Un lápiz versátil y su coqueto tajador...



[#RelatoErótico]


Miré impaciente el reloj que colgaba en la parte alta de la pared marcaba las 5 y 40 de la tarde. Ya faltaba poco. No veía la hora que acabe la reunión de una puta vez. ¡Uf! Después de hora y media, por fin terminó. Saco el celular de la cartera: tres llamadas perdidas. Perico debe pensar que me eché para atrás otra vez. Si supiera que estoy más que lista para esta noche. Le devuelvo la llamada. Perico contesta a la segunda timbrada.


—¡Ay, Periquito! Discúlpame, la reunión se prolongó —dije apenas escuché su Aló.


—Tranquila, preciosa…yo también me he prolongado con solo ver tu nombre en la pantalla del celular —respondió muy pícaro.


—¡Qué gusto escuchar eso!... ¿vienes por mí? —pregunté ansiosa.


—Por supuesto, tú mandas, yo obedezco… hoy soy tu fercho, tu natacho, tu esclavo, tu acusado…llevaré el lápiz para tajarlo. —dijo sorpresivamente Perico, lo cual me desconcertó.


—¿Qué? ¿Qué lápiz? No entendí —contesté confundida.


—Lo siento, amor, es que pasaron unas viejitas y tuve que hablar en clave…¡ya pues! ¡Tienes que estar atenta a todas las jugadas! ¿qué pasa contigo, preciosita? —exclamó el perico travieso.


—Jajajaja…ok ok yo sería el tajador –dije confirmando el sentido de la clave.


—¡Correcto!…yo sería el mongol listo para que tu coqueto tajador le saque punta fina… y es que… hay que escribir bien, pues, cómo se debe ¿no crees?...y como mi letra es fea, necesitaré que además de la tajada, me ayudes con la caligrafía.

—Ok, mongol, debo colgar para mandar unos correos…te espero.


—Ok coqueta tajadora, debes saber que mi lápiz está emocionado —dijo Perico. Le colgué abruptamente al percatarme de unos compañeros de trabajo que entraron a la sala de reuniones, importunando nuestra tan discreta y calentona conversación. Estaba sonrojada, cuando ellos preguntaron la razón atiné a decirles que probablemente tenía fiebre y por eso me iría temprano. Uno de ellos se acercó para tocarme la frente, yo me aparté, y salía a prisa hacia la recepción. Si supieran que la calentura no estaba en mi frente.


Los minutos avanzaban y Perico me enviaba emoticones sugerentes desde una carita con beso y corazón, a una con lengua afuera, luego vendrían las salchichas, berenjenas, huevos y por último escribió “mejor me detengo porque ya estoy así” enviando el emoticon del brazo musculoso con puño hacia arriba. ¡Ay, Perico! Mientras más excitado estás, más ingenioso te pones. Eso me encantaba.


Pensar que en la primera cita, mis expectativas sobre él eran menos que cero. Si bien había química en varios aspectos, cada vez con menos filtros mentales en nuestras ácidas y humorísticas conversaciones, que trataban desde lo más trascendente de los acontecimientos sociopolíticos hasta los nuevos videos que causaban tendencia en redes; igual tenía dudas sobre su resistencia y desempeño sexual. Pensaba: “Si nos sentíamos bien fuera de una cama ¿cómo nos sentiríamos en ella?”. Estas dudas se convirtieron en ansias por descubrirlo. Al recordar nuestra primera cita real, nuestro primer beso, las primeras caricias que fueron el inicio de nada, de algo, de mucho. Me doy cuenta que nos tomó tiempo aceptarlo.


Como en todas las primeras veces, los nervios estuvieron presentes, pero no hay nada que un buen chardonnay no pueda superar. Esta primera vez, fue diferente: yo no tenía veinte años, ni me estaba escapando de Lima para que nadie me reconozca y descubra que me fugo para tirar fuera de la ciudad; ni tenía a ningún ex amor incrustado en la cabeza que buscaba arrancar con desfogue pasional; esta vez, no. Esta vez era yo, siendo yo, y él, siendo sólo él.


