A pesar de mí, me podría ir peor
- 26 may
- 4 min de lectura
RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

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A pesar de todo sigo siendo un malagradecido del carajo y me pregunto si el problema soy yo o si tenemos un algoritmo natural que nos empuja hacia la disconformidad constante.
Ya no peleo con los cobradores de combi que piensan que cada uno de sus pasajeros laburan como contorsionistas en el Cirque Du Soleil con tal de embolsarse unos cuantos soles de más. Ya no reniego en la estación Izaguirre porque los pasajeros no ponen en práctica sus habilidades de contorsionista del Cirque Du Soleil. Ya no tengo que elegir entre comprar dos rellenitas de coco o una bolsita de maní confitado. Ya no averiguo cuál es el mejor gama media baja de Android, ni veo más los números que las letras en las cartas de los restaurantes. Mamá ya no tiene que pensar dónde conseguir para la comida ni excusas para que le aguanten la renta. Mi hermano se convirtió en lo que siempre supo que sería y la preocupación más grande de la peque es su drama escolar.
La vida no es mala, me dice mi mente, pero mi mente es como ChatGPT y siempre me dice lo que quiero escuchar, y me trata como la he entrenado para que me trate. Así que sabe cuando quiero que me dé la razón o cuando quiero que me maltrate, y sabe qué decir para provocar la reacción que quiero que provoque en mi. El problema es que después de tres décadas, la perra ya está demasiado bien entrenada y sabe mejor que yo lo que espero. Y yo, que solo soy un simple humano, sufro intentando seguirle el paso a sus cadenas algorítmicas predictivas, y empiezo a sospechar que mi mente ya no es tan mía como en algún momento lo fue.
Y me dice que no es mala la vida. Y yo, que ya no confío en ella, me encargo de darle la contra e intento que la vida me sepa agria. Y a pesar de los beneficios y de los juguetes, y de las comidas y de los beneplácitos, y de las ventajas y de las sonrisas, y de los agradecimientos y de las posibilidades, aún hay días en los que todo me sabe a mierda por tratar de ganarle la partida a una mente que ya no es mía, pero que sigue en mi, como si de mis pulmones, mi hígado, mi páncreas o mi apéndice se tratase. Sin haberla visto jamás, pero creyendo ingenuamente que allí está solo porque se escucha desde adentro. Pues podría abrirme el pecho y hurgar dentro de mi caja toráxica esquivando mis costillas hasta tocar y sacar mis pulmones maltrechos por los años de tabaquismo y decir: “en efecto, estos son mis pulmones, y son míos porque han salido de mí” O hacerme un corte horizontal en el abdomen y luego de verter mis tripas sobre el tapete decir “En efecto, este es mi hígado y es mío porque ha salido de mi”
¿Pero la mente? ¿Cómo corroboro que sea mía esa mente que me habla a diario? Si solo tengo su voz y sus palabras, y sus palabras esbozan oraciones, y sus oraciones ideas, y sus ideas dan forma a mi mundo, pero esa forma dibujada me sabe ajena, como si proviniera de ideas que otras personas concibieron utilizando oraciones desarrolladas por miembros de civilizaciones que anteriormente tomaron las palabras creadas por voces que vivieron miles de años antes que ellos.
¡¿Cómo podría ser mía, si no me sé ni su nombre?!
Pero la peque es feliz. Y mamá sonríe. Y mi hermano alcanza sus metas. Y no me falta comida, ni un gustito en el restaurante peruano que vende un buen pollo a la brasa, ni tengo que compartir el transporte, ni camino atento con mirada amenazante para ahuyentar al próximo cogotero, ni tengo que elegir entre pagar la luz o el internet, como si el internet funcionara sin luz, o como si en estos tiempos sirviera de algo tener luz si no hay internet. Y me tienta darle la razón a esa mente que no es mía, pero que parece salida de mi, y que desde siempre me repitió sus mismos deseos: Que los que amas estén bien. Que no falte comida ni techo. Que puedas ahorrar. Pon un negocio, y “ramas para el nido, predecible final”.
¿Y tras tachar cada cuadradito debería llegar el final del vacío? ¿Como si se tratase de la lista del mercado que siempre olvido hacer y que me lleva a comprar otro paquete de uvas mientras hay uno pudriéndose en el lado derecho del refrigerador? ¿O solo debo vivir mirando eternamente hacia otro lado y obligarme a entender que de eso va la regla número uno del club de la pelea?
Como sea, mi mente es mía y es ajena, y me hiere en su afán de cuidarme, y al igual que yo no sabe lo que está pasando, pero intenta no perderse en el camino, pues del mismo modo en el que a veces dudo que yo soy yo, ella duda que es ella.
Y por lo pronto ya no reniego de quien bota la envoltura por la ventana del micro, ni peleo con quien aprendió que la única forma de vivir es siendo el rey de los pendejos, ni tengo que reiniciar el teléfono dos veces al día, ni tengo que escuchar a un policía somnoliento convenciéndome de no poner la denuncia por robo porque no va a servir de nada. Y me demuestro que no soy tan inútil como pensaba, pues he aprendido a lidiar con el vacío mirándolo a los ojos, y en un momento de lucidez confieso que aunque agradezca, sigo siendo un desagradecido del carajo, y que gracias a que ya no me estoy muriendo de hambre me puedo permitir deambular a través de estas ideas vanas que me invitan a continuar preguntándome si el problema soy yo o si tenemos un algoritmo natural que nos empuja hacia la disconformidad constante■
Autor: Juan Manuel Gomez.





Es muy tú.
Éxitos
Entretenida reflexión. :)
Excelente escritura bro, siempre un renegón ✏️
Cierto.