#Lectura: FRAGMENTO DE "UN HOMBRE SENCILLO"


André Baillon, autor de "Un hombre sencillo".


Todos hemos sentido volvernos un poco locos cuando tenemos una idea que queremos desarrollar para un relato, un poema o una novela, pero no podemos hacerlo por las innumerables distracciones (que en esos momentos parecieran aumentar sin cesar): llamadas, mensajes, ruidos de la calle, ruidos del interior de nuestra casa, de artefactos eléctricos, de perros que ladran, etc. En este libro, André Baillon, escritor belga, por medio de confesiones que el protagonista le hace a su médico, retrata (y exagera) esto. Les compartimos un fragmento.

Y, ahora, abramos una nueva cuenta. Usted ha anotado: amoral. Yo he añadido: egoísta y compasible. En lontanza, Jeanne llevaba su pena; Claire, la suya; Michette, su parte. Yo las aceptaba todas, a las suyas sumaba las mías. De lo complejo a lo sencillo, me había enredado en una red llena de nudos. Cuando movía un brazo para ayudar a mi derecha, la cuerda se quedaba enganchada a mi izquierda. ¿Y cómo ofrecer esa ayuda? Volvía a mi punto de partida: escribir. "¿En medio de los cocher, los gatos, las preocupaciones?", me preguntaba. Si bien, como todo hombre, en la época de "la fábrica" me desanimaba, jamás era por mucho tiempo. En la actualidad, tengo cuarenta y siete años, un "muñón", gafas. En un libro había hablado de una gallina que quería aovar; se esforzaba, no lo conseguía y se marchaba triste, triste como el escritor que no tiene nada más que decir. ¿Acaso no era yo un poco esa gallina? ¡Estaba acabado! ¿Con qué derecho, entonces, imponía sacrificios a los demás por unos huevos que jamás volvería a poner?


Estaba el dinero: ese sucio dinero que, asqueados a la par que felices, metemos en nuestro bolsillo. Un poco de dinero habría aliviado a Claire, consolado a Jeanne y salvado a quién sabe quién. Mi trabajo. El señor del almanaque me pagaba. Yo me alegraba: "He aquí el dinero con el que comprarme un mes de paz".


Cinco días, seis días: seguía buscando la paz; pero ya no quedaba dinero.


A fuerza de darle demasiadas vueltas a todo, cada vez eran más extrañas las cosas que se me pasaban por la cabeza. Un gato, un perro, un árbol, todo cuanto entraba por mis ojos no volvía a salir. Los veía durante horas. Un día, vi una larga pared negra. Era la de mi vida. Por el lado de Michette, por el lado de Jeanne, por el lado de Claire, por el mío, por más que me girara, lo único que veía era una enorme pared negra.


Yo era consciente de ello: un médico podría haberme ayudado. Fui a ver a uno, un hombre excelente, un escritor. Me recibió en su despacho. Estaba clasificando fichas con vistas a su próxima obra.


Me dijo:


—Ya veo: está usted cansado. Cambie de ocupaciones. Haga como yo: clasifique fichas.


A continuación me dijo:


—Se queja usted del ruido. Yo, cuando me molesta el ruido...


La exclusiva de una frase que más tarde leí en su libro. Aún me dijo más:


—No es rico, no. Necesita usted fósforo. Yo, en mi época de estudiante, comía lentejas.


En el momento de irme se acordó. Alzó su índice a la manera de un apóstol, añadiendo:


—... y pescaditos.


Cuando Jesucristo —cuyo reino está en los cielos— alazaba su dedo, los peces se multiplicaban para alimentar a las muchedumbres sobre la Tierra. Los dedos de los apóstoles no llegan a eso...


Los días que siguieron fueron aciagos.


El carnicero me había dado un billete de cinco francos que me rechazaría al día siguiente porque no se leía bien el número.


Portada del libro.

Cuando no era eso, era Michette quien me aterrorizaba: "Cualquier noche de estas, cuando esté sola, abriré el quemador de gas, ya verás".