Al besar a Perico por primera vez, sentí algo parecido a la corriente eléctrica, no sé si sería el frío o el hecho que en aquella época él era el man de la energía, no lo sé. Pese a la electricidad que experimenté con su primer beso, igual tenía dudas sobre el performance de este Perico. Puntos a favor: su experiencia, su olor, sus manos, su voz, su “todo-lo-sabe” y otros factores más. Puntos en contra: su edad (recién estrenado en el medio siglo de vida y yo con menos de quince años de diferencia) y su aparente escaso hábito del ejercicio; creía que se cansaría al toque y que el éxito de la sesión pasional dependería solo de mí, pero todo esos puntos en contra, resultaron a su favor. Dejé el prejuicio a un lado y sin muchas expectativas decidí quitarme los filtros mentales que quedaban, más tarde me quitaría los filtros textiles que me sobraban. Perico, consciente de la energía que tenían sus manos y el efecto de éstas en mi cuerpo, fue tierno y perceptivo al contacto con mi piel. Susurraría: “sorpréndeme, preciosa, suéltate, quiero ver ese lado que nadie conocía de ti”. Y muy obediente, hice caso. Ambos despejamos las dudas y superamos nuestras expectativas. Desde aquél día no faltaron los elementos esenciales: su fuego, mi soltura y, claro, el lápiz y el tajador, ¿y la corriente eléctrica? Seguía ahí. Aquella corriente que nos acompañó las muchas primeras veces de todo lo que hicimos juntos, a la cual me adapté.


Ahora eres tú la que te estás demorando haciendo no-sé-qué” dije despertando de mis primerizos recuerdos. Cerré la oficina calculando su habitual demora. Perico llegó diez minutos después de lo acordado, no era de sorprender. Al salir del edificio, divisé su auto. Hablaba por el manos libres del celular, parecía discutir con alguien. “Pinche ecuatoriano, otra vez lo esta hueveando”, pensé. Se despidió de su interlocutor y me miró a punto de cruzar hacia él. Crucé, pasando delante del auto, nos seguimos con la mirada sin pestañar. Entré al auto.


—Podrías estar menos potente, digo ¿no?...tengo que manejar y mira cómo me pusiste– dijo Perico, señalándome con los ojos el bulto que se había formado y que presionaba la cremallera de su pantalón beige. Arrancó el auto.


—Perdón, no fue mi intención…entonces ya no te diré que hoy olvidé ponerme ropa interior…ya sabes lo distraída que soy y más cuando salgo volando… ¡Cuidado! ¡Perico, estamos en luz roja.

Aquella noche, tajamos el lápiz y mejoramos su caligrafía y yo me sorprendí de lo buena profesora que puedo ser.


En cuestión de tres semanas, este hombre pasó de ser “Perico de los Palotes” a alguien que ya no pasaba desapercibido por los reflectores de cierto segmento de la prensa y medios de comunicación de esta sociedad. Pese a ello, nos ingeniábamos para vernos sin ser vistos, seríamos más cautos pero sin privarnos de nosotros pese a su apretada agenda. Los emoticones y los audiomensajes no faltaban. Cerezas, berenjenas, plátanos y claro, los infaltables lápices y uno que otro emoticon similar al de un tajador. Luego, las escapadas de diez minutos en las noches, cuando ya era muy tarde, en las que aparecía en mi puerta, muy cansado, solo para darme un beso y encenderme de tal manera que solo una ducha fría me consolaba antes de dormir.


Pronto llegaría el feriado por celebraciones de una cumbre internacional que se realizaba en la ciudad; y pensaba en todas las cosas que tenía que hacer para aprovecharlo, y en algún plan con mi Perico, además. Este hombre me inquietaba de solo pensar en él y en su inquieto lápiz. Le escribí temprano para preguntar si era posible almorzar juntos. Él aceptó, esta vez él escogería el lugar y me pasaría la dirección. “¡Ah, Perico! ¿Qué estarás tramando?” pensé al leer el mensaje.

