CÉSAR

BEDÓN

RIVERA

"Del esbozo a la obra el camino se hace de rodillas" escribió Vladimir Holan.

Desde el 2015 trabajo esforzadamente en mi primera novela, "Vocales y consonantes".

PELEANDO CON TU SOMBRA

En el 2004, cuando trabajaba en el área de publicaciones del diario El Comercio, fui convocado junto con otros escritores para concretar una idea de Bernardo Roca Rey: publicar una serie de entregas de "crónica negra" que vendrían como un encarte adjunto al diario una vez por semana (creo recordar que estas "Crónicas de la ciudad" salieron los viernes). Fabrizio Torres del Águila, editor del proyecto, me asignó el tema "Mario Broncano".

Algunas personas dirán que Mario representa una institución peruana: la de la promesa incumplida. Yo diré únicamente que Mario me pareció un personaje conmovedor, y que buscarlo por Magdalena durante varios días -me decían que cuidaba carros- fue una experiencia rara, probablemente la única vez en que un periodista de escritorio, como yo, hizo algo parecido a "gastar la suela de sus zapatos", que es algo que se le reclama a tantos periodistas hoy.

Sobre el texto, prefiero no hacer mayores comentarios. Fue escrito hace más de 10 años, y aunque sigue pareciéndome publicable, encuentro varios defectos de ritmo y claridad. Pero ahí los dejo, para que también se luzcan. Resultó fundamental para la escritura de este texto una cinta VHS de la famosa pelea de Mario Broncano en el penal de Lurigancho, que terminó siendo un elemento central, y que me permitió hacer algo que me interesaba mucho entonces: la narración de actividad física. Alguna influencia de Vargas Llosa hay en la estructura y en el armado de algunas frases, especialmente al inicio, las cuales generaron desconcierto en el corrector de estilo.

Gracias a mi jefa de entonces, María Elena Cornejo, y al editor Fabrizio Torres del Águila.

 

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PELEANDO CON TU SOMBRA

Las luces, la fama, la pasta, la cárcel. Vida y milagros de Mario Broncano.

Por César Bedón Rivera.

 

Quien lo acompaña es Manarelli, le está llevando los guantes. El del costado es el entrenador. El fotógrafo sigue mirándolos a los tres por el visor de su cámara: está delante de ellos, una foto, caminando en retroceso, otra foto. Él avanza mirando hacia el suelo, tiene las manos vendadas. Viste casaca negra con capucha. Mueve la boca y grita algo, la capucha tapa sus ojos. La música se eleva, el público se pone de pie cuando el presentador entona ahí se acerca Mario Broncano. Público invitado e internos comparten una noche histórica del boxeo profesional con la vuelta de Mariooo Broncanooo.

Ya está dentro del ring. Tres cuerdas paralelas a su alrededor: rojo, blanco, rojo. La cámara de televisión hace un zoom pero la capucha tapa sus ojos. En esta esquina un muchacho toca el cajón, más allá dos chicas mueven las caderas y sonríen, negras, mostrando sus dientes alineados... Broncano se descubre la cabeza. Tiene el pelo muy corto y un tajo en el pómulo. Está sudando bajo las luces, está dando saltos. Ahora empieza a hacer fintas y el público en el penal de Lurigancho, los guardias, todos aplauden. Rápidamente Manarelli le quita, Broncano mira al público, la casaca y la hace a un lado, que aplaude más fuerte aún. Sus ojos no dicen nada. El presentador anuncia que Mario Broncano mide 1 metro con 68 centímetros. En la mañana pesó 62 kilos y medio. Su cuerpo luce en buena forma, tiene el brazo izquierdo rayado con cicatrices. Están poniéndole los guantes.

—Destrózalo —le grita Manarelli.

—Fue un espectáculo tremendo, hermano —me dice Jorge Bartra.

Bartra abre los ojos como si estuviera viéndolo todo aún: estamos en la sala de su casa, en La Victoria, se ha acomodado en el sillón para contarme cómo en 1995 organizó una pelea de box en Lurigancho. Era el regreso de Mario Broncano, tras casi dos años en cana. Robo a mano armada. Le faltaba poco para salir.

