NOTICIAS DE CUARENTENA


Fotografía proporcionada por el autor

Entre mensajes de texto, correos y videollamadas, es que nos hemos mantenido comunicados durante estos últimos dos meses. Sin embargo, cuando se trata de las noticias del vecindario, el teléfono fijo se mantiene vigente. Como Enrique lo cuenta en su relato.



Vacilación


Era alrededor del mediodía. Desde mi habitación podía oír a mi madre hablando por teléfono. Mi padre, supuse, estaría tratando de entender el programa que hubiese estado viendo, cuando a mi madre se le ocurrió usar el teléfono de la primera planta, habiendo dos más en la segunda y tercera. Yo por mi parte, recostado en mi cama, chequeando mi celular por ratos y haciendo zapping por otros, comenzaba a tener hambre. Sin embargo, no me animaba a bajar para buscar algo en la cocina, pues sentía mis pantorrillas agarrotadas por el entrenamiento del día anterior. Incluso echado, con los músculos supuestamente relajados, sentía la factura por no haber realizado estiramientos. Aunque mis párpados me pesaban, la incomodidad no me permitía dormir.


Así que, como no podía dormir por el dolor, no podía leer ni escribir por el sueño, y tampoco podía huevear viendo algo en la televisión por el hambre, resolví bajar.


Hacia la mitad de mi descenso pude percibir la escena completa: mi madre, con el auricular del teléfono al oído, y con la escoba a su lado, estaba sentada sobre el brazo del sillón que daba a la ventana. Y mi padre, sentado en el sillón que se encontraba al otro extremo, miraba en mute un programa de criminalística. Aún seguía medio resfriado: aparte de la colcha que lo cubría desde el cuello hasta los pies, llevaba dos chompas puestas.


En la cocina, esquivando el colchón de mi perro, que fácilmente medía media plaza, anduve de repostero en repostero, hasta que llegué a la refrigeradora. No tuve ningún éxito. No encontré ni galletas, ni pan, ni fruta. Al menos no fruta que pudiera comer directamente. Había unas cuantas naranjas, pero eran las que mi madre utilizaría para hacer jugo. También había un par de manzanas, una piña y la mitad de un membrillo, pero era lo que yo iba a usar para preparar avena con quinua.


Así que, decepcionado, salí de la cocina con la intención de dormir hasta que el almuerzo estuviera listo.



Llamada telefónica


Cuando me disponía a pisar el primer escalón, mi padre me preguntó:


Tienes quinua y avena, ¿no?


le dije. Avena hay. La vez pasada usé un poquito nomás. Quinua también queda, aunque no sé si llegue a los doscientos gramos.


Pésala, pues.


Ya. Espérame un rato.


Rápidamente volví a la cocina, abrí el repostero, extraje la bolsa de quinua, y volví al comedor, donde en uno de los aparadores mi padre guardaba su vieja balanza, que acostumbraba utilizar en la época en que se dedicó a la bisutería.



Mientras sacaba la balanza de su caja y la encendía, presté atención a lo que mi madre decía por teléfono.


¿También ha muerto? exclamó. No te lo puedo creer. Hace unos días lo vi por mi jardín. Estaba tratando de atrapar un canario. Supuse que se le había escapado.


Mediante muecas, le pregunté a mi padre quién estaba al otro lado de la línea.


La Doris me dijo.


Ah, esa sapolia. Y, ¿qué dice? le pregunté, como si él tuviera poderes telepáticos para escuchar la conversación completa.


—Dice que el chinito ha muerto.


¿Qué chinito? inquirí, olvidándome de lo que estaba haciendo.


El que se sentaba en el parque.


¡No! ¡¿En serio?! exclamé incrédulo.


Traté de hacer memoria para determinar cuándo había sido la última vez que lo había visto; sin embargo, no pude recordar.



Noticia


El “chinito”, como le llamábamos en mi casa, era un anciano solitario, que vivía en una de las casas de la acera colindante al parque, y que era visitado de cuando en cuando por sus dos hermanas. Estas eran también ancianas, que apenas podían caminar. Tenían un perrito: un bulldog francés, el cual era gracioso de ver cuando llevaba su correa puesta. Andaba unos cuantos pasos y se detenía, y no para oler ni para orinar ni para vaciar el estómago, sino para esperar a que sus amas avanzaran lo suficiente como para que la correa perdiera tensión y así, él pudiera dar otros cuantos pasos más. La casa del anciano estaba más o menos a mitad de cuadra. En una oportunidad con mi madre tomamos el tiempo que las viejitas se demoraban en llegar a la esquina. Sin exagerar, puedo decir que tardaron alrededor de un cuarto de hora.


En cuanto al “chinito”, este era más agilito. Muy pocas veces lo vi salir a la tienda, o al mercado, pues unas morenas vecinas nuestras le vendían menú. Sin embargo, sí era frecuente verlo de pie en su entrada, o sentado en una de las bancas del parque. Vestía siempre polos jetoneados, shorts y sandalias. Para sentarse, prefería las mañanas, que era cuando el parque estaba vacío. Cuando su salida coincidía con el momento en que yo sacaba a mi perro a pasear, procuraba evitar pasar al lado de él. Temía que en una de esas se le diera por hablarme y no me pudiera zafar de su verborrea. Recuerdo que una de aquellas mañanas dos señoras evangelistas se sentaron frente a él, con la inocente intención de predicarle la palabra de Dios. Como no osé pasar entre ellos, no pude oír bien su conversación, por lo que ahora no logro recordar con exactitud lo poco que sí llegué a escuchar. De lo que sí estoy seguro es que en unas pocas palabras les afirmó que era ateo y que, para él, ellas no deberían tener ningún problema con que lo fuera, ni con que cualquier otro lo fuera, porque al final, si Dios verdaderamente era tan bueno y bondadoso como se lo pintaban, lo perdonaría de todos sus pecados. Las religiosas, amargas, recogieron sus cosas y se fueron caminando deprisa. No me hubiese sorprendido si hubieran lanzado algún improperio contra el anciano.


En otra ocasión, según me narró mi madre, mientras limpiaba las ventanas de su dormitorio, distinguió al viejo sentado de espaldas, con los pantalones en los tobillos. Y estando así, “la vieja regalona” (palabras de mi madre) que vivía a su lado, con el pretexto de rezarle a la imagen de la Virgen que estaba al medio del parque, salió y se puso a hablar con él. De qué habrían hablado.


En fin, mientras recordaba otros momentos en los que lo vi charlando con otros sobre política, economía y deportes, mi madre colgó el teléfono.


¿Quién se ha muerto? le pregunté al instante.


Dice que un señor que vivía arriba de la bodega.


¿Por el COVID?


Sí, y parece que el “chinito” también. Aunque según Doris, él ya padecía de problemas respiratorios. Qué penita, ¿no? Al menos ya está en un lugar mejor.


Si es que Dios lo ha dejado entrar ■



Enrique Arellano tiene 25 años y es editor, escritor y entrenador. Estudió ingeniería electrónica en la Universidad Alas Peruanas, pero jamás ha ejercido. Fue alumno de Machucabotones en el 2018. Actualmente trabaja en su primer libro.



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