A las doce con cuarenta y cinco, me enviaría la dirección del lugar. Un restaurante de Chacarilla que tenía unos ambientes privados. Muy cerca del restaurante de nuestra primera cena y nuestro primer beso, cuando él era solo Perico y yo era solo yo; lo cual en mi caso, no ha cambiado, sigo siendo yo. “El lugar se presta para estar fuera del alcance de algún reflector o celular”, según mi paranoico Perico. “Te espero a la 1:30 pm en punto”, decía el último whatsapp. “En punto, dice, cómo no” pensé.


Llegué diez minutos después de la hora indicada y al ingresar me percaté que Perico recién llegaba y era dirigido por el mozo a uno de los ambientes privados al fondo del salón. Desaceleré el paso y esperé que regresara. Pregunté por el ambiente privado en el que me estarían esperando. El mozo muy amablemente me dirigió hacia ese ambiente, separado por una gran mampara de vinos donde se encontraban cuatro mesas. Perico sentado y mirando la carta de vinos, tapándose el rostro mientras me acercaba a él. Me senté lentamente y crucé mis brazos sobre la mesa, esperando el siguiente truco. “Señorita por favor no insista, hay una preciosura que está por llegar…¡oh! Pero si aquí está la preciosura”. Miramos a todos lados y antes que llegue el mozo, nos dimos nuestro beso-saludo. Me encendí.


Almorzamos. Él pidió pollo a la plancha con una ensalada y yo una guiso de pavo. Aprovechamos en charlar algunas cosas de su nuevo puesto y yo le comenté lo cotidiano del mío. Me explicaría algunas cosas que se me ocurrió preguntar y luego fuimos al grano: el plan del feriado largo. Me comentó que tendría una reunión muy temprano con unos “chinitos”, alrededor de las siete de la mañana, para los orientales eso es “a primera hora”. Luego de la reunión iría a buscarme, y pasaríamos el día juntos, porque al día siguiente tendría que viajar por temas de su nuevo puesto, y es que “era parte de”. Yo lo entendía, lo tenía más que asimilado, incluso más que él, creo.

No insinué vernos en la noche porque quería estar lozana por la mañana. Quería un mañanero power y prepararía el ambiente para ello, de solo imaginarlo me emocioné, se me quitó el hambre, ya no quería postre. Al despedirnos, miramos a los lados esperando que el mozo se aleje con la cuenta y la propina, él de espalda a la salida del ambiente, me tomó del rostro con ambas manos y nos dimos nuestro beso-despedida. Él se encendió, sus manos fueron directo a mi espalda y bajaron hasta mi nalgas y las palmoteó, me encantaba que haga eso. Yo salí primero, crucé el salón grande del restaurante, con mirada fija a la salida, ningún comensal sospechaba que mis mejillas estaban rosadas por aquel palmoteo. Ya en la calle pasé por el lado de su chófer quien se preparaba para abrirle la puerta. Mi taxi se estacionó justo detrás de su auto. Durante el trayecto me sentí su escolta. Sería un presagio, quizá.


Al día siguiente, desperté temprano y bebí algo de café mientras pensaba cómo sorprenderlo cuando llegue. Y empezó el cálculo: si su reunión empezaría las 7:00 am, se saludan con las miles de venias orientales, los chinitos comenzarían explicando su propuesta en su insipiente o nulo inglés y alguno del grupo los traduce. Perico, haciendo gala de su perfecto inglés, haría bromas agringadas y algunas criollas. Los chinitos se reirían por inercia, no porque lo entiendan. Se ponen serios otra vez, retoman la exposición y sus posiciones. Perico los convence, ellos se resistirán al principio, pero al final se estrecharán las manos prometiéndose que la siguiente reunión será en el continente oriental. Se despiden con la venia cabecera hasta que les dé torticolis o la puerta del ascensor se cierre, lo que ocurra primero. Perico se demoraría en hacer eso que no-sé-qué-es pero que siempre lo demora, y finalmente llegará aquí a las diez y media, con todo y su habitual demora.


