#Concurso: NO ME HAGAN COMPAÑÍA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Autoprólogo



El encierro obligatorio -y en compañía- han desnudado, aún más, mis manías.


La obsesión por la cama tendida. La rabia de una cocina sucia. El asco al cigarrillo. La ansiedad por el azúcar. La incomodidad del ruido ajeno. Mi autoexigencia a la imposible perfección.


Mi naturaleza es la soledad. El silencio. El orden.


Y estos más de treinta días me tienen en un caos constante. En una realidad que no elegí y que no me gusta.


Pero aquí estoy. Haciéndome cargo de lo que me corresponde y escribiendo para no morir.



I

En búsqueda de la soledad



Desde pequeña he sido una persona solitaria.


Mi mamá, siempre que puede, me cuenta que, a los 4 años, cuando decidía salir de casa para jugar, buscaba que solo fuese con uno o dos amiguitos, y cuando los demás niños del edificio se nos unían, yo agarraba mi sillita, mi muñeca y mi triciclo, y me volvía a meter.


También dice que muchísimas veces, cuando mis amigos tocaban la puerta y preguntaban por mí, yo le pedía que les diga que estaba castigada o dormida y no podía salir.


Por eso, y mucho más, puedo decir que he vivido los últimos años en una cuarentena voluntaria.


Desde que me fui de casa de mis padres, he compartido departamento con varias personas en diferentes ciudades y, siempre, he tenido la suerte de pasar todo el día a solas en él.


Mis roommies trabajaban en horario de oficina. Salían muy temprano de casa y llegaban por la noche, con hambre, cansancio y a dormir.


Todo el día estaba sola.


Cocinaba. Ordenaba. Limpiaba. Comía. Trabajaba. Y todo lo hacía a solas.


Disfruto de los lugares sin gente. Voy a los bares en días de semana, cuando apenas encuentro una pareja escondida en una esquina hablando de amor. Procuro ir al cine por las tardes. O me tomo un té acompañada por el silencio de una librería.


Durante años, me he acostumbrado a la única compañía de mi propio ruido.

Pero esta cuarentena ha roto mi silencio y me ha obligado a un encierro en compañía.


Las tres personas con las que comparto el depa están aquí. Y también están los vecinos, cada quien en su casa, pero todos juntos cuando les toca aplaudir.



II

Acompañada de mi imaginación



Un niño empieza las arengas. -¡Braaaavo! ¡Braaaavo! -Grita cada noche a las 8 en punto desde su ventana. Lo acompañan sus papás.


La costumbre de aplaudir en cuarentena aún me parece extraña.


Hoy no fue diferente. Hace un momento, los aplausos y gritos de agradecimiento volvieron a sonar.


Pero hoy, algo me hizo mirar por la ventana. Una voz se hizo espacio en ese ruido y gritó: “Alejaaaaaaandro, vuelve”.


¿Quién será Alejandro y a dónde se habrá ido?


¿Será su novio, su hijo, su papá?


¿Se habrá ido en cuarentena porque no resistió a su familia o su partida la hizo cuando aún estábamos en libertad?


Quizás ese grito era de desesperación. Tal vez, Alejandro ha muerto y esa voz no se resigna a perderlo.


O no.


Puede que el tal Alejandro sea un gato que, en su superioridad de raza, se ha largado a pasear.

III

La ingrata compañía



A mis roommies me los cruzo en la cocina y siento que interrumpen el olor de mi café. Los oigo cuando leo y hasta los personajes del cuento voltean a ver quién es. Los siento caminar mientras escribo y eso ha roto mi armonía.


Ayer fue mi peor día.


Javi volvió a prender un cigarrillo a las 9 de la mañana. Sebas subió el volumen de su videollamada mientras yo editaba fotos y Ale volvió a dejar todo sucio en la cocina.


Mi ansiedad se disparó.


Me sudaban las manos y me picaban las pantorrillas.


A Javier quería apagarle el cigarro en el cuello. Deseaba romper los parlantes de la computadora de Sebastián y, a Alejandra, aventarle las ollas sucias en la cara.




IV

¡La convivencia es buena mientras no tengamos de convivir!



Mientras afuera de mi cuarto mis compañeros vivían su pandemia y, muy seguramente, creaban sus propias historias que contar, yo solté un grito silencioso que me raspó la garganta y me tapó los oídos.


No toleré el sonido de la voz ajena y me desesperé.


Llevaba 9 días seguidos sin salir de casa, y había sido yo la primera en pedirle a mi familia que, por favor, se quedaran en las suyas también. Les hablaba de responsabilidad, de solidaridad y precaución.


A los más necios, les mostraba videos del ejército y la policía deteniendo gente que no cumplía la norma y se iba a la calle.


Pero hoy, nada de eso me importó.


Cogí un polo blanco del cajón y el jean de la silla. Me puse las zapatillas y salí.


Sabía que no debía hacerlo, pero si no lo hacía, la compañía impuesta me quebraría los nervios y, por eso, preferí quebrar la ley.


Lo peor que me puede pasar en cuarentena, ya me pasa todos los días: tener compañía.


Quizá, pasar la noche en una celda de comisaría no estaría mal.


Al menos, supongo que mis compañeros no podrán fumar, nadie subirá el volumen y no habrá ollas sucias por lavar



Autora: Licia Alemán Zevallos.



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