He aquí un hermoso texto sobre el deseo adolescente



Ha llegado hace poco a Lima el libro "Bailando en la oscuridad", donde el escritor noruego Karl Knausgård rememora su adolescencia. Hemos recurrido a este escritor en varios talleres para hablar de la importancia de los detalles en la literatura, y de cómo las palabras pueden crear música... La aparición del siguiente adelanto, por consiguiente, no extrañará a nadie. El libro tiene pasajes soberbios.

Recomendamos la lectura de Knausgård. Este escritor nos muestra, una vez más, que en literatura no hay temas vedados ni "importantes". Lo que hace que un texto nos apasione no es nunca su tema, sino su tratamiento: el cómo es superior al qué. Siempre.

Dicho esto, va este fragmento extraordinario donde el autor habla sobre sus deseos de acostarse con una chica a los 16 años, y lo que sucedía con sus calzoncillos.

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En esa época, en el verano del año en el que cumplí dieciséis años, sólo deseaba tres cosas. La primera era tener novia. La segunda era poder acostarme con alguien. La tercera era emborracharme.

O, para ser sincero, sólo tenía dos deseos: acostarme con alguien y emborracharme. Hice muchas otras cosas, lleno de ambiciones de todo tipo, me gustaba leer, escuchar música, tocar la guitarra, ir al cine, jugar al fútbol, bañarme y bucear con tubo, viajar al extranjero, tener dinero y comprar cosas, pero todo eso trataba en el fondo de sentirse bien, de hacer pasar el tiempo de la manera mejor posible, y eso estaba genial, pero, después de todo, sólo había dos cosas que deseara de verdad.

No. En el fondo y después de todo sólo había una cosa.

Quería acostarme con una chica.

Era lo único que deseaba.

Ese deseo ardía dentro de mí y era un fuego que no se apagaba nunca. Se inflamaba incluso mientras dormía, bastaba con una fugaz visión de un pecho en el sueño para que me corriera acostado en la cama de mi cuarto.

Oh, no, otra vez no, pensaba cada vez que me despertaba con los calzoncillos pringosos y pegados a la piel y al pelo. Era mi madre la que me lavaba la ropa, y al principio la enjuagaba siempre muy bien antes de meterla en la cesta de la ropa sucia, pero eso también podía resultar sospechoso, pues ella se preguntaría cómo acababan todos esos calzoncillos empapados en la cesta. Poco a poco fui dejando de hacerlo y metía directamente en la cesta de la ropa sucia los calzoncillos impregnados de esperma, que al cabo de unas horas se quedaban crujientes, como llenos de capas de sal o algo por el estilo, y aunque ella debía de haberse dado cuenta, porque ocurría al menos dos o más bien tres veces por semana, me olvidaba por completo de su extrañeza en el momento en el que ponía la tapa a la cesta de la ropa sucia. Ella nunca lo mencionó, yo nunca lo mencioné; eso pasaba con muchas cosas, y así debía ser, suponía, en esa casa donde ella y yo vivíamos solos; algunas cosas se decían, se comentaban, se investigaban y se intentaba entenderlas, de otras no se hablaba, no se mencionaban, no se intentaba entenderlas.

El deseo era grande, pero zascandileaba en el espacio vacío de la ignorancia, donde lo que ocurría simplemente ocurría. Podía haber pedido consejo a mi hermano Yngve, tenía cuatro años más que yo e infinitamente más experiencia. Él lo había hecho, yo lo sabía. ¿Entonces por qué no le pedí consejo a él?

Resultaba impensable. Pertenecía a lo impensable. Yo no sabía por qué era así, pero así era. Además, ¿de qué me serviría un consejo? Sería como recibir un consejo para escalar el monte Everest. Bueno, al llegar allí giras a la derecha, luego sólo tienes que subir y subir y al final llegarás.