Empecé con la operación “mañanero”. Arreglé el cuarto, la sala, la cocina, el baño, los espejos. Mientras cantaba cual chimoltrufia, a viva voz “love me like you do..lo lo lo love me like you do…what are you waiting foooor…” Arreglé la cama, el lecho en el que mi amado Perico yacería y me haría gritar y sudar de placer. De solo imaginarnos en la cama, me inquieté y puse algo de aceite de canela y pachuli en el quemador-candelabro de mi mesa de noche, lo encendería apenas llegue. Para recrear el ambiente, puse un antifaz al pie de la cama, unos dados muy gráficos y unas pantaletas blancas que me pondría luego de bañarme. Lo recibiría con un bividi negro con el estampado “I am your angel”. Mientras escogía la crema que me embadurnaría y que haría que sus manos surfear por toda mi anatomía, entró un mensaje: “la reunión terminó, salgo para allá…estaré en menos de 10”. Fui a la sala, acomodé los cojines, apilé las revistas de la mesa de centro. “10 minutos en tiempo Perico son 30 minutos en tiempo real…mejor que me encuentre en toalla…sí, mejor”, pensé mientras sacudía el polvo del librero, del centro de entretenimiento, acomodé algunos libros. El timbre. Seguro algún vendedor. Le diré que no quiero comprar nada y me meteré a bañar.


–Buenos días –dije al levantar el intercomunicador.


–Hola –una voz pícara ¡Carajo! Era él. –¡Yuju! ¿Me abres?


–Sí claro –presioné el botón. Me vi en el reflejo de la ventana, estaba un desastre. Un moño alto, un buzo más que suelto que se arrastraba por el suelo, mi polo blanco suelto, nada sexy, no sabía qué hacer. Me quité los guantes amarillos de lona, los tiré en la lavandería.


Pensé en dejar la puerta abierta y meterme corriendo a la ducha, pero era tarde, apenas abrí la puerta del departamento, él estaba ahí. Estaba tan elegante con un terno negro, corbata verte limón, camisa blanca que hacían juego con los gemelos de plata en cada puño. Su olor era delicioso y varonil. Me sentí avergonzada por mi malaspectoso atuendo y me sonrojé. Él, pese a mi facha, me comía con los ojos. Se sorprendió que no me lanzara sobre él.


–¿Así se saluda a un rock star?


–No, pero mírame, estoy un asco…primero me meto a la ducha ¿ya?


Me miró y con su sonrisa de lado me ordenó, con ese tono de mando que sabía aplicar muy bien en mí, que me bañara, entonces, si tanta vergüenza sentía. Corrí hacia el baño, mientras se burlaba de mí diciendo “Te he visto tan al natural, tantas veces, de todas las formas posibles, que no logro entender de qué te avergüenzas ahora”. Perico en la puerta del baño y yo desnuda metiéndome a la ducha para eliminar mi incomprensible vergüenza por mi atuendo de mendiga frente a su impecable terno.


Me duché pensando en su elegancia y lo sensual que sería estar desnuda frente a él y su terno negro. Mis pensamientos fueron interrumpidos con su sorpresiva afirmación: “pensándolo bien, y ya que siempre hablas de la igualdad entre hombres y mujeres, del enfoque de género y todo ese rollo, creo no está bien que la cosa aquí no esté pareja”. No entendí a qué se refería, y en menos de dos minutos, estaba desnudo y dentro de la ducha. Me tomó por detrás y susurró al oído: “ahora los dos estamos desnudos, estamos iguales y ya no tienes de qué sentir vergüenza...No sabes todo lo que he pensado mientras venía para acá, todo lo que pienso hacerte”. Su voz, su boca, el agua y sus manos en mis pechos, fueron la combinación perfecta para encendernos. La ducha fue el escenario para los dos primeros polvos de la mañana. Un mañanero más húmedo de lo que me imaginé. Al terminar, nos secamos uno al otro; y otra vez, nos mojamos, nos besamos, nos lamimos, nos mordimos, nos reírnos, nos amamos.


