#Concurso: LÍNEAS APÁTRIDAS


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Mi cuarentena no sabe de cuatro paredes. Esperaba que el agua alcanzara los 75°C, temperatura que los entendidos señalan como la ideal para cebar el mate, mientras con los codos apoyados en el marco de la ventana miraba – desde un quinto piso – la tranquilidad de la calle Chacabuco, en San Telmo, Buenos Aires. Me sentía cómodo entre jacarandas, aunque difícil serlo plenamente cuando estás a 4 mil kilómetros de casa. El cielo, los edificios, hasta las palabras resultan ajenas. Esperaba el mensaje a la Nación, desde Lima. Textos al móvil me advertían de un posible cierre de fronteras, la confirmación oficial llegó – pocos minutos después – con el agudo silbido de la tetera puesta al fogón, con el agua no a 75°C, sino a 100°C, y con dos mensajes definitivos: quemaría la yerba y mi estadía en Argentina había culminado prematuramente antes de la primera cebada de la noche de domingo.


El sabor amargo en la boca – por la yerba quemada – se me hizo aún más amargo al conocer que tenía solo 24 horas para regresar antes del cierre total de las fronteras peruanas. Quería escribir lo que sentía en ese momento, algo titulado como ‘Líneas apátridas’, esas que se escriben cuando tienes la certeza de que tu país no te recibirá, que vivirás como un exiliado – contando las horas, si es que no las monedas – en un país que no es el tuyo y en el que tienes fecha de salida. El limbo absoluto. Sin duda, no había tiempo para escribir, sino para correr, asustarse o desesperarse, tal vez todas esas cosas juntas. Tal vez ninguna de esas cosas me serviría, pero no se puede estar asustado y ser lógico al mismo tiempo.


Quedarme quieto se me hacía imposible, me sentía dividido en muchas personas: al teléfono con la aerolínea buscando una reprogramación de vuelo, peleando con mi maleta, tranquilizando a mi familia en Lima, contactando a una amiga peruana que también se encontraba en Buenos Aires, luchando con la maleta de Martu, elaborando planes de contingencia desde la A la Z; todo parecía tan necesario, pero inútil a la vez. Miré el mate aun caliente sobre el viejo mueble de Palo Santo, envidié su serenidad y la sabiduría que te otorgan los años. Cerré las cortinas, como si con eso desapareciera por arte de magia las calles de San Telmo y me fui a la cama pensando que al abrirlas encontraría la estampa gris de Lima. Tomé el móvil de Martu y lo puse sobre la cama, nos dimos un fuerte abrazo sin saber que sería el último, imprimimos la nostalgia de quien parte sabiendo que lo deja todo. Tardamos en dormirnos menos de lo que tardó de desanudarse aquel abrazo.


Nuestra partida fue ingrata. Al día siguiente, no tuvimos tiempo de despedirnos de una ciudad a puertas de sus peores días. Luego de ir hacia la Cancillería y a la aerolínea, logramos atenuar esa sensación en la garganta que nos ahogaba a Martu y a mí, pudimos cambiar el vuelo y nos íbamos en un par de horas. Abandonamos ese quinto piso, en San Telmo, sin mirar atrás, aunque sin culpa porque las calles eran las mismas para todos: gente con maletas a medio hacer, gestos de preocupación ante un encierro casi inminente, la ciudad se cerraba y nadie quería quedarse a presenciar el engullir del gran gaucho. En poco menos de una hora llegamos al aeropuerto de Ezeiza, donde el caos no era más grande que el temor a un enemigo invisible: un contagio o un vuelo cancelado. Después de conocer nuevos niveles de ansiedad, logramos abordar el avión que no aterrizaría en Lima sino hasta una hora y media antes del cierre total de la frontera. Nos tomamos las manos, hasta que nos elevamos, solo una vez lejos nos sentimos seguros.


Del vuelo recuerdo poco. Tal vez fue la adrenalina en mi cuerpo o la ansiedad por llevar esta historia a una conclusión segura que los detalles son como fotografías viejas de una historia de supervivencia. Hombres de trajes anchos, identidades ocultas, enmascarados empuñando un medidor de temperatura, armados con intimidantes preguntas que – a nuestro entender – significaban la diferencia entre la libertad del regreso a casa y un destino incierto. Abandonamos el aeropuerto Jorge Chávez poco antes de la medianoche. En las puertas esperaban personas que no llegarían. Muchos vuelos se cancelaron, otros no pudieron alcanzar una reprogramación, algunos simplemente prefirieron esperar tiempos mejores que no llegarían pronto. Sin permitirme caer en la nostalgia dejé ese escenario atrás, para saltar – ya en el carro del padre de Martu – hacia calles repleta de militares y policías. Cada tramo significaba una detención, cada tramo nuevas preguntas. Todo era diferente, pero era nuestra Lima, nunca la Costa Verde me había despertado tantas emociones, ni el sonido de una puerta al abrirse y las maletas golpeando el suelo de la sala tan relajante. No hubo tiempo para abrazos, solo para escuchar el dulce sonido de la noche.


Afuera los perros ladran a las sombras de una ciudad vacía. La calma es tensa. No está ella, ni aquel, ni aquellos. Los versos curan. La pregunta se domestica. Al día siguiente de las horas más largas de mi vida, tomé mi maleta y me despedí de Martu, sin un abrazo porque el último se lo había dado en el quinto piso de San Telmo. Nos miramos y nos prometimos estar juntos a pesar de que me tenía que ir, finalmente no hay distancia más dolorosa que la emocional y ese no era nuestro caso. Así abandoné la casa de Martina, Martu, como la he llamado durante los últimos 4 años, para ir a la mía, abrazar sin abrazar a mi madre y a mi hermano. Me recibieron con la mirada que se les da a aquellos de los que es imposible despedirse. Me bañé bajo el agua fría de marzo, con la certeza de que en solo unas horas se puede vivir más que en muchos años



Autor: Miguel Candia Ruiz.



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