#Concurso: RESILIENCIA PANDÉMICA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Había llegado a Bolivia cuando se transmitió el mensaje a la nación anunciando el cierre de fronteras en Perú. A partir de ahí, me acompañó una sensación de culpa e incertidumbre en mis recorridos, mientras observaba cómo La Paz y Uyuni se preparaban para cerrar sus ingresos. Era mi viaje de cumpleaños y, contra todo pronóstico, logré hacer parte de la ruta planeada. Después de trámites de repatriación, pude volver a mi casa en Lima, con mi mamá y mis dos gatas. Desde el inicio de año había estado en Madre de Dios por trabajo, así que regresar tuvo sus detalles.


Me había desacostumbrado de algunas rutinas en casa, me equivocaba constantemente u olvidaba el horario de comida de las gatitas. Al principio, me sentí extraña al estar de vuelta en la selva gris. Las dinámicas no solo habían cambiado dentro de casa, sino también afuera, en las calles, en las personas, en los pequeños y grandes negocios, en los parques, en los animales. El silencio suele reinar ahora.


Me demoré dos semanas en asimilar los acontecimientos. Fueron dos semanas de pasarme el día en pijama, sin hacer nada 'productivo' más que ver series y leer un libro que ya había comenzado. Volver a acostumbrarme a Lima también requirió su cuota de energía. Estaba feliz de volver a ver a mi familia, pero los tiempos están alborotados, son caóticos.


Me resistí a usar mascarilla, a usar guantes, a distanciarme, aunque me resigné a no abrazar a nadie. En realidad, no he definido si abrazar me alegra o entristece. Lo que sí es claro para mí desde muy pequeña es que le tengo mucho miedo a las palabras 'nunca más', así, juntas. Y ahora me estoy enfrentando todo el tiempo a esas palabras: su sombra está en las noticias, artículos científicos, conversaciones lejanas, en remembranzas de lo que ya no pasará y en especulaciones de cómo será el mundo cuando vuelva a la ‘normalidad’.


Pasaron dos semanas para que me anime a hacer yoga. Sentí que algo despertó en mí, otra vez me estaba moviendo, mi cuerpo recordaba, ya no sentía ese letargo. Entonces, empecé a ser más consciente. Analicé mis actitudes, mis miedos, descubrí que se comunicaban entre sí. Toda mi resistencia a seguir las indicaciones provenía de una parte de mí que se negaba a aceptar la gravedad de lo que está pasando. He comprendido y aceptado, hasta cierto punto, que nunca más volveremos a la situación anterior porque hemos conocido una realidad totalmente distinta.


Ahora que tengo esa claridad, puedo aceptar días en los cuales no me siento bien, momentos en los que preciso descansar en vez de distraerme, tratar de enfocarme en el presente, seguir escuchando, sintiendo, observando, aprendiendo. Trato de no forzarme, de tenerme paciencia y amor. Sé y acepto que después de la cuarentena no volveremos a ser iguales. Pienso que tendremos que ver cómo las personas se fragmentan, se transforman y solo queda esperar que esa mutación sea para mejor.


He estado enferma del estómago en los últimos días. Claro, ¿podría ser algún otro sino uno de los órganos más emocionales? Junto con él, mi hígado colapsó también. La enfermedad se ha manifestado más fuerte que otras veces, al punto de que consideré la posibilidad de ir a un hospital, con todo lo que eso implica ahora. Por suerte, con hierbitas, remedios caseros y mimos logré recuperarme y no fue necesario salir.


Durante el tiempo que estuve enferma, sentí que estaba en un ambiente tóxico y contaminado, lo que incentivó sueños inquietos. Soñaba con cabezas de zorros que, al agarrarlas, revelaban enunciados de sabiduría; médicos y pacientes con barbijos que tenían “CC” escrito en los costados, lo cual significaba “Confirmado por consenso”. Se les ponía a aquellos pacientes que eran diagnosticados con el virus. Dentro de esa vigilia soñolienta, yo era una paciente “CC”.


Casi una semana después, y de manera paulatina, volví a la vida. Pude comer, me sentí menos débil y retomé algunas actividades, pero no todas. Lo importante es que decidí emprender una ruta por la medicina natural, la única con la que me he sentido cómoda toda mi existencia. Son épocas de cambio, de puntos de quiebre, de decir ‘nunca más’. Mi cuerpo me lo pide también en forma de transformaciones en mis hábitos alimenticios, me recuerda que debo cuidarme y sanarme más. De alguna forma, siento que renací. Intuyo que así nos sentiremos la mayoría cuando se reactiven algunos aspectos de la cotidianeidad. Se nos ha presentado una oportunidad maravillosa de hacer pausa ¿Cómo queremos que sea nuestro mundo interno y externo después de este tiempo de cuarentena?



Autora: Gabriela Gonzales Malca.



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