—Un día fui a verlo, al Cheratón. Así le decían al lugar donde se juntaban los presos pitucos: como el Sheraton pues. Broncano andaba por ahí con Manarelli, esa gente. Total que converso con él: necesito guantes, me dice. Ya, no te preocupes, te voy a conseguir guantes, le digo.

Bartra sonríe. Su esposa apaga el televisor, luego se va.

—Entonces el coronel me dice: el pabellón está hecho una desgracia, por qué no organizamos algo. Y yo recordé que antes había ido la selección de México 70, para jugar con los presos. Entonces le digo: por qué no hacemos una pelea de boxeo.

Fue la primera pelea que se transmitió, para el extranjero, desde el interior de un penal. Bartra estaba feliz. Incluso le aconsejaron que se inscribiera en el libro de Guiness. Ese día, la caravana con gente salió desde el Estadio Nacional: cuatro ómnibus, un patrullero adelante, otro atrás, un helicóptero con las cámaras del canal cuatro. A Lurigancho. 35 países se colgaron de la señal.

—Ahí fue cuando me metió cabeza Crousillat —dice Bartra.

—El aplauso fuerte para José Francisco Crousillat —entona el presentador. El público en el penal aplaude, el gerente de la emisora sonríe. Lleva fotocheck de invitado: no es un recluso. No aún. El presentador pide otro aplauso fuerte, damas y caballeros, para el director del Instituto Nacional Penitenciario. Gracias a quienes hacen posible la gran esperanza del retorno a la sociedad de Mario Broncano, en esta noche de boxeo profesional. Su rival: Juan Peña, el muchacho de la colita.

Primer round. De cuclillas en su esquina Broncano hace la señal de la cruz y entonces gira para ir a encontrarse con Peña que parece sorprendido ante ese primer golpe, que esquiva. Apenas: lo devuelve. Se separan, rápido. Broncano está quieto ahora en el centro del ring, su espalda oscura llena de manchas oscuras, una puñalada en el hombro izquierdo condiciona su defensa desde hace años. Baja y sube los brazos paseando ahora en torno, un golpe, a Peña que acaba de darle con la derecha en el hígado.

Intercambian golpes sin importancia. Se están tasando. Broncano orbita alrededor de su oponente, primero en un sentido, después en el inverso. Broncano ni siquiera alcanzaba los 40 kilos cuando tenía 12 años.

Era pequeñito y delgado en esa época. Las fotos que aún existen no están acompañadas de ningún titular: nadie sabe que va a ser boxeador, ni él mismo adivina que un día peleará en Lurigancho o que una mañana tomará el periódico y leerá BRONCANO PIERDE EL OJO. En esa época todos viven en el mismo cuarto: su mamá sale temprano a trabajar, el esposo es chofer de la línea 10: el moradito. Son cinco hermanos.

Broncano no es aún Broncano. Ha sido detenido por algunas infracciones menores, robo de autopartes, quizás le han descubierto terokal pero no pasta. Un día su mamá lo encuentra durmiendo en un quiosco, se lo lleva de vuelta a la casa y le pone ropa de mujer para que no escape de nuevo. Otra vez se quita a La Parada y roba una bicicleta. Ocasionalmente Mario sale con su padrastro, él lo sienta en sus piernas mientras conduce el ómnibus, despacio, rumbo al cementerio. Otras veces se va a robar fruta: un día cambia un cajón de uvas por entradas para el estadio. Lo acompaña su amigo, es que jugaba Alianza.

Cuando sea famoso Mario dirá que ingresó al reformatorio por abandono moral, su mamá repetirá que ya no podía más con él. De cualquier modo, Mario tiene 12 años y un solo zapato cuando cruza el umbral del instituto de menores de Maranga: las paredes son altas, encumbradas, los aviones atraviesan el cielo haciendo mucho ruido. El instituto de menores queda cerca del aeropuerto. No es difícil imaginar a todos aquellos niños en los patios, mirando al cielo en la mañana, sus cabezas inclinadas aguardando a que aparezca otro avión lleno de personas que se van a otros países y que no viven en reformatorios...

