#Concurso: NO DEJES DE APUNTAR

Actualizado: abr 5


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★

Imagen: Pixabay

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Y ahí estaba Armando apuntándole a su padre con su fusil, le temblaba la mano, no por la boca experiencia ya que era reservista del ejército; sino porque hacía dos años no lo veía. Pero vayamos un día atrás…


-Viejita ya llegue – grito Armando, que llegaba de comprar – justo para la comelona.


Su madre no respondió, era raro, ya que ella siempre respondía automáticamente. Ni bien entro a la cocina, la vio con semblante preocupado.


-El ministro de defensa ha dicho que llamaran a los reservistas para reforzar las calles por la cuarentena – dijo Adela – a partir del primero de abril; tienen que presentarse en la dependencia militar más cercana al domicilio.


Armando había hecho el servicio militar voluntario, más por complacer a su madre que por su voluntad. Siempre trataba de complacerla, sobre todo después del abandono de Jhon, su padre, hace dos años. Demás está en señalar su sorpresa, pero solo dijo:


-¿En serio? – preguntó el.


-Esta cuarentena me ha quitado lo bromista hijo – dijo Adela.


-Pero lo reservistas no tenemos experiencia – dijo Armando, resignado – mucho menos en un estado de emergencia; coronavirus de mierda.


-Bueno, como dicen; soluciones extremas, medidas extremas – dijo Adela, en tono sarcástico – además, ¿Por qué hiciste el servicio si no querías empuñar un arma?


-Lo hice para complacerte a ti, tenía 17 años y siempre lo insinuabas entre dientes que entre para no desviarme como mi viejo según tú – dijo él; como si fuera culpa de ella, pero era de los dos.


-¡No menciones a ese infeliz! – grito ella – ya bastante tenemos con esta cuarentena, el poco dinero y lo peor de no haber sido beneficiarios del bono que tanto bien nos habría caído; para que tu menciones a ese maldito borracho abandonador, haciendo que recuerde esos tiempos miserables.


El padre de Armando había sido (y creen que aún es) un alcohólico empedernido, que llevo a la ruina a su familia por motivos evidentes, hasta que Adela decidió irse y llevarse a su hijo.


Armando no dijo más y fue raudo a la calle; ya no tenía hambre y necesitaba despejarse; atravesó fugazmente la puerta de triplay de su casa para perderse en lo que consideraba su segundo hogar.


Y ahí estaba, vagando por las estrechas calles de Puerto Supe, tratando de ordenar sus ideas, mirando por los alrededores esperando que no apareciera un patrullero y se lo lleve por violar la cuarentena; ya que hasta que se presente en la dependencia al día siguiente, era un civil más. Aunque en estado de emergencia la palabra “civil” era la más manoseada por todos; cada uno lo usaba a beneficio, tanto los militares como la gente común.


Armando fue al único lugar que le permitía respirar sin sentirse asfixiado; siempre iba ahí cuando quería gritar, llorar o mandar todo al diablo: el muelle de Puerto. Lugar olvidado por el municipio, la gente, el tiempo. Era un espacio de arena con restos oxidados de viejas embarcaciones regadas por toda la orilla. En verano algunos chibolos se dan un chapuzón ahí, pero ahora estaba desierto. “Este sitio esta tan olvidado que ni el coronavirus llegaría acá – pensaba Armando – lo positivo de esta pandemia es que da segundas oportunidades a aquellos escenarios que siempre debieron ser prioridad”. Estuvo hasta el atardecer observando la fauna; hasta que volvió ya que se acercaba la hora del toque de queda.


A la hora de la cena, cenaron silenciosamente, la incomodidad estaba en el aire y el silencio en esta cuarentena era el mejor antídoto; “ya 2 años que se largó, y sigue dando problemas” – pensó Armando.


Al día siguiente, cuando se iba a la dependencia, Adela detuvo a Armando y le dijo:


-Recuerda, no dejes de apuntarles a esos faltosos; has que te teman, que te respeten, que vean el miedo en tus ojos – dijo ella.


-Lo haré, má – dijo él.


Al llegar a la dependencia, a Armando y otros reservistas les dijeron el protocolo, les dieron sus instrucciones, el fusil y les quitaron un poco de su humanidad.


A Armando le toco patrullar con su unidad la zona más peligrosa y grande de su distrito: el barrio de La Cruz; cuando se bajaron del patrullero el capitán les dijo: “y recuerden cabos; si ven a alguien en la calle que no está realizando las actividades señaladas en el decreto, proceden conforme al protocolo y si se pone sabroso, por ningún motivo ¡no dejen de apuntarles!”


Todo el día no hubo novedades, hasta cerca de las 7 de la noche; Armando y otro cabo iban recorriendo un largo callejón cerca a la loza deportiva del barrio, cuando el compañero de Armando escucho el sonido de unas botellas golpeando; el sonido provenía de una ramada tapada por una manta de plástico azul, para que no se viera nada; cuando se acercó, un grupo de siete individuos salieron corriendo en direcciones aleatorias con el fin de no ser capturados. Armando se dio cuenta de esto y empezó a correr detrás de uno de ellos; como conocía ese barrio perfectamente, tomo un atajo e intercepto a su fugitivo; y al verle el rostro bajo la luz tenue de un poste, el rostro de Armando palideció. “No… todos menos tu – se dijo Armando – y en mi primer jodido día”. Era Jhon, su padre.


Jhon hiso un amago, tratando de zafarse de su captor; pero Armando, con felina habilidad lo golpeo en la cabeza con la cacha del fusil. Ya reducido en el suelo, no dejo de apuntarle. Antes que se lo llevaran; Jhon le dijo a su hijo en voz baja: “bien hecho”. Armando entendió que le dijo eso por ser buen hijo, buen cabo y sobre todo, mejor que él.


Al día siguiente, devuelta en casa, Armando le dijo a su madre:


-Ayer vi a mi viejo.


-¿en serio?, dijo ella.


-Me dijo que ya no toma, y estaba contento porque le tocó el bono


Autor: Luis Jhosimar Peña Noel.



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