TRÁMITE BANCARIO


Imagen: Pixabay

La digitalización ha permitido que hagamos muchos trámites en un dos por tres; sin embargo, aún hay otros que debemos hacer de forma presencial, lo que significa formar colas, las cuales en esta cuarentena se han hecho interminables. La frustración por el tráfico ha sido reemplazada por la de la espera en colas. Como Enrique relata.



Situación


POR LA MAÑANA, LUEGO DE HABER SALIDO CON MI PERRO PARA QUE ORINARA, y de haber tomado desayuno en compañía de mi viejo, salí con dirección al banco. Debía recoger una tarjeta de débito. La semana anterior, a petición de mis empleadores, había abierto una cuenta en el BCP. Por alguna razón las transferencias interbancarias vía aplicación no estaban funcionando. Que yo tuviera una cuenta en el banco con el que ellos trabajaban era cada vez más imprescindible.

Además, como las deudas con la pollera y la bodeguera venían acumulándose desde hacía unas tres semanas, era menester amortizarlas, sobre todo para que estas estuvieran dispuestas a seguir fiándonos, en especial ahora, que la cuarentena se había prolongado. Así que, dejando de lado mi escepticismo sobre la seguridad digital, abrí una cuenta vía web la tarde de un lunes. Aquella misma tarde me hicieron efectivo el depósito, con lo cual, más tranquilos mi viejo y yo, esperamos unos días más antes de hacer las amortizaciones. Al llegar el fin de semana decidimos que era momento de hacerlas, por lo que el lunes a mitad de mañana me dirigí al banco. Cuando llegué me encontré con una cola de una cuadra de largo. Estuve de pie alrededor de dos horas y solo avancé dos metros.



Solución


Amargo, regresé a mi casa. En el trayecto ideé un plan con el que, según yo, podría retirar mi dinero sin tener que hacer colas: descargaría (dejando nuevamente de lado mi escepticismo) las aplicaciones de ambos bancos (del BCP y del que ya era cliente), para hacerme una transferencia interbancaria yo mismo. Supuse que luego de una semana los problemas ya se habrían disipado. Como del otro banco sí tenía tarjeta, podría irme luego a cualquier cajero o agente a efectuar el retiro. Ya en mi casa puse en marcha mi plan; sin embargo, apenas accedí a una de las aplicaciones me di cuenta de una falla: para poder utilizar la aplicación debía poseer la tarjeta. Solicitaban el número de esta. “¡Puta madre!” exclamé. “¿Qué pasó?” me preguntó mi mamá, que justo subía las escaleras, las cuales daban a mi habitación. “Nada, sino que esto es una huevada. Con sus aplicaciones, que según ellos te hacen la vida más fácil, te hacen perder el tiempo. No solo debes borrar archivos para poder descargarlas, sino que también debes crear nuevas contraseñas, como si no fueran suficientes ya las de Facebook, Instagram, Twitter, Gmail, Netflix, Spotify, Uber, Glovo, Rappi, … ¡Mierda! Hasta para descargar un juego se necesita un usuario y una clave. ¿Qué te estaba diciendo? ¡Ah ya! Y los estúpidos ni siquiera son coherentes. 'Ahórrate las colas' dicen, y cómo pretenden que me las ahorre si para eso necesito una tarjeta que no tengo y que, para tener, necesito hacer una cola. O sea, si van a abrirte una cuenta de manera online, por lo menos que te envíen un código, una contraseña provisional para que puedas realizar las operaciones hasta que recojas la tarjeta, si no, ¿cuál es el chiste? Te abren la cuenta, pero por gusto. No la puedes usar. Te ahorras la cola ese día, pero te la comes al siguiente. Postergas lo inevitable. Vaya gerente de marketing que tienen”.



Trayecto


Luego de eso cavilé unos momentos y llegué a la conclusión de que al día siguiente tendría que ir a primera hora, apenas comenzaran a atender. Así lo hice. Tal como lo expliqué, paseé a mi perro, tomé desayuno y salí al banco. Para llegar a él debía cruzar un parque, un mercado y un par de cuadras de una avenida. El parque lucía vacío. Dentro de las rejas que lo cercaban no había perros ni gente. El gras, lo poco que quedaba de él, poseía un tono cetrino, al igual que las palmeras, de casi cinco metros de altura. Los demás árboles, crecidos tal como los pocos nutrientes de la tierra y la abundante luz solar de los últimos meses se los había permitido, comenzaban a deshojarse. Sobre las veredas circundantes la gente transitaba en ambas direcciones: hacia el mercado y desde el mercado. Andaban de a uno, o de a dos, como danzando: apresurando el paso, frenándose, ladeándose, descendiendo a la pista para adelantar a uno que otro, y volviendo luego a la acera.


