#Concurso: NOCHE DE LA CUARENTENA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay.

INDICACIÓN AL LECTOR: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Puedes votar haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



Me descubrí a mí misma. El mundo arde en horror y yo por dentro he ardido también. La cuarentena ha sacado una faceta de mí misma que no conocía.


Lejos de mis antiguas locuras, la paz había llegado a mí hace un tiempo y se había quedado como una madre al lado de la cama, entre suspiros de palo santo y luces de velas blancas. Limpia, pura y feliz, yo corría de lado a lado con mi amante y sus besos color caramelo entre los espacios del pequeño flequillo que adorna mi frente. Compartiendo citas espirituales en redes sociales, sentada en la banca de un parque viviendo mi felicidad, éramos mi alma y yo y todo estaba bien.

Pero el encierro sacó una fiera de muy dentro de mí. Acostumbrada a trabajar desde casa, la felicidad era encontrada siempre en las caminatas de noche con una conversación entretenida, una sonrisa entre los carros que pasaban y demás cosas que me hacían palpitar el corazón suavemente. Ahora, obligada a estar dentro de casa siempre, corriendo del cuarto a la cocina, de la cocina al baño y del baño al cuarto de nuevo, a veces con una taza de café sujetada por un mano temblorosa mía, esa mujer zen que conocía se me escapaba de las manos.

Anoche pataleé. Aún sigo tomando pastillas para dormir. El insomnio me ha perseguido desde los cinco años así que a este punto es incurable. Me he rendido ante esa realidad. El sueño llega lento pero llega. Empiezo a caer lentamente y soy una con los restos mi día en pensamientos enredados en esas nubes que son mis sueños o a veces pesadillas. Pero esta vez, pataleé. Lo supe desde que anunciaron la cuarentena. Tuve una especie de ataque de pánico, todos pensaron que exageraba y luego me desvanecí. Anoche mi corazón latía a mil por hora. Con un alma siempre con ganas de correr y explorar, los encierros nunca me han venido bien. La piel quería salirse de mi cuerpo o yo la quería sacar de mí, el sentimiento era confuso. Llamé a mi amante desesperada, explicándole lo que sucedía. Era todo, mi corazón que no daba más, mi alma indomable sufriendo la represión del cuerpo físico, la sensación de ser un tigre encerrado por cincuenta años y la ansiedad que me consumía y no me dejaba respirar. "Llama a tu madre" me dijo. Él sabe que ella lo cura todo. Y tras despedirme de él, corrí al cuarto de ella. Le expliqué lo que sucedía y me dijo que me eche a su lado. Que todo pasaría, que yo estaría bien. "¿Has tomado tu pastilla?" me preguntó tranquila como ella siempre es. Sacudiéndome le dije que sí, me miró con ternura y tocó mi frente. Y pataleé. Pataleé hasta más no poder. Quise correr. Quise volar. Quise explotar. Sé que no soy la única. No lo soy. El mundo viendo al mundo morir. Los sanos dentro de sus casas. Los enfermos diciendo adiós. Sé que no soy la única. Los amantes extrañándose. Los hombres solitarios con lágrimas en los ojos y las mujeres aburridas cuestionándose el motivo de tantas cosas en sus vidas. No soy la única. Mi madre me dio media pastilla más al ver mi pataleo que parecía me iba a poner en una carrera imaginaria. Y es cierto. Ella lo cura todo. Me acarició, la pastilla me adormeció y dejé de patalear. El sueño llegó a mí rápidamente como casi nunca lo hace y dormí. La bestia enfurecida dentro de mí desapareció.


Desperté al otro día con un sentimiento de paz. El abrazo de mi madre me recibió cálido. Y es que mi amante tenía razón. A las bestias salvajes y pataleos intensos, ella tiene la solución. Conversamos de la vida, con la felicidad entrando por la ventana y en un rato, empezamos a planear el desayuno.

Hoy caminamos. Todo para calmar mi alma con ganas de explorar, salir corriendo y recorrer caminos. El aire fresco me dio, vi pájaros amarillos y pude sonreír. La tranquilidad llegó nuevamente a mí. Y no sé si hoy patalee de nuevo. Pero sé que si mi pecho empieza a vibrar y mis piernas quieren volar, estará la mujer del toque suave con la solución a todo. Calma y paz en su mirada y de la nada estaré curada


Autora: Noemi Slee.



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