UN PLAN PARA UNA TARDE NO PLANEADA


Imagen: Giphy

¿En qué pensamos cuando nos preguntan por nuestro talento? ¿En algo que nos gustaba hacer de niños? ¿O en algo que nuestros padres nos exigieron aprender a pesar de que no era de nuestro interés? Quizá sea algo que jamás hicimos de niños, pero que, ahora de adultos, es en lo único que pensamos. Estudiamos una cosa, pero trabajamos en otra, y así somos felices. En la vida profesional pueden suceder giros inesperados. Tal como le ha sucedido a Enrique.



MIS PADRES HAN SALIDO. Yo acabo de volver de la tienda. Fui a comprarme unos cigarrillos. Mi plan, el cual estoy llevando a cabo ahora, ha sido subir a la azotea acompañado de mi laptop y el recogedor, y ponerme a escribir hasta que a esta se le acabe la carga, mientras obviamente, me fumo los cigarrillos y tiro las cenizas y las colillas al recogedor, de modo que no dejo evidencia alguna que mi madre pudiese encontrar. (Si descubriera que he estado fumando, quién sabe qué me diría). Ahora ya voy por el tercer fallo y recién he escrito un párrafo.


Estuve leyendo un pequeño texto de tres páginas que me encomendaron a revisar. Dicho texto es el prólogo del libro “Once Veces Tú” en el que estuve trabajando como asistente de edición. Ha sido el primer trabajo de este tipo que he realizado y me ha gustado. Aunque al principio me resultó tedioso leer y releer, buscando cómo embellecer cada oración de cada párrafo de cada página, conforme fueron pasando los días, mi juicio y mi habilidad visual fueron mejorando. Encontré un método de trabajo que me ayudó a avanzar eficientemente. Me sentaba en mi escritorio, abría la laptop, la encendía, colocaba alguna música y ponía en marcha el cronómetro: 25 minutos de trabajo ininterrumpidos, seguidos de 5 de descanso. Así durante cuatro o cinco horas. Sí, era cansado, la espalda dolía, el cuello también, pero la sensación de poder colaborar con el proceso de creación de algo tan maravilloso como es un libro, era infinita. Ha sido una experiencia gratificante.



Vuelco vivencial


Me cuesta mucho creer que, luego de seis años de haber estudiado ingeniería, durante los cuales también estudié y leí sobre ciencias deportivas, esté ahora trabajando como editor. Es más, me cuesta trabajo creer que en este momento sienta tanta gratificación de estar sentado bajo el cielo nublado de la tarde escribiendo. Recuerdo que cuando era niño y recién estaba aprendiendo a leer, no me gustaba ir donde mi abuela Emperatriz, la madre de mi padre, pues ella a diario me daba algún periódico, usualmente El Comercio, y me ordenaba que le leyera algún artículo. Yo detestaba eso. Lloraba y me amargaba. No quería estar allí. En una ocasión le dije: “Prefiero irme donde mi abuela Consuelo. Ella no me obliga a leer”. Era cierto. La madre de mi madre no me obligaba a nada. Incluso cuando de comida se trataba, ella me consentía. Cuando preparaba algún plato que no me gustaba, freía aparte un filete o un churrasco solo para mí. En ocasiones hacía lo mismo con las ensaladas. Pero de alguna manera ella también me influenciaba para que leyera, aunque no de manera intencional.


Recuerdo que en las tardes, luego de que hubiera lavado todos los trastes, se sentaba en un sillón que daba a la ventana y se ponía a leer la biblia. Yo me sentaba en el brazo del sillón y contemplaba cómo leía. Jamás me provocó leer aquel libro. Veía sus letras muy pequeñas, acomodadas en dos columnas y escritas en ambas caras de las páginas… Era demasiado para mí. Prefería estar ahí en silencio, o caminando por la amplia sala de un lado a otro, bordeando las columnas erigidas a mitad del espacio.


Imagen: Pinterest


Contracorriente


No había televisión ni radio. Tenía un walkman, pero no lo usaba mucho, pues no tenía gran variedad de discos y me aburría escuchar la misma música siempre, como hasta ahora. Debo escuchar diferentes géneros de música porque, aunque el hip hop es mi preferido, el escucharlo a diario, a los mismos artistas, las mismas canciones, me aburre. Así como me aburre leer los mismos libros más de una vez. Aunque debería hacerlo. Como dijo un personaje de Gorki en su libro “Ganándome el pan”: “Es preciso leer todos los libros. Así se descubren los que pueden sernos útiles. Lee, lee mucho. Si no comprendes bien una obra, reléela dos, tres, siete veces. Si aún no la comprendes, vuelve a leerla, hasta que lo consigas”.