Dentro de poco Mario se convertirá en líder del patio número dos, el de los difíciles. Ahí, en medio de la tierra, se juega fútbol: Mario tiene 12 años, domina excepcionalmente la pelota y corre eludiendo a todos los idiotas que tratan de interceptarlo. Es mediocampista. Los demás comentan que es un vacilón mirar cómo juega fútbol, tiene elasticidad y él la aprovecha para escapar del reformatorio: el hombre araña, le dicen. Pero siempre lo agarran luego de unos días y continúa jugando fútbol: zafa, grita. Gol, grita.

—¿Y cómo hacías para escaparte de Maranga? —le pregunto.

Hace un gesto, toma otro sorbo de gaseosa. Tiene 35 años ahora.

Lo he encontrado en el lugar más obvio de todos: en la Bombonera del Estadio Nacional. Sigue usando el pelo muy corto. Le sigue faltando un ojo.

—Ese es otro precio —me responde.

 

* * *

 

Siempre le decían que unos años más de chamba y listo: se llevaría dos, tres millones de dólares por cada pelea en Estados Unidos. En carretilla los dólares. Pero que si las cosas seguían como hasta el momento, eso no iba a suceder nunca Mario. Broncano decía sí, seguía pegándole fuerte al saco, uno dos, su cerebro ocupado en asuntos que nadie más conocía, tres cuatro. Tenía 20 años, un título sudamericano y dos temporadas en Lurigancho. Broncano saltaba soga, hacía abdominales, fumaba pasta. Se borraba días enteros y luego aparecía, detenido por robo. A veces se cortaba los brazos. Otras veces golpeaba su cabeza contra alguna pared, sangraba, para que lo llevasen al hospital antes que a la comisaría. Es adicto a las drogas, ayúdenlo, declaraba su mujer. Los periodistas anotaban sus palabras. Hemos pedido a la Federación que nos regale unas esteras y una cama para irnos a Comas, añadía sin esperanzas Rosa: así se llamaba. Era bonita. Tenía 18 años y un hijo con Mario. Algunas veces Broncano salía a trabajar, lo llevaba el profesor Luis Oliveros. El trabajo consistía en pegar afiches. Si pegaba bien todos los afiches, Oliveros le daba un sencillo.

El profesor Oliveros era quien manejaba la selección de boxeo, en Maranga. Años atrás, cuando estaba formando el primer equipo, había visto aparecer en el gimnasio a un niño delgado como un dedo índice. El niño se le acercó, absolutamente serio. Profe, quiero hacer guantes, le dijo. Era Broncano.

 

* * *

 

Toma otro sorbo de gaseosa, en el fondo quiere contármelo.

—Ya, te voy a decir. Una nomás. ¿Conoces las lecheras? No, bidones no: lecheras. De metal. En esa época nos traían la sopa desde el comedor popular en lecheras. Yo me metí ahí, así me escapé la primera vez.

Ha sonreído. Le gusta recordar sus fugas.

Otra vez se escapó por un huequito que había en el baño del reformatorio. Luego trepó el muro, saltó y brum, cayó. Sin polo se fue, caminando.

* * *

 

Algún tiempo después el profesor Oliveros entendería por qué, siendo tan pequeño, Broncano era el líder del patio número dos: había fugado cuatro veces de Maranga, era un arrebatador experto. Incluso sabía meterse en las casas. Trabajaba al sueño, con éter.

