#Concurso: CUESTIÓN DE SUERTES


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Google Images

INDICACIÓN AL LECTOR: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Puedes votar haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



Cuando empezó la cuarentena, Karina y yo teníamos apenas 3 días como novios. Puede parecer increíble que alguien elija un día como un viernes 13 para decirle a otra persona que la amas; sin embargo, no soy cabalero. Quizá por los hechos que sucedieron después de nuestra unión se debió resquebrajar mi escepticismo, como si la maldición de Jacques de Molay llegase siete siglos después, como si esa maldición a Felipe IV, nos alcanzara a todos, herederos de la Tierra.


La primera semana transcurrió sin eventualidades, resultaba pírrico pensar en vencer al tiempo: ya íbamos muy aventajados a la espera de que terminasen esos quince días. Karina se comportaba maravillosamente y yo solo necesitaba llamarla dos o tres veces para saber que estaba contenta. El anuncio de la primera ampliación de la cuarentena resquebrajó su ánimo, la alentaba diciéndole que saldríamos para celebrar nuestro primer mes de relación, en el fondo con pocas esperanzas, aunque no me considerase un pesimista. No obstante, creo que son muy ciertas las palabras de Cioran cuando decía “El mayor pesimismo es fruto de la esperanza”, quizá él no lo dijo, o solo lo estoy parafraseando. Ni siquiera fui capaz de comprobar la certeza de la filosofía burda que vislumbraba. Karina era una pesimista, y aun así fue incapaz de ocultar el tenue brillo de sus ojos cuando le pedí que fuese mi novia.


Antes de que cumpliéramos el primer mes, en medio de una llamada sosa, de esas que haces después de almorzar y donde las preguntas como “¿comiste?, ¿qué comiste?” martillean cerebros vacíos de incertidumbre, Karina me dijo que estaba embarazada. “Toda certeza es siempre la ilusión propia de la humanidad, de una realidad imaginada, pero no menos existente, como la presencia de los virus”. Con las imposibilidades de una prueba de sangre en cualquier centro de salud atestado de posibles pacientes con COVID 19, resultaba absurdo poder asegurar cualquier diagnóstico. Ella ya había utilizado esas pruebas de diez soles que venden en las boticas del barrio, donde el resultado era tan poco confiable como alentador.


Karina vivía con su padre en una pequeña casa en el límite de la Molina y Manchay. Decidió empezar su tesis apenas un par de meses antes del desastre y de conocerme, lo cual en este nivel es casi lo mismo. Definitivamente, no quería tener un hijo. Las complicaciones para ella eran aun más evidentes: sus posibilidades de independencia, su padre y la carga de traer otra vida a un mundo más frágil de lo que imaginábamos. La Tierra podía ser destruida por el hombre, pero nadie pensó que una amenaza invisible podría destruir al hombre antes de ella. Quizá solo estoy exagerando frente a la posibilidad de matar a los miles de millones de humanos que existen; la gente se aferra mucho a la vida, sobrestima la vida, no me sentiría cómodo siendo parte de ese ciclo y trayendo a otro ser. Yo mismo había asegurado mi muerte, en el momento adecuado me esperaba un viejo revólver que estaba listo para dispararse. “Si no decidiste vivir, al menos que sea posible decidir morir”.


Traté de encontrar misoprostol en casi todas las farmacias abiertas entre Surco y San Juan de Miraflores. La verecundia era menos titánica que el esfuerzo por conseguir algo en medio de tiendas desabastecidas que solo ofrecían mascarillas adulteradas, antigripales vencidos, y un alcohol en gel que dudaba realmente superase el 15% de pureza en su composición. Hace poco, leí que habría un desabastecimiento de condones en el mundo, por la forzada detención de las industrias. “El misoprostol se volverá un buen negocio en unos meses”, pensé. Ahora, ahora era urgente. Realmente, nunca tuve buena madera para los negocios, habría fracasado seguramente. Para aquella época, los niños ya nacerían muertos.


Hacia el día 43 de la cuarentena, era consciente de que la entrega iba a ser el aspecto más complicado. Ya tenía las pastillas, pero no tenía la menor idea de como hacérselas llegar, casi sin servicio de delivery y, sobre todo, con las restricciones de tránsito. Además, me percaté que Karina comenzaba a dudar de esta decisión. “Mejor lo dejamos para cuando acabe la cuarentena”, fue lo último que dijo. “Esto puedo durar meses, no podemos arriesgarnos”. Su voz y su mirada dubitativas no emitieron ninguna respuesta antes de colgar la videollamada.


En alguna parte del mundo, hay un médico o una enfermera que decide quien vive y quien muere. Nunca es cuestión de suerte. Conseguir el pase de tránsito no fue tan difícil como esperaba, bastaba con pagarle cien soles a alguien para que te dé los datos de un alguien más. Llegar a la minúscula casa de Karina tampoco fue oneroso. La extrañaba de un modo raro. Me tocaba decidir quién viviría y quien moriría en esta ocasión. Este efecto dirimente que se cargaba en mis hombros me obligó a cargar conmigo la pistola. Algunos consideran que cargar un revólver es de buena suerte, pero no soy cabalero. Karina bajaba por las escaleras con el mismo pijama con el cual quizá concebimos aquel futuro infante. Le di las pastillas y le dije que quería que las tome en mi presencia. “Acaso desconfías de mí”, no quería decirle que sí. “No desconfía de su sombra, quien confía en su reflejo”, decía Napoleón, no lo recuerdo quizá estoy parafraseando. Karina se parecía demasiado a mí, yo que en el fondo también quería ser padre. La agarré de una muñeca y le dije que era necesario que lo haga conmigo presente. Su primera impresión de dolor se convirtió rápidamente en furia. Me dio una fuerte cachetada que me hizo volver a la realidad. Apretó con fuerza la bolsa con las pastillas y entró en su casa. Me quedé esperando en la puerta, tal vez en unos minutos llegase algún militar o un policía. Me pediría mis documentos y tendría que decirle que soy Carlos Jiménez, “Él fue el que hizo esto, Karina. Te juro que yo sería incapaz de hacerte daño”



Autor: Diego Albornoz Porteros.



Si te gustó este texto, compártelo en tus redes usando los iconos de abajo.

Diseño de la web: Machucabotones 2020

MACHUCABOTONES SAC

buen retiro 158, Surco

Lima 33, Perú

Conecta con nosotros:

miniyt.png
minifb.png
miniig.png

Informes sobre cursos:

hola@machucabotones.com

Informes sobre talleres in house:

centro@machucabotones.com 

Páginas relacionadas con Machucabotones:

Teléfono:

978224136

entrelibros.png
lcc.PNG