CONFESIÓN PARROQUIAL


Fotografía proporcionada por el autor

Cuando somos niños y jugamos, perdemos la noción del tiempo, lo cual a menudo nos mete en problemas. Así conocemos los conceptos de travesura, amistad y autoridad. Elber ilustra estos conceptos con su historia.


El patio


NO SÉ QUIÉN FUE LA PERSONA QUE NOS DIJO QUE PODÍAMOS JUGAR EN EL PATIO DE LA PARROQUIA. El patio era mi lugar favorito. Ahí jugábamos con quienes estaban presentes. No había reglas. Podíamos jugar fútbol seis contra cinco, con la salvedad de que dentro de los cinco debía de haber un gordo, que equivalía a dos. Y el trompo lo podían jugar hombres o mujeres. Todo era permitido, a excepción de una cosa: quedarse más allá de las 6:30 p.m., hora en que se cerraba el patio y los padres se preparaban para consagrar la misa.


La parroquia quedaba en Surquillo.


A las 6 p.m. sonaba la campana de la iglesia y los niños, exhaustos, desfilaban abrazados, sudando, y arrastrando los pies camino a casa. El patio se quedaba sin vida y se convertía en un sitio sediento de alegría, de bulla y de niños corriendo.


Jugábamos despreocupados. Era la época en que la vida se reducía a estudiar, comer, jugar y dormir.



Como hermanos


Recuerdo una tarde de invierno: 22 goles a 0. Yo integraba el equipo goleador y nuestro capitán era Julio, un niño delgado de once años. Era campeón en las carreras y podía jugar ajedrez con dos personas en simultáneo. Terminado el primer partido, los perdedores, haciendo gala de amor propio, nos pidieron una revancha para demostrarnos que eran buenos. Aceptado el reto, les volvimos a ganar, pero esta vez 25 a 0. A mis cortos diez años me sentía un digno representante nacional, como para ir al campeonato mundial de fútbol. Mientras nosotros celebrábamos, ellos comenzaron a llorar y a abrazarse. Por solidaridad, nos contagiamos y lloramos en coro.


A esa edad, abrazarse con personas desconocidas era una forma de aceptar al prójimo. Según los curas de la parroquia, era un gesto humano. Y cuando decíamos “Abrácense como hermanos” era esperado y muy respetado. En esta ocasión aceptamos al prójimo sintiendo su calor, sudor y aliento perdedor.

Tantos abrazos provocaron que no escucháramos la campana de la iglesia, aunque sí escuchamos los pasos del padre Vidaurre, que se dirigía al portón. Le echó triple llave, le puso tranca, y tres candados marca Yale.


Nos quedamos encerrados.




Almacén


Estábamos ante un tremendo portón de fierro azul despintado que no podríamos abrir, ni menos trepar. ¿Qué pasaría con nosotros? ¿Qué diríamos si nos encuentran? Por esa época anochecía rápidamente y en pocos minutos solo podíamos ver las luces de los postes de la calle. Ninguno de nosotros pronunció palabra alguna. Podía leer en los rostros de mis asustados compañeros la misma pregunta que me hacía constantemente: “¿Cómo salimos?”. Julio nos señaló una puerta que se veía tímidamente en la oscuridad de la noche. “Por allí podemos salir” dijo en voz baja. Los diez caminamos cogidos de las manos, cuidando que nuestros pasos fueran lo más lentos posible, a tal punto que ni siquiera nosotros pudiéramos escucharlos. Solo cuando pudimos abrir la puerta, respiramos con tranquilidad. Alguien dijo “No se les ocurra prender la luz”. Y otro compañero: “Podríamos ser descubiertos, caminemos despacio”.


Mis manos palparon algo de metal como si fuera un cajón. Forcejeé hasta abrirlo. Luego pude sentir unas telas que olían a recién lavado. “Aquí hay toallas” dije. Se las pasé a mis compañeros y ellos se secaron el rostro y las manos húmedas de sudor. “Aquí hay galletas” dijo otro más. Y otro preguntó “¿Quién tiene sed?” Así pasamos entre cinco y diez minutos: comiendo galleta y tomando agua. “Este debe ser el almacén de la parroquia” dijo Marcos, el más gordo del grupo. De repente, Julio traspasó la oscuridad del ambiente con una voz amenazante: “Guarden todo y en silencio. Parece que alguien viene”. Confiando en nuestra memoria y la poca luz, comenzamos a doblar las toallas, cerrar los pomos de galletas, y dejar las jarras en el lugar donde las encontramos. Escuchamos unos pasos que se acercaban. Calculamos que eran dos personas. A los pocos minutos la puerta se abrió y al fondo se vio la iglesia. Había gente sentada en las primeras filas.



El padre Vidaurre


“Por aquí, padre Vidaurre” dijo el hombre de la sombra pequeña. Observábamos dos sombras. La más alta sin duda alguna era del padre Vidaurre, sus movimientos lentos lo delataban. Salimos de ahí y escuchamos el órgano entonando la canción de bienvenida. Nosotros la sabíamos de memoria y la cantamos en ese momento, acompañando al organista.


Cuando los feligreses comenzaron a cantar, a Julio no se le ocurrió mejor idea que ingresar a la iglesia cantando. Fuimos diez los niños que hicimos el coro y luego, a pedido del organista, dos canciones más. Al culminar la tercera canción ingresó el padre con su blanca cabellera, mientras que el inesperado coro de niños se retiró ordenadamente. Nos sentamos al lado de la calle, en las únicas bancas disponibles.


El padre Vidaurre era conocido por sus misas, leía la biblia con tal lentitud que tenía el poder de provocar sueño en los veinte primeros segundos de su lectura. Era muy común en sus misas escuchar ronquidos o ver a personas bostezando con lágrimas en los ojos. A esto se sumaba su impecable vestimenta y su caminar lento, que lo hacía parecer un robot cuyas pilas debían cambiarse. Pero lo que más caracterizaba las misas del padre Vidaurre eran sus rezos en latín del Padre Nuestro. Lo hacía delante de la cruz, dando la espalda a los feligreses y levantando las manos como si estuviera poseído por un espíritu y recibiera instrucciones. En ese momento el silencio inundaba la iglesia y la gente dejaba de bostezar o roncar. El Padre culminaba la oración con un “Amén” que se escuchaba a unos veinte metros de distancia, y nosotros, los diez niños, estábamos sentados luciendo el rostro limpio ■


Elber Bravo es psicólogo y empezó a practicar escritura con Machucabotones en el 2018. Este texto fue escrito en el curso «Como me da la gana. Descubre el escritor que hay en ti».



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