Oliveros empezó a llevarlo a su casa. En esa época los chicos se concentraban ahí los viernes, antes de las peleas. Había que pedir un permiso especial, felizmente casi nunca escapaban. Viajaban en la pick-up celeste, apiñados en la parte de atrás: temblaban de frío mientras se acercaban a Jesús María, acompañados siempre por guardias republicanos, y cuando llegaban ponían música salsa a todo volumen. Una vez Mario y otro chico robaron ocho mil soles que había sobre el aparador: plata de la época, en realidad no era mucho. Tiempo después Oliveros encontró a Mario en la Federación, hola profe, y lo abofeteó. Delante de todos. Pero luego se reconciliaron. Por esos días Oliveros empezó a llevarle vitaminas. Mario ya era un boxeador: tenía el saludo, aunque seguía siendo muy delgado. Durante el campeonato interbarrios comió una mano de plátanos y tomó una jarra de agua todas las mañanas, minutos antes de ir a pesarse. 47 kilos y fracción: ya, pasa, decían los jueces. Así peleó en la categoría mini-mosca, así ganó la medalla de oro. Hay sangre de guerrero zulú en tus venas, lo convencía Oliveros, y Mario feliz. Otra ronda de guantes, y Mario feliz. Trabajaban muchísimo. En el 85 todos dijeron: medalla de oro fija para los Bolivarianos. Oliveros lo preparó durante meses, lo dejó sentado con su maleta lista y Mario sonriendo, se escapó un día antes de que saliera el avión a Ecuador. Nadie supo de él por un mes. Una mañana, en la puerta del reformatorio, acompañado por dos guardias apareció enmarrocado Mario. Oliveros no dijo nada. Siguió trabajando con los demás chicos, vamos no se distraigan, decidió ignorarlo. Días después, cuando fue al gimnasio, el profesor Oliveros no le concedió una sola mirada de lástima. Mario se quedaba en silencio, mirando al suelo. Así estuvieron una semana.

Un día Mario ya no fue al gimnasio. En la tarde entró al baño, cogió una botella con kerosene y se la tomó.

Estuvo dos días en estado de gravedad. Oliveros fue a visitarlo. Luego se reconciliaron.

 

* * *

 

—Oliveros lo dio todo por mí. Lo estimo, pero ya no como antes.

Calla un momento, observa sus manos toscas de boxeador. Se ha dejado crecer las uñas en los meñiques.

—Tuvimos problemas de dinero, yo iba enterándome de cosas. También me falsificó una firma, pero yo no le firmo nada a nadie: tú eres mi entrenador y punto.

Me pide que observe, y escribe su nombre sobre un papel. Tiene la letra de un chico de 6 años. Luego garabatea encima: ahí está, su firma. Cómo van a falsificarle eso. Me cuenta que Oliveros vive desde hace años en Argentina: parece que le está yendo mal, sigue dedicándose al boxeo pero eso no da plata. Tiene una empresa de limpieza.

 

* * *

 

Broncano empezó a ser Broncano en el 86. Lo habían llevado a Cuba. Luego de años, Perú participaba en el torneo amateur más difícil del mundo: el Córdova Cardín. Mario le había prometido a Oliveros que ahora sí, no iba a defraudar a nadie. Yo subo al ring y mato. Pero cuando se hizo el sorteo le tocó pelear con El Tren Echevarría.

El Tren Echevarría era un señor de trentaitantos años, tres veces campeón mundial. Llevaba más de trescientas peleas encima. Mario acababa de cumplir 18.

Esa noche el presidente de la Federación, Tito Castagnola, estaba buscando a Mario para desearle suerte. Antes de verlo a él pasó por el camerino de Echevarría: el señor estaba con las manos vendadas, en silencio. Le sonrió. Cuando finalmente llegó al camerino de Mario, lo vio tan poco preocupado que se extrañó. ¿Ha visto al monazo que me han soltado, don Tito? dijo él, riéndose, y mientras Castagnola se despedía solo pensaba una cosa: pobrecito. Esa noche se sentó en la tercera fila. Cuando pasó cerca, Mario le guiñó el ojo. Había 16,000 personas en el coliseo.

Oliveros quiso tirar la toalla. Iban a masacrarlo, en el primer round. No pasa nada, me ha agarrado desprevenido decía Mario. Y entonces, en el segundo round, sucedió lo increíble: Mario simplemente bajó la guardia ante Echevarría.

