#Concurso: SU NECESIDAD Y LA MÍA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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El día empezó. Me vestí con lo más viejo que encontré en aquel guardarropa que apenas abro para sacar pijamas, medias, calzones. Un buzo que alguna vez fue gris y un polo negro de mangas cortas y cuello camisero que recuerdo haber comprado en alguna tienda deportiva. Tomé uno de los sostenes que hace mucho dejé de usar, las zapatillas negras con las que acostumbraba danzar y que ahora se hallan cubiertas de polvo. Recogí mi cabello y me coloqué una gorra. Me puse el bloqueador, los lentes, el cubreboca. Cogí el DNI, las tarjetas del banco y salí.


Obligada, con el temor apoderándose de mí, decidí ir a toda prisa. Me sentí como un ave intentando torpemente volar trás permanecer atrapada.


Bajé caminando por una calle que durante años permaneció colmada de niños, perros, vecinos aseando sus veredas o comprando en las bodegas. Aquella era mi calle. Y ellos mis vecinos.


Observé si acaso alguien notaba mi presencia. Atenta a percibir el más mínimo movimiento, acomodé mi mascarilla, limpié los lentes y seguí. No había salido de casa desde aquel domingo en el que se anunciaron las medidas de inmovilización social. Treinta días para ser exacta.


Durante este tiempo, apenas he podido estirar las piernas en mi pequeña habitación. El estrecho balcón del segundo piso de casa se ha convertido en mi única conexión con el exterior. Los días transcurren casi sin ser sentidos. Entre lecturas, pintura, ejercicios y danza, he perdido la noción del tiempo.


Alcancé a ver en el trayecto a algunos pocos transeúntes ensimismados en sus propias preocupaciones. Miraban con temor a los otros. Los cubrebocas de distintos colores, tamaños, diseños, reemplazaban sonrisas, saludos, palabras. Los ojos decían lo que no se podía verbalizar. Temía de ellos y ellos temían de mí.


En el paradero un par de personas subían al bus. Un señor con un tablero en la mano esperaba sentado el par de centavos que lanzaría el cobrador mientras se alejaba. Un extranjero caminaba hacia la siguiente avenida llevando consigo un carrito repleto de gaseosas para vender. Entendí que algunas personas no tienen más opción que salir.


Mientras más caminaba, más pensaba, más sentía. La realidad ahí afuera era aún más dura de lo que había imaginado.


En ese momento agradecí tener algo para comer y un espacio para no morir de frío. Pensé en quienes no tienen nada, ni bonos, ni sueldos, ni AFP.


Ya en la puerta del banco, vi tres colas, todas enormes. Busqué el final, pero parecían inacabables. La gente estaba de pie mirando hacia el vacío, pensando, deduzco, si el bono que iban a cobrar les alcanzaría. "Ventanilla es por aquí", dijo alguien. Agradecí y abrí el libro que felizmente recordé llevar conmigo. Cuantas veces en casa abrí un libro y reclamé silencio para disfrutar de él. Ahora ese mismo silencio me perturbaba.


Una mujer que vendía periódicos pasó cerca de mí. Iba lento. Apenas se le oía la voz. Logré ver bajo todo su camuflaje, el brillo de sus cabellos blancos y los pliegues que se formaban entorno a sus párpados caídos. Me miró. Era una anciana. Pude ver la necesidad tras el cristal de sus ojos negros. Quise comprarle un diario, revertir así, la culpa que me generaba tener el privilegio de poder quedarme en casa, mientras que ella debía salir. Pero mi situación no era tan diferente a la suya. Mis bolsillos estaban vacíos.


La vi descansar sentada en una vereda. Parecía desear que se acabe el día, parecía no querer estar ahí. ¿Quién querría estar ahí?


Recordé a mi abuela y me pregunté: "¿Por qué tanta desigualdad? ¿Por qué ella que formaba parte de la población más vulnerable tendría que exponerse? ¿Qué era aquello que la obligaba a salir de casa y arriesgar su propia vida?"


Volvió a caminar ofreciendo sus diarios. Algunos pudieron comprarle y otros simplemente la ignoraron. Yo no podía dejar de cuestionarme. Esperaba ingresar, hacer el retiro y poder entregarle algo. Arriesgarme, acercarme, tenderle la mano. Romper el aislamiento, ir en contra de todo. Quizá ella esperaba cuanto menos, aliento para seguir.


Mi voz interior repitió cual verso: "A algunas personas no les queda más opción que salir"


Entendí entonces que mis pesares no eran tan grandes como los de aquellos que tienen que elegir entre morir de hambre o morir infectados.


Mi libro favorito, aquel que en casa me generaba un sinfín de emociones, no me interesaba. El abatimiento que aquella anciana reflejaba en sus ojos, se fundía en mi corazón. Temí por mí, pero temí más por ella.


Permanecimos alrededor de tres horas bajo el ferviente sol. Mis brazos ardían. La paciencia se me acababa.


Cuando finalmente estuve cerca de ingresar, noté que los efectos de la larga espera habían alterado mucho a la gente. Se oyeron reclamos, hubo desorden y algunos enfrentamientos. Un hombre que traía a un anciano en silla de ruedas fue atacado por el cobrador de un bus. En la puerta una mujer reclamaba porque dejaron ingresar al anciano con dos personas. El vigilante fue desafiado por el esposo de esta. Su mascarilla parecía no resistir la fricción. En la cola, la gente exigía el metro de distancia.


La desesperación se sentía en el aire. El miedo también.


Ingresé finalmente y quise no volver a salir. Mis pesadillas parecían cobrar vida ahí afuera.


Solo necesitaba retirar el dinero, ayudar a aquella anciana y volver a casa.


Separé un billete pequeño para ayudarla y liberarme de la culpa que había tomado lugar en mi conciencia. Ajustar un poco aquella balanza que injustamente se había inclinado haciendo más difícil la supervivencia de algunos en esta cuarentena. Pero no la encontré. Se había ido.


Desde aquel día no he vuelto a salir. Parece que de alguna forma el virus logró traspasar la barrera de mi aislamiento. Está en casa. Los síntomas empiezan, y la tristeza de no poder ayudar porque ahora soy quien necesita ayuda, se une al invisible enemigo.


Estoy bien, pero nunca sabré como está ella



Autora: Nohelia Rivera Huamaní.



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