Cuando no, era ese goloso Ami-Chat quien me hacía aborrecer por siempre jamás un cuento al vomitar encima de su cena, pues el cuento venía mucho al caso.


Cuando no, era Jeanne la que me escribía: "Necesito dinero", si bien yo mismo también necesitaba ese dinero.


Cuando no, se me revolvía el estómago al ver, sobre las vías del tranvía, un hígado y, quince metros más allá, la mitad de un perro cuya otra mitad no habríamos de encontrar.


Cuando no, acuciado por la escritura, me olvidaba del petróleo de mi lámpara; o agrietaba su cristal, o retorcía la montura de mis gafas.


Cuando no, era Claire quien "gruñía al piloto".


Cuando no, salía tal o cual periódico, y mi artículo, que debía "haber aparecido" en él, no lo hacía.


Cuando no, lo amputaban.


Cuando no, lo relegaban a la última página.


Cuando no, esperaba aquella bondadosa carta de un amigo que habría borrado mis penas, sin que todavía hoy la haya recibido.


Cuando no, me negaba a darle limosna a un borracho que, después de todo, tal vez no fuera un borracho, sino un buen hombre.


Cuando no, al hablar de mis libros, un crítico escribía: "He aquí un bello pasaje", y justamente era un pasaje que yo odiaba.


Cuando no, sucedía lo contrario.


Cuando no, Claire lloraba y, ¡mecachis, mechachis!, ¿qué podría haber hecho yo para que estuviera contenta?


Cuando no, mi portaplumas se mofaba de mí, jugando al escondite tras la pata de un armario justo en el momento en que quería anotar una idea que habría entrañado otras tantas.


Cuando no, nos llegaba una carta más severa del colegio de Michette.


Cuando no, mi vecino, que podría haberse rascado, no se había rascado porque no estaba, lo cual era peor, pues a cada instante de la noche podría regresar para comenzar a rascarse.


Cuando no, el propietario se quedaba en su casa, no solo acompañado de su mujer y sus hijos, sino de amigos, las mujeres de estos, su vocinglería, sus zapatazos...


¿Que me distraigo? Quizás. Pero esto es lo que hay.


En aquella época tuve que visitar a un hombre de letras. Uno de los de verdad, un as. Tenía una habitación para él solo, su portaplumas, su mesa. Encima de esa mesa, colgando de una cuerda, había uno de esos balones de boxeo llamados punching-ball. Apenas recuerdo lo que me dijo; yo observaba su pelota. Me lo imaginaba terminando una frase, dando unos buenos golpetazos y, una vez relajado, pasando a la siguiente. Pensaba: "Los hay con suerte. Están tan sobrados de fuerza que tienen que emplearla en golpear un punching-ball. Tú no eres más que un punching-ball".


Y así es como, golpe a golpe, la pelota ha rodado desde Bourg-la-Reine hasta aquí. ¿Piensa que hay algo más? No... Esto es todo ■


* * *


Un dato curioso:


La fotografía que se luce en la portada de "Un hombre sencillo" fácilmente puede relacionarse con un paciente psiquiátrico al que lo tienen inmovilizado con una camisa de fuerza mientras le hacen pruebas, como un EEG (encefalograma), lo cual le va bien al libro porque de hecho la historia se cuenta a lo largo de confesiones que el protagonista redacta a su médico del departamento psiquiátrico del Hospital de la Salpêtrière, pero en realidad, la fotografía no tiene nada que ver con la salud mental.


A los que se observa en dicha fotografía son el investigador Guillaume Benjamin Amand Duchenne de Bolougne y su paciente. Duchenne fue uno de los primeros en investigar los efectos de la estimulación eléctrica en los músculos. En la fotografía de la izquierda (ver imagen) provoca la elevación de la ceja al estimular el músculo frontal izquierdo. Y en la de la portada del libro de Baillon, una expresión de miedo.


A la izquierda, figura 1/1 del libro "Kinesiología y Anatomía Aplicada" de Rasch y Burke.



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