#Concurso: YA SON LAS 6 DE LA MAÑANA Y NO DORMÍ NADA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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¿Está mal decir que no me molesta tanto la cuarentena? Estos domingos eternos, de comer comida casera, de no trabajar a 100 por hora, de pasarla con tus seres queridos, de consentirte y disfrutar de ver crecer a tus hijos. ¿Acaso, no es el deseo colectivo hecho realidad? Entonces, ¿por qué están todos tan aburridos, tan hartos, tan desesperados porque acabe? ¿Será que solo decían eso de boca para afuera? El poco tiempo era el enemigo de los vínculos sociales, supuestamente. Pero, el “ojalá pudiera, pero tengo un montón de pendientes” ya no aplica y hay que enfrentarse a lo indeseado. Y están, también, aquellos que dicen seguir estresados con su trabajo en línea, que no tienen tiempo de ver el chat grupal y los memes del ataúd porque han estado en conference call todo el día ¿Y para qué? Si este mundo ya se acaba ¿a quién diablos le importa? O quizá es eso. Quieren seguir haciendo algo, lo que sea, para no pensar, para no salirse de los límites conocidos o para no enfrentar que somos tan indispensables en el gran cuadro. Da miedo porque sin ese trabajo, sin esa profesión y sin esa construcción social, el Yenga se cae y habría que comenzar otra vez.


¿Y por qué será que no me molesta tanto? Será que no es tan diferente a mi vida normal, a mi vida cuando no trabajo. Duermo, como, veo películas/series, imagino cosas, hablo conmigo un montón, converso con mi madre, me da ansiedad cuando converso mucho con ella y pienso en todo lo que pude hacer y no hice. Hace poco leí que esta ansiedad se llama FoMO. No sabía que tenía nombre. El miedo a perderse de algo. Uf creo que nací con esto. La diferencia es que yo la afronto de otra manera. En vez de lanzarme a la ola, no perderme ni una y surfear hasta estar agotada; me quedo en la orilla, viendo como los demás van avanzando, cayéndose, aprendiendo, cometiendo los mismos errores. Algunos con tablas nuevas y desechables cada sábado y otros que se aferran a las viejas y desgastadas, con deseos de liberar ese peso, pero con miedo de deshacerse de él. Por temor, por cobardía, por pereza y, últimamente, por un gran sentimiento de indiferencia, es que ya ni trato de meterme a ese mar Pacífico. Los primeros años, claro que intentaba. A veces con más ganas que otras, pero nunca tuve la motivación suficiente, supongo. Quizá sea de mar Caribe. Me gusta más, en realidad. Me gusta el agua cálida, trasparente, así puedo ver que ningún ser desconocido se me acerque, y sin tener que luchar con las olas por mi vida. Solo me relajo en esa enorme piscina azul. ¿Será por eso que sentí esa inmensa alegría, tan inusual en mí, cuando entré en esas playas?


Siento que he entrenado toda mi vida para este distanciamiento social. Claro que a veces entro en desesperación. Quiero salir y pasear, comer algo rico, ir al cine, ir a un barcito. Sobre todo, me angustio al recordar que, posiblemente, este año no trabajaré, que no podré ahorrar ese dinero que ya tenía presupuestado, que no podré viajar. Tendré que esperar un año más o dos. Porque si no cumplo el estándar de la familia feliz y con dos hijos, tengo que, por lo menos, cumplir el estándar de la viajera aventurera. Pero sin plata no hay viajes y sin viajes no hay historias y sin eso vuelvo a punto cero. La motivación que tanto busqué o inventé y a la que me aferré con todo se me fue en un segundo.


Pensar es un camino peligroso. Nadie quiere estar en el Hoyo. Estar sola tanto tiempo te hace tener un torbellino de pensamientos, culpas por no hacer, por no sentir, por no tener el valor, amargura, impotencia y, principalmente, te hace ver que la única persona que al final siempre está ahí eres tú. La única responsable de tus circunstancias eres tú. Eso es bueno. Es el mejor punto de reinicio. Siempre he querido ser de los que están felices y satisfechos en el primer o segundo nivel de la pirámide. Cumplir con lo básico necesario y no pretender más, pero no puedo. La impaciencia hace saltearse niveles. No es bueno saltearse niveles. No se puede construir sobre frágiles bases. ¿Será por eso que no puede llegar? o ¿es que no quiero llegar? o ¿es que no sé a dónde quiero llegar? ¿Estoy acercándome a una conclusión? o ¿solo estoy inventando una nueva excusa para no hacer? Esto desgasta. Bueno al menos, yo he tenido este tumulto de ideas que van y vienen sin parar en mi cabeza toda mi vida, un tormento, pero racionado. Ellos lo están teniendo en un mes, toda de una y, peor aún, saben que faltan muchos meses por delante en el infierno de sus mentes. Pobres. Ya entiendo porque no les gusta la cuarentena.


Otra pregunta me llega a la cabeza. ¿Quizá este es el momento? Tengo el tiempo, tengo las ideas y no me quedan más excusas. Vivo en un país con kilómetros de mar picado y helado y sin posibilidades próximas de viajar a otro. Posiblemente una ola me golpee en la cara, posiblemente me ahogue, pero, eso es lo hermoso de todo esto, ya no importa



Autora: Karla Scheggia Cárdenas.



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