Pégame, le decía con los ojos. Estaba desprotegido. En medio del ring. El Tren Echevarría le encajó uno, dos, tres, cuatro guantazos en la cara. Le pegó hasta en el paladar. Era como para volarle la cabeza a un caballo. Mario seguía de pie. La gente aullaba.

Perdió esa pelea por puntos, pero ya era Broncano. Al año siguiente ganó el Campeonato Sudamericano. Fue una pelea estupenda. Era 21 de junio de 1987, día de su cumpleaños.

Al mes siguiente lo acusaron de robar cerveza, y en octubre lo cogieron por llevarse un pato de un corral. Desde luego, salió en todos los diarios.

 

* * *

 

Recortes de periódico, fechas diversas.

 

BRONCANO VOLVIÓ A DELINQUIR

El conocido boxeador Mario Broncano, que hasta hace poco parecía haber sido rescatado definitivamente del mundo del delito, volvió a reincidir ayer en la mañana al asaltar a un padre de familia y despojarlo de su dinero y pertenencias personales, luego de golpearlo brutalmente en un parque del distrito de San Miguel. La víctima lo reconoció de inmediato. “Por qué me haces esto, yo te conozco, soy tu hincha”, le dijo.

 

CONDENAN A BRONCANO Y LO PASAN A CANTO GRANDE

El púgil Mario Martín Broncano Gómez, fue condenado a dos años de penitenciaría por los magistrados del Sétimo Tribunal Correccional, tras hallarlo responsable del delito de asalto y robo en agravio de su amigo Fidel Antonio Sifuentes Olivera, a mediados de 1988. De acuerdo a las investigaciones realizadas por el representante del Ministerio Público, el boxeador aprovechó para desfogar su ira contra el agraviado, de quien juró vengarse por lastimarlo en la rodilla durante un partido de fulbito.

 

INCORREGIBLE BRONCANO A LURIGANCHO POR ASALTO

Mario Broncano, ex campeón sudamericano categoría gallo, fue nuevamente apresado por la policía, esta vez, dirigiendo una gavilla de drogadictos que asaltaba transeúntes en una conocida arteria en Santa Beatriz en el distrito de Lince. El pugilista, al momento de ser aprehendido, mostraba evidentes síntomas de estar aún bajo los efectos de licor y los estupefacientes.

 

***

 

Alan García entorna los ojos, recuerda que está bien peinado, que hay una cámara de televisión atenta a sus palabras, y anuncia con orgullo la estatización de la Banca. Los congresistas ladran, aplauden, bostezan. Un viernes Tito Castagnola entra apresurado al parlamento y busca con los ojos el escaño de su conocido Víctor Noriega. Cuando al fin logra encontrarlo: ayúdeme a sacar a Broncano de la comisaría, don Víctor.

Fugó de una concentración en el Estadio Nacional y lo encontraron días después en una fiesta, en Magdalena. Ahora está drogado, sobre el piso de la celda. El diputado conversa con los policías, los cargos son faltamiento y resistencia a la autoridad, finalmente acceden a dejarlo libre: hijo reflexiona. Castagnola lo saca de la comisaría y lo devuelve al estadio hecho un trapo: que descanse un par de días. A la mañana siguiente Broncano aparece en la pista de atletismo y hace el mejor test de Cooper de su vida.

—Mejor que los demás, que llevan 30 días aquí —se ríe el técnico.

—Es que Broncano tenía una condición física extraordinaria —sigue hablándome Jorge Bartra.

Bartra sonríe con alguna resignación, ocasionalmente se pone de pie cuando recuerda un detalle que lo entusiasma.

