Culta en la revista Velaverde, en la época en que César era editor de Cultura

L: Recuerdo que una tarde estábamos en eso. “¿Y dónde haríamos el taller?”. Y yo le dije a César “Acá, pues, en tu casa” (risas). En ese momento tú no sabes de dónde te sale la fuerza, la seguridad, la naturalidad con la que dices las cosas. “Acá pues, ¡obvio!”

C: A mí me parecía que no había espacio. Mi casa es una casa de 60 m2 y tres pisos, dentro de un condominio. En el primer piso una parte es el baño, otra parte es la cocina. Hay un comedor, una sala. Nosotros hacíamos el taller en la sala.

L: La casa de César es muy cálida, tiene una cosa de refugio... tanto así que la calle se llama Buen Retiro, ¿no? Para mí, seguro por los años viniendo, era lógico que comenzara acá.

C: Yo le dije “¡No se puede, Leslie! ¡Mi casa es muy chiquita! ¡No se puede!”. Y bajé, pues, para comprobar que efectivamente no se podía. Comprobé el tamaño de la sala y el comedor y subí y te dije “Leslie, ¿no te das cuenta? ¡No se puede!”

L: Y yo recuerdo que le dije “¡Sí se puede, César!”, y bajamos las escaleras y volvimos a ver la sala y yo le dije “Claro, acá se pone la mesa, ta, ta, ta. Y comenzamos a diseñarlo todo mentalmente.


Leslie con los alumnos del taller "Corregir & Editar" (2015)

C: Incluso hubo la idea de traer unas carpetas… porque estoy rodeado de profesores, pues. En mi familia hay muchos profesores. El papá de Leslie (Emilio Guevara) trabajó mucho tiempo como profesor de matemáticas, y muy querido además.

L: Sí pues, mi papá en algún momento, cuando yo era pequeñita, dictaba clases de matemáticas en el segundo piso de su casa. Y en algún momento los alumnos se multiplicaron. Esas carpetas se quedaron guardadas en un cuarto oscuro y cuando en el 2014 nosotros salimos con esto de los talleres, mi mamá me dijo “Leslie, usa las carpetas de tu papá”.

C: Pero después nos decantamos por la mesa, porque las carpetas hubieran requerido más espacio del que teníamos. Unas ocho personas calculamos, ¿no?

L: Sí, un grupo pequeño.

Flyer del primer taller. El diseño fue responsabilidad de César. Nótese la timidez con que aparece el logotipo.

C: Yo anuncié el taller en mi Facebook. El taller se llamó “Señalar y nombrar”. Ese fue el primer taller, en el año 2014.


L: Los primeros talleres fueron muy diferentes a como son ahora, ¿no?


C: En Machucabotones hemos trabajado siempre bajo la lógica de primero lanzarnos, y luego ir perfeccionándolo todo en el camino. Diría incluso que es la manera como enseñamos a la gente a escribir, ¿no? O sea, primero empieza. Ya en el camino lo vas mejorando. Un dato que yo he contado en algún taller es que en ese primer taller de escritura no se escribió, aunque no lo crean nuestros alumnos de ahora. Fue un taller en el cual no se escribió. Básicamente yo hablaba, y leíamos cosas…


L: Como la mayoría de talleres de escritura que suelen darse.


La primera compra de Machucabotones fue esta mesa de pino. Se servían dulces hechos por la mamá de César.

C: Voy a mencionar a un amigo al que apreciamos y con el cual estamos en contacto, Juan Zapata. Juan estuvo en el segundo taller de escritura que hicimos, él estaba estudiando periodismo. Y cuando se terminó ese taller nos dijo: “¿Lo puedo hacer de nuevo?”. Le había gustado mucho. Y era algo que no se nos había ocurrido jamás, ¿no? Antes nosotros hacíamos un taller, dejábamos pasar un mes, nos quedábamos nuevamente sin plata y decíamos “bueno, tal vez podemos hacer otro taller”. Juan fue la primera persona que nos hizo ver que podíamos hacer talleres de manera regular. Y luego Christian Paredes, a quien también le mandamos un saludo. Christian nos acompañó en sinfín de talleres, y eso fue afinando una lógica según la cual esto empezó a ser la escuela Machucabotones, ¿no?

L: Nos encendió la mecha. Me parece que los alumnos nos han enseñado siempre. Nos han iluminado. Creo que por ellos hemos llegado a “Como Me Da La Gana”, a “Redacción Salvaje”, a “Cuenta Tu Historia”, a “Escritura Terapeútica”, a “Crea Tu Blog”...

C: Tantas cosas bonitas, y tanta gente que vino con su pureza a dejar que nosotros interviniéramos sobre sus palabras, ¿no? Que nos dejó orientarlos, ayudarles a expresarse. Machucabotones se convirtió en una clase de escuela que yo no había sospechado. Algo que también he contado, y que encuentro fascinante, es que cuando comencé a dictar talleres de escritura yo mismo estaba bloqueado. Y nosotros enseñamos ahora a nuestros alumnos a desbloquearse. Yo estuve bloqueado unos seis, siete años. Y ayudando a otras personas a no bloquearse, que es el problema más común de todos, yo mismo me desbloqueé, y entendí varias cosas que no había entendido antes. De alguna manera operó la desesperación, el deseo de hacerlo bien, y el deseo de compartir algo que me apasionaba... A mí me pasaba que podía escribir muy bien por encargo, que es algo que he hecho mucho en mi vida. Leslie siempre me subrayaba cómo cuando yo trabajaba como editor de Cultura en la revista Velaverde, donde también escribía notas y editaba, llegué a hacer 21 páginas semanales de contenido. ¡21 páginas semanales! "Tú eres rápido" me decías, ¿te acuerdas Leslie?