Todos ellos, con máscaras, procuraban evitar el contacto social; sin embargo, la línea entre el absurdo y la coherencia de sus acciones comenzaba a borrarse. No eran más que seres robotizados que seguían las instrucciones vistas en una caja con imágenes en alta definición. La lógica se había disipado de sus mentes. Las sinapsis entre sus neuronas eran tan pobres como las conexiones de un circuito diseñado por un estudiante de primer ciclo de electrónica. Sus axones emitían unos y ceros, pero estos se perdían en el espacio de su masa grisácea. Hacían colas en los puestos de pollo, de carne, de fruta y de verduras, manteniendo su distancia de un metro con el de adelante y con el de atrás, pero ignorando sus flancos, donde a escasos centímetros otras filas serpenteaban. Recibían las bolsas y entregaban el dinero con la misma mano con la que se acomodaban las mascarillas. Se desinfectaban con gel y luego se apoyaban en paredes y rejas porque los agotaba estar de pie. Usaban mamelucos, pero limpiaban sus gafas en las superficies de estos porque se les empañaban. Pero no importaba, ellos seguían las instrucciones. Las seguían…



Espera


Al llegar al banco me di con que la cola tenía la misma longitud que el día anterior, a pesar de que aún faltaban diez minutos para las nueve, que era cuando comenzaban a atender. Esta vez avanzó más rápido, pues al cabo de una hora ya me hallaba en la entrada. Sin embargo, estando ahí tuve que esperar como treinta minutos más antes de que me permitieran entrar. Me compadecí por los que estaban detrás de mí: ya habían dado la vuelta a la esquina. En lo que esperaba, y en lo que me desplazaba alrededor del perímetro de un círculo de un pie de radio que habían pintado en el suelo, pude observar que las calles habían cobrado más movimiento. Taxis, autos particulares y mototaxis pasaban con frecuencia, al igual que andobas zigzagueaban entre las cuatro colas que confluían en la escalinata del banco (ventanilla, plataforma, cajero y depósitos). De cuando en cuando se aparecía alguno en la entrada y, luego de intercambiar palabra con la vieja que desinfectaba las manos a todo aquel que ingresaba, se sumaba a alguna de las filas. Otros, por el contrario, ingresaban de frente.

Al lado del banco había una casa en cuya pared un anuncio estaba pegado: “Se venden mascarillas, protectores y mamelucos”. Tenía, entre su entrada principal y la vereda, un diminuto espacio cercado por un muro chato, desde el que se levantaban barrotes de hierro. Alrededor de estos una malla metálica impedía que un Bassent Hound cachorro se escapara. Algunos de la fila lo acariciaban y se reían al verlo jugar solo: corría de un lado a otro, brincando y sosteniendo una bolsa vacía en el hocico. Sin embargo, cuando lloraba ante el paso de otro perro, o ante la imposibilidad de entrar a su “hogar”, todos permanecían impasibles. El cachorro, visto ahí, parecía no ser más que un anzuelo, un objeto que el comerciante había colocado para atrapar la atención de los transeúntes, con el propósito de que se fijaran en su cartel.

Finalmente, cuando pude ingresar al banco, tuve que esperar un poco más. Yo iba a plataforma, y las dos que había estaban ocupadas por el chico que había estado delante de mí en la fila, y por un viejo que no sabía de dónde había salido. El hombre al que habían dejado pasar junto conmigo comenzó a renegar. Aunque a mí también me incomodó enterarme que mi espera se debía en parte a ese “espíritu joven”, vestido con unas converse, un pantalón pitillo y un polo con cuello en “V”, pensé que al menos ya me encontraba sentado. Cuando uno de los empleados del banco le preguntó al hombre si todo estaba bien, pues había notado el movimiento desaprobatorio de su cabeza, el hombre respondió que sí. Sin embargo, al alejarse el empleado, no dudó en mandarlo al diablo con un ademán del brazo y unos susurros.


Habían pasado unos veinte minutos cuando la entrevista del viejo llegaba por fin, a su fin. “Se acerca a ventanilla con esto” le dijo la oficinista, a la vez que le entregaba unos documentos. “Y luego de que se lo hayan sellado, regresa aquí. Le voy a decir a mi compañero que lo deje pasar directamente”, finalizó, señalando al empleado que momentos antes había interactuado con el hombre. “¡Oh, no es necesario!” exclamó el viejo. “Ya mañana vengo. Total, no hay mucha gente. Es rápido”



Enrique Arellano tiene 25 años y es editor, escritor y entrenador. Estudió ingeniería electrónica en la Universidad Alas Peruanas, pero jamás ha ejercido. Fue alumno de Machucabotones en el 2018. Actualmente trabaja en su primer libro.



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