#Concurso: DÍAS DE CUARENTENA EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

INDICACIÓN AL LECTOR: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Puedes votar haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



Ya ni sé qué día de cuarentena es.


Ayer le contaba a mis amigos que hoy me toca salir por primera vez desde que entramos en el aislamiento social obligatorio. Necesitamos algunas cosas en casa y soy yo a quien le toca salir. Y la verdad es que no tengo nadita de ganas. Después de pasar más de dos semanas encerrada, se podría pensar que estaría desesperada por salir a la calle buscando cualquier pretexto. Salir corriendo como cuando saco al perro de la casa a pasear en las noches y éste acelera con la furia de una estampida mientras me jala de la correa como si fuera un caballo. Y eso que mi perro es un jack russell y es enano. Del tamaño de un conejo.


Pero no, ése no es mi caso. Siento ansiedad y mucha. Como la de alguien que tendrá que enfrentarse a un enemigo invisible preparando su ataque ni bien me vea poner un pie en la calle. Más que como mi perrito que se cree caballo, me siento como Coraje, el perro cobarde en un capítulo de The Walking Dead.


Nos habíamos arreglado hasta el momento con la última compra del supermercado. Pero hace cuatro días que se acabó el yogurt y resulta que mi madre no puede vivir sin su yogurt sabor a vainilla en las mañanas y que, además, tiene que ser deslactosado, porque si no, le cae mal. Ya son varios los días con los pequeños recordatorios tipo “no es que me esté quejando pero...”, más vale que lo consiga cuanto antes o esta cuarentena se pondrá más fea.


Como lo último que he querido es salir a la calle en medio de la pandemia, hasta el momento me había funcionado la estrategia de suplir lo que nos hacía falta pidiendo alguno que otro delivery. Pero ahora, con casi toda la ciudad pidiendo online, todo parece indicar que hay que planificar las compras con varias semanas por adelantado, porque es lo que demoran en despachar. Cosa de locos.


Así que aquí me tienen, planificando al detalle cómo será mi estrategia de salida: guantes de látex en las manos, mascarilla de tela en la cara, el cabello bien amarrado, no importa que se me vean las canas, esas que ya se notan porque por ahora no hay visitas a la peluquera. “El nevado sobre la cabeza”, le llamamos mis amigas y yo. Un poco en broma, un poco con resignación. Usaré zapatillas y no sandalias para que el virus no se me peguen en los deditos de los pies. Mi dilema es cómo haré con el pago de mi compra. ¿Tarjeta o efectivo? Dicen que tratemos de no usar efectivo porque los billetes y monedas pasan por muchas manos y es lo más sucio que puede haber. Entonces ¿cómo haré con la tarjeta? ¿me dejarán que sea yo quien pase la tarjeta por el aparatito ese? ¿Y luego? ¿La pongo en una bolsa sellada, cual objeto radiactivo? ¿Estaré exagerando con todo esto?. No, no lo creo. Esto será como un juego de ajedrez en la que cada movimiento debe hacerse consciente y calculadamente. Siento palpitaciones y no me gusta. Hasta que respiro.


Es verdad. Ya no sé en qué día de cuarentena estamos. Han pasado más de dos semanas y ya dejé de contar los días. Nunca había tenido tanto tiempo para hacer aquellas cosas que decía que haría cuando tenga tiempo, cocinar una salsa de tomates desde cero, llevar ese curso online de domestika que pagué hace tiempo, empezar a leer, por fin, ese libro que compré hace un año o terminar de tejer esa chompa que sólo ha crecido algunos centímetros durante meses, pero me sorprendo a mí misma llenando el tiempo ocupándome de esta casa, cocinando, lavando, barriendo y limpiando, regando el jardín, atendiendo a los perros, buscando provisiones por internet. Llenando el vacío, como si tuviera miedo de mis pensamientos, de mi silencio.


En esta casa hemos perfeccionado todo un ritual de desinfección para todas aquellas cosas que llegan de la calle. Alcohol para cosas como los paquetes de galletas, las bolsas del pan, las latas de atún, el frasco de mayonesa o de café. Dilución de lejía para las frutas y verduras. Ya sabemos quién recibe los paquetes, quién desinfecta y quién guarda los productos. En estos tiempos todo cuidado no parece exagerado. Mi madre me dice que con tanta desinfección perderemos nuestra capacidad de autodefensa, que nos vamos a volver unos blanditos, de aquellos que no aguantan ningún microbio porque nos acostumbraremos a que todo esté esterilizado. “Como cuando los turistas que vienen al Perú se enferman comiendo frutas y verduras”, dice ella. Razón, no le falta.


Alguien me manda un link por el whatsApp y veo que es de una empresa de lácteos. Empezaron a hacer repartos de sus productos por todo Lima. Es mi amiga que sabe que no quiero salir quien me envía el dato. Les escribo y me responden que mañana mismo me traerán el yogurt y otras cositas adicionales que aprovecho en pedir. ¡Bien! No tendré que salir. Me quedo en casa


Autora: Margarita Hishikawa.



Diseño de la web: Machucabotones 2020

MACHUCABOTONES SAC

buen retiro 158, Surco

Lima 33, Perú

Conecta con nosotros:

miniyt.png
minifb.png
miniig.png

Informes sobre cursos:

hola@machucabotones.com

Informes sobre talleres in house:

centro@machucabotones.com 

Páginas relacionadas con Machucabotones:

Teléfono:

978224136

entrelibros.png
lcc.PNG