Envueltos en toallas, vimos una película abrazados en el sillón, me contó de su reunión, muy parecida a la que imaginé. Perico imitaba tan bien los acentos y dialectos extranjeros que me hacía llorar de risa, también. Luego de intensas conversaciones semidesnudos y con las piernas entrelazadas, jugamos al “yo tengo más pecas que tú”, competencia que terminó en empate y en meternos mano, otra vez. Nos interrumpió el delivery que ordenamos, y es que debíamos almorzar como gente civilizada, dejando el canibalismo de lado, al menos por un par de horas. Me sentía hambrienta en todos los aspectos. Comimos, reposamos, decidimos retomar fuerzas: vendrían más rounds.

Al despertarnos nos miramos, nos tocamos, nos besamos y volvimos a la ducha por dos más. Fue un largo duchazo, tal cual fueron nuestros mojados polvos. Al terminar estábamos con los dedos arrugados, “hasta arrugadita eres rica” dijo Perico mientras besaba mis dedos y mis manos.


Si bien mi cama no fue la protagonista de aquella mañana como “el lecho de pasión” que tanto demoré en arreglar, pero sirvió para tendernos rendidos. Me pareció increíble la energía y vitalidad de Perico. Los trucos y juegos en la ducha, fueron nuevos y espontáneos. Así como las mordidas y la forma tan peculiar de pasar la esponja por mi cuerpo, los masajes; su aroma, su humedad, mi humedad, su edad, mi edad, fueron los elementos perfectos para un alargado mañanero, en la que perdí la cuenta de los orgasmos que sentí y las tantas veces que él acabó y se repuso en tiempo récord.

Opté por pensar que su lápiz extrañó a mi tajador y por aquella emoción, revivía más rápido de lo habitual. Intenté bromear y le pregunté si había tomado algún caramelo de color azul, se puso serio y lo negó; usaría el viejo truco del “dale vuelta a la tortilla y toma el mango de la sartén” diciendo: “no tengo que recurrir a ningún medicamento de ningún color, si tengo una mujer como tú, así…pese a tus andrajosos outfits, que igual me ponen, tus ojazos, tus nalgas, tus mangos y tu coqueto tajador…ya ves, otra vez se despertó el lápiz…a escribir, Miss”. Pinche Perico, cómo sabías doblegarme. Y otra vez besos, caricias, miradas, sudor, movimientos, mordidas, lengua, más sudor y otra ducha.

Él se fue de madrugada, debía preparar su equipaje para su viaje de trabajo. Lo despedí con un beso, desnuda, colgada de su cuello, él con el terno negro pero sin corbata. Lo vi partir en su camioneta color rojo hasta el final de la calle. “No te vayas, Periquito” me sorprendí diciendo pegada a la ventana. Creo que él sabía que aquella sería nuestra última vez. Me hubiera gustado saberlo también.


A la semana siguiente, no supe nada de Perico. Envié mensajes, lo llamé y él no respondió. Me preocupé. Indagué a través de personas que tenemos en común, aquellos que ignoraban que él era mi lápiz y yo su tajador, quienes me confirmarían que aún vivía y que tenía mucho trabajo. Empecé a preocuparme, luego a molestarme. Acto seguido: la reconstrucción de los hechos. Revisé los últimos mensajes, repasé mentalmente nuestra última conversación para tratar de encontrar respuestas, pero nada. Luego de varios días, varia semanas, él apareció. “Hola, perdóname por desaparecer, por no responder, necesito conversar, ¿podemos almorzar hoy?”. Respondí al mensaje aceptando la invitación.