Me pone como ejemplo lo que sucedió una vez, antes de la pelea en Lurigancho. Habían ido a Pucallpa. Cuatro días antes del enfrentamiento Broncano se perdió: desaparecido del hotel luego de robar cuanto pudo de una de las habitaciones. Había entrado por la ventana. Los huéspedes sentaron una denuncia, Bartra acudió a la policía para evitar el escándalo: las entradas ya están vendidas, ayúdenme por favor. Lo buscaron en todos los fumaderos de Pucallpa pero no lo hallaron. Y el mismo día de la pelea se tropezaron en la orilla del río con el cuerpo de un muchacho, inconsciente bajo el sol. Era Broncano. Vertieron Inca-Kola heladita sobre su cabeza, una botella tamaño familiar, para ver si reaccionaba. No reaccionaba. Bartra pensó cancelar la pelea pero esa misma noche Broncano le dijo: yo peleo. Broncano peleó, y ganó.

—Fue una demostración de boxeo— me dice Bartra. Y añade que Broncano tenía además excelente vista: incluso la policía le hacía pruebas. Broncano podía entrar en cualquier habitación apenas un instante y luego señalar: el cuarto es así, los objetos de valor están acá, puedo entrar por aquí.

—Eso es la vista, pues. En boxeo muchos dicen: la cintura. Pero no, es la vista.

—Broncano vino con el ojo partido por la mitad —recuerda el oftalmólogo Francisco Contreras.

La voz de Contreras suena amable por el teléfono. Él fue quien operó a Mario Broncano, el 3 de febrero de 1997: exactamente dos años después de la pelea en Lurigancho. Tuvieron que retirarle el ojo izquierdo.

Contreras me dice que Broncano llegó al Instituto Nacional Oftalmológico acompañado por una muchacha: su mujer, seguramente. Le habían reventado el ojo. Pero ya no sangraba. Un vendedor de frutas lo había golpeado con una tabla y al final de la tabla había un clavo.

El doctor Contreras confiesa que no recuerda los detalles de la operación: usted comprenderá que había muchos ojos en esa época. Los restos de globo ocular fueron llevados al laboratorio de anatomía patológica y se guardaron en parafina, en un frasco de vidrio.

—Por ahí debe estar —me dice.

—Yo sé dónde está —escupe a una cámara de televisión, tuerto, con lentes oscuros Mario Broncano —. Yo sé dónde vive ese cholo.

Se altera cuando le preguntan por el vendedor de frutas. Broncano agita la cabeza, añade:

Eso no quiere decir que vaya a sucederle algo...

Los diarios de la época afirman que Broncano intentó robarle al vendedor: estaba drogado y probablemente tenía hambre. Mencionan una amenaza con cuchillo. Broncano dirá luego que había terminado de almorzar con su mujer, que simplemente estaba yendo a comprar cerveza: al verlo pasar el frutero aconsejó a una señora que cuidara su bolso. Yara, es choro. Broncano se acercó al vendedor para confrontarlo y recibió dos golpes en la cabeza: vio todo rojo, se desmayó.

Broncano se acomoda los lentes oscuros, la cámara deja de grabar. Está molesto. Luego del incidente sentó una denuncia contra el frutero, pero este respondió con una contradenuncia. Al final Broncano le ganó el juicio al vendedor, pero pasó una nueva temporada en cana.

 

***

 

—Destrózalo —le sigue gritando Manarelli.

Va un minuto del primer round. Quienes más gritan son los internos.

Peña está aguardando. Broncano con el mentón siempre abajo, el blanco de los ojos sobresaliendo de entre lo negro igual que dos huevos.

Se queda quieto, un segundo. Ahora da un ínfimo paso hacia adelante y Peña retrocede, es solo un desliz pero súbitamente se ha congelado la imagen en el cerebro de Broncano: Peña está cerca de las cuerdas. Entonces se arroja para lanzar un derechazo, que le pega al aire, y con la izquierda Broncano golpea nuevamente el aire. Estuvo contra las cuerdas y zafó, Peña. Es rápido.

Un minuto 30 segundos. Están cerca. Frente a frente. Peña puede ver las brillantes gotas de sudor sobre la nariz de Broncano. Piensa en pegarle. Una finta, conecta con la izquierda y al mismo tiempo recibe en la cara un puñetazo de Broncano que lo bota al piso. Cae sentado. La gente se pone de pie, Peña no comprende aún cómo es que ha caído.

