MATICES DE UNA DESPEDIDA


Imagen: Giphy

Existe un dilema que con frecuencia vemos de eje central en películas, o en capítulos de series como "Bones". Incluso en libros, formando parte del conflicto del protagonista, como en "La insoportable levedad del ser" de Kundera. Este dilema es: ¿El trabajo o el amor? ¿Cuál ha de elegirse? Si la respuesta es el trabajo, ¿cómo se lo decimos a la otra persona? Veamos cómo lo hace el personaje del relato de Miguel.



El día inesperado


ERA LA MAÑANA QUE NO QUERÍA QUE LLEGARA. La realidad se había impuesto: era el día de partir.


Desperté angustiado, pensando en lo rápido que había transcurrido la semana. Quizás dormí una, o máximo dos horas en toda la noche. Sin embargo, aún así me sentía fresco para levantarme y alistar lo último que tenía sin que nadie lo notara en casa. Salí en silencio porque aún era temprano para despertar a todos. Cargué mi equipaje a la cajuela del auto, y enrumbé hacia el consultorio de mi terapeuta que ese día me había concedido una cita especial a primera hora de la mañana. Manejé por la autopista con los primeros rayos de sol pintando de color naranja el asfalto. No había tráfico. Era un trayecto extremadamente tranquilo, de esos que me perturban y me dejan solo conmigo mismo. De inmediato, noté que mis manos temblaban. El tablero del auto marcaba 27 grados, así que frío no era. Encendí la radio y, en vano, intenté distraerme con las baladas que sonaban a esa hora en la emisora. Vacilé en desviarme del camino y entrar a algún restaurante para tomar desayuno y llegar tarde a mi cita, o no llegar, pero fui consciente de eso en ese momento. No quería ir a la sesión. Sabía que mi terapeuta sería dura conmigo.


Llegué a tiempo y, resoplando aire con los cachetes inflados, toqué el timbre.


—Hola Fernanda —saludé, aún tembloroso.


—Hola. Pasa.


Tendí mi cuerpo en el diván de cuero negro. Escuché que ella se acomodaba en la butaca detrás de mí. Di un profundo suspiro y me animé a comenzar.



"Vuelve a ti"


—Hoy es el día —le dije, fingiendo serenidad—. Creo que estoy tranquilo con la decisión que estoy tomando. Sé que es una decisión para bien.


—Pensé que aprovecharías la sesión de hoy para hablar de las despedidas —dijo, con cierta severidad.


—Ya me he despedido de todos.


—Aún no te despides de mí.


—Bueno, chau —reí, y noté que ella también estaba sonriendo.


—No nos vamos a hacer los locos. Me doy cuenta de que no quieres hablar de Patricia, y tampoco sé cómo ha sido la despedida con tu familia. No me has contado.


—Estaban dormidos. Les escribiré mañana cuando llegue. Diré que me adelantaron el viaje o inventaré algo similar para evitar todo el rollo de las palabras y las lágrimas, mejor así. Ah, y Patricia… Quedamos en vernos por la noche. Tengo que ir a cerrar la oficina… Luego estaremos un rato.


—¿Y cuál es la historia para ella?


—No habrá historia para ella. Le diré la verdad. Aún no sabe nada y ya no puedo ocultárselo más.



La conversación continuó luego con nimiedades que ocuparon la mayor parte del tiempo. Me despedí de Fernanda y por primera vez en cuatro años le di un abrazo.


—Volveré —le dije.


—Vuelve a ti —sentenció con su frialdad habitual.



Patricia


La mañana y la tarde transcurrieron fuera de mí. Estaba estacionado frente al mar, en el malecón, observando a la nada y pensando en todo. Era hora de atender a un último cliente, así que enrumbé a la oficina.


Por la noche terminé apresurado con el cliente y salí a buscar a Patricia. Sabía que me había estado esperando afuera, sentada en su camioneta, cuanto menos dos horas.


Imagen: Pixabay

La pequeña calle donde trabajaba estaba vacía: ya daban casi las diez. Vi su camioneta gris parqueada al costado de la vereda (era la única camioneta en toda la calle). Caminé hacia ella, nervioso, escuchando el eco de mis propios pasos entre las paredes. A medida que me acercaba, pude percatarme de que Patricia tenía apoyados la cabeza y los brazos sobre el timón de la camioneta. Su cabello en esos días era bastante largo, casi le alcanzaba la cintura, y ahora, esparcido sobre el timón y el tablero, no me permitía ver su rostro. Por un segundo pensé si estaría muerta. Estaba inmóvil, con todas las ventanas cerradas y el motor encendido. Me asusté. Toqué la ventana del carro con los nudillos y la llamé con fuerza por su nombre. Despertó de un salto que me hizo brincar también a mí de la impresión.


—¡Estúpido! —me dijo, medio alegre, medio molesta. Abrió los pestillos de la camioneta para que pudiera subir a bordo—. Me quedé dormida. Te estuve esperando un culo de rato… Ya, hola —me dio un tierno beso en la boca. Ahora sí sonreía contenta de verme.


—Hola —contesté, con sonrisa nerviosa—. ¿Y ahora qué?


—No sé pues. ¿Qué quieres hacer?


—Vamos a estacionarnos en un parque… Quiero contarte algo.



Un adiós amargo


La vi desencajada. Me miró con ojos suspicaces, como intuyendo que algo no muy bueno sucedería. Pudimos encontrar a pocas cuadras una plazuela que tenía alguno que otro personaje haciendo footing, o paseando a su perro. Era un lugar tranquilo. Apagó el motor y continué:


—Oye, no te lo dije antes porque no sabía como hacerlo. Soy bastante cobarde para estas cosas.


—Dale, cuéntame, ya estamos acá. ¿Qué pasó?


—Es que en un par de horas tengo que salir de viaje. Es un viaje largo por un proyecto de trabajo. Me avisaron hace una semana y no sabía cómo decirte. Estos dos meses me has hecho sentir tantas cosas, que no sé bien cómo debo despedirme de ti. No sé cómo debo contarte esto.


—¿Y por qué me lo dices recién ahora?


No supe qué contestar. Nos quedamos en silencio durante varios minutos.


—Cuando sientes esas cosas, no te despides de la persona. No lo haces —me dijo en tono de reclamo.


Me mantuve en silencio. Estaba paralizado con todo el peso de mi cobardía oprimiendo mi espíritu. Sus ojos se cristalizaron y podría decir que sentí romperse algo muy frágil dentro de ella.


—¡Lárgate ya mismo de mi auto! ¡Te odio! ¡Bájate ya! —abrió los pestillos de las puertas.


—Creo que deberíamos tratar de conversar un poco más.


—¡Que te largues! —me interrumpió.


La vi, y sus ojos aguados de llanto tenían furia y dolor. Comprendía mi parte en todo esto. Recogí la poca dignidad que me quedaba y bajé sin decir nada. Apenas cerré la puerta, ella arrancó la camioneta ■

Miguel Zea, nacido en Cusco en el año 1988, es escritor aficionado y psicólogo. Se interesa por la mente, el comportamiento y la palabra como estructura del mundo interno de las personas.

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