Llegué al lugar. Esa vez, fui yo quien demoró. Y es que media hora antes de salir, estuve en el baño, frente al espejo tratando de analizar las posibles alternativas de “la conversación”. La primera: “él terminará conmigo”, y la pregunta de cajón ¿por qué? ¿yo qué hice?. Si es eso, dignamente pediré una explicación y develaremos el misterio de una puta vez. La segunda: se han enterado de lo nuestro, que tienen fotos, videos, ¡ampay al Perico! Si fuera eso, le daré tranquilidad, total, no hacemos nada malo, le diré que no me interesa lo que diga el resto, yo lo quiero y con eso basta, luego lo beso y salimos del lugar de la mano, nos damos un beso frente a todos los del lugar, como en la película “American Sweetheart”, solo que él no es John Cusack ni yo Julia Roberts, pero bueno la idea es esa. Me volví a mirar al espejo, mojé mi rostro y con las manos en la cara, pensé en la Tercera Alternativa: ¿y si conoció a alguien más? ¡Maldito, perro, eso no me lo esperaba! si eso es, le tiraré el vaso o la copa de agua en la cara, ¡ay, siempre quise hacer eso!, y me retiraría dignamente, moviendo mi ondulada cabellera y contorneándome como latina en Hollywood. Recibo un mensaje de Perico. “Ya llegué”. Otra vez sospechosamente puntual. Lo que sea debo saberlo ya.


Al llegar al restaurante, no hubo beso-saludo, solo uno tímido en la mejilla. Esta vez fue en un restaurante miraflorino. El lugar estaba atiborrado. Nos sentamos en lo más público del salón, una mesa en el centro. Él se notaba nervioso. Dejé que hable. Se disculpó por su extraña ausencia. Habló de su trabajo, sus viajes, su estrés, divagaba. Se empezaría a ramificar. “Perico, enfócate, no quieres hablar de tus viajes…vamos, suéltalo” dije de forma tajante, tomé al toro por las astas, para eso estábamos aquí. Y empezó con la explicación:


Después que pasamos aquél día juntos, tenía que viajar como te dije, y recibí una llamada cuando me disponía salir para el aeropuerto. Era una de mis hijas, me pedía conversar apenas regrese. Así fue, a mi regreso las esperé en el departamento. Estaba un poco angustiado. No te conté porque no quería preocuparte. En fin…ellas llegaron, hablamos un poco de los parciales que rindieron y de sus cursos de los nuevos ciclos; y como no podía más con mi angustia, les pedí que fuéramos al grano. Mi hija mayor me reprocharía que en estos casi dos años en que su madre y yo estamos separados, ellas han notado que para mí ha sido fácil rehacer mi vida, pero no para su mamá, y que no lo será. Me reclamaron que no era justo para ellas, que tienen sueños y metas, que mi hija mayor tuvo que dejar pasar el postular al programa de intercambio que ofrecía la universidad, porque dice que no puedo dejar a su hermana y a su mamá solas. Me reclamaron lo egoísta que he sido todo este tiempo, que su madre estaba sola y por eso una de las dos siempre tendrá que estar cerca de ella o con ella, no la pueden dejar… que ella está sola y se siente triste…me incrustaron reclamos y reproches por pensar en mí y no en ellas…y comprenderás que al verlas quebrándose frente a mí, no pude más…tú sabes que las adoro, que ellas son lo más importante para mí…y bueno, hace dos semanas hablé con la madre de mis hijas…–su voz se iba apagando y su cabeza gacha, miraba la servilleta de tela, alisándola, achicándose.– hemos decidido que…por el bien de las chicas vamos a…volver a intentar…volver a estar juntos…por ellas –concluyó Perico, levantando la mirada, buscando mis ojos.


