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A pesar de todo, el martes olía a queso

  • 15 abr
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 6 may

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



A A pesar de todo, el martes olía a queso. No a cualquier queso, sino a ese manchego sudado que mi abuela guardaba envuelto en trapo de cocina dentro de una caja de zapatos debajo de su cama. Nadie le preguntaba por qué. Nadie en el pueblo hacía preguntas que pudieran arruinar una tarde.

 

Yo tenía treinta y cuatro años, una rodilla mala y una deuda con el municipio por haber pintado mi fachada de un amarillo que el reglamento de imagen urbana clasificaba como "agresión visual". El inspector Baldomero Fusch me había entregado la multa con una sonrisa de oreja a oreja, como si llevara años esperando ese momento. Quizás sí.

 

Esa mañana del martes, mientras caminaba hacia la ferretería a comprar pintura beige —el color que el reglamento consideraba "socialmente responsable"— el suelo tembló. No como en los sismos de agosto, ese vaivén lento que te da tiempo de acomodarte al miedo. Fue un golpe seco, vertical, como si algo enorme hubiera caído desde muy arriba. Me detuve. Tres palomas salieron disparadas de un tejado. Un perro callejero que dormía en la esquina levantó la cabeza, nos miramos, y algo en sus ojos marrones me dijo que los dos estábamos pensando lo mismo: esto no debería estar pasando un martes.

 

El cráter medía como quince metros. Apareció exactamente en la placita donde el inspector Fusch ponía su mesa los miércoles para cobrar multas en efectivo. Por supuesto era martes, así que no había nadie. Solo el cráter, perfectamente circular, con bordes limpios como si alguien hubiera sacado un trozo de tierra con un cortador de galletas gigantesco.

 

Me asomé. Dentro había luz. No el brillo de rescoldos ni el resplandor anaranjado de gas encendido. Luz blanca, pareja, como de consultorio dental. Y música. Cumbia norteña, específicamente "La chona" de Los Tucanes, sonando desde las profundidades con una calidad de audio impecable.

 

Bajé. Por supuesto que bajé. Un hombre que pinta su casa de amarillo prohibido no tiene la clase de cordura que lo detiene en los bordes.

 

Lo primero que vi al llegar abajo fue una oficina. Completamente equipada, moqueta gris, plantas artificiales, cafetera de cápsulas, un letrero enmarcado que decía "El cliente siempre tiene la razón" y, detrás de un escritorio de melamina, una criatura de aproximadamente un metro ochenta, cubierta de escamas color verde botella, con cuatro brazos y unos ojos amarillos como yemas de huevo. Llevaba corbata. Corbata de rayas diagonales azules y rojas, bien anudada.

 

Me miró.

 

La saludé. Siempre saludo. Mi madre me enseñó que saludar no cuesta nada y además desconcierta a los enemigos.

 

La criatura carraspeó, abrió un cajón, sacó un folder manila y lo puso sobre el escritorio con la seguridad de alguien que ha tenido esta reunión antes.

 

—Usted es Gerardo Villalobos Peña, identificado con cédula terminada en cuatro, propietario del inmueble con fachada en código de color Amarillo Prohibición Municipal, infracción número dos mil ciento dieciséis del presente año fiscal —dijo, en un español perfectamente claro pero con una cadencia ligeramente fuera de lugar, como el de un locutor de radio que aprendió el idioma estudiando telenovelas venezolanas.

 

—El mismo —respondí.

 

—Bien. Llevamos rastreándolo desde el incidente de la fachada. No por la multa. Por la razón detrás de la multa.

 

Le pregunté qué razón.

 

Abrió el folder. Dentro había fotos. Fotos mías pintando la pared, sí, pero también fotos de otras cosas: yo devolviendo una cartera en el mercado, yo ayudando a una señora a subir un carrito de mandado al autobús, yo compartiendo mi torta con un tipo que pedía en el semáforo de Insurgentes. Fotos cotidianas, intrascendentes. El tipo de cosas que nadie fotografía porque nadie considera que valga la pena.

 

—Su especie —dijo la criatura— produce en promedio tres de estos actos por individuo cada setenta y dos horas. Usted produce once. Eso lo convierte en una anomalía estadística que requiere documentación.

 

—¿Documentación para qué?

 

Señaló hacia el fondo de la oficina. Había una puerta que antes no existía o que yo no había visto. Era de madera ordinaria, con una de esas manijas doradas baratas que se aflojan con el tiempo.

 

—Hay cuatrocientas civilizaciones en este sector galáctico —explicó mientras se acomodaba la corbata— que están votando esta semana si su planeta merece continuar en el registro de mundos habitados. Usted es el expediente número uno de la defensa.

 

Silencio.

 

La cafetera pitó. Nadie se movió a servirse.

 

—¿Y si pierden la votación? —pregunté.

 

La criatura juntó dos de sus cuatro manos sobre el escritorio.

 

—Reinicio. Lento. Empezando por las instituciones más corruptas, que curiosamente generan el mayor calor residual. Proceso de aproximadamente doscientos años. Sin cumbia durante ese periodo, lamentablemente.

 

Abrí la puerta de madera. Del otro lado había una sala con butacas de cine, ocupadas por figuras que brillaban tenuemente, formas que cambiaban si las mirabas de reojo. En la pantalla al frente, mi vida. No mis grandes momentos. No mis logros ni mis fracasos dramáticos. Escenas pequeñas. La cartera devuelta. La torta compartida. Una vez que le dije a un extraño que tenía el cierre del pantalón abajo y los dos nos reímos.

 

Me senté en la única butaca vacía. Olía a palomitas, aunque no había palomitas.

 

En la pantalla, el inspector Fusch aparecía recibiendo una llamada. Palideció. Firmaba algo. Anulaba mi multa.

 

Afuera, supe después, el cráter desapareció tan limpiamente como había llegado. Las palomas volvieron al tejado. El perro siguió durmiendo.

 

Compré la pintura beige de todas formas. La guardé en el garaje.

 

La fachada sigue amarilla.



Autor: Jorge W. Vasco Ruiz.



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