Habría dado lo que hubiera sido por acostarme con una chica. En realidad con cualquiera. Con alguna a la que amara, es decir, Hanne, o con una prostituta, no importaba, incluso si hubiera sucedido como parte de un rito satánico de iniciación con sangre de cabra y capuchones habría dicho que sí, que participaba. Pero eso no era nada que te regalaran, era algo que uno tomaba. No sabía exactamente cómo, y así se convirtió en un círculo vicioso, porque cuando no sabía algo me volvía inseguro, y no había nada tan descalificador como la inseguridad, eso a ellas no les gustaba nada. Al menos de eso sí que me había dado cuenta. Tenías que ser seguro, decidido, convincente. ¿Pero cómo llegar a eso? Dios mío, ¿cómo llegar? ¿Cómo arreglárselas para pasar de estar delante de una chica a plena luz del día con la ropa puesta a estar acostado con ella en la oscuridad unas horas después? Entre esas dos situaciones había un abismo. Cuando veía ante mí a una chica a plena luz del día, en realidad me encontraba ante un abismo sin fondo. Si me tiraba, lo único que podía ocurrir era que me cayera, ¿no? Porque ella no venía a mi encuentro, pues veía que yo tenía miedo, se retiraba, encerrándose en sí misma, o dirigiéndose a otro. Pero luego pensé que en realidad la distancia entre las dos situaciones era corta. Sólo había que sacarle la camiseta por la cabeza, desabrocharle el sujetador, desabrocharle el pantalón, quitárselo, y entonces estaría desnuda. Tardaría veinte segundos en hacerlo, tal vez treinta.

No podía haber una exposición más traidora. El saber que me encontraba a treinta segundos de lo único que deseaba, de lo que a la vez me separaba un abismo, podía llevarme al borde de la locura. Con gran frecuencia me sorprendía a mí mismo deseando que nos encontráramos aún en la Edad de Piedra, en cuyo caso simplemente podría salir con un mazo, golpear en la cabeza a la mujer, arrastrarla hasta casa y hacer allí con ella lo que hubiera querido. Pero no funcionaría, no habría ningún atajo, los treinta segundos eran una ilusión, igual que lo era todo lo que concernía a las mujeres. Ah, qué ironía, el que ellas fueran accesibles al ojo pero a nada más. El que por todas partes se vieran chicas y mujeres. El que por doquier hubiera pechos debajo de las blusas, muslos y caderas debajo de los pantalones, rostros de mujeres bellas y sonrientes, con el pelo ondeando al viento. Pechos grandes, pechos firmes, pechos redondos, pechos bamboleantes, pechos blancos, pechos oscuros… Una muñeca desnuda, un codo desnudo, una mejilla desnuda, un ojo desnudo que mira a su alrededor. Un muslo desnudo dentro de un pantalón corto o un vestido corto de verano. Una palma de mano desnuda, una nariz desnuda, un cuello desnudo. Todo eso lo veía constantemente a mi alrededor, por todas partes había chicas, la afluencia era ilimitada, me movía en un pozo, no, en un mar de mujeres, veía a varios cientos de ellas todos los días, cada una con su modo característico de comportarse, de estar de pie, de dar media vuelta, de andar, de levantarse, de volver la cabeza, de guiñar los ojos, de mirar; basta pensar en sus ojos, en los que se expresaba lo perfectamente único, todo lo que vivía y había en ellos aparecía en ese determinado ser humano, estuviera o no la mirada dirigida a mí. ¡Ah, esa mirada chispeante! ¡Oh, esa mirada alegre y centelleante! ¡Lo electrizante y sombrío! ¡O, por Dios, la mirada estúpida y carente de inteligencia! Porque también en esa sonrisa había una llamada, y no pequeña: la mirada tonta, la boca abierta en el bello cuerpo perfecto.

Todo eso estaba siempre muy cerca de mí, y todas estaban a treinta segundos de la única cosa que yo deseaba, pero al otro lado del abismo.

Yo maldecía ese abismo. Me maldecía a mí mismo. Pero independientemente de lo frustrante que resultaba, independientemente de la oscuridad que reinaba a mi alrededor, las mujeres continuaban iluminando.


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