L: Claro. Te hacías bolas por las puras.


C: ¿Por qué estábamos contando esto?


L: Porque estamos hablando de la historia de Machucabotones.


C: ¡Ah, sí! Es que hablo en borrador. Todos hablamos en borrador. El punto es que yo escribía relativamente rápido si se trataba de otras chambas, de hecho también he escrito libros por encargo. Pero cuando se trataba de escribir para mí mismo reptaba, reptaba penosamente... Y bueno, también fue la mirada de Leslie la que me ayudó a desbloquearme. Una de las razones por las cuales Leslie y yo trabajamos juntos y hemos llegado a crear todo esto es porque hemos tenido la suficiente confianza para decirnos cosas, y Leslie me dijo una vez... ¿Qué me dijiste, Leslie?

L: No sé. Cuéntalo tú.

C: Leslie me dijo “¿Por qué no pruebas escribir otra cosa?”. Yo estaba muy empeñado…

L: Cuenta por qué, por qué te dije eso. ¿Qué había pasado?


Jóvenes y alocados, hacia el año 2010, cuando aún no existía Machucabotones

C: Yo estaba escribiendo un cuento, ya. Bueno, esa es una historia demasiado larga, quizás, para los intereses de esta conversación. Pero yo estaba escribiendo un cuento que no podía terminar, porque hubo una época en mi vida en que no podía terminar los proyectos. Entonces, yo tenía un cuento que había empezado a escribir, y que estuve escribiendo durante seis años: era lo único que escribía, y no lo podía terminar. Empecé un cortometraje que filmé también penosamente durante año y medio, y que edité durante una cantidad similar de tiempo, y que también quedó paralizado: un cortometraje que nunca llegué a terminar, que se llama “Vida en otros planetas”. Este año lo vamos a estrenar sí o sí con Leslie… ¡Qué experiencia, qué aprendizaje, abandonar las cosas y luego retomarlas! Con Leslie nos hemos encontrado con este proyecto, y nos hemos dado cuenta de que hay un cortometraje muy bonito allí. Bueno. Estaba en una etapa en mi vida en la cual a mí me costaba mucho terminar las cosas. Y la indicación sencilla de “escribe sobre lo que tengas dentro, escribe de las cosas que vengan a tu cabeza. Ponte a escribir y no le des tantas vueltas”… Empecé a trabajar con esa indicación gracias a Leslie. Y eso me ayudó a comenzar a escribir el libro en el que estoy desde entonces. Cerrando esta larga anécdota, quiero decir que enseñar a desbloquearse a otras personas me ayudó a mí a desbloquearme, y eso influyó también en la ilusión que Leslie y yo tenemos hasta ahora, de que nuestros alumnos puedan también enseñar escritura. Porque siempre se puede enseñar a alguien que sabe menos que uno, ¿no?


L: Siempre. Y siguiendo lo que dices, creo que a mí también me ayudó bastante a aceptar mi escritura. O sea, cuando le enseñas a otras personas a que vean con ojos bonitos su escritura te das cuenta de que es así, que siempre puedes mirar bonito lo que tú misma haces. Y si estoy bloqueada en un cuento y no sé cómo terminarlo, recuerdo a mis alumnos y me entra valor, me digo “ya ves, tus alumnos acaban, tú también puedes”. Nosotros les enseñamos a ellos, y ellos nos enseñan a nosotros, ¿no? A veces pasa que me preguntan “¿Y ustedes cómo hacen para capacitarse? ¿De dónde sale este método?” y la respuesta que viene a mí, por un lado, es: leyendo un montón. Los libros son los mejores maestros. Pero por otro lado es el tiempo que hemos dedicado a enseñar. Cuando yo comencé contigo tenía menos menos experiencia, ¿no? Y durante estos seis años, lo que he aprendido es a través del propio enseñar, me parece.

C: Todo está en cambio permanente. Muchas de las prácticas comunes en el Machucabotones de ahora, a mí no se habían ocurrido siquiera al principio. Esta idea de “entrenar en escritura fue apareciendo en el camino, como fue apareciendo en el camino la práctica de la escritura automática, como la llamamos nosotros, que al principio no se daba en absoluto. Recuerdo que en un taller que se llamaba “El laboratorio” empezamos a hacer escritura automática. Lo empezamos a implementar como ejercicio regular, y luego me encontré con este libro de Ray Bradbury, “Zen en el arte de escribir”, donde está esta frase: “en la rapidez está la verdad”. Bradbury habla de escribir rápido como una manera de eludir al censor interno y ganar en libertad, y me di cuenta de que tenía mucha lógica usar la escritura automática como parte de nuestro método, ¿no? Y así hemos venido haciendo en los últimos cuatro, cinco años, como lo saben nuestros alumnos. Es un viaje. Tantas caras de gente, tantas sonrisas.


L: Tantas historias. A mí me pasa que a veces te encuentras con los alumnos en el supermercado, en un lugar que no esperas, y de pronto te dices “¿Esta persona cómo se llama?”, y el nombre clap, aparece. Y cuando aparece el nombre clap, clap, clap, empiezan a aparecer todas sus historias. Como esa persona vino a un taller de cuatro, seis sesiones, sientes que la conoces de un montón de tiempo. Me parece que las conexiones que se hacen en talleres de escritura, los vínculos, van a ser más profundos, porque a las personas las conoces desde profundidades, desde lugares que nunca han visto la luz, y se abren ante ti


(Continuará)

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