Mi pequeño cerdito



Había una vez una familia de tres cerditos que vivía en el campo.


Su casa estaba rodeada de mucha vegetación, flores de todo tipo y grandes árboles de eucalipto. Cuando la lluvia caía, se formaba un gran charco de barro y, los ojos del pequeño Yago se resplandecían. Él podía saltar y embarrase con el lodo. Y, claro, sus papás también aprovechaban ese momento. Las estrellas brillaban ante tanta felicidad de la familia.


Pero, un día, el cielo se puso gris…


Cuando Yago estaba camino a casa, vio que a lo lejos, se formaba algo monstruoso que crecía y crecía. Era una mancha negra que levantaba el polvo de su alrededor. El viento soplaba con fuerza, las casas volaban y las ovejas y vacas flotaban en el aire. Él decidió refugiarse entre los arbustos. El paisaje se convirtió en un turbio revuelo de huracanes.


- ¿Mis papás? – Invadió la cabeza de Yago.


El canto de los pájaros dio tregua al terrible suceso. No dudo ni un segundo, y Yago comenzó a correr para acariciar con su nariz el rostro de sus padres. Su corazón latía a mil por hora, la respiración estaba entrecortada y sus lágrimas dejaban huella en el camino. Cuando llegó a casa, él buscó por todos lados a sus papás. Ellos estaban sumergidos en un charco de barro. Su lugar especial se había convertido en su propio huracán. Su cuerpo se desvaneció lentamente. Sintió un gran vacío.


- La lluvia va a caer de nuevo, se formará un gran charco de barro y, otra vez, jugaremos juntos – Recordó Yago, las palabras mágicas de su Mamá.


Por momentos, Yago se aliviaba al recordar las palabras de su mamá. Era como una melodía especial para calmar el dolor que le acechaba en su corazón. Él ya no tenía hogar, todo estaba destruido. Llegó la noche y se quedó dormido. La luna y las estrellas acompañaron su triste velada. Pero, la naturaleza le tenía preparado un nuevo comenzar.


Al día siguiente, un sol radiante iluminó el paisaje. Yago caminó y caminó, en busca de un lugar mejor. Durante el viaje, él encontró un sombrero entre los arbustos. Le llamó tanto la atención porque era un sombrero marrón y viejo.


- ¡Qué extraño! ¿Qué hace un sombrero en este lugar?- Se preguntó, Yago.


Yago siguió caminando pero la curiosidad por el sombrero era tan grande que le hizo detener. En ese instante, simplemente, corrió hacia el sombrero y, lo movió con su patita. ¡Descubrió algo maravilloso! Dentro del sombrero, se encontraba una frágil mariposa atrapada en la parte del fondo.


- ¿Eres un cerdito? Por favor, ayúdame, hace días que me quedé encerrada en el sombrero y, no he podido salir porque su peso es mayor que el mío. Y, por favor, deseo que me lleves a beber un poco de agua - Imploró la mariposa.


Yago se quedó impactado por el pedido. Él observó el rostro de la mariposa. A penas se podía ver sus ojitos afligidos y las antenas decaídas. Él no podía ser indiferente ante tanta tristeza. Felizmente, algunos metros más allá encontró un riachuelo. Yago guardó un poco de agua en su boca y le dio gota por gota a la mariposa. En ese instante, la mariposa estiró sus alas y, comenzó a volar de felicidad. Entre sus alas, cayeron polvos mágicos blancos, tipo talco, que rociaron a Yago. Este regalo alivió el corazón enlutado del pequeño cerdito.


Juntos decidieron emprender una nueva vida, sólo se tenían el uno y el otro. Durante el viaje, encontraron una trocha muy angosta y llena de piedras. Pero, había una piedra de colores, que parecía ser una especial. Se miraron y no sabían si valía la pena coger la piedra. Bueno, no había nada que perder pero si mucho por descubrir. La cogieron, la levantaron y, ¡oh, maravilla, debajo de ella había una hormiga!


- Gracias, gracias, por fin puedo ver la luz - Expresó la hormiga.


Era una hormiga igual que las demás, de color negro y pequeño de tamaño. Pero, él poseía algo especial, una piedra.


- Estaba de regreso a casa, hasta que el peso de la piedra me ganó y me aplastó. Ahora, con la ayuda de ustedes el peso será menor - Explicó la hormiga.


Esta piedra era especial porque era la última que le faltaba para terminar de construir su casa. Pero, ahora, no sólo iba a tener por fin una casa sino también un hogar.


Yago, la mariposa y la hormiga vivirían juntos.


¡Qué bonito fue admirar a tres animalitos que se encontraron en el camino y, construyeron juntos una nueva vida!



Autora: Nelly Shisco Calvo


Este relato lo escribió en el taller "Como Me Da La Gana" en el colegio Clorinda Matto de Turner en S.M.P


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