PENSAMIENTOS EN TOQUE DE QUEDA


El rincón de la lectura

Dicen que establecer una rutina es la clave para sobrellevar estos días de cuarentena. Pero quienes siempre trabajaron desde su casa ya tenían establecida una rutina: más bien, para ellos la clave es la innovación. Deporte en casa, lectura en el tejado, escritura de madrugada, son las variantes de Enrique.



Azotea



Durante estos días de cuarentena que, para ser sinceros, no han significado un cambio radical en mi estilo de vida, estoy pasando más tiempo en mi azotea que en mi habitación. No sé si esté correcto, pero a falta de la posibilidad de ir a bibliotecas, obras teatrales y museos, he encontrado en dicho espacio un alivio a mi ansiedad. En las tardes, cuando baja el sol, me ejercito ahí. A veces con mi peso corporal; otras, con unas mancuernas y unas kettlebells que compré hace un tiempo. Entreno descalzo y sin polo, sintiendo la brisa vespertina en mi pecho, espalda y plantas de pies. Y sintiendo algo de temor también, porque pienso que la brisa helada en contacto con mi sudor me provocará una bronconeumonía.

Entre series descanso tendido boca arriba, mirando, a través de los cordeles que los domingos se cubren de ropa, el cielo, las nubes, los gallinazos, y algún que otro helicóptero que suele pasar. Por las noches, la razón de mi presencia en la azotea es la lectura o, mejor dicho, el ambiente tranquilo que es propicio para la lectura. Cojo un tatami, un banco, una lámpara y un libro. La lámpara la asiento en el banco y, después de conectarla mediante una extensión al enchufe del pasadizo, me siento en el tatami a leer. Leo dos, tres, cuatro horas, dependiendo de mi nivel de concentración. Y de mi nivel de comodidad. Cambio de posición continuamente. Empiezo con las piernas cruzadas, como si estuviese meditando, y termino en posición de squat. Durante esas horas, bajo la luz amarillenta de la lámpara, no estoy acompañado más que por el ruido que un molino de viento que decora una maceta hace al girar, las voces y risas de personas que habitan casas aledañas, y uno que otro televisor, también de alguna casa aledaña.

Como decía, si mi nivel de concentración es bajo, no duro mucho leyendo. Me veo en la necesidad de dejar el libro en el banco y sumergirme en mis pensamientos. ¿Qué ocasiona esto? A veces el cielo, porque aunque sea de noche, pueden apreciarse las nubes blancas que, por accionar del viento, avanzan ocultando y descubriendo estrellas. Otras veces es por el libro mismo. Una palabra, una oración, un párrafo que cala en mí y me lleva a formular palabras, oraciones, párrafos propios. Pienso en los problemas de la sociedad y, como si fuera licenciado en economía, máster en filosofía, y doctor en el arte del yoga, formulo soluciones. Me pongo de pie, cruzo los brazos a mi espalda, y comienzo a caminar de extremo a extremo, de esquina a esquina, de la luz hacia la oscuridad, de lo externo a lo interno, del ‘Yo’ al ‘Ello’.


Fragmento de "Plexus" que provocó este texto.



Contradicción



Hoy he estado leyendo a Miller: “Plexus”, el segundo libro de su trilogía. Cuando llegué a las líneas que se ven en la foto no pude seguir más, aún cuando la curiosidad por saber qué más tenía por decir me invadía. Sentí que era la reencarnación de Miller. Me di cuenta de que pienso igual que a como pensaba él. Incluso de que deseo hacer las cosas que él deseaba: dejar atrás toda actividad que se interpusiera con la escritura, acudir a bibliotecas para investigar de cualquier tema que se me ocurriese, tocar piano… ¡Tocar piano! Curiosamente, al día siguiente de que decidiera por fin que un día tocaría piano, un amigo mío, al que fui a visitar de manera imprevista, me regaló un órgano, de juguete, pero un órgano al fin y al cabo. Apenas me lo entregó fui a comprar pilas y me puse a practicar mientras él preparaba su maleta para irse de viaje (un viaje que, al igual que mi visita, fue de improviso). El muy suertudo logró volver antes de que cerraran los aeropuertos. Volviendo al órgano, soy capaz ahora de tocar los 15 primeros segundos de “Spring Waltz”, sinfonía de Bach.

Para mí, ese acontecimiento, esa sincronía entre el surgimiento de mi deseo por aprender a tocar, y la ocurrencia de mi amigo de ordenar su depósito (que le permitió encontrar dicho instrumento), es más que una bendita casualidad. Para mí, son las leyes del karma y la voluntad entrando en acción. Para mí, estas también actuaron el día que decidí ordenar mi librero y me encontré con un ejemplar de “Trópico de Cáncer”; el día que, a pesar de sus letras pequeñas y párrafos extensos, decidí leerlo; el día que, encantado por su prosa y forma de ver el mundo, decidí googlear qué otros libros había escrito; el día que, habiendo decidido ya qué libro compraría, me encontré un billete de 20 soles en el parque. Así es. Para mí nada es azaroso, ni siquiera la lotería, por eso de vez en cuando me compro un ‘raspa y gana’ con la esperanza y certeza de que algún día ganaré.

