Voy agarrada del brazo de mi papá...


[ #RELATO ]


Voy tarde, y de por sí, papá es muy puntual. Además, es costumbre suya almorzar temprano, a las 12 del mediodía, máximo 12 y media.


Por fin, después de mucho tiempo podremos reunirnos sólo los dos. Y él podrá tomar un descanso.


El mes pasado fue bastante estresante y doloroso para él.


Estuvo cuidando a una tía, hermana de mi mamá, la cual estaba muy enferma, y lo hizo hasta sus últimos días. Toda esa situación lo deprimió. A mí también me dolió mucho la partida, pero no quise demostrar mis emociones quebradas delante suyo. Sabía que él necesitaba en ese momento, fortaleza. En esta reunión no estará ni mi mamá ni mi hermana. Es bastante difícil que estemos juntos los cuatro sin que se genere algún tipo de discusión. Mi mamá se lleva bastante mal con mi papá desde que tengo uso de razón y siempre encuentra algo por lo cual reclamarme, así aquello sea algo irreal. Con mi hermana menor nunca hay problema alguno. Sin embargo es bonito y especial cuando puedo conversar plenamente con él. Lograr que se relaje y además tener el placer de escuchar sus consejos e historias sin que nadie más nos interrumpa.


Nuestro punto de encuentro es el Jockey Plaza, en la puerta de Tottus, justo por la entrada de la avenida Javier Prado. Cuando llego, veo a mi papá sentado en una banca conversando con un señor que se encuentra al lado suyo. Él acaba de conocerlo y en tan sólo unos minutos de conversación ya le habló de mí. Con el paso de los años, él se ha vuelto una persona altamente sociable y conversa con cualquier persona con la cual se cruce por más de 5 minutos.


- Ella es mi hija, de la que tanto le he hablado – le dice a aquel señor de tez morena con el cual conversa y al cual – muy probablemente – nunca más volveré a ver en toda mi vida.

El señor de tez morena me sonríe y se marcha.


- ¡Padre! ¿Cómo está usted?

- Un poco triste.

- Imagino porqué. Primero dime, ¿Qué se te antoja almorzar? ¿Pastas? ¿Makis? ¿Mariscos? ¿Carnes?

- Carnes ¡Por supuesto! – dice él, muy emocionado.


Voy agarrada del brazo de mi papá, mientras caminamos rumbo al restaurante. Una pequeña sonrisa de satisfacción se dibuja en mi rostro, pues he logrado convencerlo de salir conmigo y que se tome un tiempo de relajo ante tantas situaciones difíciles vividas el mes pasado.

Papá me cuenta que la muerte de mi tía lo hizo reflexionar sobre muchas cosas, y que estaba asimilando su partida. Él está además triste porque ha terminado la relación con su novia. Para mi es toda una sorpresa oír esto, pues jamás me hubiera imaginado que mi papá con lo reservado que suele ser sobre su vida personal pudiera encontrarse enamorado. Estoy ansiosa por querer saberlo todo sobre ella, su nombre, su edad, a que se dedica, como se conocieron ambos.


Él empieza contándome que ella se llama igual que yo, Mónica. Yo sonrío y río levemente y le digo, ¿Es en serio? ¿Se llama igual que yo?


La historia que él me narra es de las más hermosas que uno pueda escuchar. Ambos se conocieron hace unos 45 años atrás en la Universidad Nacional Federico Villarreal, donde estudiaban la carrera de Contabilidad. Durante esos años ambos fueron muy amigos, hubo ligeros coqueteos y algunos que otros besos, pero por diversas razones que el mismo desconoce el vínculo no llegó a más. Ellos perdieron el contacto hasta que 45 años después, la tecnología hizo que ambos coincidieran en un grupo de WhatsApp, donde volvieron a contactarse. Con sus propias palabras mi papá dice: “No tengo nada que ofrecerle económicamente, pero ella está feliz con mi compañía y yo también”.


- ¿Ya saben que van a ordenar? El relato estaba tan interesante que olvidé que nos encontrábamos ya sentados en el restaurante.

Ambos pedimos una parrillada que tiene cerca de 3 tipos diferentes de carne, ensalada y papas fritas. Infaltable fue pedirnos un par de cervezas.

Interrumpo a mi papá antes que prosiga, porque quiero saber el motivo por el cual ambos han terminado.

- No la llamé por el día de la madre, no me lo va a perdonar – dice él

- ¿Y por qué no la llamaste?

- Estuve con el tema de tu tía hasta el final y para variar tu mamá estuvo insoportable, deprimida y no podía dejarla sola. A pesar de estar separados, siento que tengo un deber de honor con ella. Mónica finalmente decidió terminar conmigo por mensaje, y me lo merezco. Yo no le contesté las últimas llamadas y no la saludé en esa fecha especial. Ya llevamos cerca de dos semanas sin hablarnos y me acabo de enterar por el grupo de Whatsapp que la han hospitalizado.

- ¿Y? ¿Qué esperas para llamarla e ir a verla?

- No sé, quizá ni me reciba

- Te pido por favor, papá, que al menos hagas el intento o vayas a visitarla. ¿Sabes en que clínica está?

- Sí, está en el Hospital Edgardo Rebagliati de Essalud. En el grupo de Whatsapp lo informaron. Pero la verdad es que tengo miedo que ella no quiera recibirme.

Mi papá bebe un sorbo de cerveza, y algo melancólico se dirige hacia mí:

- Seguro te parece un poco ridículo que a mis 70 años me sienta así y te esté contando estas cosas.

- Para nada papá, al contrario me hace muy feliz saber que tú también lo eres. Pero por favor, te lo ruego si es posible, llámala y anda a verla.

- Sólo te pido que no le comentes nada a tu mamá – dice él.

- Justo iba a preguntarte si ella sabía sobre esto. Pero veo que no. No te preocupes que no le diré nada.


Papá cambia de tema y comienza a agradecerme por el almuerzo que hoy estamos teniendo. Está muy satisfecho y me dice riendo un poco que volvería a este lugar, siempre y cuando yo lo invite. Muy típico de él, reponerse de la nostalgia, con un par de bromas.


El lugar comienza a llenarse con muchos comensales, entre ellos familias con niños pequeños.

Son aproximadamente las 2 y media de la tarde de un 2 de junio, con un caprichoso sol que aún no quiere darle la posta al otoño. Papá y yo hemos terminado de almorzar.

Él me sonríe y agradece por el tiempo compartido.


- No la llamaré – dice él

- ¿Por qué? – lo interrumpo enérgicamente

- Iré directamente a verla – dice muy firme, él

- Gracias a Dios, que me escuchaste.


Finalmente la historia tuvo un final feliz. Papá pudo reunirse con su novia Mónica en el hospital y ambos se reconciliaron.


Por mi parte, yo recuerdo siempre esta escena compartida con él, pues por esas ironías de la vida, terminé yo – en mi corta experiencia – aconsejándolo. Y lo que es mejor, es que me hizo caso, y logré que tenga un motivo más para volver a sonreír ■


Mónica Chang

Alumna Machucabotones / Del Taller Como Me Da La Gana.


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