Faltan 3 horas para las 12 de la noche y yo digo esto



Y llegamos al día final de este año. Fue un parpadeo. El recuerdo más emocionante que tengo del 2017 es todo lo que sucedió entre las 4 y las 8 pm del domingo 17 de diciembre, para mí un día especial a partir de ahora. Parece que hubiera pasado mucho tiempo, me digo. Pero constato que han transcurrido exactamente 2 semanas.

Era la clausura del taller “Cuenta Tu Historia”, que Leslie y yo dictamos por primera vez en la sala presidencial del Centro español del Perú (muy bonito, muy elegante). Nuestras alumnas, tras 7 semanas de trabajo, leerían públicamente los textos que habían escrito y editado. Lo harían en el escenario de un teatro, iluminadas por reflectores y ante un público. Los suyos eran textos autobiográficos de entre 1000 y 1500 palabras, historias personales que hablaban con alegría y dolor (y otra vez alegría) sobre la infancia y la vejez, sobre la enfermedad, sobre el amor, sobre la muerte. Sobre la vida. Yo estaba contento porque el taller se había convertido en un espacio de gran confianza, y gracias a esa confianza entre las 13 alumnas y nosotros, los profesores, acabaron recreándose en las sesiones (entre risas o lágrimas) experiencias muy íntimas, muchas de ellas nunca antes puestas en palabras. Fueron 7 semanas de aprendizaje mutuo. Hubo pensamientos de gran pureza y escritura de gran pureza... Y Leslie y yo les pedíamos a estas alumnas, muchas de las cuales nunca antes habían participado de un taller de escritura, que se expusieran. Que para clausurar el taller se pararan en un escenario y contaran su verdad. Les pedíamos que afirmaran, en el fondo, Esto es importante porque yo siento que es importante, y voy a compartirlo con ustedes así no me lo hayan pedido. Eso es lo que hace todo escritor, al fin y al cabo. Era de nervios. Yo estuve un poco nervioso desde la mañana del domingo, hasta que en algún momento del mediodía me pregunté: ¿Por qué estás nervioso tú, si son ellas las que van a salir a leer? Entonces me reí y pude pensar en otra cosa… hasta que fueron las 4 de la tarde, y estábamos en la sala de teatro estas 13 alumnas con Leslie y conmigo en un ensayo final a velocidad relámpago, porque nos habían dado una hora para ensayar con las luces y el sonido. El tiempo voló, y yo veía en las caras de todas las alumnas la misma expresión, algo así como el momento se acerca. El público estaba afuera de la sala, esperando entrar. ¿Y si alguien se confundía y se enredaba todo? Porque Leslie y yo habíamos preparado un espectáculo no tradicional, y en vez de tener a las 13 alumnas saliendo a leer una por una, aquí todas estarían en el escenario a la vez, leyendo fragmentos de sus textos en contrapunto, creando una gran historia entretejida… Pero debía respetarse estrictamente el orden (además de sus parlamentos, las alumnas tenían un guion) porque de lo contrario habría caos. ¿Y si no se entendía nada? La lectura duraría una hora y 10 minutos. Estas mujeres de entre veintitantos y sesentaitantos años, unidas por lo que estaban a punto de hacer, algo insólito como leer públicamente sus historias privadas, ¿sentirían acaso la misma agitación que Leslie y yo estábamos sintiendo? Leslie se paseaba por el escenario dando indicaciones. Les sirvió un vasito de vino a las chicas (en ese momento todas eran unas chicas, pienso) y ellas brindaron nerviosas. Yo les pedía que leyeran más alto cuando se acercaran al micrófono, que no se cubrieran el rostro con el papel que tenían en las manos. Decía que ya era hora de abrir las puertas del teatro. Hubo un momento al final del ensayo en el que todos nos reunimos tras el telón y apoyamos nuestras manos en las manos de los demás, y gritamos fuerte “¡Mierda!”, como hacen los actores.

Fue enorme. Fue conmovedor. Fue íntimo. Hubo lágrimas y aplausos.