Sentada frente a él, escuché cada palabra como un bravo boxeador que no quiere le cuenten hasta diez. Pero ahí se asomaba aquella maldita sensación que se presenta como lluvia de knock outs. Su anuncio cayó como agua helada desde mi cabeza, recorriendo mi nuca, hombros y toda la espalda. Luego vendrían los latidos acelerados, el dolor en los brazos y los escalofríos. Antes que mi voz empiece a quebrarse y mi cuerpo a temblar, doblé la servilleta y levantando la mirada le dije: “Perico, deseo que tú y tu familia sean muy felices”. Intenté dibujar una sonrisa. Nunca dibujé muy bien. No pude decir más, me levanté y caminé hacia la salida. Apresuré el paso, sentía que mis piernas me abandonarían en cualquier momento como lo hizo mi alma apenas Perico se calló. Me fui. No miré atrás. Apagué el celular y subí al primer taxi que encontré. Camino a la oficina, fue inevitable detener la hemorragia de lágrimas y procederíamos a bloquear todos los accesos a mi desconcertada templanza.


Empezaría el duelo por este amor que se fue, por los sentimientos que debía enterrar y por la jaula vacía que ya no tendría ave cual albergar. Con este duelo, también, vinieron los inevitables episodios post-rompimiento: el huayco de lágrimas, las horas que parecen interminables en el trabajo, las clases o en donde sea que te encuentres; los recuerdos que persiguen y golpean; los ojos hinchados, la fingida congestión, el insomnio, la caparazón con púas que te montas encima, las migrañas; las balas de su nombre directas al pecho cuando te lo nombran o lo lees en el puto diario matutino en tu oficina junto con tu primer café del día. ¡Y es que el mundo confabula! O ¿qué?

Semanas pasaron, meses acabaron, y el duelo, ahí bien, gracias. Esta vez estaría mejor informada y preparada para vivirlo con dignidad, pero igual pasaría por sus etapas, de esas que no me pude escapar: la negación (“no Perico, seguro luego te arrepientes y te das cuenta que tu felicidad soy yo y vendrás a decirme que ya encontraste una solución salomónica para que todos seamos felices, tú vas a solucionar las cosas, tú siempre solucionas todo, tú sabes todo, seguro que sí, mejor tengo un poco de paciencia”); la ira (“¡puto Perico de mierda! Esto no lo pensaste ahorita, y es que una decisión así no se toma de la noche a la mañana, ¡qué estúpida que soy! ¿Por qué Perico? Encima ahora envías correos, no entiendes que te he bloqueado de todo porque no quiero verte, ni leerte, ni oír de ti”); la negociación (“¿qué tal si vamos ocupando la mente en otra cosa? hagamos pilates, natación, volvamos a la dieta, dejemos que el tiempo haga su tarea, evitemos reuniones con las-personas-en-común-con-Perico, cambiemos de periódico matutino, por si acaso); la depresión (te extraño, Perico…me haces falta); y finalmente, la aceptación (Ya no más; Perico no volverá y cualquier pregunta y las respuesta que hayan quedado pendientes, se irán con él… yo te suelto, Perico… y agarro mi periódico matutino, otra vez, no lo voy a esconder más, mi vida debe seguir con o sin él).


Para este duelo, como ya lo dije, fui una scout preparada, tuve a la mano implementos infaltables en un duelo amoroso, algo así como un kit al que llamo “ungüento para los dolores de amor” que contiene: una mantita, películas románticas, comedias de acción, drama, de lo que sea que netflix y los polvos de colores me ofrezcan; buenos libros, mimos de mi mamá, montones de cajas de pañuelitos que deberás llevar en tu cartera, en tu cajón del escritorio, cerca de la pc, en tu sala, en tu baño, en la cocina, en la lavandería, especialmente cerca al detergente, cuando decimos “tenlas a la mano” es a la mano, literal; unas playlist que hagan que tu cuerpo se mueva porque sí y otras que contengan canciones que puedas corear con tus amigas hasta putear al susodicho. Escoge unos ricos chocolates, sin remordimiento, hazlo. En la parte posterior del Kit dice: “Advertencia, el uso y aplicación de los elementos del kit, no implican encierro de la paciente”. He usado el kit y tomé en cuenta la advertencia.