Además, volviendo al libro, y a la frase que se aprecia en la fotografía, no es casualidad (o no puede serlo), que haya empezado a leerlo, habiéndolo tenido en mi armario más de un mes, el día siguiente de haber escrito, según yo, el mejor relato que hasta ahora he escrito, pero el que también más miedo me ha dado de hacer público. Expresé mi frustración, mi indignación y mi miedo, pero no fui capaz de compartir mi orgullo de haberlo hecho. Comencé a cuestionarme. Comencé a preguntarme si tenía lo que se necesitaba para ser escritor. “¿He leído lo suficiente? ¿Conozco lo necesario del mundo como para atreverme a lanzar una opinión? ¿Seré capaz de decir lo que quiero decir, de expresar lo que quiero expresar, sin preocuparme por lo que los demás pudieran pensar, sobre todo aquellos a quienes decida incluir en mis relatos?”


Pensé en Heraud y en lo que una vez dijo, o por lo menos lo que su personaje en una película dijo: “Un poeta que tiene miedo a que lo escuchen no merece que lo llamen poeta”. Pensé en Bukowski y en uno de sus poemas (en un fragmento): “Si primero tienes que leérselo a tu esposa, o a tu novia, o a tu novio, o a tus padres, o a cualquiera, no estás preparado”. Pensé en Hemingway y en lo que le dijo a Fitzgerald en una carta: “No escribas ninguna otra cosa hasta que no acabes tu libro”. Pensé en mí y en las palabras que siento atragantadas en mi faringe. En mis esquemas de libros que tengo pegados en las paredes de mi habitación. En los borradores que alguna vez escribí, pero que arrojé al tacho. En mi perfeccionismo y la desconexión entre mis sentimientos, pensamientos y visiones. En mis cuestionamientos sobre mi naturaleza humana y mi capacidad de empatía. En mi sensación de aislamiento social, sin epidemia alguna de por medio, por no sentir lo que otros sienten, por no indignarme por las mismas cosas, por encontrar fallas en lo que otros consideran óptimo, por encontrar absurdo lo que otros ven lógico. Por no sentir compasión por desconocidos, pero sí por los animales; por llorar cuando se incendia la Amazonía, pero no cuando se incendia una casa; por hablar como comunista, pero actuar como capitalista; por hablar como ateo, pero sufrir como devoto; por amar, pero no demostrarlo; por, al fin de cuentas, contradecirme en todo lo que hago y digo.



Nacido para escribir



Cuando uno escribe debe hacerlo bajo la siguiente premisa: “ser sincero y estar dispuesto a mostrarlo todo”, porque si uno no es sincero no podrá ser convincente, y si no está dispuesto a mostrarse por completo, entonces no podrá comunicar lo que quiere comunicar, o por lo menos no podrá hacerlo de manera íntegra.

A veces, cuando escribo, quedo disgustado con el resultado, pues siento que he omitido pensamientos, sueños y fantasías que hubieran hecho que mi punto de vista, o mis sentimientos, fuesen más compresibles. Por ejemplo, ahora que escribo esto estoy comenzando a frustrarme. Quiero detenerme, tachar las hojas, arrancarlas y comenzar de nuevo, porque me he detenido en algunos párrafos para pensar cómo continuar, lo cual hace que sienta que he destruido la magia, que mis palabras han perdido fuerza y genuidad, y que, en general, mi relato ya no es verosímil.

Cada pausa, cada reordenamiento de palabras (con el lapicero detenido) es para mí una oportunidad para que el inconsciente oculte algo. Porque no basta con describir tu entorno, tienes que describir tu interior, independientemente de lo que sientas. No interesa que sientas cólera, indignación, tristeza, felicidad, cariño, odio, aburrimiento, o algún otro sentimiento por algo que en otra persona causa uno completamente distinto. Siéntate, escribe y no te disculpes por sentir.

Al principio quizá no tengas ni la más remota idea de qué quieres transmitir; es más, incluso puede que te contradigas. Yo lo hago. Tengo esquemas en las paredes, diálogos en mi cabeza, descripciones anotadas en libretas, y escenas en cuadernos. Cuando las escribo, o cuando recién me vienen a la mente, me enorgullezco de ellas, pero luego las percibo mediocres, poco dignas de ser impresas. Dudo de utilizarlas algún día; sin embargo, sé que tras ellas hay algo, hay una verdad que debe ser dicha. No es que quiera hacerme pasar por profeta, pero es que simplemente siento que escribir es mi destino. Siento, como ya dije, muy distinto a los demás, lloro a solas en mi cuarto por carencias y frustraciones. Yo no soy el que tiene los cojones “bien puestos” y lucha. No. Yo soy el que se deja vencer y quiere dejar de existir. Porque yo no he nacido para escribir, yo he nacido para sufrir. Es del sufrimiento que surge mi arte. Me trago mi sufrimiento. No lo comparto. Porque si lo hago, si busco consuelo en alguien, probablemente lo encuentre, pero solo conseguiré transformar la tristeza en patetismo. Odio inspirar lástima, como quizá ahorita, que lees esto. ¡Qué estúpido! Además, al hablar pierdo la necesidad de escribir. La socialización merma mi inspiración. Desperdicio mi talento. Tengo una relación tóxica y es con la vida. Solía ir al psicólogo. El problema era que me parecía que ni siquiera a él podía decirle lo que realmente sucedía en mi cabeza. Percibía sus gestos y su mirada recriminatorias. Ahora hago deporte, leo, escribo y salgo a la calle, sin destino y sin compañía. Esas son mis terapias. Así enfrento al mundo y a la vida. Así me enfrento a mí mismo


Enrique Arellano tiene 25 años y es editor, escritor y entrenador. Estudió ingeniería electrónica en la Universidad Alas Peruanas, pero jamás ha ejercido. Fue alumno de Machucabotones en el 2018. Actualmente trabaja en su primer libro.

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