Pocas veces me he sentido tan orgulloso como cuando me he despedido de las alumnas de “Cuenta tu historia”, al finalizar el cóctel tras el espectáculo. Una de ellas me dijo que había sido una de las experiencias más importantes de su vida. Otra me dijo “¡Leslie y tú están cerrando el año como productores teatrales!”, y me hizo soltar una carcajada. Hasta cierto punto era verdad, y en esas cosas pensaba –en cómo el 2017 nos había permitido a Leslie y a mí crecer y hacer cosas nuevas, en lo mucho que me gusta este trabajo que hacemos ambos en Machucabotones– cuando regresé al camerino para coger mis cosas y prendí mi celular, y al minuto entró una llamada de mi tío Paco diciéndome que mi abuela había muerto.

Fue extraño.

Me pareció curioso. La escena que yo vivía tenía una cualidad de película, de irrealidad. Mi abuela había fallecido en el hospital Rebagliati mientras en el teatro del Centro Español del Perú se leían estas historias donde aparecía una y otra vez la muerte... Y ahora yo me había enterado del fallecimiento de mi abuela, y caminaba afuera del teatro mientras las alumnas se abrazaban con sus familiares, se reían y se tomaban fotos. Había una gran sensación de liberación en el ambiente esa noche. Leslie y yo nos tomamos fotos con las alumnas, sonreímos para la cámara. Ella me abrazó.

Luego fuimos al mortuorio del hospital Rebagliati, que está a 5 minutos del Centro español del Perú. Parecía planeado.


Porque coincidimos en las circunstancias, me permito copiar un fragmento del texto que leyó el domingo 17 de diciembre nuestra alumna Cinthia:

Unas horas antes de que partieses fui a visitarte, abuela. En la recepción estábamos varias personas de la familia, entre ellas tus tres hijos mayores, dos de tus nietas y yo, turnándonos para verte. Yo estaba nerviosa y ansiosa esperando. Cuando entré a tu habitación, lucías igual a la imagen de mis sueños, débil, delgada sobre una cama de sábanas blancas, con vías por los brazos, el cuello, conectada a aparatos que medían tu ritmo cardíaco y ya no podías hablar, tus ojos ya no brillaban, expresaban cansancio, temor y resignación.

Al verte no supe qué decir, el momento me desbordaba, te dije que no sabía la razón o el propósito de que atravesaras por esta situación, en tanto acariciaba tu cabello y al despedirme te besé en la frente, diciendo que oraría pidiendo al Señor que ya no sufras más. Un par de horas después de verte, mientras tomábamos lonche en un restaurante, mi mamá recibió una llamada del hospital y ya habías partido.


Ha sido un año extraordinario de tantas maneras. Quizás ustedes hayan sentido, como yo, que en diciembre hubo una gran acumulación de eventos de carga negativa: basta con darle una mirada a lo que sucede en la política de nuestro país, donde por estos días parece no haber muestras de decencia o de “consciencia”, o a la política del extranjero, donde hay un viraje a la ultraderecha y al fascismo, por qué no decirlo. Pero creo que es importante recordar que nuestra felicidad está únicamente en nuestras manos. Ver la realidad como un drama o como una comedia –procesar nuestras experiencias de una manera u otra– depende del punto de vista que apliquemos. Es decir, depende de a qué le prestemos atención… Porque somos nosotros quienes creamos nuestra realidad, a través de nuestra atención, que es energía. Y pienso que la escritura nos entrena siempre en dirigir la atención. Cada día me convenzo más de que aumentar nuestro nivel de consciencia –es decir, ver las cosas tal cual son– es la principal herramienta en nuestro camino hacia la felicidad. Afortunadamente, y pese a los eventos pasajeros, el nivel de consciencia está subiendo en el mundo: en ese sentido, recomiendo dos libros fascinantes, Trascendiendo los niveles de conciencia de David Hawkins y Homo Deus: Breve historia del mañana de Yuval Noah Harari.

Es inevitable, pues, ser optimistas. Cada día Leslie y yo conocemos más personas interesadas en escribir, en mejorar. Así que quiero terminar el año recomendándote que escribas todos los días, acerca de cualquier cosa. 10 minutos bastan al inicio. Como en los ejercicios de escritura automática que hacemos en clase. Hazlo en un cuaderno al que le tengas cariño, de preferencia al despertar, sin mirar atrás. Luego de un mes, relee todo eso que escribiste. ¡Tanto conocimiento a nuestra disposición, tantas historias por escribir!

He aquí un brindis de año nuevo, de parte de Leslie y de mí.

Por ti.

Porque cada día seas mejor.

Porque cada día te vaya mejor.

Porque cada día seas más feliz.

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