IRONÍA


Una ganga. A 3 soles en el centro de Lima.

10:30 a.m. Llevo más de dos horas en la biblioteca de El Olivar, sentado y no he hecho más que leer las cinco páginas introductorias de “Plaga” de Theodore Roszak... Ya no sé cuántas veces he tenido que releer. Leo y siento que no comprendo. Me pareciera que al leer un renglón olvido automáticamente el anterior, y que en ocasiones no vocalizo bien las palabras.


—Tengo la costumbre de mover los labios cuando leo. ¿Cuándo y cómo comenzó esta costumbre? No lo sé. Lo que sé es que debo deshacerme de ella, pues últimamente no me está ayudando.


Me siento agotado. Tengo la boca seca por las reiteradas veces que he pronunciado las palabras que he errado. Mis ojos quieren cerrarse. Mi estómago comienza a crujir. Ya no es solo el sueño. Ahora el hambre también comienza a invadirme.


Levanto la vista del libro y observo las otras mesas. Gente con laptops, celulares, cuadernos y audífonos. La mayoría escolares. Se preparan para algún examen de admisión. Lo sé porque escucho sus murmullos: vectores, fuerza resultante, equilibrio, MRU, MRUV, Newton, ecuaciones de primer, segundo grado… Un muchacho se levanta y acerca su silla a la de una flaca. Se sienta, coloca el libro entre ambos y lo señala a la vez que le explica algo. La flaca se ríe… La está gileando.


¿Cómo hacen para concentrarse? ¿Cómo hago yo para concentrarme? Ya no puedo mantener mi atención dirigida a alguna cosa en particular por mucho tiempo. ¿TDAH? Otra mierda psicológica más. “Sicológica”, no “pesicológica”. Así me corrigió mi abuela cuando niño.


Mi mente me pide un descanso. Me pide no operar. Quiere simplemente divagar entre sueños y fantasías. En los últimos días he tenido sueños que no logro recordar por completo. Mi subconsciente está tratándome de decir algo y yo no logro averiguar qué.

Veo hacia mi interior: caos. Veo hacia el exterior: copas de olivos que me hacen recordar mi infancia, cuando con mi padre recogíamos las aceitunas que caían. Las recogíamos para mi abuela, pues a ninguno de los dos nos gustan.


Recuerdo su enorme casa. En especial, el amplio patio en el que montaba mi skate tipo Penny, y el sendero de mármol que lo conectaba con la lavandería. Me tendía para observar a las hormigas que trabajaban en el jardín contiguo. A algunas de ellas las aplastaba e inmediatamente contemplaba el caos que ello ocasionaba en su formación.


—¿Será mi caos un efecto kármico?


Recuerdo también haber escarbado en la tierra en búsqueda de algún gusano.


Entrañable época en la que creía que el tiempo no transcurría. Que por mas que pasaran los días, los meses o los años, nadie de mi entorno envejecería. Salvo yo. Aunque esto no era objeto de mi preocupación. No pensaba en el futuro. Vivía únicamente el presente. Me encontraba más conectado con mi alma, aunque desconociera lo que ello pudiera significar. Tampoco conocía el significado de espíritu, pero aun así creía ciegamente en Dios. Irónico. Así como el hecho de que siendo deportista, e incluso un promotor del cuidado medioambiental, esté por salir a fumarme un cigarrillo.


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