Es cierto, pero creo que el tiempo es demasiado corto como para gastarlo leyendo lo mismo una y otra vez. No entiendo cómo Faulkner podía leer año tras año los mismos libros (de esto me enteré a través de una entrevista que le hicieron). Dijo que su preferido era el Quijote. Por ejemplo, yo nunca he leído el Quijote. Es un libro del que todos hablan bien, al igual que de “El Principito”. Creo que por eso no lo he leído. Me genera desconfianza. No se me antoja leer un libro con el que todos están de acuerdo. “Cien años de soledad”, “La Ciudad y Los Perros”, “Rayuela”, “Paco Yunque”, “Los Cachorros”, ”Macbeth”, “Madame Bovary” … Que me disculpen sus autores, vivos o muertos, pero no creo leerlos nunca. Desde el momento en que trataron de imponérmelos en las clases supe que no los leería.




¿Talento, aptitud o vocación?


Jalaba literatura. Por eso no se me ocurrió inscribirme en una carrera de letras cuando me anoté para el examen de admisión. Aprobaba matemáticas, por lo tanto, mi vocación debía estar relacionada a las matemáticas, como la ingeniería, ¿no? Lamentablemente, en este ámbito, la lógica no funciona así. No se puede encasillar a una persona en un solo campo.


Jamás le otorgué la debida importancia a las pruebas de aptitud vocacional. Contestaba cualquier cosa con tal de salir rápido del salón. Pero también porque en ese momento no sabía qué quería realmente. Siempre estuve rodeado de cosas que me indicaban qué era apropiado para mí, pero nunca les presté atención. Estuve ligado físicamente, pero desligado mentalmente, como durante mis juegos de niño. Cuando jugaba a las guerras y a las carreras (¿milicia?), cuando simulaba océanos en el fregadero de la cocina con los muñecos plásticos de animales que tenía, y con las piedras que recogía de la ribera del río (¿biología?), cuando gustaba de jugar fútbol y montar bicicleta (¿deporte?), o cuando dibujaba y hacía grafiti (¿arte?)... No lo sé. Creo que nunca quise encasillarme en algo. No es que fuera, como decía mi padre, un desinteresado que no se preocupaba en investigar más. Lo que sucedía es que todo me parecía lejano, y por lo mismo, no tenía miedo ni sentía frustración. No tenía miedo de que pudiera llegar a sentir que mi futuro es incierto, ni sentía la frustración de no haber podido concretar algo que había iniciado. No es que no quisiera saber nada, sino todo lo contrario: quería saber de todo, y que me dijeran que debía dirigirme a un solo campo me causaba aversión.


Me gusta el deporte, los números, y las letras. Me gusta la física, la química y el álgebra. La filosofía, la psicología y la literatura. Pero no me interesa saber sobre las corrientes literarias, o ¿si? No lo sé. Llevo tatuado en mi brazo izquierdo la palabra “Sehnsucht”, palabra característica del romanticismo alemán. Significa anhelo, pero anhelo hacia algo indeterminado, lo cual, según los de la época, puede conducirlo a uno a la autodestrucción. ¿Pesimista? No lo creo. Para mí es hermoso. Los fatídico es hermoso. Porque es en el abismo donde puedes ver al sol salir tras las montañas, al río surcar los valles, a las aves emerger desde las copas de los árboles, y a los árboles erigirse en laderas en las que tú apenas podrías sujetarte. Es en el abismo donde puedes caer y volverte uno solo con la naturaleza.


He leído a Freud y quiero leer “El ser y la nada” de Sartre. Quiero leer a Tólstoi y estudiar la interpretación de los sueños. Pero también quiero escribir. Y sé que para eso necesito leer a todos y de todo. Lo que no necesito es estudiar Literatura como una ex enamorada me insistía: “Pero, ¿por qué mejor no ejerces la ingeniería y luego, en lugar de estudiar Ciencias del Deporte, estudias Literatura? Porque con el deporte no creo que ganes mucho”. Con esa frase me di cuenta de que había cometido un error al estar con ella.


Ella me amaba, pero yo la quería. Ella deseaba que sobresaliera, mientras que yo solo deseaba desligarme de todo lo que esta sociedad demanda: títulos, posgrados, masterados, PhDs… A veces me sentía un mediocre (aún ahora me siento así a veces), pero no podía negar lo que soy, ni lo que mi interior me pide. Quizá en un futuro recapacite y piense que lo mejor sea seguir estudiando en alguna institución, pero mientras tanto, como le dijo Matt Damon a uno de Harvard en la película “Good Will Hunting”: “Tiraste 150 mil dólares en una educación que pudiste haber obtenido por $ 1.50 en una biblioteca pública”


Enrique Arellano tiene 25 años y es editor, escritor y entrenador. Estudió ingeniería electrónica en la Universidad Alas Peruanas, pero jamás ha ejercido. Fue alumno de Machucabotones en el 2018. Actualmente trabaja en su primer libro.


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