A veces, solemos dejar lo que más queremos para el final...






Siempre quise ser parte de Machucabotones, pero nunca se daba la oportunidad.


A veces, solemos dejar lo que más queremos para el final.


Desde el primer día que empezamos el taller nos enseñaron cómo cerrar la puerta a los textos preparados. Invitamos a la creatividad y a la imaginación a ser parte de nosotros. La invitación contenía palabras poco usadas, íntimas, sin relación entre ellas. Dimos rienda suelta a todos nuestros sentidos, dando a luz textos no convencionales, cada uno con su propia esencia. Pensábamos en comida y escribíamos sobre lugares, en personas y escribíamos sobre experiencias…una cosa llevaba a la otra y así fue siempre.


Fue así como terminamos echándole unas gotitas de un taller a otro.


Con ayuda de César y Leslie pudimos escribir textos inimaginables, trenzando experiencias que dábamos por perdidas. Lo que en un inicio parecía algo imposible, terminó siendo un “Más tiempo, por favor”, “¡Me va a faltar papel!”, “Nunca pensé que iba a escribir tanto”.




Machucabotones para mí se convirtió en una fábrica. Cada vez que llegábamos aquí, nos transformábamos en alguien más creativo, otro YO, uno más recargado que el otro. El escuchar los diferentes relatos (todos con un tono especial) nos recorbada que todos pensamos diferente, incluso de nosotros mismos. Reímos, nos sorprendimos, lloramos y lo que nunca pensé que podía pasar… escribimos desde muy adentro, desde el corazón. Con pena nos despedimos de ese primer taller y con ansias esperé el segundo.


Desde el primer día del taller “Escritura Terapéutica”, Machucabotones pasó a ser el baúl de nuestros más íntimos secretos, de nuestra vulnerabilidad y nuestras dudas. Escribimos de todo un poco, del dolor, de la admiración, de las guerreras y soldados que fuimos.


César y Leslie fueron piezas claves para resolver parte del laberinto. Laberinto que creamos todos sin darnos cuenta y donde nos perdemos a veces sin saber, a veces… voluntariamente. César, Leslie, los tiempos, la compañía, las luces, la textura, los muñecos y Allujo crearon aquel lugar que necesitábamos para tener una relación más íntima con nosotras mismas.




Fue aquí también donde aprendí el verdadero significado y el poder de la escritura.


Escribir sin pensar y pensar en escribir, se convirtió luego en un ejercicio para traer y para llevar.


Una gran porción de experiencia, unos litros de estilo y unas cucharadas de técnicas (de parte de César y Leslie), unas gotitas de crítica (de nuestras compañeras, de todos) y una pizca de “¿esto hice yo?” era la receta perfecta que cocinábamos todos los días.


Creo que muchas de mis compañeras, no solo yo, encontramos más de lo que esperábamos y siempre estaremos muy agradecidas por eso. Ya estoy pensando cuál podría ser mi tercer taller…


Autora: Lucia Chu

Alumna Machucabotones



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