Un brindis por el 2017



Comparto la sensación de extrañeza ante este 2016 que se termina y se ha llevado a tantos artistas famosos. No recuerdo otro año similar en ese sentido. Es verdad que grandes tragedias han sucedido en nuestro planeta este año, y no alcanzarían las palabras para enumerarlas, pero quiero enfocarme en estas pérdidas particulares, las pérdidas que nos han sucedido a todos sobre todo en esta última parte del año, las muertes de nuestros héroes personales o de un artista al que queríamos. Porque todos sabemos que se puede querer, y mucho, a un artista. Lo que ese artista al que queríamos exteriorizó, lo que cantó o escribió o mostró, era parte de su alma… y al mismo tiempo era parte de la nuestra. Pienso que es así, que el gran arte es profundamente personal, muy íntimo. Tan íntimo que se hace colectivo.

Por eso, cuando un artista muere, muere un poco menos que el resto de personas. Porque eso que era íntimo se volvió propiedad de todos, y por tanto sobrevivirá unos años más, unas décadas más… Quedan la música, las palabras o las imágenes, de la misma manera que de nosotros quedarán la cosas que dijimos, la amabilidad con la que tratamos a los demás, nuestros hijos.

Las muertes de las celebridades nos recuerdan nuestra propia mortalidad. Si los famosos mueren, ¿por qué no lo haríamos nosotros?

Sé que estamos condicionados a pensar que la muerte es un tema trágico. Sin duda hay una nota de tristeza o de asombro en esta constatación que ahora mismo podemos hacer todos: somos mortales. Y al fallecer nosotros desaparecerá el mundo tal y como lo pensábamos: desaparecerá nuestro punto de vista. En buena medida, el arte es el deseo de vivir más. Creo que la persona que lee, la persona que escribe, vive más.

También creo que todos deberíamos educarnos desde pequeños en la consciencia de nuestra mortalidad. Deberíamos recordar más seguido que la vida es corta y que es un regalo. Porque nuestro comportamiento revela que no lo tenemos interiorizado aún... “Nuestro inconsciente... no cree en su propia muerte; se comporta como si fuera inmortal” apuntó alguna vez Freud. Deberíamos recordar más seguido que vivimos en un planeta que está en el espacio, que somos uno entre millones, que nuestra vida es finita. Todas nuestras tragedias y preocupaciones, todas nuestras grandes conquistas y orgullos, todas nuestras compras, todo esto por lo que corremos con desesperación se terminará un día… La naturaleza es así, y nosotros somos parte de la naturaleza. Todo nace y todo muere. No hay morbo en ello sino, desde cierto punto de vista, mucha belleza.

La vida es una ilusión.

Así que quiero hacer un brindis especial: que en el 2017 seamos más conscientes de que nuestras vidas son increíblemente cortas, un parpadeo. Pregúntenle a cualquier persona mayor: un parpadeo. Por tanto, no vale la pena desperdiciar nuestras vidas quejándonos o preocupándonos. El tiempo no se recupera nunca. No tiene sentido desear que las cosas cambien para empezar a vivir de verdad, o que los demás cambien para ser felices nosotros, o que los demás hagan las cosas como a mí me parece que tienen que ser hechas para sentirme complacido... Desear que los demás se vayan y me dejen en paz, que venga algo desde fuera y me rescate, odiar o envidiar a otras personas... todo eso es pérdida de tiempo, vida que nos robamos a nosotros mismos para echarla por la alcantarilla.

(Dudo que la vida consista en deslizar el pulgar interminablemente sobre una pantalla.)

Puedo recordar, como si me acabara de suceder esta mañana, la sensación que experimenté cuando mi mamá me dejó en la puerta del colegio el primer día de clases. Me dijo “Pórtate bien” y yo asentí con la cabeza. Este año leí una frase de Paul Auster sobre el envejecimiento: “Qué extraño es que le suceda esto a un niñito”.

Que todos vivamos el 2017. Que lo vivamos minuto a minuto y como corresponde: con alegría, sin desesperación, con fe en nosotros.

Y que hagamos las cosas que hemos querido hacer toda la vida pero no nos hemos atrevido aún (escribir, por ejemplo…).

Un abrazo con todos.


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