A este proceso de duelo le agregué una etapa más, que la llamó “aprendizaje”. Que contiene las conclusiones y recomendaciones que te planteas al final de todo. Como primera conclusión: toda historia tiene un inicio y un fin, y esta historia acabó, sea como sea pero acabó; segunda: el mundo es un pañuelo y tu ciudad lo es más, prepárate para verlo, escucharlo o leerlo; tercera: que tu alma esté triste no significa que debas privar al cuerpo de los placeres carnales, recuerda que son recomendables para la salud, en este y en cualquier caso; y cuarta: ahora ya sabes que sí, que no y que ya no deseas vivir.

Entre las recomendaciones me sugerí darme gusto cuando se presentara la ocasión o cuando algún prospecto de buen tamaño y “sabe qué hacer con ello” se presente. Darle al cuerpo lo que el cuerpo pida y cuando lo pida.


Al finalizar estas etapas, y a punto de graduarme con honores luego de cursar las etapas, incluso la extra bonus, surgió la pregunta: ¿volveré a hacer el amor? ¿cuándo? Y ¿cómo me gustaría que me lo hicieran?


Lo pensé por unos minutos.


No pensé en Perico ni en la última vez que hicimos el amor.


Esta vez, no.


Esta vez, pensé en mí.


Me gustaría que quien me haga el amor empiece con una buena conversación, que me entretenga, que me atrape, que me envuelva. No hay cosa más excitante para mí que un hombre inteligente, entretenido y ácido. A eso le podemos sumar unas manos grandes, un rico aroma varonil y una mirada penetrante. Eso me gusta, eso me pone.

Una vez enganchada con una buena conversa con temas que fluctúan desde ¿cómo podríamos hacer para salvar al mundo de la contaminación?¿cómo fortalecer los valores en esta sociedad? ¿será posible subir el PBI de este año? ¡Qué terrible lo de Chechenia!...Y seguirla luego con ¿habrá otra temporada de la serie de Luis Miguel? ¿aparecerá Mariah Carey?


Me gustaría que me mire y que al besarme, ese beso sea delatador, ni mucha lengua, mi mucha baba pero sí intenso. Luego, me acaricie toda y que sea tan perceptivo que no necesite que le diga qué, ni dónde ni cómo hacer, sino que sepa leer mi cuerpo, mi lenguaje corporal. El cuerpo sabe, el cuerpo habla.


Me gustaría que me hagan el amor de manera intensa, como lo soy; con ternura e intensidad. No todo debe ser color de rosa, pero sí rojo, púrpura, violeta y con algunas tonalidades pastel, ¿por qué no?


Me gustaría que me hagan el amor explorándome y que me dejen explorar.

Me gustaría que sea un trabajo colaborativo y equitativo, no unipersonal; en el que nos propongamos complacer de cualquier manera que surja.


Leo estas líneas y me imagino la cara de mi madre si las leyera. ¿Qué pensaría? Creo que se uniría a la puteada grupal contra Perico. Quizá se escandalizaría al leer lo de la ducha y se sentiría orgullosa porque pasé todas las etapas del duelo, ¿qué diría? ¿cómo se lo contaría? ¡Ya sé! le haría una carta, sí, mejor.


Empezaría con: Mamá, te voy a contar la historia de un lápiz y un tajador



Sara Vilchez es abogada.

Y le apasiona la escritura.

Este relato lo escribió en el taller "Aprende a escribir un Relato Erótico" 🔥

Un relato suyo fue incluido en el libro "Tiempos modernos" presentado en la FIL 2018.

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