UNA MADRUGADA EN COMPAÑÍA DE UNA DESCONOCIDA


Imagen: Google Images

Tras una agitada jornada, hay veces en la que nos parece que un abrir y cerrar de ojos representa una eternidad. Pestañeamos y ya es otra hora, otro día, otra realidad. Enrique relata una de esas veces.



Zapping


ENTRÉ A MI HABITACIÓN Y VI A UNA MUJER SENTADA EN MI CAMA, con la espalda apoyada en la pared. Tenía puesta una braga y un polo que supe que era mío por lo grande que le quedaba. Sobre su regazo tenía un recipiente lleno de pop corn, el cual se llevaba a la boca con la mano derecha, mientras que con la izquierda sujetaba el control remoto de la televisión. Esta estaba frente a ella, sobre una cómoda y delante de la ventana, impidiendo el paso de la luz. Me quedé de pie observándola, tratando de reconocer de quién se trataba, mas la tenue luz y el cabello lacio que le cubría parte del rostro, no me permitían hacerlo. Lo único que pude distinguir, además de su tez blanca, fueron sus labios color salmón. Sus piernas eran largas y esbeltas.


De pronto, como si notara recién mi presencia, dirigió su mirada hacia mí y me sonrió. Yo le devolví la sonrisa y me puse cómodo: me quité las zapatillas y las medias, me cambié el pantalón por un short y me senté a su lado. Ella continuaba con el brazo extendido, dirigiendo el control hacia el televisor y machucando los botones sin ningún orden. Levanté la vista para ver qué estaba haciendo y noté que navegaba en el menú principal de Netflix. Cuando al fin escogió una película, recostó su cabeza sobre mi hombro, mientras que yo seguía con atención sus movimientos, si es que acaso la podía reconocer a través de ellos.


Al cabo de un rato empecé a quedarme dormido. Apoyé mi cabeza sobre la suya y cerré los párpados. Me mantuve durante un momento así: sintiendo el aroma de su cabello y escuchando las voces provenientes del aparato. Sin embargo, un “bip” repetitivo me extrajo de mi adormecimiento. Pensé que quizá era el microondas de la cocina avisando que más pop corn estaba listo, aunque no había manera de que así fuera, pues ninguno había puesto a preparar más. Cuando el sonido por fin se calló, las voces también lo hicieron: estaba sumergiéndome en un profundo sueño.




Alba


De pronto, el “bip” sonó de nuevo.


Abrí los ojos y me di cuenta de que estaba recostado en mi cama, cubierto por un par de sábanas. La luz y la televisión estaban apagadas. A través del tul entraban débiles unos rayos de luz. Había amanecido. Me aparté las sábanas de encima, me paré, caminé hacia mi escritorio y apagué mi celular. Era hora de ir a entrenar. Eran las 4:50 de la mañana. Me puse un pantalón, unas medias y unas zapatillas, y me dirigí al baño, donde al entrar cerré la puerta, encendí la luz, me paré delante del lavabo y me observé en el espejo. Observé mi rostro. Mi cabello y mi barba estaban largos; mis ojos, rojos y legañosos; y mis dientes amarillos. Debía dejar de fumar.


Luego observé mi torso y leí el tatuaje que tengo bajo mi clavícula derecha. Es una frase de “Trópico de Cáncer” de Henry Miller: “A world without hope, but no despair”. “Un día a la vez” me dije. Abrí el caño, me lavé la cara y la boca, y volví a mi habitación. Busqué un polo entre la ruma de ropa que tenía sobre mi “hombre de la calle” y, luego de ponérmelo, cogí mi mochila y salí, pero no sin antes ver la imagen de Cristo que tengo sobre el marco de mi puerta. Cuando era niño le rezaba y agradecía por cada día. Ahora, en cambio, me pregunto por qué no la quito y pongo un estante para mis libros. Descendí las escaleras, entré a la cocina, acaricié a mi perro que también ya estaba despierto, y saqué dos panes del repostero.


Salí a la calle.


Al cruzar el parque me encontré con un vecino que le rezaba a la imagen de la virgen:


—Buenos días, ¿cómo está? —dije.


—Buenos días, con que madrugando…


—Así es. Al que madruga, Dios lo ayuda, ¿no dicen?


—Así es. Aunque hoy ha amanecido temprano. Parece que será un día grandioso.


—Sí… eso parece…


Cuando subí al bus, fui a sentarme en la última fila, junto a la ventana. Mientras veía a las personas de la cola encapuchadas, bostezando y frotándose las manos para contrarrestar el frío, pensé nuevamente en la mujer. ¿Quién era? Apoyé mi cabeza en la ventana, abracé mi mochila y cerré mis ojos. Dormiría. Quizá, si tenía suerte, se me volvería a presentar y me sonreiría



Enrique Arellano tiene 25 años y es editor, escritor y entrenador. Estudió ingeniería electrónica en la Universidad Alas Peruanas, pero jamás ha ejercido. Fue alumno de Machucabotones en el 2018. Actualmente trabaja en su primer libro.



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