—Ese fue uno de mis mejores golpes —me dice Broncano.

Es cierto.

Toma otro sorbo de gaseosa. Su camiseta azul dice CHICAGO, está desteñida.

—Peña es un rival recontra dificilísimo —añade.

Fue él, Mario Broncano, quien ganó la pelea del 95 en el penal de Lurigancho: se decidió por puntos. La pelea había sido anunciada como su retorno a la sociedad. Salió libre, pero a los seis meses volvió por posesión de droga.

De pronto advierto que se ha tatuado una lágrima debajo del ojo que ya no tiene. Es una lágrima pequeña, azul oscuro. Hay cierto sentido del humor en ello, pienso. Broncano me dice que no le interesa usar prótesis: para qué, si igual no voy a ver nada. Pero en la ranura que ha quedado ahí alguien podría colocar un letrero que diga POR FAVOR INSERTE UNA MONEDA. Porque Broncano está misio. Por ahí tiene algún dinero, me cuenta, pero no mucho. Ahora está buscando hacer bien las cosas: prefiere estar sin un sol que robar, dice.

La grabadora sigue corriendo, Broncano evoca sus peleas irrecuperables. 250 como amateur y 120 como profesional, ganó en la mayoría. También hubo de las otras peleas: en total estuvo doce veces en la cárcel. Seis en Lurigancho y seis en Canto Grande.

—He peleado con campeones mundiales —añade.

Le pregunto por la pelea del 90 contra Carlos Laciar, si en verdad la detuvieron porque tenía tuberculosis, y tengo la impresión de que a poca gente le interesa eso ya.

—He tenido tuberculosis, pero en otra época —me dice —. Cuando pararon esa pelea salté las cuerdas y le pegué al que estaba de presidente: por eso me suspendieron de por vida en la Federación.

Cuando estuvo en Argentina acumuló 92 peleas, siempre en peso gallo. Una vez, entre varios boxeadores le dieron de alma y acabaron rompiéndole un diente: lo habían descubierto robando en los camerinos. El presidente de la Federación argentina hizo que le pusieran un diente de oro. Cuando Mario llegó a Lima se lo sacó para venderlo.

Le pregunto qué fue de Rosa, su mujer. Broncano se repliega, mira al suelo, dice que no quiere hablar de ello. Pero se lleva bien con sus hijos. Pienso que me llevo bien, corrige. Dice que está harto de que sigan hablando de él, que preferiría que ya se olvidaran. Además ahora está trabajando en la Bombonera, con niños pequeños: hay tres o cuatro boxeadores con potencial. Él mismo sigue boxeando. Es fácil, solo hay que mirar de frente y no de costado. Dice también que en los dos últimos años le han publicado muchas cosas, pero que está limpio.

—El capitán Chaparro, ponlo ahí bien claro. Se la tiene agarrada conmigo. Si me lo encuentro voy a romperle la cara.

 

* * *

 

La Bombonera tiene el techo en forma de gradas invertidas: arriba, del otro lado, está la tribuna norte del Estadio Nacional. Allá la gente se sienta y ve el fútbol. Aquí abajo un entrenador se acerca y me dice que no hay plata, que necesitan comprar sacos de arena.

Broncano peleó aquí muchas veces, cuando todos decían que sería el próximo campeón mundial. Un dirigente de la época, al que yo había entrevistado días atrás, me dijo que en realidad siempre había sido un buen muchacho, y me puso como ejemplo: yo le decía lústrame los zapatos y Mario al toque, iba y me los lustraba.

Por alguna razón es lo que más recuerdo de aquella entrevista.

Le pregunto a Broncano si sigue teniendo problemas con la droga y nuevamente se repliega: observa un papel en blanco que tiene entre las manos, parece que lo hubieran desconectado. Hay dos segundos de silencio en la sala hasta que el boxeador se inventa una consigna.

—Trago, baile, mujeres y rocanrol —me dice.

En realidad lo que le gusta es la salsa: los fines de semana cuida un salsódromo y a las 5 AM entra a bailar. ■