#Concurso: CREÍ ODIARTE, CUARENTENA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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No quiero tomar la pluma de Neruda para escribir los versos más tristes esta noche, tampoco deseo la voz de Amaia Montero, y decir que escribiré la canción más bonita del mundo. Hoy, que las nubes empiezan a ejercer un efímero gobierno en nuestro agrisado cielo limeño, quiero escribir, por ejemplo: Sobre la frustración y la nostalgia, que me hicieron recobrar el sentido. Quiero escribir cómo creía aborrecer a la cuarentena, pero no imaginaba que ese encierro serviría para volverme a encontrar.


Sentimientos negativos me envolvían, alterando aún más un aislamiento social al que me veía obligado. Buscaba destellos para desvincularme de la claustrofobia, para no ceder ante una posible reclusión mental, pero no los localizaba. Sentía que era prisionero de una vida en la cual el verano no volvería a aparecer.


Fueron dos las palabras que se vieron forzadas a catapultarme hacia un hábitat opuesto al que me encontraba. Precisamente dos, como el número distintivo de una fecha significativa para mí.




Frustración



Intranquilidad al salir a realizar las compras, por temor a que mi retorno a casa sea con ese maldito virus. Encender el televisor para desobstruir la negatividad, y no poder, porque cada vez que cambiaba de canal me encontraba con noticias teñidas de rojo producto del llamado COVID-19. Ansias por una caminata nocturna para contemplar el posicionamiento de las nubes, pero golpearme con una barrera llamada toque de queda. Abarrotarme de interrogantes referentes a esta situación, y no dar con respuestas. Pensar en cuándo este cruento coronavirus dejará de hundirnos en un mundo caótico. Gotas caían apresuradamente a un vaso que estaba a instantes de rebalsar. La serenidad me abandonaba, y su lugar era tomado por la frustración.


En un arranque de liberación, machuqué incansablemente los botones de mi teclado hasta llegar a las mil palabras que requería. Pero, ese día el aislamiento había generado una enemistad entre el buen humor y yo. Obligó a que mi dedo presionara una tecla hasta eliminar un texto que se veía culminado. El encierro parecía haberse asociado a conectores de oposición, en una batalla en la cual yo era el rival a enfrentar. La frustración se apoderaba de mí.


Tocaba encontrar esa fuerza que dice existir en la flaqueza, para no abandonar una guerra en la que podía salir victorioso. Logré sacar provecho a la lucha mental que tuve contra el encierro, aprendí a contratacar aliándome con un rival: Los conectores de oposición. Ahora era yo quien ponía “peros” y tomaba el volante para manejar las situaciones. ¿Frustrarme? Pero, ¿por qué? si tengo a mi familia junta, protegiéndonos los unos a los otros. Creí ahogarme en la frustración, sin embargo, opté por ahogarme entre las perfumadas páginas de mis libros. Contemplar la productividad que generó alejarme de una sociedad renegada: Descubrir ciertos dotes culinarios, pulir técnicas de escritura. Y la más importante, preferir estar encerrado y rodeado de personas que te aman, que sentirte perdido en calles desiertas.




Nostalgia



La cuarentena no solo trajo desasosiego, también trajo recuerdos. Recuerdos con la esencia de mi infancia. El primero fue aquella noche de Halloween del 2004, cuando dos objetos negros reposaban sobre la mesa: Una bolsa de basura cortada por la mitad, haciendo el intento de verse lo más semejante a una capa, y un antifaz hecho de papel que había logrado la perfección con una tijera. La “Batiseñal” estaba activada, y tenía que transformarme en Batman. Até con una pita el antifaz, pegué con cinta mi capa, y me fui volando a la tienda. Manos ni bolsillos bastaron para contener la abundancia de dulces. Por primera vez era feliz un 31 de octubre, y todo gracias a mi madre. Debo confesar que mamá no cree en superhéroes, pero esa noche se convirtió en uno. Ella fue mi mujer maravilla.


El segundo surgió en caminatas por los inquietos mercados de Carabayllo, cuando me aferraba a descuidos ajenos que me hicieran encontrar una moneda tirada. De aquel lugar debía salir con algo en las manos. Tal vez, una fruta encaletada en el bolsillo para matar el hambre o una moneda para probar mi suerte y ver si podía multiplicarla en las maquinitas. Solo quería una de cincuenta, porque anhelaba que el turroncito de diez céntimos que acostumbraba comer tuviera un acompañante líquido. Uno que su valor triplicaba, en ese entonces, al del turrón.


Recuerdo de que antes que el sol inicie su desaparición, me encontraba sentado y degustando el sabor de la combinación entre mis diminutos turrones de diez y la gaseosa de treinta. Valió la pena haber tomado la decisión de arrastrar un par de pesadas y malolientes bolsas negras, y correr, haciendo uso de mis dotes de atleta, para botarlas en el camión recolector. Valió la pena, porque ahora tenía mi “chinita” en la mano.


En estas dos historias el dinero era como mi padre, estaba ausente. Realizar un análisis a mis 21 años, mientras me encontraba recostado, con los ojos atormentados, maldiciendo la cuarentena. Pensé sentir odio hacia ella. Sin embargo, acabé sintiendo agradecimiento por su “encierro de mierda”, como lo llamaba. El dominio sobre la frustración y el poder aventurándome en mi nostálgico y emotivo pasado nacieron a raíz de una literal privación de mi libertad.


Nada de lo que pasa es delito de la cuarentena, porque no es ella quien aprieta el pecho generando falta de oxígeno, no es ella quien hace que la tos se vea acompañada con sangre. No es ella quien debilita tu sistema inmunológico, haciendo que no tengas más defensa que encomendarte a Dios. No es ella quien te mata. Comprendí que mi sentimiento negativo estaba dirigido al lugar incorrecto. La dirección de mi odio tenía que ser hacia el coronavirus



Autor: Brayan Vasquez Pajuelo.



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